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Kiss the Bride


—Cásate conmigo. Por supuesto que aceptarás.   

Escuché esa propuesta de matrimonio, arrogante como ninguna, aturdido. El hombre frente a mí, con las largas piernas cruzadas, me miraba con una postura recta e impecable.

El hombre conocido como “El Corazón de España”, Javier Elías Leoncio Cristián Ferdises Juan Dante y Cercas de Córdez.

Por poco que intenté recordar, pronto me rendí. Él, el Duque de Acherenza, tenía la asombrosa cantidad de 38 nombres. De entre su interminable nombre, eso era todo lo que podía recordar. Ex campeón mundial de tenis, de 192 cm de estatura, con cabello castaño oscuro, ojos de un verde esmeralda y una figura escultural de músculos definidos.

Era un cliché, pero no encontraba un elogio que le hiciera más justicia. Con una expresión aburrida e indiferente, esperaba mi respuesta. El sol mediterráneo, cayendo a plomo, se deslizaba con cautela sobre el traje de sutil brillo que cubría sus hombros.

Desde los pesados gemelos de diamante en sus mangas hasta los relucientes zapatos italianos hechos a mano que parecían ahuyentar hasta el polvo, incluso después de más de una década, seguía igual. Me vino a la mente una frase que una vez leí en un tabloide: que si se pudiera personificar la palabra clase, sin duda sería este hombre. Aunque esa personificación probablemente también incluiría la cumbre de la arrogancia.

Su elegante presencia en el humilde estudio, ubicado en un edificio viejo y a punto de derrumbarse, era tan irreal como un sueño. 

«Quizás realmente sea un sueño», pensé, pero el dolor al pellizcarme suavemente el dorso de la mano era tan intenso que casi me hacía llorar.

A pesar del dolor, aún incrédulo ante la realidad, esta vez dudé de mis oídos. Si alguien escuchara una propuesta de matrimonio de su amor no correspondido de años, sería normal que sintiera una alegría tan grande que le dieran ganas de llorar. Pero, antes de aceptar la propuesta en un estado semi delirante, tenía un problema crucial.

—Disculpe, Duque Leoncio…

—Javier.

Ignoré su corrección en un tono frío y forcé una sonrisa.

—Pero yo soy un hombre.

Ante mi cortés observación, Javier exhaló una larga bocanada de humo entre sus delgados labios. A través del humo blanquecino que cortaba el aire en línea recta, pareció ver sus ojos verde oscuro, teñidos de esmeralda, inclinarse levemente. Bajo su mirada, que claramente se burlaba de mí, mi corazón se hundió con un sonido seco y opaco.

—Lo sé.

Su voz de bajo profundo me dejó petrificado con una sonrisa torpe. 

«Entonces, ¿por qué demonios?» La duda trajo consigo un escalofrío aterrador.

«¿Será posible… eso?»

Aunque un escalofrío recorrió mi espalda instantáneamente, mi razón fría reprendió con dureza a mis emociones irracionales que querían entrar en pánico. 

«No puede ser. Nos reencontramos después de años. Es imposible que Javier, que ni siquiera sabía que estaba en España, supiera mis sentimientos ocultos y viniera hasta aquí personalmente». Y sobre todo…

«Este hombre no es para nada del tipo que mostraría compasión solo porque lo amo en secreto».

Tragué saliva secamente sin querer.

«¿Y de repente aparece y me pide que me case con él? ¡Encima soy un hombre!» Era absurdo. Mientras parpadeaba, esforzándome por recuperar la razón, Javier habló. Su voz lánguida, profundamente grabada en mi memoria, llegó a mis oídos, donde yo estaba aturdido.

—Su Excelencia falleció el mes pasado.

Vacilé, sin entender inmediatamente sus palabras, pero tras unos segundos de silencio, comprendí su significado. Se refería a su padre, el anterior Duque. Aunque aún me resultaba extraño que se refiriera a su propio padre de manera tan impersonal, él, indiferente, llevó el cigarrillo a su boca como si fuera algo habitual.

Tras un breve silencio, mientras el humo grisáceo se elevaba en el aire, logré recuperar la compostura. Aunque fuera superficialmente.

—Lo leí en el periódico. Lo siento mucho.

Eran palabras vacías, pero no tenía nada más que decir. Lo había conocido hacía diez años. Además, todo lo que sabía sobre su padre, el Duque, era por el obituario del periódico. Cuando le dirigí mis incómodas y formales condolencias, Javier habló con desdén.

—Gracias a eso, estoy en un gran aprieto. Tengo que encargarme de un molesto asunto pendiente.

Su tono indiferente no mostraba respeto alguno hacia mí, pero yo no podía evitar ser cortés. Después de todo, él era royalty.

Aunque la sociedad estamental con nobles ya no existía, él seguía siendo alguien a quien debía tratar con educación. Recordando que jamás lo había escuchado usar un tono respetuoso con nadie, respondí con calma.

—Lo lamento. Entonces, la razón de su visita es…

—Ya lo he dicho.

Javier torció la comisura de los labios con una expresión que claramente se burlaba de mí y exhaló una breve bocanada de humo.

—Que me casaré contigo.

—¿Qué demonios…?

De repente, sus palabras sobre un molesto asunto pendiente me preocuparon. 

«¿Tendrá algo que ver con eso?» Como esperaba, él continuó sin vacilar.

—Para heredar el ducado, debo casarme en tres meses. Es una forma de demostrar una voluntad firme de continuar el linaje.

La frente bien definida de Javier se frunció levemente.

—Es una manera tremendamente anticuada.

Parecía que las tradiciones familiares no le agradaban en lo más mínimo, pero no parecía tener alternativa. Finalmente entendí por qué había aparecido de la nada proponiéndome matrimonio. Pero aún quedaba la mayor duda.

—¿Cómo supo que estoy en España? Y además, ¿por qué me propone matrimonio a mí…?

Al esforzarme para que mi voz no temblara, sonó más forzada de lo necesario. Cualquiera podría notar lo antinatural de mi tono, pero él pareció no darle importancia. 

«¿Acaso se preocuparía alguna vez por los sentimientos de otro?», pensé, esperando cautelosamente su respuesta.

En los pocos segundos que tardó Javier en abrir la boca, mi mente evocó miles de ilusiones. 

«¿Acaso me ha estado pensando? ¿Es que este hombre tampoco pudo olvidarme desde entonces? ¿Quizás, tal vez, siente algo, aunque sea un poquito, por mí? ¡Y por eso, aprovechando esta oportunidad, hasta pensó en proponerme matrimonio…!»

La voz fría de Javier atravesó cruelmente mi mente, inflada por toda clase de imaginaciones rosadas.

—Porque el único pobre que conozco eres tú.

—…

—¿Qué ha dicho?

Necesité un momento de silencio para reaccionar. Como si se desinflara un globo, desperté de mis ilusiones y por fin enfrenté la realidad ante mí. Javier, llevando el cigarrillo a la boca, continuó hablando con indiferencia.

—Desgraciadamente, no tengo una pareja adecuada que cumpla las condiciones. Tú eres apropiado; seguramente podremos llegar a un trato con dinero.

Estaba tan atónito que no me salían las palabras. 

«¿Este hombre está diciendo ahora que me comprará con dinero? ¡¿La razón de la propuesta es simplemente porque soy pobre?!» Era tan ridículo. 

«¿Que esta era la razón por la que me recordaba?» Pasado el shock inicial, me sentí exasperado.

—Si camina tres minutos por la calle, encontrará al menos 100 pobres como usted desea.

Era un comentario sarcástico, pero la respuesta de Javier fue práctica.

—Detesto la idea de que un hombre se meta en mi cama.

Por un instante, su voz contuvo un tenue matiz de emoción. Recordé cuando, durante un festival, un hombre que lo admiraba lo sorprendió con un beso y casi lo mató. Luego pregunté:

—¿Por qué no elige a una mujer pobre?

—Sería problemático si luego vinieran molestando, diciendo que quedaron embarazadas por una noche de pasión.

Ante su respuesta sin vacilación, yo propuse una solución.

—Pues no tengan relaciones.

En cierto sentido, era la misma condición que la mía. Solo que siendo mujer. Ante mi observación, Javier frunció el ceño y preguntó, como si le pareciera absurdo.

—Si no va a haber sexo, entonces no hay razón para que tenga que ser una mujer.

Esta vez sí que me quedé sin palabras. En resumen, ¿no piensa reprimir sus deseos, así que desde el principio no va a dejar espacio para que surjan?. Perdí la capacidad de responder ante la arrogante réplica de este Duque libertino. Javier concluyó la conversación por su cuenta.

—Mañana vendrá el abogado con los documentos necesarios. Fírmalos y entrégaselos a él. Nos vemos por la tarde en el registro civil.

—Espere, aún no le he dado mi respuesta…,

Lo llamé apresuradamente, pero Javier, levantándose sin más, me miró desde arriba y entrecerró los ojos ligeramente.

—Cuando veas los documentos, aceptarás de inmediato.


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