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Extra 13

En el templo de la religión Ramie, junto a varios sacerdotes que servían la voluntad del Dios del mismo nombre, se encontraban sus protectores: los Caballeros Sagrados.     

Su líder, el capitán de los caballeros sagrados, Enoch, era amado por muchos en el templo por diversas razones.  

Su habilidad sobresaliente y su personalidad amable eran parte de su encanto, pero, sobre todo, su extraordinaria apariencia hacía imposible que ningún hombre, mujer, joven o anciano, pudiera evitar quererlo.  

Es por eso que, cada vez que este hermoso caballero bajaba al pueblo, los corazones de las jóvenes se agitaban sin control.  

—¡Dios mío, es el Señor Enoch!  

—¡El Señor Enoch ha venido al pueblo!  

Su suave cabello rubio platino, que brillaba bajo el sol, y sus hermosos ojos esmeralda, que parecían hipnotizar de una mirada, solo hacía más que aumentar el latir de los corazones de sus seguidoras, cada vez que se lo encontraban.

—Señor Enoch, ¿qué le trae hoy por aquí?—preguntó Sally, una joven de la villa.

El padre de Sally era dueño de la única posada del pueblo y, como solía pasar con los forasteros, Enoch siempre dejaba sus pertenencias allí cuando visitaba el lugar. 

Al reconocer a Sally, el caballero esbozó una sonrisa tranquila mientras respondía:

—Vengo por un encargo del Gran Sacerdote. ¿Podría enviar esta carta por mí?  

Ante esa sonrisa, Sally, quien secretamente lo admiraba, al igual que las demás jóvenes del pueblo, se llevó las manos al pecho y dejó escapar un suspiro. Era una sonrisa tan deslumbrante como hermosa.  

Sin embargo, había algo lamentable en aquella bella expresión, pues, su sonrisa, nunca estaba dirigida a una sola persona.  

El capitán Enoch, siempre amable y gentil con todos, jamás perdía esa sonrisa, sin importar con quién estuviera. Es por eso que, aunque Sally adoraba ver esa media luna dibujada en su rostro, también le causaba cierta melancolía, a su vez, al saber que no era la única para él.  

«Si esa sonrisa fuera solo para mí, sería tan feliz…».  

Pero Sally, siendo bastante lista, sabía que eso era imposible. Aunque no se sabía su edad exacta, parecía rondar los treinta años, y las jóvenes del pueblo habían debatido innumerables veces por qué aún no tenía pareja.    

«¿Cómo es que alguien tan extraordinario sigue solo?»  

Los sacerdotes no podían tener amantes, pero los Caballeros Sagrados sí. Por eso, la mayoría de ellos, formaban familias en esa pequeña villa cercana al templo.  

«Probablemente sea por la dueña de ese collar»  

Esa era la conclusión a la que habían llegado muchas de sus seguidoras y, Sally, como solía hacer habitualmente, echó un vistazo furtivo al pequeño collar en forma de corazón que colgaba de su cuello.  

Ese objeto había estado con él desde su primera visita al pueblo, más de una década atrás, cuando se convirtió en Caballero Sagrado. Dada la naturaleza del relicario, sin duda era un recordatorio de un amor lejano.  

Cada vez que ella se reunía con las jóvenes del pueblo, todas especulaban acerca de quién podría ser la dueña que le había robado el corazón de tal manera. Por eso, ahora que lo tenía enfrente, Sally no podía evitar recordar las innumerables teorías que se habían barajado. 

{—Si no puede olvidarla, quizás fue un amor que falleció…}  

{—O tal vez su primer amor, al que no pudo traer aquí y tuvo que dejar atrás cuando se postuló para ser Caballero Sagrado. Muchos de los caballeros del templo pasan por eso…}  

{—Podría incluso ser un amor trágico. Uno que no pudo ser por diferencias de estatus, como por ejemplo… Una Princesa de un pequeño Reino…}  

{—¡¿Un amor imposible con una Princesa?! ¡Qué romántico! Si es el Señor Enoch, seguro que esa es la opción más acertada.}

En su imaginación, Enoch se convertía poco a poco en el protagonista de un drama trágico propio de las novelas de romance más populares del Imperio.  

—Por favor, deme la carta.—dijo Sally, evitando divagar demasiado sobre aquel tema—. ¿A dónde debo enviarla?  

—A la dirección que está escrita aquí.  

Enoch sonrió suavemente y pagó con elegancia. Pero, justo cuando estaba a punto de terminar el encargo del Gran Sacerdote, un joven Caballero Sagrado, llamado Paul, corrió hacia él con voz urgente.   

—¡Señor Enoch! ¡Señor Enoch!  

—¿Qué ocurre?

—¡El Gran Sacerdote lo busca de inmediato!  

—¿A mí?—respondió Enoch, sorprendido, mientras abría los ojos redondos, como platos, y se señalaba con el dedo índice.  

—¡Sí! Dijo que es algo muy importante y que debe regresar de inmediato.  

—Si ya sabía que volvería hoy… Bueno, si aun así, te envió a ti, Paul, entonces debe ser algo muy urgente… ¡Vamos, regresemos!  

Con una risa suave, Enoch salió de la posada y montó su caballo blanco. El relincho del animal resonó en el aire. 

¡HIIIIIII! 

Mientras el hermoso caballero se alejaba, Sally y las demás jóvenes lo miraron con nostalgia hasta que su figura desapareció.  

  • ┈┈┈••✦ ♡ ✦••┈┈┈• 

De vuelta en el templo, Enoch fue directo a ver al Gran Sacerdote, Mikhail. El joven, de cabello azul místico, estaba de pie frente a la estatua del Dios Ramie, que tenía una apariencia andrógina mientras se mostraba de forma benevolente.  

Al verlo, Enoch caminó rápidamente hacia él e inclinó la cabeza.  

—El Capitán de los Caballeros Sagrados, Enoch, ha regresado.  

El Gran Sacerdote lo miró con expresión seria y dijo: 

—Llegaste a tiempo, caballero Enoch.  

—¿Hay algún problema urgente…?  

—He recibido una revelación del Dios Ramie.  

Mikhail, un hombre que normalmente era bromista, esta vez respondió con un rostro inusualmente solemne.  

—“En el bosque invernal del norte, aparecerá la Santa.”  

—¡…!  

La aparición de una Santa, enviada por el Dios Ramie, era algo que había ocurrido hace más de cien años y, con el tiempo, se había convertido en una simple historia. 

Lo poco que se sabía era que habían pasado incontables años desde que la última Santa, Flora, además de que, tras abandonar este mundo, Ramie no volvió a enviar a ninguna sucesora para transmitir su legado.  

Como en el último siglo, ninguna figura divina había bajado al mundo terrenal, se empezó a considerar a la Santa casi como una figura legendaria.  

«No puede ser… ¿Ahora yo tendré la oportunidad de estar presente cuando la Santa aparezca…?» 

Con aquel pensamiento, Enoch sintió un escalofrío que le hizo temblar las yemas de los dedos.  

—Iremos al bosque invernal.—anunció Mikhail, rompiendo el silencio—. Debemos llevar a la Santa de vuelta con nosotros. Prepárense de inmediato.  

—¡Sí, Gran Sacerdote…!  

En un abrir y cerrar de ojos, se formó un grupo de caballeros para recibir a la Santa. El Gran Sacerdote, Mikhail, lideró personalmente la expedición, junto con el capitán Enoch.  

Cuando finalmente llegaron al gélido bosque invernal, todos sintieron un escalofrío al percibir la energía sagrada que emanaba de su interior.  

Era una energía abrumadora, incluso más densa que la que emitía el Gran Sacerdote.  

—Siento una energía divina inmensa. Debemos adentrarnos. Si me permite, Gran Sacerdote, yo iré al frente.—propuso Enoch.  

—Hazlo.—autorizó Mikhail.  

Bajando de sus caballos, el séquito avanzó con cautela, paso a paso, hacia el interior del bosque y, justo cuando el frío cortante empezaba a adormecer sus cuerpos, un gran claro se reveló ante ellos. 

—¡L-La Santa!—gritó alguien, haciendo que todos detuvieran sus pasos.  

En el claro había un enorme bloque de hielo transparente y, dentro de él, una pequeña niña que dormía plácidamente. Al verla, el Gran Sacerdote Mikhail y los demás contuvieron la respiración.  

Cabello blanco, como la primera nieve del invierno; una belleza misteriosa, a pesar de tener los ojos cerrados… Ella era, indudablemente, la Santa, pues, aunque su apariencia fuera la de una niña de unos diez años, no se podía negar el carácter sobrenatural que poseía.  

Su sagrada y pura presencia llenó el aire de silencio y solemnidad, interrumpido solo por algunos suspiros ahogados de asombro.  

—¿Qué hacemos, Gran Sacerdote?—rompió la quietud un joven clérigo, que había recuperado el sentido.

—Podríamos moverla junto con el hielo…—murmuró alguien entre ellos. 

Lo que, en principio, parecía ser una buena idea, se vio descartada cuando varios caballeros intentaron levantar el bloque, pero no pudieron desplazarlo ni siquiera un centímetro.  

—No cede.—dijo uno, exhausto.  

—¿Qué hacemos?  

—¿Deberíamos romper el hielo?  

—¿Y si traemos fuego para derretirlo?  

Mientras todos fruncían el ceño, buscando soluciones, el Capitán Enoch alzó la voz:

—Un momento.  

Con aquella breve palabra, él se acercó al bloque de hielo, como hipnotizado. Tras mirar fijamente a la Santa, atrapada dentro, extendió su mano con cuidado.  

—¡Sus ojos se movieron!—resonó el grito de alguien. 

Al mismo tiempo, el hielo comenzó a agrietarse con un sonido crujiente, empezando por donde Enoch había tocado.  

—¡Cuidado!  

Los caballeros protegieron al Gran Sacerdote mientras retrocedían. Pero Enoch saltó al aire, abrazando el cuerpo de la Santa antes de que cayera al suelo.  

«Ella es… ¿La Santa…?»  

Enoch estaba algo confundido. Aunque el cuerpo de la niña era pequeño y ligero, irradiaba una calidez inexplicable pese a haber estado atrapada en el hielo. Era como si alguna vez ya la hubiera abrazado antes, un calor conmovedoramente adorable.  

Por un breve instante, Enoch creyó sentir que el pequeño cuerpo de la Santa se estremecía en sus brazos. Pero, al mirarla de nuevo, seguía inmóvil, durmiendo en paz.  

—¿Qué hacemos, Gran Sacerdote?—preguntó él, cargando a la Santa, al mismo tiempo que caminaba hacia Mikhail con su habitual calma. 

El Gran Sacerdote, que seguía sin comprender la inexplicable conexión entre los dos, miró alternativamente a la Santa y a Enoch.  

—Llévala al templo.—determinó Mikhail, finalmente, mientras se giraba para dirigirse hacia la salida del bosque, donde estaban estacionados los caballos y el carruaje. 

Los demás sacerdotes y caballeros lo siguieron. Enoch, el último en salir del bosque, colocó a la Santa dentro del carruaje y, montando su caballo blanco, dio la señal de partida. 

Tras esto, el séquito partió de inmediato, con un sonido de cascos que acompañaban al carruaje, que se mecía suavemente con el movimiento. Dentro de él, el Gran Sacerdote miraba fijamente a la Santa que yacía frente a él.  

—La Santa, Lette…—su murmullo llenó el carruaje silencioso, por un momento, antes de desvanecerse entre los sonidos de la marcha.  

  • ┈┈┈••✦ ♡ ✦••┈┈┈•  

La Santa abrió los ojos aproximadamente cinco días después de que el Gran Sacerdote Mikhail y los valientes caballeros la rescataran del frío bosque invernal.  

Parpadeó lentamente sus delicadas pestañas, que temblaban con cada movimiento. Sus ojos, rojos como gemas, enfocaron gradualmente el techo liso sobre ella.  

—¿Dónde…? ¿Estoy?—murmuró para sí misma, sin poder discernir el lugar donde se encontraba.

De repente, alguien a su lado habló:

—Ya estás despierta.

—¡…!

La Santa se sobresaltó al escuchar la voz desconocida y se incorporó de golpe. Un hombre apuesto, que nunca había visto antes, estaba sentado en una silla junto a su cama, observándola en silencio. Quien la recibía no era otro que el Gran Arzobispo Mikhail.

Santa y arzobispo se miraron fijamente, estudiándose mutuamente. Para la Santa, el Gran Arzobispo era joven y guapo, pero algo en él le resultaba desagradable. Por el contrario, lo que el Gran Arzobispo veía en la Santa era, simplemente, lo que él esperaba.

«Es ella. Estaba seguro de que había desaparecido para siempre…»

Mikhail frunció el ceño con expresión grave. Pero pronto descartó sus pensamientos complicados y la saludó.

—Saludos, Santa. Hace mucho tiempo que…

—¿Quién es usted?—interrumpió Lette de inmediato.

—¿No me reconoce?

—…—la Santa lo miró fijamente con una genuina expresión de desconocimiento. 

Como no había rastro de mentira en su rostro, Mikhail suspiró brevemente y se presentó:

—Me llamo Mikhail. Soy el Gran Arzobispo de la Iglesia de Ramie.

—¿Iglesia de Ramie…?

—Ahora, antes de eso, ¿qué tal si te presentas tú?

—¿…?—sin responder, la joven se limitó a parpadear, y el entrecejo del Gran Arzobispo se arrugó.

—Debiste escuchar mi voz…

—¡Ah…!—vaciló ella, por un momento, midiendo su reacción antes de presentarse—. Lette… Ese es mi nombre.

—¿Eso es todo?

—Sí. No sé nada más.

—¿No sabes?

El Gran Arzobispo arqueó una ceja con severidad, y la Santa, sintiendo que había cometido un error, puso cara de culpabilidad.

—E-en serio. No recuerdo nada aparte de mi nombre. Ni cuántos años tengo, ni de dónde vengo…

—Para haber perdido la memoria, pareces bastante serena.

—¿Eh? Bueno…—la joven se quedó sin palabras, incapaz de responder.

«¿Acaso estoy en una situación anormal? Pero, ¿por qué no me parece extraño? Estoy tranquila porque es algo… ¿familiar? ¿Cómo le explico esto?»

—Bueno, es mejor así. Si la Santa, representante del Dios Ramie, se aferrara a cosas mundanas, sería un dolor de cabeza para nosotros.—razonó Mikhail.

«¿Dios Ramie? ¿Santa? ¿Qué es todo esto…?»

El hombre, conocido como el Gran Arzobispo, no hacía más que decir cosas incomprensibles para Lette, a quien le daba vueltas la cabeza, pese a no demostrarlo.

—En fin, Lette, es un placer volver a verte.—dijo, finalmente, Mikhail, esbozando una sonrisa burlona con las comisuras de sus labios curvadas. 

Su actitud, como si ya se hubieran conocido antes, dejó a Lette desconcertada.

«¿Será que no lo recuerdo…?»

Pero, en ese instante, él  volvió a hablar como si hubiera leído sus pensamientos.

—No lo pienses demasiado. Es normal que no me recuerdes. Aunque debo reconocer que tu personalidad parece haber cambiado bastante… Me gusta mucho más así.

—¿…?

—Ja, ja, ja… No me mires así, lo digo en buen sentido. Es un cumplido, Lette.

—Ah…

Sus blancas mejillas se sonrojaron al escuchar la palabra “cumplido”. Su expresión era como la de una niña que anhelaba elogios, lo que dejó a Mikhail desconcertado.

—G-gracias.—murmuró la Santa, quien sonreía tímidamente con las mejillas rojas.

 Al verla así, Mikhail se levantó de un salto, horrorizado. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.

«Es la misma alma, de eso estoy seguro, pero… ¿Es una persona diferente? ¿Sonrojarse y sonreír tímidamente? ¿Ella…?»

Se frotó los brazos y, al girar la cabeza, vio a Lette mirándolo con una expresión radiante, como la de una niña buena e inocente. El rostro del Gran Arzobispo se distorsionó como si hubiera visto algo perturbador.

—¿Qué le pasa?—preguntó ella, sin comprender.

—No, nada… No es nada…

—Oye…—con expresión inquieta, la Santa jugueteó con las puntas de sus dedos antes de agarrar con cuidado el borde de su túnica y preguntar—. ¿Va a dejarme aquí e irse?

—¿Eh?

—¿Podría…? ¿Quedarse conmigo? Me da un poco de miedo estar sola…

Al hablar así, parecía una niña perfectamente normal de unos diez años, y eso le produjo una enorme desconexión al Gran Arzobispo.

«¡Oh, Dios Ramie!»

Mikhail invocó a su Dios en su interior.

«Algo salió muy mal. Tiene que ser así… Tiene que ser…»

—¿Gran Arzobispo?—interrumpió la Santa, inclinándose ligeramente mientras apoyaba el dorso de su mano en la frente del hombre.

—¿Q-qué está haciendo…?—preguntó él, estupefacto.

—¡Ah, perdón! Es que parecía pálido, y pensé que quizás estaba enfermo…

—No estoy enfermo. No te preocupes por mí.

—… Sí.—respondió la pequeña con cara de desánimo.

Mikhail se sintió incómodo, como si hubiera regañado a un niño que no se lo merecía.

—Caballero Enoch.—llamó, de pronto, el Gran Arzobispo.

Desde un rincón de la habitación, en donde había estado en silencio todo el tiempo, un hombre se acercó a la cama donde yacía la Santa.

—¡Eek…!

La Santa, que creía que solo estaban ellos dos en la habitación, se sobresaltó y se cubrió completamente con la manta.

—Usted se encargará de proteger a la Santa.—le comunicó Mikhail.

—Entendido, Gran Arzobispo.

—Mmm… La Santa acaba de despertar y, como has visto, aún está algo sensible y confundida. No tiene memoria alguna. Así que, caballero Enoch, deberás cuidarla con suma atención hasta que se estabilice.

Dentro de la manta, Lette escuchó la conversación entre ellos mientras se movía nerviosamente. Al oír los pasos del Gran Arzobispo, alejándose, asomó solo sus ojos.

«¿Qué hago ahora?»

La niña quería pedirle, una vez más, que no se fuera, pero las palabras no le salían.

Finalmente, cuando la puerta se cerró tras el Gran Arzobispo, la Santa se hundió de nuevo bajo la manta con expresión abatida. No le gustaba quedarse otra vez sola con un desconocido.

«Aunque no lo recuerdo, ese hombre parecía conocerme… Pero ahora…»

Por otro lado, Enoch, que observaba a la Santa escondida bajo la manta, parecía calmado por fuera, pese a que internamente se sentía muy incómodo.

Era la primera vez que veía a la Santa, y también la primera vez que trataba con una niña tan pequeña.

Tras un momento de duda, Enoch habló con cuidado.

—Hola, Santa. Soy Enoch, Capitán de los Caballeros Sagrados.

Su tono dulce, hizo que la niña se moviera bajo la manta. Por supuesto, sus agudos ojos esmeralda detectaron la reacción y, ante esto, Enoch continuó hablando suavemente.

—A partir de hoy, hasta el día en que mi alma perezca, estaré a su servicio.

Ante sus palabras, los ojos de la Santa se asomaron tímidamente por encima de la manta. Eran de un rojo brillante, como las flores de verano, y relucientes, al igual que los rubíes.

—¿Va a servirme?—preguntó ella, moviendo sus ojos con incomodidad. 

Su comportamiento, tan infantil, sorprendió a Enoch.

«Imaginaba que una Santa sería algo más… Más… Como decirlo… ¿Místico?»

—Puedes tratarme con confianza.—respondió Enoch, ocultando sus pensamientos con una expresión calmada.

—¿Eh? Pero…

Su actitud tímida y cautelosa era encantadora. Enoch, entendiendo lo que quería, sonrió suavemente.

—Llámame Enoch.

—Hola, Enoch.—Cuando escuchó su nombre, la Santa respondió rápidamente con un saludo. Tras esto, lo miró de reojo y preguntó en voz baja—. Pero pareces mucho mayor que yo…

Aunque ella no recordaba nada sobre la sociedad y el lugar donde se encontraba, aún distinguía entre adultos y niños.

—Usted es la Santa de la Iglesia de Ramie. La primera en aparecer en ciento diez años.

—¿Q-qué es una Santa?

—¿…Eh?—la respuesta inesperada dejó a Enoch atónito. 

«¿Cómo es posible que haya alguien en todo el continente que no sepa qué es una Santa? Y lo que es peor, que esta persona sea la misma Santa…»

—¿Vivías en un lugar muy remoto antes de venir aquí?—intentó razonar el joven caballero.

—… Bueno, la verdad es que no recuerdo nada. Solo sé que me llamo Lette.

La confesión de la Santa lo dejó perplejo, pero pronto asintió, aceptando la situación sin remedio.

Su aparición ya era inusual. Hasta cualquiera creería que venía de otro mundo al ver su aspecto. Por eso, el que no recordara nada, tampoco era de extrañar.

—Entonces, si me lo permites, te lo explicaré con calma.—respondió Enoch, cuyos ojos se suavizaron al hablar—. Este es un lugar donde se reúnen los seguidores del Dios Ramie, creador de este mundo. Muchas naciones del continente siguen sus enseñanzas, incluido el Imperio de Astart, el más poderoso.

—¿Imperio de Astart?

—¿Te suena? ¿Lo has escuchado de antes?—la Santa negó con la cabeza, moviéndola de un lado a otro y Enoch continuó con su explicación—. A lo largo de la historia, el Dios Ramie ocasionalmente enviaba Santas para difundir su voluntad en el mundo. Nosotros las llamamos: “Representantes del Dios Ramie”.  

—Entonces… ¿Yo soy esa Santa?  

—Así es. Es un gran honor que hayas venido a estas tierras después de tanto tiempo. Desde la Santa de las flores, Flora, que apareció hace ciento diez años.  

—…

Aunque Enoch terminó su explicación con entusiasmo, la Santa seguía mirándolo fijamente con expresión confusa.  

—No lo entiendo.—se quejó ella, después de unos instantes de silencio.  

Enoch la miró con ternura y curvó las comisuras de sus labios formando una sonrisa. Lette, al enfrentarse inesperadamente a aquella cariñosa expresión, sintió su corazón palpitar sin razón.  

«Es tan cálido… Como si lo conociera desde hace mucho tiempo… Me cae mucho mejor que ese hombre llamado “Gran Arzobispo Mikhail”.»  

El otro hombre, que vestía una túnica sacerdotal, hablaba como si la conociera, pero su actitud le resultaba insatisfactoria. Fruncía el ceño sin motivo alguno y suspiraba con exasperación frente a ella.  

«¡Hum! ¿Creía que no me daría cuenta si suspiraba disimuladamente en silencio?»  

Pero Enochh era diferente. Era considerado y amable, y, sobre todo, cada vez que sus miradas se cruzaban, sus ojos serenos y curvados la hacían sentir bien.  

—¿Te gustaría ir a ver al Dios Ramie juntos?  

Ante su gentil pregunta, Lette levantó el rostro, revelando sus ojos centelleantes, y repitió:  

—¿En serio? ¿Puedo conocer al Dios Ramie?  

—No en persona, pero en la entrada principal del templo hay una estatua suya.  

—¡Sí, vamos a verla!—exclamó la niña.  

Sin pensárselo dos veces, Lette se puso de pie sobre la cama, entusiasmada, haciendo que la manta blanca que la cubría cayera al suelo de golpe. Enoch rió suavemente y le tendió la mano.  

—¿…?—en silencio, Lette inclinó la cabeza, confundida, mirando fijamente la palma extendida hacia ella, antes de agarrarla con cuidado. 

Entonces, él apretó ligeramente su mano haciendo que, de alguna manera, se sintiera reconfortante.  

Lette sonrió tímidamente y saltó de la cama. Como Enoch sostenía su mano firmemente, no había riesgo de perder el equilibrio y caer.  

Pero, tan pronto como bajó de la cama, él soltó su mano, dejándola un poco desanimada.

—Permíteme guiarte entonces.  

Como si no hubiera notado su decepción, Enoch siguió sonriendo amablemente y la guió hacia afuera.  

En el pasillo, unas pocas personas pasaban, y, al ver a Lette, todas parecían sorprendidas.  

—Todos me miran de reojo…—murmuró Lette en voz hacia Enoch.  

—Ya te lo dije. Eres una invitada muy especial que no hemos visto en mucho tiempo.  

Aunque Enoch trató de calmarla, Lette no se sintió tranquila. No terminaba de creer que fuera esa “invitada especial” y se encogió con incomodidad.  

Sintiéndose desamparada, Lette miró la mano de Enoch, que caminaba adelante.  

«Quiero agarrarla como antes… Pero, ¿le molestará?»  

Mientras contemplaba, anhelante, los dedos de Enoch, él detuvo sus pasos de repente y giró para mirarla.  

«¡Ah! ¿Q-qué pasa? ¿Acaso leyó mis pensamientos?»  

Lette lo miró con nerviosismo y tragó saliva.  

—Los retratos a los lados son de las Santas anteriores—explicó él con voz suave, señalando las pinturas en el pasillo—. La Santa de la luz, Yuriella; la Santa de la felicidad, Navid… Y la más reciente, la Santa Flora, que, como ya te conté, estuvo aquí hace ciento diez años. El próximo retrato será el tuyo, Lette.  

—¿El mío?—preguntó ella, sorprendida.  

Ante esto, Enoch asintió con una sonrisa silenciosa y, al volver a ver las pinturas, Lette sintió una emoción extraña.  

«Mi retrato colgado junto al de estas mujeres…»  

Por un instante, la joven Santa realmente se sintió especial.  

Al llegar a la entrada principal, había una gran estatua del Dios Ramie y Lette levantó la vista para admirarla.  

—El Dios Ramie es enorme… 

—No sabemos su tamaño real, pero… Al menos, esta estatua, sí que es grande.  

Frente a la imagen del benevolente Dios creador, Lette sintió un aroma familiar de nostalgia y su pecho se calentó con fuerza. Por algún motivo, no podía apartar la mirada de la estatua.  

Fue entonces, cuando un grupo de sacerdotes, que la habían estado observando desde lejos, se acercaron e inclinaron la cabeza ante ella.   

—¡Santa!—dijeron al unísono—. ¡Los siervos del Dios Ramie te saludan!  

—¡…!—sorprendida, por la excesiva atención de extraños, Lette se escondió rápidamente detrás de Enoch. 

Al ver su reacción, los sacerdotes abrieron los ojos, atónitos, mientras veían cómo la niña se aferraba al borde de la ropa de Enoch con sus pequeñas manos.  

—La Santa es un poco tímida.—se excusó Enoch, el único que no parecía perturbado, respondiendo por ella con una sonrisa  

Los sacerdotes, recuperándose del asombro, sonrieron con calidez y saludaron nuevamente a la Santa.  

—Perdón, Santa. No era nuestra intención asustarte…

—Entonces, nos iremos por ahora.  

Una vez que los clérigos se fueron, Lette suspiró aliviada y soltó la ropa de Enoch.  

—¿Te asustaste mucho, Santa?—preguntó él con suavidad.  

—Solo un poco… ¿Eh? ¡Oh, no! ¡Tu ropa está arrugada!  

Al notar el desastre que había causado en su pulcro atuendo, Lette puso cara de preocupación y, vacilante, lo miró, estudiando su reacción. Pero, cuando Enoch le devolvió la mirada y descubrió su expresión inquieta, le dio un vuelco el corazón.

—No pasa nada, Santa. La ropa se puede arreglar…—dijo, sacudiendo las arrugas con una sonrisa—. ¿Ves? Con solo sacudirla, queda bien.  

—Pero… 

—¿Quieres visitar otras partes del templo?—continuó Enoch, quien sonrió y le tendió la mano. 

Una sonrisa radiante apareció en el rostro de Lette al ver su mano extendida nuevamente.  

—¡Sí!  

Con una gran sonrisa, Lette tomó la mano de Enoch y ambos continuaron la marcha. 

  • ┈┈┈••✦ ♡ ✦••┈┈┈• 

Mikhail, de pie junto a la ventana, miró hacia abajo. Vio a la joven Santa recorriendo el templo con pasos animados.  

«Lette…»  

Susurró en su mente. 

Siguiéndola con la mirada, se percató del joven que caminaba de la mano con ella.  

«Y Enoch, el Capitán de los Caballeros Sagrados de la orden de Ramie…»   

Cuando ese hombre llegó a la orden para convertirse en Caballero Sagrado, la pequeña niña, que debería haber estado a su lado, no estaba.  

{—¿Dónde está ella?}  

{—¿Ella…?}  

Ante la pregunta de Mikhail, el hombre parpadeó, confundido. Su rostro era el de alguien que lo había olvidado todo.  

{—… No, no es nada.} 

En aquel momento, Mikhail retiró su pregunta de inmediato.

Poco antes de que el hombre, llamado Enoch, llegara a la orden, Mikhail ya había dejado de sentir la energía sagrada de la representante de Ramie.  

El Gran Arzobispo de la orden de Ramie comprendió, al instante, que su Santa ya no existía en este mundo, y, por tanto, había desaparecido. Es por eso que, durante un tiempo, Mikhail se encerró en su habitación y no salió.



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: MIMY



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