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Extra 12

El olvido es la mayor bendición y maldición que los Dioses habían concedido a los humanos. Ser olvidado era algo aterrador, o al menos así lo era para Kylos de Ludwig, pues, en algún momento, él, como tantos otros, había anhelado ser recordado en la historia.    

Afortunado por su linaje, logró heredar una de las familias más prósperas del Imperio de Astart. Pero eso no le brindó la satisfacción que deseaba. Al fin y al cabo, pasó su vida codiciando lo que poseía su medio hermano, temiendo ser enterrado en la historia, sin que nadie supiera que tenía sangre real, y todo porque, por el contrario, su medio hermano sería recordado por todos como el Príncipe Heredero del Imperio Astart sin siquiera esforzarse por ello.

No obstante, por ese pecado, una envidia que lo cegaba por completo, perdió a la única mujer que podría haber tenido. Con gran esfuerzo, creyó lograr una oportunidad para recuperarla, pero ya era demasiado tarde, y, ahora, en la soledad más absoluta, Kylos se dio cuenta de la verdad:

—El retroceso del tiempo nunca fue una oportunidad preparada para mí…

Él aún tenía recientes, en su memoria, las palabras que lo habían condenado a tan deplorable existencia.

{—Olvídate de mí y desaparece de la memoria de todos, Kylos.}

El terrible odio de la joven que lo encerró allí y desapareció, junto con un resentimiento aún más profundo, permaneció en ese espacio para atormentarlo por toda la eternidad. 

{—Ni siquiera la historia te recordará.}

Esa maldición que ella pronunció al final, fueron los grilletes que lo encadenaron de por vida. 

Al principio, Kylos no entendió del todo lo que ella decía. En ese momento, todavía estaba profundamente impactado porque Chloe lo había abandonado nuevamente por su medio hermano, o, mejor dicho, por ese hombre con quien no compartía ni una gota de sangre.

Pensó que era solo una expresión metafórica, pero realmente lo sentenció con el olvido, donde, muy lentamente, todos dejaron de recordarlo.

Al principio, los guardias que lo llamaban “El Gran Duque, Kylos de Ludwig” comenzaron a olvidar su nombre. Luego, poco a poco, lo llamaron solo “Gran Duque”, y ahora se referían a él como “el prisionero sin nombre”.

«¿De verdad nadie me recuerda? No puede ser… Yo, al menos, pertenecí a una de las familias más grandes del Imperio…»

Mientras rumiaba una sarta de maldiciones hacia Lette, Kylos, de repente, se dio cuenta de que ya no recordaba ni siquiera el nombre de su propia familia. 

Cuando notó que incluso él se estaba olvidando a sí mismo, la sangre se le heló y un sudor frío cubrió todo su cuerpo. De hecho, con ese siniestro escalofrío, hasta su propio nombre, desapareció de sus memorias.

«¿Cómo me llamaba? Yo… ¿Quién era? ¿Por qué estoy aquí…?»

No recordaba nada, pues, el “todos” del que hablaba Lette, también incluía al propio Kylos.

Para alguien que, alguna vez, anheló ocupar un lugar importante en las páginas de la historia, esta era, verdaderamente, la peor maldición a la que podían condenarlo.

Mirando fijamente por la estrecha ventana, de repente, recobró el aliento al escuchar una voz, ya lejana en sus borrosos recuerdos.

{—Tío…}

Era la voz de la mujer que amaba y, al mismo tiempo, su rostro apareció ante sus ojos. Esa joven ingenua que siempre se ruborizaba frente a él.

—Chloe…

No recordaba su propio nombre, pero el de ella permanecía vívido en los rincones de su memoria.

Estaba bien. No importaba si todos lo olvidaban. Pero Chloe, si solo ella lo recordaba, sería más que suficiente. Incluso si solo fuera por puro odio hacia él, Kylos quería y deseaba existir en un pequeño lugar de su mente.

«Ella lo hará. Sí, ella… Que me siguió tan ciegamente… Sin duda, ella…»

En esa desolada torre del oeste, el hombre, que había perdido toda su existencia, esperó, sin cesar, que Chloe, algún día, regresara a por él para salvarlo de aquella agonía.

A través de la estrecha ventana, Kylos podía ver el amanecer, el atardecer y el cambio de las estaciones. Contando los días, meses y años, mientras se imaginaba cómo sería su reencuentro cuando ella lo visitara.

—Chloe…

A veces, cuando la añoranza era insoportable, golpeaba su cabeza contra la pared y gritaba. Claro que los guardias llegaban para aplacarlo, y su débil cuerpo siempre sucumbía rápidamente a su violencia.

Un día, por casualidad, vio a la mujer que tanto esperaba a través de la ventana.

—¡Chloe!

En aquel instante, Kylos pensó que ambos conectaron sus miradas. No obstante, ella desvió sus ojos de inmediato mientras su adorable figura descansaba en los brazos de otro hombre.

Era un hombre que él conocía muy bien. En su paranoia, él era el que había codiciado todo lo que él tuvo en el pasado. El avaricioso que se lo arrebató todo. Es más, al final, incluso le robó a la mujer que amaba.

En ese momento, Kylos rechinó los dientes y estalló de rabia. Verla sonreír feliz en los brazos de otro lo enloquecía, revolcándose en la más terrible y pura de las agonías.

—No, Chloe… Tu lugar no está allí. Debes estar aquí… Conmigo… En mis brazos…

Primavera, verano, otoño, invierno… Primavera, verano, otoño, invierno…

Las estaciones se repetían y los años pasaban.

Durante décadas, el hombre que perdió su existencia esperó frente a la ventana, día tras día.

Cruelmente, desde la torre, él podía ver claramente cómo ella paseaba con ese hombre de vez en cuando.

Convertirse en su esposa, dar a luz a sus hijos, e, incluso, verlos crecer.

Ella se transformó en una mujer madura y hermosa con cada día que pasaba.

—Chloe… Chloe…

Ahora, su voz ronca solo la llamaba a ella. Una mujer que se veía feliz, al haber olvidado su existencia por completo.

—No… No puede ser… ¡Chloe no podría olvidarme…!

Cuando intentaba convencerse, una voz burlona resonaba en sus oídos:

[—¿En serio lo crees? Ni siquiera tú te recuerdas, ¿cómo esperas que ella lo haga?]

Entonces, el hombre se agarraba la cabeza y gritaba.

¡AAAAAAARGH!

Y, cada vez que aquello pasaba, los guardias entraban para, a golpes, callarlo.

Con el tiempo, Kylos dejó de contar los días. El tiempo ya no tenía significado para él. Solo su cabello largo recordaba, en vano, el paso de sus años en el olvido.

  • ┈┈┈••✦ ♡ ✦••┈┈┈• 

Era el décimo aniversario de la boda del Emperador y la Emperatriz, y el Imperio entero lo celebraba por todo lo alto. En ocasiones así, incluso los prisioneros más crueles recibían un gesto de clemencia, y, el hombre que se hallaba en la torre del oeste, no era la excepción.

Desde temprano, los guardias se movían con prisa, hasta arriba de trabajo. Hoy, por fin, el prisionero en lo alto de la torre vería la luz del mundo.

Le cortaron el cabello y la barba desgreñada. Sus uñas, siempre cortas y ensangrentadas por rascar los ladrillos, ni siquiera necesitaron arreglo. Una tarea menos que hacer para los guardias.

—Aún así, ni siquiera parece humano.—dijo uno de los caballeros tras haber terminado de arreglar, en vano, su aspecto.

—¡Tsk! ¿Qué crimen tan grave debió haber cometido como para terminar aquí?

Era alguien lamentable. Incluso el guardia más veterano, de la caballería del Palacio Imperial, no recordaba quién era o por qué estaba encerrado.

—¿Quizás intentó rebelarse?—preguntó otro de los hombres.

—¡Tonterías! Desde que Su Majestad ascendió, solo hubo un intento de rebelión hace diez años, y fue el del Ex-Duque, Arnold de Carolina.

—Sí, tienes razón. Además, ¿quién, en su sano juicio, se atrevería a traicionar a nuestro Emperador?

Los guardias continuaron especulando y riendo con todo tipo de conjeturas acerca del reo misterioso.

—¿Y si, tal vez, le lanzó improperios a Su Majestad la Emperatriz?

—¡Ja! ¿Y por eso lo encerraron aquí de por vida? Es un crimen grave, pero aún así…

—¿Acaso no has visto cuánto valora y aprecia Su Majestad a la Emperatriz Chloe? Seguro que tiene razones de sobra para hacerlo.

En el momento en que el nombre de la emperatriz salió de la boca del carcelero, los ojos turbios del hombre se iluminaron de repente.

—Mmm… Bueno, si alguien como Su Majestad la Emperatriz, tan hermosa y amable como es, está a su lado, es normal que el Emperador quiera dar un escarmiento a aquellos que albergan pensamientos impuros.

—¡Bah! ¡Dejemos de hablar de ello! Da igual quién sea este tipo o qué ha cometido. ¿No nos ha hecho ya un favor con su mera existencia? Gracias a él, tenemos un sueldo que nos permite vivir, por tan solo vigilarlo.

Finalmente, los carceleros, que habían renunciado a descubrir la identidad del hombre, soltaron, al mismo tiempo, carcajadas sonoras que se dispersaron por doquier.

JA, JA, JA, JA, JA, JA…

Uno de los guardias, que le había cortado el pelo y la barba al hombre, lo pateó con un grito desafiante.

—¡Vamos, ya estás listo, bastardo! ¡Camina!

El cuerpo demacrado del hombre, que no había comido adecuadamente en mucho tiempo, se tambaleó y cayó al suelo.

—¡Mira! ¡Hasta tiene un rostro bastante agradable!

—¿Y qué? Solo es un pellejo que se pudrirá aquí de por vida.

Los hombres volvieron a reírse a carcajadas, como si encontraran algo gracioso en el lamentable prisionero tendido en el suelo. 

Por un instante, el reo, aún postrado, levantó la cabeza y miró, con ojos llenos de odio, a los carceleros que se alejaban. Pero, uno de ellos, se paró y volteó la cabeza.

—Dentro de una hora, te dejaremos respirar un poco de aire fresco…—murmuró el carcelero, como si le estuviera haciendo un favor.

Sin embargo, de pronto, su voz se vio interrumpida. Sus pupilas captaron la figura del hombre que se abalanzaba hacia él y, en un abrir y cerrar de ojos, el prisionero le arrebató la espada de la cintura, cortándole el cuello.

Los otros dos guardias, sorprendidos, desenvainaron sus espadas al unísono.

—¡¡¡¿Q-qué demonios…?!!!

Pero el hombre no les dio tiempo de prepararse adecuadamente y les cercenó las muñecas. 

¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAARGHH!!!!

Un grito desgarrador resonó en la torre occidental, pero nadie acudió. Con una sonrisa sombría en los labios, el reo clavó la espada en el pecho de los carceleros, que gritaban de dolor mientras miraban brotar la sangre de sus manos amputadas.

«Mmms… Debería haberlos rematado de inmediato con esto… ¿Será porque hace tanto que no empuño una espada?»  

Los carceleros, aún con un hilo de vida, gemían y lloraban en el suelo. El hombre los miró con indiferencia y salió, porque, su única intención, era ir a buscarla.

«Chloe…»  

Entre los recuerdos desvanecidos por el tiempo, solo ella mantenía su brillo intacto en su memoria. Una imagen de ella cuando se acercaba a él, donde, su cabello plateado, ondeaba entre la brisa; sus adorables ojos rojos, centelleaban, vivaces, y, su tímida sonrisa, se dibujaba cada vez que sus mejillas se sonrojaban. Incluso podía evocar, a la perfección, sus labios rojos, aquellos capaces de regalar el más delicioso de los besos. 

Sin embargo, ahora, todo lo que definía a aquel hombre se había convertido en cenizas grises, y solo ella, en medio de eso, brillaba como un lucero, que, al igual que un faro, lo guiaba con su luz atrayente.  

«Mi Chloe…»  

El solo pensar que pronto la vería hizo que su corazón, muerto durante tanto tiempo, volviera a latir con fuerza. Aquel impulso, hizo que el hombre reuniera todas sus fuerzas, moviéndose sigilosamente y ocultándose de los otros guardias, mientras la buscaba.  

Parecía ser un día especial, porque los sirvientes del Palacio se movían con prisa por todos lados. Cuidando de no ser visto, el prisionero se dirigió hacia el camino que ella solía recorrer, el mismo que había observado durante años a través de una estrecha ventana.  

Nadie parecía notarlo. Quizás porque todos estaban demasiado ocupados.  

Pero, justo cuando el hombre avanzó, en silencio, con pasos firmes, convencido de que pasaba desapercibido, una ilusión de luz brillante inundó su vista.

«¡Ah…!»  

Desde los arbustos, el prisionero se quedó paralizado, observando a dos figuras a lo lejos.  

—¿Chloe…?  

Por un momento, no supo cuál de las dos era ella.  

Una mujer que parecía más madura que la Chloe de sus recuerdos, y un niño pequeño, que parecía incluso más joven que la primera imagen que guardaba de ella.  

«¡Ah! Entonces esos dos son… Ella y su hijo.» 

La mujer sostenía la mano del chiquillo, riendo mientras caminaban hacia él.  

Mientras el hombre permanecía inmóvil, la distancia entre ellos se acortó.  

—¡Chloe…!  

El hombre gritó su nombre y salió de entre los arbustos. Las dos personas, que caminaban tranquilamente, se detuvieron, sobresaltadas.  

—¡M-mamá!—gritó el niño, escondiéndose detrás del vestido de la mujer. 

Ella, como si intentara proteger a su hijo de algo peligroso, extendió los brazos y se interpuso.  

—¿Quién es usted?—habló la mujer con una voz llena de desconfianza, dirigiéndose al desconocido. 

Al mismo tiempo, los caballeros que la escoltaban se agruparon alrededor, amenazantes, y el prisionero, ignorando las armas que lo apuntaban, dio un paso más hacia ella.  

—Chloe…—la llamó, de nuevo, con un tono lleno de melancolía.

En realidad, después de tanto tiempo sin hablar, lo único que, apenas podía pronunciar, era su nombre.  

—Chloe, mi Chloe… Chloe…—repitió él desesperado, una y otra vez, como si fuera un mantra.  

  • ┈┈┈••✦ ♡ ✦••┈┈┈• 

Chloe, la Emperatriz del Imperio de Astart, estaba paseando con su segundo hijo, Eve, antes de la celebración del décimo aniversario de su matrimonio con el Emperador Raymond.

Poco antes, Elliot, el Príncipe Heredero, había partido al amanecer para cazar un regalo para ella antes de la ceremonia. Aunque nacieron el mismo día, Elliot y Eve eran completamente opuestos en personalidad. Eve prefería pasear y hablar con su madre Chloe, antes que montar a caballo o disparar un arco. Por ello, ambos decidieron caminar por los jardines traseros del Palacio mientras esperaban su regreso. 

Los dos estaban conversando alegremente sobre qué regalo traería Elliot, cuando, de repente, un hombre extraño apareció frente a ellos. Aunque sus facciones eran las de alguien, que en su día, fue atractivo, su apariencia, desaliñada, se veía desastrosa.  

Al principio, Chloe pensó que era un intruso que amenazaba su seguridad y la de su hijo. Pero, el desconocido, en lugar de atacarlos, se quedó quieto, repitiendo su nombre con tristeza.  

«¿Viene a por mí?»  

Chloe escondió rápidamente a Eve detrás de ella mientras observaba, de forma intimidante, al hombre. Sus ojos, desgastados por el tiempo, brillaban con alegría al verla.  

«No parece querer hacernos daño… Entonces… ¿Por qué…?»  

Ella finalmente dedujo que se trataba de alguien con la mente perturbada, y, por otro lado, los caballeros, que miraban a Chloe esperando sus instrucciones, asumieron que era otro pobre hombre hechizado por la belleza de su Emperatriz.  

De hecho, no era descabellado pensar así. Los guardias ya estaban acostumbrados, ya que este comportamiento ocurría un par de veces al año entre los varones del Imperio. Lo único diferente esta vez, era que aquel loco, por amor, había logrado entrar al Palacio, tras eludir todos los sistemas de seguridad y vigilancia.  

Mientras Chloe dudaba sobre qué hacer en aquel aprieto, Raymond apareció, alertado por la Guardia Imperial.  

—¡Chloe! ¡¿Estás bien?!  

—¡Raymond!  

Con pasos firmes, él se acercó y abrazó a Eve. En cuestión de segundos, lo apartó y lo entregó a la Guardia Imperial del Palacio para que lo llevaran a un lugar seguro. Luego, envolvió suavemente los hombros de Chloe, los cuales se hallaban rígidos y tensos.  

—¿Estás herida en algún lugar?  

—No, para nada, Ray.  

Chloe, que finalmente se había relajado ante la aparición de su marido, dejó escapar un suave suspiro y se apoyó sobre su pecho.  

En ese momento, las pupilas del intruso, que había estado murmurando el nombre de Chloe sin cesar, temblaron de forma desmesurada, y, de repente, el hombre se cayó de rodillas, para, tras esto, desplomarse en el suelo estrepitosamente. Ante tal espectáculo, la mirada de Raymond, amenazante, se dirigió hacia él.  

—¿Quién es ese hombre?  

—No lo sé.—respondió Chloe, negando suavemente con la cabeza. 

El hombre poseía unas facciones y rostro, lo suficientemente distinguidos como para recordar quién era. Si lo hubiera visto antes, Chloe podría reconocerlo perfectamente; no obstante, era incapaz de hacerlo. Así que, lo que dijo a continuación, después de un momento de reflexión, caía de cajón.

—Es la primera vez que lo veo. 

Del hombre emanaba un olor desagradable, como si no se hubiera bañado en mucho tiempo.   

—Mmm…—Raymond frunció el ceño, como si estuviera ante algo molesto y añadió—. Dejémoslo con la Guardia y regresemos.  

—Sí.  

Justo cuando Chloe estaba a punto de seguir a Raymond, el hombre que yacía en el suelo, se incorporó con un gemido ahogado.  

—¿…?  

En ese instante, los dos se detuvieron y se quedaron quietos mientras el hombre gateaba lentamente hacia Chloe. Los caballeros, alarmados, apuntaron sus lanzas hacia él, listos para atacar.  

—¡Un momento!—ordenó Chloe con un ademán, y se inclinó lentamente hacia el desconocido. Cuando sus ojos se encontraron con los de él, ella preguntó con una voz cargada de compasión—. ¿Estás bien?  

—¡…!  

Su tono suave, llegó a oídos del hombre y, en ese momento, se dio cuenta de la realidad: ella no lo reconocía en absoluto.  

{—Ni siquiera la historia te recordará.}  

 La maldición resonó en su mente.  

{—Desaparezcamos juntos del recuerdo de todos.}  

Un segundo bastó para que la desesperación consumiera su mente por completo. En un intento de aferrarse a ella, la única luz de su miserable existencia, el hombre agarró el dobladillo del vestido de Chloe y gritó:

—¡¡¡Aaaaaaaaaaaaaaargh!!!

Al mismo tiempo, Raymond la apartó de él, sujetándola por la cintura.  

—¡Mierda! ¡Eso fue peligroso, Chloe!  

—… G-gracias, Raymond.—balbuceó ella, sorprendida por el grito repentino del desconocido. 

Entre los brazos protectores de Raymond, Chloe dejó escapar el aire que había estado conteniendo por un instante. Los gritos del hombre se intensificaron y los caballeros lo amenazaron con sus lanzas para impedir que se moviera.  

—Parece que está herido… En algún lugar.—musitó Chloe.  

—Sí, parece ser.—murmuró también Raymond, compadeciéndose del hombre.  

En ese instante, en el que el hombre vio cómo ambos sentían lástima por él, el susodicho ya no pudo pensar con claridad.  

«Chloe, ¿por qué…? ¿Cómo es posible…? ¿Por qué no me…?»  

Quería gritar algo inteligible que expresara lo que tenían en mente, pero ninguna palabra aparte de su nombre de ella logró salir de sus labios. El sujeto comenzó a retorcerse, su piel rozó los filos de las lanzas, y la sangre brotó por doquier.  

—¡Cuidado!—gritó Chloe, alarmada.  

Sorprendentemente, el desconocido la obedeció y se detuvo. Luego, levantó la cabeza y la miró. Chloe también le devolvía la mirada.  

Aunque el tiempo lo había desgastado y desfigurado, el hombre aún conservaba un poco del aspecto de quien, en su día, fue el Duque de Ludwig. Uno de los solteros más codiciados del antiguo Imperio, por su notable elegancia y noble porte.  

«Chloe… Tú todavía…»  

Los ojos del hombre, fijos en ella, se suavizaron por completo.  

«Te preocupas por mí…»  

Hacia la única mujer que no había podido dejar de anhelar en sus memorias, incluso en la más absoluta soledad del olvido, el hombre se despidió en silencio.  

«Adiós, Chloe…»  

Una gruesa lágrima se deslizó por su mejilla y cayó al suelo, con un golpe sordo.  

PLOC.

Con determinación, el hombre se lanzó, de forma repentina, hacia uno de los caballeros que lo apuntaba con una lanza.  

Raymond, que comprendió lo que el sujeto pretendía, cubrió los ojos de Chloe con su mano gruesa.

—¡Cierra los ojos, Chloe!  

En ese instante, el pecho del sujeto fue atravesado por la afilada punta de la lanza, llenando el ambiente con un olor intenso a sangre.

—R-raymond…  

—¡Maldición!  

—N-no te preocupes… Ahora estoy bien.—lo calmó Chloe, con una voz temblorosa, mientras apretaba la gran mano de su marido con sus pequeños y finos dedos. 

Suavemente, Raymond retiró su mano, que cayó en el aire sin hacer ruido.  

—Hoy era un día perfecto, digno para el aniversario de nuestra boda.—murmuró Raymond con voz sombría—. Pero ahora, de mañana, se ha arruinado al presenciar este desagradable suceso.  

Ella exhaló profundamente y entrelazó sus dedos con los de Raymond, quien se arrepentía profundamente de no haberla evacuado de inmediato al escuchar sobre la aparición del intruso.  

—Sería mentira decir que no me asusté, pero gracias a que estabas a mi lado pude tomarlo con calma…—respondió ella—. Gracias, Raymond.  

Tras guardar un breve momento de silencio, la Emperatriz expresó sus condolencias por el fallecido. Al terminar, miró a su marido. Aunque pretendía estar tranquila, sus pestañas temblorosas delataban que aún estaba un tanto conmocionada.  

—Vámonos, Chloe.—dijo el Emperador, fingiendo no darse cuenta del estado en el que se encontraba su esposa.  

Con la mano libre, rodeó su cintura suavemente y ambos comenzaron a caminar lentamente.  

—Al menos hemos logrado evacuar a Eve a tiempo, ¿verdad? Casi ve algo horrible a una edad tan temprana…—comentó Chloe, rompiendo el silencio. 

—Sí.  

—Por favor, Ray, que esto sea un secreto para Eve.  

—Por supuesto. No quiero que nuestro pequeño, el más delicado y sensible de nuestros dos hijos, sufra un shock. Teniendo en cuenta lo mucho que se parece a ti, sobre todo en carácter, temo que algo así le cause un trauma de por vida. 

—¡Vaya! ¿Todavía me llamas delicada? ¿No recuerdas que hace diez años gané la piel del león dorado en la cacería Real?  

—Y también te recuerdo que en esa cacería no cazaste nada. Solo recogiste a un pájaro herido y a sus crías que no podían volar.  

El cambio de tema aligeró el ambiente sombrío. Chloe sonrió y frunció los labios con un gesto juguetón.  

—Según el Duque de Hedges, fui la primera participante en traer a criaturas vivas para salvarlas de un final desdichado. 

—Bueno, entonces me rindo. Admitiré que no eres delicada.—accedió Raymond con una  risa burbujeante que escapó de sus labios. 

Mientras ambos seguían caminando, algo más relajados, él pareció recordar algo.  

—¡Ah, sí! Casi se me olvida. Llegaron noticias interesantes, Chloe. Dicen que una Santa ha aparecido en las tierras del este…  

—¿Una Santa?  

Los ojos de Chloe se agrandaron y brillaron ante la noticia. Raymond, como si hubiera predicho su interés, le acarició la cabeza con una sonrisa.  

—Sí. Visitará la capital del Imperio el próximo mes, junto con el Gran Arzobispo Mikhail.  

—Pensé que las Santas solo existían en los cuentos.  

—Pero pronto conocerás a una Real. ¿Cómo era su nombre…? Lette… ¿O Clette…? Bueno, algo así…  

—¡¡Qué emocionante!!—exclamó Chloe con una amplia sonrisa, apartando el incidente desagradable de su mente. 

Raymond, encantado por su expresión, le dio un beso en la frente.  

—Entiendo tu emoción, pero preferiría que esperaras con más ansias nuestra ceremonia de hoy.  

—¡Por supuesto, Ray! ¿Por quién me tomas?  

Sus manos entrelazadas se apretaron con fuerza. Era un día especial para los dos y ya quedaba poco para que empezara la ceremonia que se celebraría en honor a ambos, el Emperador y la Emperatriz del Imperio de Astart. 

Chloe continuó caminando junto a su marido, sonriendo e intentando llenar su mente de buenos recuerdos en lugar de los malos.  

Aunque era consciente de que el momento trágico que acababa de presenciar la atormentaría por un tiempo, sabía que pronto lo olvidaría, o, al menos, eso es lo que ella esperaba.

«Sí… Porque el olvido… Es la mayor bendición que los Dioses le han dado al hombre.»



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: MIMY



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