Extra 1
Su despedida llegó en silencio y con rapidez.
A diferencia del Arzobispo y otros sacerdotes, que habían partido de la capital inmediatamente después de mi boda, Lette se había quedado en el Palacio unos días más. Sin embargo, en una madrugada de finales de verano, se despidió de Raymond y de mí.
—¿De verdad tienes que irte?—le pregunté.
—Desafortunadamente, Sí. Aunque decidí partir después de la boda de Chloe, al final me he quedado unos días más, a mayores. Además, no debería abusar de vuestra hospitalidad…
—Eso no supone ningún problema. Con la Santa aquí, tanto yo, como la Emperatriz, hemos pasado felices y buenos momentos juntos.—añadió Raymond.
—Gracias. Pero, aunque me vaya, tendrán muchos momentos felices por delante, sin necesidad de que yo esté aquí.
Pese a que intentamos retenerla, con tristeza, Lette sacudió suavemente la cabeza con una sonrisa leve reflejada en sus ojos curvados. Su expresión me recordó vagamente a la de alguien del pasado a quien no recordaba.
—Realmente lo lamento mucho.—dije, apenada—. Pero nos volveremos a ver, ¿verdad?
—Una Santa siempre será bienvenida en el Palacio. Por favor, visítanos de nuevo.—continuó Raymond, quien le había cogido especial cariño a Lette durante los últimos días.
—…
Sin embargo, Lette no respondió de inmediato. En vez de confirmar el mismo deseo de reencontrarnos, tal y como le pedíamos, nos bendijo con un futuro prometedor, en cambio.
—Espero que Chloe y Raymond sean felices por mucho, mucho tiempo.
Con su sonrisa, triste y al borde de las lágrimas, Lette parecía que podría desvanecerse en cualquier momento. En ese instante, me di cuenta de a quién se parecía su rostro y expresión. Era similar a la de Raymond cuando, presintiendo su muerte, me deseó mi más absoluta felicidad.
—Ah…
Fue una revelación tardía.
La comisura de sus labios, su actitud arrogante como miembro de la Realeza. Ahora todo encajaba.
Sí, todos decían que Lette se parecía a mí, pero en realidad, se asemejaba más a Raymond con lo referente a su actitud y personalidad.
—Entonces, adiós a los dos y que…
Pero antes de que terminara la frase, me adelanté y tomé sus pequeñas manos entre las mías.
Por unos instantes me quedé hipnotizada observando nuestras muñecas. Tanto en la mía, como en la de Raymond y Lette, colgaban pulseras de cuero idénticas, y, en el momento en que nuestras manos se separaron, sentí algo extraño que se retorcía en mi interior. Una premonición inquietante de que no la volvería a ver.
—¡Lette!—sin darme cuenta, llamé en voz alta a la figura que se alejaba.
Ella se detuvo, bajó la cabeza y se sinceró con nosotros.
—En realidad… No quiero irme…
—¿Lette…?
—Quiero quedarme con Chloe y Raymond.
Lette murmuró, de forma apenas audible, aquellas palabras que salieron de entre sus labios mezcladas con un sollozo.
Ante esto, yo extendí la mano, con el corazón apesadumbrado. Pero, el significado de lo que dejó escapar con su voz ahogada en respuesta, fue un tanto incomprensible para mí.
—Solo una vez… Realmente por solo una vez, desearía que me reconocieras, Chloe.
—¿…?
—¿Por qué no me reconoces?
—Lette, no te entiendo, ¿qué estás diciendo…?
Lette agarró mi manga y murmuró como una niña.
—Yo… Los reconocí de inmediato…
Al levantar lentamente la cabeza, ella mostró que sus ojos estaban llenos de lágrimas gruesas que rodaban por sus rosadas mejillas.
—¿E-Estel…?—balbuceé con inseguridad en la voz.
Era ridículo, pero en ese momento, al mirar a Lette, recordé a mi pequeña Estel. Mi preciosa hija a quien, en su día, tuve que dejarla ir.
Tan pronto pronuncié aquel nombre, mi cuerpo se endureció como una roca. O más bien, fue como si se hubiera detenido el tiempo. Todo quedó congelado en su lugar.
El viento fresco del amanecer, las hojas que revoloteaban en las ramas y el canto alegre de los pájaros; aquello que me rodeaba estaba completamente paralizado.
No obstante, en ese inmóvil instante, solo Lette era dueña de él, quien seguía aferrándose a mi ropa con tristeza.
—Madre… ¿Puedes reconocerme ahora? Mamá, papá…
—¡…!
—Siempre quise llamarlos así. Soy Estel, vuestra hija, a la que ambos amaron hasta el momento de su muerte.
«Pero, pero Estel… Esa niña…»
Era una locura. Sin embargo, tras unos segundos, ya no podía dudar más.
Esta niña, con un rostro que se parecía tanto al mío, como al de Raymond, que había deseado nuestra felicidad más que nadie, si no era mi pequeña Estel, ¿quién más podía ser?
—Por favor, por favor, llámame otra vez por mi nombre… Solo una vez más, mamá…
Quería abrazarla, pero mi cuerpo petrificado no respondía. Deseaba decir su nombre, pero mi lengua tiesa no se movía. Me sentía impotente y frustrada, sin poder canalizar mis emociones latentes que se desbordaban.
—Estoy aquí. Soy su Estel… ¿Por qué…? ¿Por qué no me reconocen…?
Tenía que decírselo, a ella, a mi Estel.
«¡Tengo que decírselo! Cuánto la amé, cuánto lo siento por haberla dejado sola… Mi querida y preciosa hija… Yo…»
—Los amo, madre, padre, los amo mucho. Y sé cuánto me amaron. Nunca lo olvidaré…
Debía abrazarla, ese pequeño rostro que apenas contenía las lágrimas. Ese frágil cuerpo.
«Quiero abrazarte… Por favor…»
Cada vez que intentaba hacer un sonido, mi garganta ardía como si fuera una tortura. Cada vez que intentaba mover un dedo, un dolor agudo y desgarrador corría por mi piel.
—Así que no tienen que sentirse mal por mí.
Pero, aun así, no me rendí.
—… Tel.
De mi garganta rígida, salió con dificultad un sonido forzoso, cargado de tormento. El nombre de Estel, mi pequeña niña, era lo único que podía apenas pronunciar.
—Est… Tel…
—¡…!
Al escuchar la palabra que finalmente salió de mis labios, Lette abrió los ojos de par en par y luego los curvó suavemente en forma de media luna. Su cálida sonrisa me partió el corazón.
—Mamá… ¿Me reconoces?
«Sí…»
Ansiaba responderle que la reconocía.
—¡Ay…! Ahora… ¿Qué hago…?
Lette lloró profusamente.
No, era mi pequeña Estel quien derramaba regueros por su cándido rostro, que ella trataba de ocultar entre sus pequeñas manos.
—Solo quería que me reconocieras por última vez. Y ahora, que ese deseo se ha cumplido, estoy tan feliz, madre. Y tú también, padre…
Estel se secó valientemente las lágrimas y levantó la cabeza de nuevo. Sus ojos estaban tan hinchados y rojos como el color de sus hermosos iris.
—Lo siento. No puedo quedarme con ustedes. Hice una promesa con el Dios Ramie de que, cuando todo terminara, regresaría.
«¿Regresar? ¿A dónde?»
—No es que vaya a morir. Ni a desaparecer. Solo regresaré a los brazos de Ramie. Así que, por favor, no lloren.
«Mentira. Eso es una mentira. Si fuera así, mi Estel no estaría llorando tan tristemente…»
—Gracias por darme a luz, por amarme y cuidarme, por no olvidarme y, finalmente, reconocerme… Gracias. Muchas gracias. Madre, padre…
—Lette, es hora de irse.
Entonces, una voz firme llamó a Lette.
—Tu tiempo aquí ya casi ha terminado.
En poco tiempo, el cuerpo de Lette se volvió más pequeño y más tenue. Como una neblina, a punto de dispersarse en cualquier momento.
Sir Enoch, que había aparecido de improvisto, la tomó entre sus brazos con una expresión preocupada.
—Chloe, y tú, Raymond…
Lette, sostenida por Enoch, besó nuestras mejillas llenas de lágrimas una por una. Luego, cansada, se apoyó en su pecho y nos sonrió con ojos melancólicos.
—El olvido es el mayor regalo que puedo darles. Olviden a Estel y sean felices con una nueva vida que los bendiga.
«¿Olvidar? ¡No! ¡No puedo hacerlo! ¡Estel…! ¿Cómo podría olvidarte, tú, mi preciosa hija, que alguna vez fuiste mi único consuelo?»
—Olvidarán todo. El doloroso pasado, la muerte que tuvieron que enfrentar, el hombre que los atormentó… Y la tristeza que mi existencia les causó…
«¿Cómo…? ¿Cómo podría olvidarte…?»
—Los amo. Y les estoy muy agradecida, a los dos. Mi querida mamá… Y mi querido papá… Os amaré por toda la eternidad…
Con esas palabras, Lette enterró su pequeña carita en el pecho de Sir Enoch. El rostro de Lette, mi pequeña Estel, ya no era visible.
«¡No! ¡Estel…! Sir Enoch, por favor, no te la lleves. ¡No! No… Por favor… Te lo suplico…»
Mis desesperados gritos fueron en vano. Ambos, sin piedad, se dieron la vuelta y se alejaron.
Finalmente, mi pequeña Estel, que tuve, sin saberlo, tan cerca mía, se había ido para siempre.
«…»
«…» *
* Son los silencios mentales tanto de Raymond como de Chloe mientras se olvidan de Lette.
El tiempo fluyó.
Mis músculos rígidos y tensos comenzaron a relajarse lentamente.
BLINK, BLINK…*
*parpadeos.
Mis pestañas estaban extrañamente húmedas, y, de repente, noté que mi manga estaba completamente empapada.
—¿Por qué…? ¿Por qué está mi ropa mojada…?
—¡¿Chloe?! Tus ojos están rojos. ¿Has estado llorando?
«¿Había llorado?»
Con cuidado, me toqué los párpados y sentí el rastro de lágrimas saladas. No solo mis pupilas, sino todo mi rostro estaba húmedo.
—¿Chloe?
Al volverme hacia él, que me llamaba de nuevo, vi que sus ojos también estaban rojos, como si hubiera llorado también, al igual que yo.
—… Raymond, tus ojos también están rojos.
Me sentí como si un espejismo hubiera pasado por allí, o el fantasma de alguien cuya silueta no recordaba. Por extraño que pareciera, mi pecho estaba vacío y tenía la inquietante sensación de haber olvidado algo muy importante.
—Entremos, Chloe.—dijo Raymond, rompiendo aquel chocante momento—. El aire de la mañana está frío. El otoño está llegando.
—Sí, cierto. El otoño… Está llegando…
En el momento en que pronuncié la palabra “otoño”, me invadió una profunda tristeza.
Mimy: Así, para recordar, es porque Lette le dijo que se iría al templo en otoño. Mi interrogante es cómo conectan los recuerdos de ahora si se olvidan de Kylos… En fin, yo siempre con mis preguntas existenciales que cortan la emoción del momento XD
«¿Habrá sucedido algo importante en otoño…? No, creo… O, al menos, no puedo recordar nada que me de razones para hacerme sentir así… Es raro…»
—Vamos adentro, mi Emperatriz.
Sin embargo, mi ansiedad se desvaneció de inmediato ante el cálido abrazo de Raymond que rodeó mi frío cuerpo.
- ┈┈┈••✦ ♡ ✦••┈┈┈•
—¿Por qué tenía que ser el “olvido”? Podría haber sido otra cosa, como “felicidad” o “esperanza”…
Mimy: Lette, tu nombre deriva del río Lethe del Inframundo en la mitología griega que es: “el olvido”. Así que, según esto, te doy tus otras posibilidades realistas:
Te llamas “Aqueronta” (río Aqueronte) “el dolor”.
Te llamas “Cocita” (río cocito) “el lamento”.
Te llamas “Estigia” (río Estigia) “el juramento de los Dioses” o “la que se lleva las almas”.
Te llamas “Flegetonta” (río Flegetonte) “el fuego contra aquellos que dañaron a sus padres”.
A ver, el último está bien, y te va como anillo al dedo… Pero llamarte “Flegetonta” es un poco ridículo y da risa, por eso quedaste como Lette.
Lette se quejó en los brazos de Enoch. Pero, a pesar de su voz parlanchina mientras refunfuñaba, las lágrimas no dejaban de fluir de sus ojos rojos.
Enoch quería preguntarle por qué había revelado su verdadera identidad frente a ellos, pero, al final, decidió no hacerlo. En el fondo él sabía porqué ella había confesado quién era realmente, incluso a costa de su tiempo restante.
—Oye, Enoch… ¿A dónde irás ahora?
—… A un lugar donde pueda recordarte por mucho, mucho tiempo.
—¡Bah! ¡Mentiroso! No existe tal lugar.
Aunque Lette frunció los labios con gesto de reproche, Enoch no pudo sonreír. Ya no podía mantener la sonrisa que siempre había mostrado en su rostro.
—Sí existe tal lugar.
—No puede ser. Yo soy “el olvido”.
—…
Los brazos de Enoch, que la sostenían, se tensaron fuertemente.
—¡Ay! ¡Eso duele…!
—No te soltaré. Así que, descansa, Lette.
—Mmm…
El cuerpo de Lette se volvió gradualmente transparente. Enoch la abrazó con fuerza, aunque ya no sentía su peso, y caminó sin rumbo, sin destino, siguiendo, simplemente, sus pesados pasos al andar.
—Lette… ¿Podrías concederme un último deseo?
—¿Cuál?
—… Hazme… También, olvidar…
Lette asintió con la cabeza mientras sonreía débilmente con una expresión melancólica.
—Si eso te hace feliz…
—…
Los ojos verdes de Enoch titilaban de forma desorbitada.
—Cántame por última vez, Enoch.
—…
—Una canción de cuna, quiero escucharla. Para que pueda dormir en paz.
Enoch parpadeó lentamente. De sus pestañas, humedecidas, se desprendieron pequeñas gotas de tristeza y, tras unos instantes, abrió sus labios temblorosos.
—🎶 Si subes sobre las nubes, hay un castillo de ángeles. Un ángel vestido de blanco…🎶
—Oh… Es la misma canción que me cantaba Chloe.
—… La escogí porque creciste escuchando esa misma canción.
—Ah, ya veo…
—…
—Sigue cantando, Enoch…
Pero la voz de Lette se desvaneció gradualmente, hasta convertirse en silencio.
«…»
Enoch Brans, que caminaba sin rumbo, de repente se detuvo.
—¿Qué…?
Su mente estaba confusa. No recordaba qué había estado haciendo, a dónde iba, ni con quién había estado hablando.
No podía recordar nada y se sentía extrañamente vacío.
Al bajar la cabeza, notó un pequeño colgante en forma de relicario alrededor de su cuello. No sabía desde cuándo lo tenía, pero, con solo mirarlo, se le llenaba el pecho de emoción y melancolía.
Abrió el guardapelo, pero, dentro, no había ninguna foto, ni recuerdo. Estaba completamente vacío.
Enoch Brans apretó el colgante con una mano. Con una corazonada, él deseó recordar algo, incluso el más mínimo detalle de aquello tan importante que sentía que había olvidado.
Aun así, Enoch no pudo recordar nada, pues ella era “el olvido”.
- ┈┈┈••✦ ♡ ✦••┈┈┈•
Mimy: Esta parte es para todos los que os preguntáis cómo es que Enoch Brans ayudó tanto a Chloe, traicionando a su Señor y deshonrando su lealtad de caballero, una falta muy grave para un Sir. Además, no solo una, sino dos veces, tanto en la vida pasada como en la actual. Y es que es una duda que quedó ahí, porque nunca se mostró que su atracción, hacia la protagonista, fuera de manera romántica. Bueno y también descubriréis cómo es que él supo, a la primera, que el color que mejor le favorece a Chloe para vestir en primavera es el amarillo.
Un recuerdo pasó por la mente de Enoch Brans. La de una joven niña que sonreía bellamente mientras hablaba.
{—Cualquiera que vea el rostro de Sir Brans nunca podrá olvidarlo.}
Enoch Brans, que había estado rememorando en silencio, dejó escapar una leve risa amarga.
«¿Que nadie podrá olvidarlo? Cómo puede ser eso si ni siquiera tú misma me recuerdas…»
—No creo que sea tan así…—respondió Enoch, para sí, esbozando una sonrisa melancólica.
Enoch había nacido en la pequeña ciudad sureña de Aslanta. El apellido “Brans” no era originalmente suyo, por lo que, como todos los plebeyos, él era simplemente Enoch.
Un chico de origen humilde y con una familia sin nada destacable, lo único especial en su vida era la pequeña niña que vivía al lado de su casa.
Ella era la hija de la mujer más hermosa del pueblo, alguien muy significante para el joven Enoch.
—¿Entonces me lo prometes? Cuando crezcamos, nosotros…
En un radiante día de primavera, hizo una promesa entrelazando su meñique con el de ella, quien llevaba un vestido amarillo brillante.
Era un juego infantil común entre los plebeyos. Un entretenimiento que, a menudo, se convertía en promesas de futuro que realmente se cumplían.
El joven Enoch y la pequeña niña eran de condiciones y edades similares, además de que vivían cerca, así que, si no hubiera ocurrido nada inesperado, podrían haberse convertido en una pareja común y bondadosa.
Sin embargo, una tragedia silenciosa envolvió a la pequeña niña y a su madre, y, ante esto, el joven Enoch la perdió sin poder hacer nada.
—Se fueron a la casa del Vizconde Garnetsch…
Después de escuchar los rumores que se habían propagado por el pueblo, el joven Enoch siguió su rastro. Pero cuando llegó al susodicho lugar, la majestuosidad de la mansión Garnetsch lo intimidó.
—Con un padre de la nobleza… Entonces, ¿ahora ella también se convertirá en una joven de alta alcurnia?
El joven Enoch nunca había conocido a nadie de la aristocracia, solo había oído hablar de ellos y poco más. Por eso, los nobles le parecían seres inaccesibles, casi sagrados.
La pequeña niña, que solía seguirlo por todas partes, se había convertido en alguien inalcanzable.
Aun así, él quería estar a su lado, tal y como le había prometido.
Hasta que, un día, encontró la única manera en que un plebeyo como él podía estar al lado de una chica noble y era: convertirse en caballero.
Todo fue gracias a un mercader que, de vez en cuando, visitaba su pueblo. El hombre le había dicho que, si era lo suficientemente hábil con la espada, incluso un joven de origen humilde como él podría convertirse en un caballero para servir a un noble.
Desde aquel momento, Enoch se decidió. Quería ser su caballero, para así poder estar a su lado y protegerla. Pero lo primero que debía hacer era buscar a un buen maestro que le enseñara el manejo de la espada.
Enoch fue a ver a un anciano, el ciudadano más respetado de Aslanta, quien, hace mucho tiempo, fue un famoso caballero de la capital, pero ahora estaba retirado.
Aunque el ex-caballero aceptó su propuesta para tomarlo como su aprendiz, tenía un carácter bastante peculiar. Sin embargo, eso no desanimó a Enoch, quien tomó sus lecciones con alegría y aprendió de él poco a poco.
El anciano instruyó al joven en el arte de la espada, en cómo blandir cualquier tipo de arma con filo y en cómo moverse para evitar los ataques del oponente. Además, lo educó enseñándole las etiquetas y habilidades necesarias para ser un caballero de alto estanding.
Después de tan arduo entrenamiento, adecuado para ser uno de los mejores espadachines del Imperio, Enoch planeó unirse a la orden de caballeros de la Casa de los Garnetsch. Pero hubo algo con lo que el joven no contó.
Si su habilidad hubiera sido un poco menor, sus planes habrían surtido efecto, sin embargo no ocurrió de tal manera. Lamentablemente, Enoch era demasiado talentoso y llamó la atención del Gran Duque Kylos de Ludwig, quien, cuando escuchó sobre él, quiso reclutar al chico inmediatamente.
Así que, un día, un joven de cabello gris apareció sin previo aviso en la casa donde Enoch residía.
—Vaya, vaya… Entonces, tú eres ese niño plebeyo del que tanto me habló mi antiguo maestro durante estos días. Veo que aprendiste todas sus técnicas de espada en tan solo un año… Impresionante, he de decir.
Era un muchacho unos años mayor que él, pero su comportamiento refinado y su tono autoritario le recordaron a Enoch la increíble brecha que existía entre los dos. Era como si se hubiera levantado un muro infranqueable entre ellos.
—Me presento: soy el Gran Duque Kylos de Ludwig y soy alguien que obtiene lo que quiere, sin importar cómo. Esta vez, he decidido que serás mío, cueste lo que cueste.
Kylos de Ludwig fue el primer noble que Enoch conoció en su vida y, al mismo tiempo, el hombre que le mostró cómo los nobles poderosos obtenían lo que querían.
—No perderás nada. Te trataré como el mejor caballero, digno de tu habilidad.
—Pero lo que yo quiero es…
—Sin embargo, si decides servir a otro Señor que no sea yo, no te dejaré vivir. Con tu habilidad, podrías ser un obstáculo para mí en el futuro.
Por muy talentoso que fuera, era extremadamente difícil para un joven plebeyo enfrentarse directamente a la voluntad de uno de los nobles más poderosos del Imperio.
Así, Enoch se convirtió en caballero del Gran Ducado. Se encargó de todo tipo de tareas, sucias y desagradables, que los otros caballeros nobles de la orden difícilmente harían y, tras meses de haber demostrado su increíble habilidad, el Gran Duque le otorgó el apellido “Brans”.
—¿Qué te parece? Es una inversión en tu futuro. Ahora nadie sospechará que vienes de una familia de clase baja.
A Kylos le agradaba bastante el joven caballero plebeyo y talentoso. Además, por su lealtad, no dudó en esforzarse para integrarlo en la alta sociedad, pensando en su porvenir.
Pero Enoch no confiaba en las palabras del Gran Duque. Todo lo que él hacía era por el bien de los objetivos que Kylos de Ludwig se había propuesto, y no, precisamente, por los suyos, pues, lo que, en verdad, Enoch quería, era servir a aquella niña de la ahora, Casa Garnetsch, en vez de al Gran Ducado de Ludwig.
Mimy: Lo dicho, Enoch tenía más potencial. Yo quería que fuera el ML desde el principio. Sin contar que él es el único capaz de ver todos los puntos de vista de Kylos, Chloe y Raymond, queda mejor que ayudes a curar tus viejas heridas, con el que siempre estuvo ahí, a tu lado, observando todo y protegiéndote, que con el que traicionaste llevándolo a la muerte. Nadie te perdonaría, sinceramente, como lo hizo Raymond, ¿y aun por encima después dejó sus sentimientos de lado para ayudarte psicológicamente…? ¡Venga ya! A ver, seamos realistas, yo, al menos, en el lugar de Raymond me mandaría el mejor de los mejores porn revenge, existidos y por haber. Y es que hasta Kylos, en su locura, lo pensaba. Porque es lo más lógico y natural no volver a amar a Chloe sabiendo que ella participó en tu muerte. Pero bueno, es Raymond, él también se confundió de novela y viene de una de Disney, por eso le pillaron fuerte las feromonas Omega de Chloe. Que, a todo esto, si ella no se acuerda de Enoch, mi teoría cuadra maravillosamente. En una historia Omegaverse, Chloe era una chica Omega que murió por camión-chan, tras ser perseguida por una horda de Alphas cachondos en modo horny. Luego, reencarnó en esta dimensión, pero no guardó sus memorias del otro mundo o no nos las quiso contar porque no le importaba, y, a mayores, las feromonas atrae machos se las trajo consigo. Al igual que otras protas coreanas que mantienen sus habilidades de su otra vida. Pues ale, confirmado. Ya soy feliz, me encantan las teorías locas.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: MIMY