Capítulo 84
Después de dormir profundamente y despertarse de su resaca, Lette, frustrada por haberse perdido el momento en que Raymond me propuso matrimonio, insistió en que él lo volviera hacer de nuevo con ella presente. Pero, obviamente, Raymond ignoró sus palabras con facilidad.
Además, quedaba algo más importante que hacer. Mientras Raymond me esperaba a un lado, tenía que despedirme adecuadamente de Daria, por todo lo que ella había hecho hasta ahora por mí.
—Me alegro que todo se haya solucionado, por mi parte, no volveré a la capital por un tiempo.—explicó Daria—. Planeo quedarme en el Ducado y fortalecer mi posición como Duquesa de Carolina, antes de nada.
—Es una pena. Te extrañaré mucho.
En realidad, había venido aquí enfadada con Raymond. Sin embargo, sabía que no la vería por un tiempo en cuanto se anuló su matrimonio con el Emperador.
«Parece mentira que haya pasado solo una semana aquí…»
Aunque era un tiempo adecuado para quedarse como invitada en el territorio de otra persona, se sintió extrañamente corto.
—Si sigues así, Chloe, Raymond se pondrá celoso.—bromeó ella con una ligera carcajada.
Al mismo tiempo, se escuchó la tos fingida de Raymond a un lado, como diciendo que nos diéramos prisa. Daria lo miró con desaprobación y, mientras besaba el dorso de mi mano como un caballero, ella añadió con picardía:
—Entonces, cuídate, Chloe.
Inmediatamente, Raymond, al ver la escena, saltó y agarró mi mano, mirando a Daria con ojos furiosos.
—¡¿Qué demonios?!—exclamó él.
—Vamos, no seas así. Fue un saludo como despedida.
—¡¿Quién saluda así?!
—Otros Duques y Marqueses lo hacen de la misma manera, no es para tanto.
Raymond sacó un pañuelo y frotó bruscamente el dorso de mi mano, como si estuviera limpiando algo sucio.
Mimy: Emms… Raymond, por favor… Hace tan solo unos días que dejaba a Chloe libre y ahora se ha vuelto un exagerado…
—Enviadme una invitación para la boda. Haré tiempo.—concluyó Daria, al mismo tiempo que me guiñaba un ojo.
—Sí, definitivamente te enviaré una.—respondí con una sonrisa brillante.
Pero ella, con cautela, miró a Raymond de reojo antes de acercarse a mí y susurrarme al oído:
—La próxima vez que nos veamos, no me hables con formalidad. Todos saben que fuiste mi doncella. Así que, como comprenderás, es mejor evitar chismes innecesarios.
Mimy: Es porque si se tratan en plan con formalidad y distanciamiento, se puede interpretar que tuvieron un altercado por la posición de Emperatriz o el amor del Emperador. Hasta ahora, a ojos de los demás, Chloe es una amante con la que Raymond engañó a Daria.
En lugar de responder, simplemente asentí con la cabeza. Quería hablar más, pero debido a que Raymond seguía haciendo gestos para apurarnos con la despedida, tuve que dar media vuelta, sin más remedio.
—Entonces, hasta que nos volvamos a ver, adiós.—dije finalmente.
Un último saludo que le envié a mi gran confidente, que no era ni formal, ni informal y, por supuesto, no fue tan incómodo como pensé.
Después de despedirme, subí al carruaje que me llevaría de regreso al Palacio con Raymond. Extrañamente, mi corazón se sintió apretado, ya que, en cierto modo, estaba regresando con él, para convertirme en su novia oficial.
—Pasaste demasiado tiempo despidiéndote de esa mujer.
—Daria es una muy buena amiga para mí.
—… Me hizo sentir mal…
—¿Qué parte?
—Pues… Para empezar no deberías sonreír tan lindamente mientras piensas en esa mujer.
La imagen de Raymond celoso y refunfuñando era tan adorable que no podía contener mi sonrisa. No por Daria, sino por los días que íbamos a pasar juntos en el futuro. Momentos que serían tan hermosos, como él.
Mimy: ¡Qué cursilada! XD
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Ya habían pasado cuatro días desde que Chloe llegó al Palacio desde el Ducado de Carolina. Raymond, como casi siempre, estaba sentado en su oficina, mirando fijamente una hoja de papel en blanco mientras reflexionaba sobre algo.
De pronto, un pequeño sonido llamó su atención.
TAP, TAP, …
Al volverse hacia el lugar, donde parecían escucharse unos pasos, vio a la Santa, en forma de niña, sentada en el alféizar de la ventana, golpeando ligeramente la pared.
—¡Ah! Santa.
Raymond se levantó hacia la irrespetuosa invitada que había irrumpido en la oficina del Emperador.
—Te busqué por todo el Palacio.—dijo ella—. No sabía que estabas en la oficina.
La Santa sonrió y retorció su cuerpo. Incluso para Raymond, ella era adorable en su forma de niña. Probablemente porque se parecía a la mujer que él amaba.
—¿A mí? ¿Para qué?—preguntó él.
—Tenía curiosidad sobre cómo iban los preparativos de la boda con Chloe.
—Bueno, más o menos…—murmuró Raymond mientras miraba la hoja de papel que había estado observando—. Cuatro Casas nobiliarias todavía se resisten, pero con un poco más de persuasión…
—¿Quiénes son esas cuatro?
—El Duque de Hedges, el Marqués de Reese, y… Espera…—Raymond, que había respondido sin pensar, frunció el ceño y levantó la cabeza, antes de añadir—. ¿Por qué preguntas?
—Quiero que Chloe sea feliz. Y, por supuesto, tú también, Raymond.
—¿…?
—Así que te ayudaré.
Raymond, que había captado su intención demasiado tarde, soltó una risita.
—No es necesario. No necesito la ayuda de la Santa.—contestó él con una voz segura, mas con una cierta suavidad en su tono—. Pero agradezco el gesto.
Aunque podría decirse que era un desperdicio rechazar la oferta de la Santa, Raymond tenía otros planes en mente.
«Todavía me queda un último recurso.»
Con aquel pensamiento, los labios del joven Emperador dibujaron una sonrisa siniestra.
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El Duque Adrián de Hedges, que recientemente cumplió sesenta años, era conocido por ser erudito. Probablemente, era el hombre más sabio del Imperio, pero también era un tanto conservador y rígido con las tradiciones.
Hacía tan solo unos días que había recibido una carta del Emperador, donde éste le pedía que aceptara a la mujer de Casa Garnetsch como su nueva esposa y futura Emperatriz.
«¿Una joven, la cual todos saben que es una hija ilegítima y que tiene la osadía de aspirar a semejante posición en la corte Real?»
El Duque no se lo pensó dos veces y envió de inmediato una respuesta en la que se oponía a tal acontecimiento, nunca antes visto.
—¿Una Emperatriz de origen ilegítimo? ¡Ni en sueños!—decía el hombre para sí mismo.
Pero, de repente, y sin previo aviso, una voz grave respondió a sus espaldas:
—Entonces lamento decirte que tendré que tomar tu vida primero, Duque de Hedges.
¡ZIIING!
Una sensación fría rozó la nuca del cabeza de familia del Ducado. Ahora, ante el Emperador, Adriá nde Hedges se vio amenazado con el filo de una espada que le rozaba la piel de forma peligrosa.
—¡¡Su Majestad!!—gritó el Duque con el rostro pálido de sorpresa.
El hombre estaba seguro de que estaba solo en su habitación, pero, de alguna manera, el Emperador había entrado de imprevisto y ahora le apuntaba con una espada.
—Ja, ja, ja, … Su Majestad… ¿Es esto una broma? Usted sabe mejor que nadie cómo soy.
Pero, poco después, el Emperador guardó la espada, como si realmente hubiera sido una pequeña jugarreta de mal gusto.
—No me gusta ver sangre.—expuso Raymond.
—…
Por alguna razón, el tono con el que él pronunció esas palabras, sonaban como si realmente quisiera ver sangre en ese momento. Además, el hecho de que Adrián de Hedges conociera mejor que nadie el temperamento del Emperador, no ayudaba en nada a la hora de calmar el ambiente caldeado.
—Duque de Hedges, he venido hoy aquí, personalmente, para persuadirte y darte una oportunidad más con respecto a tu decisión.
—¿Habla del asunto del matrimonio de Su Majestad?
—Sí, en efecto.—respondió el Emperador brevemente y, sentándose frente al Duque, preguntó—. ¿Tu opinión sigue siendo la misma?
—Sí, me temo que así es.—respondió Adrián de Hedges mientras tragaba saliva.
Tras un corto silencio, lleno de tensión, el Emperador no dijo ni una palabra y simplemente se limitó a observar fijamente al anciano que tenía delante.
Justo cuando el sudor frío comenzó a correr por la espalda del Duque, el Emperador se levantó con una expresión indiferente.
—Volveré mañana.
Raymond, tal como vino, salió de la habitación, golpeando el mango de su espada. El Duque, nervioso, soltó una risa incómoda ante la evidente actitud amenazadora del Soberano del Imperio.
—Por mucho que lo intente, no podrá doblegar la voluntad de este viejo, Su Majestad…—murmuró Adrián de Hedges para sí mismo, mientras miraba hacia la puerta por donde el Emperador había desaparecido.
—¿Doblegar el qué? ¿Qué cosa?
De nuevo, otra voz sorprendió al anciano, quien, una vez más, creyó que sí se había quedado solo en la habitación.
Inmediatamente, el Duque se dio la vuelta y al vez a la chica detrás de él, el hombre, atónito, balbuceó:
—¡¿T-tú eres…?!
—Hola, Duque de Hedges.
—¿La Santa…?
—¡Oh! ¿El Duque sabe quién soy?
—Sí… Nos saludamos la última vez, ¿recuerdas?—explicó el anciano mientras miraba a la joven con una expresión incómoda—. ¿Cómo llegaste aquí? No me lo puedo creer. ¿Qué demonios pasa hoy? Es como si mi oficina se hubiera convertido en un lugar público…
—Resulta que he oído que Su Excelencia se opone al matrimonio Real. ¿Es eso cierto?
—¿Es ese el motivo de su visita?
—Sí, exacto. Vine por eso, ya que esas dos personas deben casarse.
El Duque ya sabía que la Santa, en nombre del templo, había aprobado el matrimonio del Emperador.
«Aun así… ¿No es esto una interferencia excesiva?»
Una arruga sutil apareció en la frente del anciano mientras miraba a la Santa.
—El templo apoya fervientemente la unión de los dos.—insistió la joven.
—Ya veo.
—Pero, ahora, el Duque está interfiriendo poniéndose en contra de la voluntad del Dios Ramie.
—Hmm…
—¿Todavía no ha cambiado de opinión?—inquirió ella.
La voz arrogante de la Santa, que lo miraba desde arriba, era sutilmente amenazadora.
—No, no ha cambiado en absoluto.
—¿Incluso si la voluntad del Dios Ramie es que se celebre esta unión por el bien del Imperio de Astart?
—Sí.
—Ya veo, así es…—murmuró la Santa.
Pero, justo cuando el Duque pensó que la Santa había desistido en intentar convencerlo, los ojos rojos de la chica brillaron peligrosamente mientras preguntaba:
—¿Hay alguna razón de peso por la que la Casa Ducal de Hedges se oponga a su unión? ¿Algo tan importante que implique que incluso usted mismo está dispuesto a enfrentarse a la Iglesia de Ramie?
—¿E-enfrentarse?—balbuceó el anciano, estupefacto.
—¿Cómo es que está tan sorprendido, Su Excelencia? ¿No es así lo que acaba de afirmar? El Duque se está oponiendo directamente a la voluntad del templo.
De alguna manera, su expresión y tono amenazantes se parecían mucho a los del Emperador, quien también lo había visitado hace tan solo unos momentos atrás.
—¿Cómo es eso oponerse a la voluntad del templo? No es tan simple como únicamente aceptar, o no, el matrimonio de una Casa nobiliaria. Es un asunto mayor, en el que se decidirá la Emperatriz de este Imperio. No solo entran intereses religiosos, sino también políticos.
Aunque sentía una extraña sensación de escalofrío en la espalda, el Duque mantuvo su postura.
—Si Su excelencia sigue así, la Iglesia de Ramie no tendrá más remedio que considerar a la Casa Ducal de Hedges como un enemigo. Por supuesto, preferiría que eso no sucediera.
—¡Ah…!
—Piénselo de nuevo. Volveré mañana.
La Santa, al igual que el Emperador, concluyó la conversación con esas palabras y desapareció en silencio.
«¿Qué clase de mujer es esa tal Chloe Garnetsch como para que, tanto el Emperador, como la Santa, vengan a amenazarme?»
Mimy: Una mujer que tiene las feromonas más potentes del Imperio de Astart y, si la ves, probablemente seguirás en tus trece con la oposición al matrimonio, pero, esta vez, porque quieres a Chloe para ti y no para el Emperador. ¿Te vale Duque de Hedges? XD
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De regreso al Castillo con Raymond, me alojé en el Palacio Rubí. Un anexo un poco alejado de la residencia principal del Palacio Imperial. Ese lugar, que solía ser utilizado por las futuras Emperatrices, estaba cerca de donde se alojaba Lette, por lo que ella estaba muy contenta.
Después de un desayuno ligero, caminé sola por los jardines traseros de mi nuevo alojamiento. Como aún no había recibido visitas, ni tampoco había visto a Raymond o a Lette por los alrededores, disfruté de la tranquilidad de la mañana para mí misma.
No obstante, al poco tiempo, en la distancia, noté un cabello platino brillante moviéndose rápidamente. El hombre que caminaba de forma apresurada, con una expresión seria, diferente de lo habitual, pronto se topó conmigo.
—¡Ah! ¡Lady Chloe!—exclamó Sir Enoch quien, al verme, detuvo su paso y me saludó con un gesto elegante.
—¿Tiene algún asunto urgente?—pregunté sin ocultar mi curiosidad.
—Estaba buscando a Lette. Pensé que podría estar con Lady Chloe, pero parece que no.—respondió él mientras suspiraba con una expresión preocupada—. Esto es un problema. El otro día parecía que iba a hacer alguna travesura peligrosa y ahora…
Su murmullo, que parecía el de un padre preocupado por su hija, me hizo reír.
—No te preocupes demasiado. Después de todo, es la Santa. ¿Cree que le pasará algo peligroso a alguien como ella?
—… No… Más bien me preocupa que otras personas estén en peligro por la Santa.
Al escuchar aquellas palabras, me quedé perpleja y miré a Sir Enoch, que seguía murmurando algo incomprensible para sí. Sonaba como si Lette pudiera lastimar a alguien sin el más mínimo reparo, pero debía ser fruto de algún tipo de malentendido. Era casi imposible imaginar que alguien tan adorable como ella pudiera cometer una atrocidad.
Mientras caminaba junto a Sir Enoch, de repente, recordé algo y comenté:
—Escuché que Lette se irá cuando llegue el otoño.—dije disfrutando de la suave brisa de finales de verano—. ¿Sir Enoch también se irá con ella?
El caballero quien, una vez perteneció a la Guardia del Gran Ducado de Ludwig, había estado junto a Lette desde la caída de Kylos. Por tanto no era descabellado pensar que, al regresar con la Santa al templo, Enoch podría convertirse en un paladín, algo que le quedaría muy bien con su imagen ascética.
—…
No obstante, Sir Enoch guardó silencio y me miró con una leve sonrisa, en lugar de responder.
—¿…?
Sin comprender lo que aquello significaba, me quedé parpadeando hacia él, hasta que una voz sonora nos interrumpió.
—¡Chloe!
Raymond, que me había visto, caminó hacia mí con pasos firmes.
—¡Su Majestad!
Con una sonrisa alegre, corrí hacia él. Raymond tomó mi mano suavemente y miró a Sir Enoch de reojo.
—¿Estabas paseando con ese hombre?
Mimy: Deja de ser tan controlador, mijo. Estás echando abajo todo tu carisma de ML… A este paso, si estuvieras en una era moderna, ya estarías revisando los mensajes de móvil a Chloe. Mal, Raymond, mal.
—Sí. Me encontré con Sir Enoch, que estaba buscando a Lette, mientras caminaba por los jardines.
—Enoch… Sir Brans, eras, ¿no?
—Sí, Su Majestad.—respondió el apuesto caballero mientras se inclinaba aún más profundamente al sentir la mirada exhaustiva del Emperador.
Los ojos de Raymond, que lo miraban desde arriba, brillaban intensamente.
—Gracias por consolar la soledad de Chloe. Ahora que estoy aquí, puedes irte.
Su tono era autoritario, diferente al que usaba conmigo y, de alguna manera, sentí que su agarre en mi mano se volvía un poco más fuerte.
—Sí, Su Majestad. Entonces…—contestó Enoch, quien terminó su frase guiñando un ojo hacia mí, antes de alejarse rápidamente.
Tras esto, y feliz por la visita del Emperador, dirigí mi mirada hacia él. Sin embargo, Raymond seguía observando el lugar por donde Sir Enoch había desaparecido, con cierta curiosidad.
—Mmm…
—¿Qué pasa, Su Majestad?—pregunté.
—Ese hombre, parecía bastante cercano a ti.
—Bueno… Me ha hecho muchos favores.
Era alguien que había sido mi benefactor, incluso antes de viajar en el tiempo. Después de la regresión, también se convirtió en una gran fuerza para mí. En efecto, Sir Enoch podría decirse que era una persona a quien le estaba muy agradecida por todo lo que había hecho por mí, sin esperar nada a cambio.
—¿También crees que ese hombre es guapo?—inquirió Raymond de forma repentina.
—¿Eh? ¿Si creo que Enoch es apuesto?
Sorprendida, repetí la pregunta intentando comprender a qué venía a cuento todo aquello. Pero eso solo hizo que él frunciera todavía más el ceño.
—Es decir, te pregunto si tú también crees que ese hombre es más guapo que yo…
—¿…?
—Daria dijo eso…—murmuró Raymond.
Su rostro parecía muy serio, así que lo miré fijamente.
—Ah, eso es…
Sin embargo, Raymond cortó mi respuesta y giró la cabeza bruscamente.
—¡Maldición! ¡Mejor no respondas!
Sus orejas y nuca estaban teñidas de rojo. Después de mirarlo en silencio, no pude evitar reírme.
— ¿De verdad? ¿Daria dijo eso? ¿Que Sir Enoch es más guapo que Su Majestad?
—¡Olvídalo, Chloe! Por favor, dejemos este tema.
—Mmm, así que Daria piensa eso… Bueno, todos tienen sus propios gustos.
—Chloe, hablemos de otra cosa…
—Todos dicen que Sir Enoch es guapo, pero…—seguí diciendo y, mientras lo abrazaba suavemente, le susurré con dulzura—. Para mis ojos, Su Majestad es mucho más impresionante.
Raymond, cuyos ojos se encontraron con los míos, se estremeció, completamente ruborizado.
—… Ahem.—tosió y, haciéndose de rogar, balbuceó—. M-mientes.
—¡Es en serio! Es un poco injusto que no me creas. Además, aunque no me enamoré de Su Majestad por su apariencia, cualquiera que lo vea pensará que únicamente aprecio su cuerpo. Eres demasiado apuesto, a mi parecer.
Mientras respondía, besé su mejilla varias veces para consolarlo. Entonces, su rostro tenso comenzó a relajarse visiblemente, lo que me hizo reír.
—Pero, ¿por qué ese hombre es Sir Enoch y yo solo soy Su Majestad…?—protestó él, haciendo un puchero, mientras acariciaba suavemente mi cabello—. Llámame por mi nombre también, Chloe.
—¿Estás celoso de Sir Enoch ahora?
—Sí, estoy celoso. Y bastante.
El rostro de Raymond, que decía que estaba celoso con una expresión tan seria, era tan adorable que no pude evitar abrazarlo de nuevo.
—Mmm…—dudé de forma juguetona, apoyando mi cabeza en su pecho y haciendo círculos con un dedo entre sus musculosos pectorales—. Bueno…
—¿Bueno?
—Su Majestad es el Emperador del Imperio Astart, y yo solo soy Chloe Garnetsch. ¿Cómo podría hacer eso?
Mimy: Sí, tú dale más la razón al Duque de Hedges, Chloe… Por Dios, me quiero contener… Pero ya te acostaste con él, ¿qué pasa? ¿Que mientras lo cabalgas desnudo también solo lo ves como Emperador? Hasta Daria, siendo Emperatriz o Duquesa la llamas Daria… Vale que sea, tu amiga, jefa o protectora, pero Raymond es tu amante… ¡Avanza!
—No eres solo Chloe Garnetsch. Eres la mujer que, con solo una mirada, haces que el Emperador del Imperio Astart se sienta pequeño.
—¿Quieres que te llame por tu nombre?
—Sí.—asintió Raymond con una expresión decidida, al mismo tiempo que me dedicaba una mirada muy expectante.
—Si realmente lo deseas…—contesté, separándome de él con una sonrisa—. Lo pensaré un poco más.
—¡Chloe!
Raymond, que esperaba que su nombre saliera de entre mis labios en cualquier momento, gritó mi nombre con una expresión de haber sido cruelmente engañado.
Me escapé de él, riendo juguetonamente, pero, por supuesto, no pude alejarme lo suficiente antes de que me atrapara de nuevo.
—¡Eres realmente insolente! ¡Me has tomado el pelo por completo!—murmuró él mientras me abrazaba por detrás.
—Raymond.
—¡…!
Cuando pronuncié su nombre, el cuerpo de Raymond se tensó tanto que pude sentirlo completamente en sus músculos, los cuales me rodeaban por completo.
—Te llamaré así… Después de la boda.
—¡Ah…! Emm…—balbuceó y luego soltó una risa desinflada, antes de añadir a modo de rendición—. Realmente tienes talento para jugar conmigo, Chloe.
Su barbilla descansaba sobre mi coronilla y, el solo sentirme envuelta entre sus brazos fornidos, me llenaba el cuerpo de una sensación dulce y cálida,
—Te amo, Su Majestad.
—Sí. Yo también te amo, Lady Garnetsch—respondió él con un tono brusco, como si estuviera enfurruñado.
—¿Estás enfadado?—pregunté sorprendida.
—No. ¿Cómo podría estarlo?
—Pues pareces enfadado…
—Para nada.
—Entonces, ¿por qué me llamas así?
—Es solo una formalidad. Al igual que tú, yo te llamaré así hasta que nos casemos.
—Definitivamente estás enfadado.
—No, no lo estoy.
Me reí y me liberé de sus brazos. Luego, extendí mi mano hacia él.
—Entonces, ¿le importaría caminar conmigo, Su Majestad?
—…

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: MIMY