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ACOSB

Capítulo 76

A la madrugada del día siguiente, me desperté a la hora exacta que Kylos me había indicado previamente, y, una vez lista, lo esperé. Pronto, con un pequeño golpe en la puerta, ésta se abrió y él apareció acompañado del joven aprendiz de caballero; Liam Harrison.

—Liam, cuida de Chloe.

—¡Sí, a sus órdenes, Su Excelencia!—exclamó el muchacho con una mirada llena de determinación—. ¡Protegeré a Lady Garnetsch con mi vida!

Al responder así, era demasiado obvio que Harrison parecía sentirse sumamente honrado por la tarea que Kylos le había encomendado.

—No es necesario que pongas tu vida en ello.—comenté con un tono un tanto alicaído.

Al escucharme, Harrison se sonrojó.

—E-en ese caso, no con mi vida, pero sí con mi honor…—balbuceó el joven, y luego, observó mi reacción con cautela, como si quisiera saber si esa promesa era aceptable.

—Sí, te lo agradezco mucho.—contesté brevemente mientras me levantaba de mi asiento. 

Junto a Kylos, caminamos hacia la puerta principal, con Liam siguiéndonos a cierta distancia.

—Me dijiste que si quería tu confianza, debía tener que demostrarlo primero con mis acciones, ¿no es así, Chloe?—Susurró Kylos, a lo que asentí, a la vez que él me ofrecía una última despedida—. El lugar al que regresarás no será este Ducado, sino un sitio mucho más grande y espléndido. Ya lo verás. Con esto espero ganarme tu fe en mí, tal y como tenías en aquellos tiempos durante tu infancia y juventud.

—Eso suena increíblemente tentador…—dije sonriendo con una ligera y sutil expresión burlona, que él no llegó a ver, ya que lo había dejado atrás, después de dar un par de pasos hacia delante para alejarme de él.

Aunque, momentos antes, su rostro pareció mostrar un aire de nostalgia, no intentó detenerme.

Finalmente, di media vuelta y miré su semblante una vez más, sin arrepentimientos, antes de girarme y marcharme.

En el pequeño carruaje encubierto, pues no presentaba el emblema del Ducado de Ludwig en ninguna parte, Harrison esperaba sobre el banco del conductor.

Después de que me subiera, Kylos se despidió, y pronto, el vehículo comenzó a moverse, crujiendo a medida que los caballos relinchaban.

Durante un buen rato, el carruaje siguió su curso sin detenerse.

«¿A dónde iremos? Demonios, estos no va tan bien cómo esperaba… Kylos nunca me reveló el destino, solo mencionó que era un “lugar seguro”. Aunque yo tampoco le pregunté más, pues contaba con que me lo dijera antes de partir… Además, ya me había confesado bastantes cosas, y debía mostrar que confiaba un poco en él para evitar sospechas…»

Viendo cómo estaba la situación, solo se me ocurrió fingir que estaba mareada debido al movimiento bamboleante. Gracias a Dios, al tener que viajar de incógnito, el carro no era tan cómodo como aquellos que solían utilizar la alta nobleza del Imperio, por lo que era la perfecta excusa para cesar la marcha.

—¿Podemos detener el carruaje un momento, joven Harrison?—pregunté colocando una mano sobre mi frente y la otra sobre mi pecho como si fuera a vomitar.

Rápidamente, Liam estacionó el carruaje a un lado del camino y, tras colocar rápidamente una manta sobre la hierba, me ofreció un lugar bajo la sombra de un árbol para descansar, mientras me entregaba una botella de agua.

—Mi Lady, ¿cómo se encuentra? Bebe un poco de agua, a sorbos cortos. El mareo debería calmarse lo suficiente con esto.

—Gracias.—dije, sonriendo brevemente, a la vez que tomaba la botella entre mis manos temblorosas.

Noté cómo el muchacho se ruborizaba cuando, por un segundo, nuestros dedos se rozaron accidentalmente y, cuando me dispuse a beber, elevando ligeramente mi barbilla, sentí las vibrantes pupilas del chico puestas en mí, quien, como hipnotizado, bajaba su mirada desde mis húmedos labios hacia mi cuello al descubierto.

Cuando bajé la botella, giré mi rostro hacia él y, ante mí, observé cómo la fría hoja de una espada apuntaba a la nuca indefensa del joven aprendiz.

A través del hombro de Liam Harrison, me encontré con unos familiares ojos verdes, pertenecientes a  aquel quien sostenía el filo, y, radiante, sonreí por verlo de nuevo.

—Te he estado esperando, Sir Enoch.—lo saludé alegremente.

—¿Eh?

Harrison, sin comprender lo que sucedía, volteó la cabeza de forma inmediata, para, finalmente, ver la afilada punta de una cuchilla cerniéndose sobre su garganta. Al otro lado de la hoja, un hombre de cabello platino y ojos amenazantes lo observaba.

—¿Qué…? ¿Pero qué demonios…?—masculló, pálido, por el miedo, antes de exclamar—. ¡Sir Brans! ¿¡Por qué estás tú…!?

—Buenas, Liam.—se presentó Sir Enoch, con una de sus sonrisas elegantes—.Tienes suerte.

El desdichado y desconcertado aprendiz de caballero estaba tan atónito que no pudo responder. En ese momento, recordé las palabras de Kylos cuando hablaba de Enoch:

{—Sir Brans, aparte del Emperador, es el espadachín con más talento de todo el Imperio de Astart.}

Mientras la sonrisa de Sir Enoch se profundizaba, mostrándose aún más amable de lo normal en aquella situación, habló a Liam en un tono suave:

—Deja todas tus armas, joven Harrison.

—No puedo…

—Hazlo ahora, Liam.

—…

Aunque Harrison intentó resistirse, la firmeza en las palabras del apuesto caballero hizo que dudara por unos instantes. El aire que lo rodeaba parecía enfriarse, y finalmente Liam, vencido por la presión, dejó caer su espada al suelo.

—Bien hecho. Ahora, con las manos arriba, ¿qué tal si nos vamos moviendo?

Con todas sus armas despojadas, Harrison, guiado por Enoch, quedó atrapado en un lugar apartado, tras ser atado dentro de una cabaña que no había mostrado señales de haber sido habitada en mucho tiempo. Allí, Sir Enoch, comenzó a revisar las pertenencias del joven aprendiz, mientras él me miraba tembloroso diciendo:

—Lady Chloe, yo… Esto…

Triunfante, Sir Enoch sacó una carta del interior de las ropas de Harrison y me la entregó. Cuando leí su contenido, mis ojos se entrecerraron ligeramente.

«Vaya, vaya… Parece que el “lugar seguro” al que Kylos se refería era el Ducado de Carolina… Debí habérmelo imaginado…»

—Lo siento, Sir Harrison. Me temo que te quedarás aquí unos diez días.

Mimy: Lo siento, pollas… ¿Y el agua y la comida? ¡Que está atado Chloe! ¡Y el ser humano solo puede vivir de 3 a 5 días sin agua, según mi buen amigo Google! Pobre Liam, sin comerlo y sin beberlo (nunca mejor dicho), se vio envuelto en esta mierda y lo dejaron morir de sed…

Tras terminar de ojear la carta, la doblé cuidadosamente y se la entregué a Sir Enoch para que la guardara, pues era una prueba importante para incriminar al Duque de Carolina. Luego, me incliné hacia Harrison y, cuando nuestros ojos se encontraron, observé cómo él se tensaba y apretaba los dientes al mismo tiempo.

—Piensa en esto como unas vacaciones cortas.—le dije a Liam antes de marcharme—. Después de que todo termine, estarás agradecido por tu situación.   

Mimy: ¿Repito, y el agua? Agradecido con qué, si va a ser fiambre sin poder beber… Nah, si vuelve a aparecer el chaval le hago un monumento. Aquí careto pa dar pena:

Tras repetir las palabras que Kylos me había dicho, Sir Enoch y yo salimos afuera.

—¿Qué haremos ahora?—preguntó él.

Mientras recordaba el contenido de la carta, sonreí de manera significativa y respondí:

—Esperar al momento adecuado. y ahora sí… ¡Qué comience el espectáculo!

  • ┈┈┈••✦ ♡ ✦••┈┈┈• 

Como moviendo un peón en su tablero, había enviado a uno de sus hombres con ella. Era por su seguridad, pero, ante su ausencia, Kylos nuevamente se sintió vació. 

Sin embargo, lo tranquilizaba saber que ya no quedaba mucho. Un poco más y los días que pasaría con ella, por siempre, volverían a estar frente a él.

Justo antes de subir al carruaje, recordó el rostro de Chloe, que le sonreía suavemente. Quizás debería haberle dado un beso de despedida y mostrar su preocupación, deseando que se cuidara mientras esperaba. Con aquellos pensamientos, una risa vacía escapó de sus labios.

Durante los siguientes días, Kylos dio la orden de reforzar las defensas del Gran Ducado y aguardó pacientemente a que llegara el Emperador. El plazo, donde se estimaba la presencia de su hermanastro en su territorio, fue indicado en una de las cartas que el Duque de Carolina le había enviado.

Tras preparar todo, miró rápidamente la hora y subió a la torre de vigilancia sobre las murallas que rodeaban el Gran Ducado. Era el día tan esperado y, desde allí, a lo alto, comenzó la aburrida observación. 

Diez minutos, veinte minutos, treinta minutos pasaron lentamente sin pista alguna sobre la llegada del Emperador. No obstante, cuando el temple de Kylos comenzaba a flaquear, una nube de polvo apareció en la distancia, seguida por una columna de soldados que avanzaban a caballo hacia el Gran Ducado.

CLINK, CLOP, CLINK, CLOP, … 

El sonido de los pasos de los guardias armados, pronto rodeó la tranquila propiedad del Gran Duque. Desde lo alto de la torre, Kylos pudo ver a los hombres del Emperador rodeando la muralla junto con Raymond de Astarot, que cabalgaba al frente sobre su caballo blanco.

Kylos dirigió su mirada hacia abajo y luego hacia la entrada de las murallas, antes de gritar:

—¡Abran al Gran Sol del Imperio!—cuando el Emperador hizo acto de presencia, Kylos añadió con un deje de descortesía—. Buenas, lo estábamos esperando.

Al mismo tiempo, Raymond, con una postura arrogante sobre su caballo, elevó ligeramente la cabeza mirando hacia arriba y, al cruzarse de ojos con Kylos, pronunció con severidad: 

—Gran Duque Kylos de Ludwig III.—dijo el Emperador con el ceño fruncido y una expresión adusta, con su serio semblante endurecido—. Dime, ¿qué planeas esta vez?

—Su Majestad, su más fiel y noble vasallo, Kylos de Ludwig, desea ofrecerle al criminal que engañó a la Familia Imperial, para que, con su gran gracia y misericordia, Su Majestad pueda perdonar los viejos errores del pasado que este, su siervo, ha cometido.

—¿Qué sandeces osas decir ahora, Gran Duque?—preguntó Raymond, quien con una mano levantada, indicó a los arqueros, que rodeaban el castillo, que tensaran sus flechas tensadas, retrocediendo un paso—. ¡Ja! ¡Ya veremos o no si mereces mi perdón, Kylos de Ludwig ¿Dices, ofrecer un criminal? Y bien, ¿dónde está ese tan buscado criminal?

El caballo blanco del Emperador avanzó unos pasos hacia delante, y Kylos, desde la muralla, mostró una profunda reverencia en señal de pleitesía, donde juntaba sus manos y bajaba sumamente su cabeza.

—El criminal está muerto.

—… ¿Muerto?

—Escapó del Palacio Imperial y vino hasta el Gran Ducado exigiendo refugio. ¿Cómo podría dejar con vida a esa vil malhechora que se atrevió a intentar asesinar a la Familia Imperial? Pese a ser parte de la nobleza, no merece ni la más mísera de las compasiones, pues cometió un crimen tan grave que mi reputación quedó completamente destruida. Al fin y al cabo, fui yo quien la acogió, la educó e incluso, gracias a mí, debutó en la alta sociedad… Sin embargo, así me las ha pagado… Ni siquiera puedo levantar mi cabeza por la vergüenza y el deshonor que…

—¿No es cierto que tú, en lugar de matarla, la ocultaste y la trajiste aquí por tu propia voluntad?—cortó Raymond, ya harto de escuchar sus banalidades sin sentido.

Mientras observaba los ojos, rojos como el atardecer, del Emperador, cuya sospecha se entrevía en su fiera mirada, Kylos sonrió con tranquilidad diciendo:

—Este es el ataúd del criminal, que, con la más honesta de mis sinceridades, le ofrezco como regalo a Su Majestad.

Con un brusco ademán de Kylos, sus soldados se inclinaron al unísono, despejando el camino para el Emperador. Raymond, con una mirada helada, los observó y comenzó a ascender las murallas donde Kylos lo esperaba.

En lo más alto de la fortificación, un negro ataúd rígido lo esperaba. A su lado, Kylos se postró, tal y como el pecador que era.

—¿Y esto es…?—preguntó el joven de Astarot con indiferencia.

—Como le decía, Su Majestad, este es el ataúd de Chloe Garnetsch, la vil criminal que intentó asesinar a la Familia Imperial.

—…—en silencio, el Emperador desmontó lentamente su caballo y, sin decir palabra alguna, pasó su mano por el frío y liso ataúd.

—Si tiene dudas, Su Majestad, puede comprobarlo por sí mismo.

—… ¡Todos! ¡Retrocedan diez pasos!—ordenó el Emperador con un rugido sonoro y feroz.

Con el mandato del Monarca, todos se alejaron e inclinaron la cabeza. Aunque la malhechora había cometido el crimen de intentar asesinar a la Familia Imperial, fue, en algún momento, la mujer favorita del Emperador, Raymond de Astarot. Por eso era inapropiado, y sumamente descortés, husmear y observar la escena donde él comprobaba el cuerpo de la, en su día, amante del Soberano del Imperio de Astart. De este modo, dándole a Raymond su momento de privacidad, todos los presentes miraron hacia abajo o hacia otro lado, manteniendo las distancias.

Dicho esto, el Emperador abrió con sus propias manos la tapa del ataúd. Al ver lo que había dentro, frunció ligeramente el ceño.

HUMMMM…

Un sonido, que parecía contener un suspiro de contención, resonó en el silencioso y tenso ambiente que se respiraba, seguido, inmediatamente, por el ruido de la tapa del ataúd cerrándose.

—Ciertamente, es tal y como tu dices…—dijo el Emperador con su voz, baja y profunda, mientras se levantaba rozando suavemente la tapa del féretro con sus ropajes—. Esta mujer es verdaderamente… 

Mimy: Recordemos que la culpable fue Eloise, la que está en el ataúd. Así que aquí Raymond, aunque no completa la frase, se refiere a que ciertamente es la criminal, pero eso no quiere decir que sea Chloe.

Mientras Raymond se alejaba, su expresión no reflejaba ni tristeza, ni enojo, ni dolor.

¡CLACK!

De repente, se escuchó el fuerte choque de los dedos en el aire del Emperador. Al mismo tiempo, sus caballeros se giraron rápidamente hacia él.

Por su parte, Kylos Ludwig, el Gran Duque, reaccionó con un paso más lento que los demás, pero, con la misma calma, hizo un gesto a sus hombres y giró su cuerpo para enfrentar la feroz mirada del Emperador.

—Bueno pues, enviaré el ataúd con la criminal al Palacio Imperial. Gracias por su colaboración.

Al escuchar las  palabras del Emperador, los caballeros del Ducado que se acercaban a la urna se detuvieron.

—No.—cortó Kylos de forma firme y tajante—. Me encargaré de la gestión del féretro yo mismo con mis propios hombres, Su Majestad

Sin embargo, ante esto, el Emperador, suavizando su tono severo, sonrió débilmente.

—Bien, como tu digas, Hermano…

  • ┈┈┈••✦ ♡ ✦••┈┈┈• 

Tras la llegada del Emperador, la atmósfera tensa, que rodeaba el Gran Ducado, se disipó en cuanto se comprobó que la criminal había muerto. Para celebrarlo, todos disfrutaron de un alegre festín.

—Honestamente, me sorprendió. No pensaba que serías tú quien ejecutara personalmente al criminal.—comentó el Emperador quien, tras recostarse perezosamente en su silla, levantó una copa de vino.

—Por favor, no es para tanto, Su Majestad. Simplemente es una muestra de obediencia y pleitesía hacia mi querido hermano. Con esto, únicamente me conformo con que desaparezcan nuestros rencores mutuos y volvamos a empezar de cero en este tiempo. Incluso también espero que olvidemos aquellos errores del pasado…—dijo Kylos, bajando la cabeza en señal de respeto mientras se inclinaba aún más con una pomposa reverencia—. Ahora que he comprendido cuán inútiles eran mis ambiciones de aquella época, su vasallo, Kylos de Ludwig, será, desde ahora, un fiel servidor de la Familia Imperial. Le juro mi lealtad. Seré como una espada y escudo, dispuesto a proteger la vida e integridad de Su Majestad por toda la eternidad. 

—Tranquilo, no preguntaré más por los errores del pasado. Ahora que me has entregado a esa mujer, has demostrado, con creces, ser leal a la Casa de los Astarot. Sin embargo, te advierto que no debe repetirse algo similar en el futuro. No toleraré uno de esos “errores” una vez más.

Mientras la atmósfera se iba animando, el Emperador miró fijamente a los ojos del Gran Duque. Su mirada estaba más bien cargada de amenaza que de advertencia, pero Kylos fingió no darse cuenta y respondió de forma cortés:

—Por supuesto, Su Majestad.

Desde que vio el cadáver en el ataúd, el Emperador no había mencionado ni una sola palabra sobre la joven que, no hace mucho, había sido su amante. Eso era algo que iba en contra de los planes de Kylos, sin contar que, su reacción, ya de por sí, le resultaba extrañamente inquietante.

«Aunque exteriormente llama a Chloe una criminal, en su interior debe estar lamentándose aunque sea un poco, ¿no? Claro, es inapropiado mostrar pena por una asesina en frente de tus súbditos.»

TSK.

Chasqueando la lengua en desaprobación, Kylos se compadeció un poco por la situación de su hermanastro. Al fin y al cabo, si él estuviera en su lugar, también habría actuado del mismo modo. Por tanto, decidió no hablar más de ella para no contrariar el ánimo, aparentemente apacible, del Emperador. Una final muestra de consideración, ya que, después de todo, Raymond de Astarot moriría esa misma noche.

Aunque Kylos había logrado atraer al ejército del Emperador dentro de su Ducado, sabía que, las fuerzas de sus soldados, no eran rivales para la Guardia Imperial. Por eso, había planeado provocar una falsa sensación de seguridad con un banquete y, cuando cayera la noche, el Duque de Carolina intervendría con sus propios combatientes como refuerzo, tal y como ambos habían acordado previamente, por correspondencia.

No importaba cuán formidable fuera el Emperador como guerrero, en un estado de embriaguez, no sería capaz de mantener su compostura como de costumbre. Así mismo, los soldados del joven Monarca, igualmente borrachos, no serían diferentes.

—¿Qué tal si pasa la noche aquí y se va al alba, Su Majestad?

—Tienes razón, Gran Duque. Con esta agradable bienvenida se nos ha hecho tarde.—contestó el Emperador, aceptando gustosamente la propuesta. 

Al escuchar aquellas palabras afirmativas, una sonrisa sutil y ácida apareció en los labios de Kylos antes de informar:

—Entonces, prepararé una habitación para Su Majestad, y un lugar adecuado para que descanse su guardia.

Con un ademán sobrio de Kylos, un sirviente cercano se inclinó y salió al pasillo, aparentemente para preparar los aposentos del Emperador.

Después de eso, la conversación entre ambos siguió con frases superfluas y triviales, carentes de importancia.

Finalmente, en cuanto el Emperador terminó su comida, se limpió los labios con una servilleta. Al doblarla cuidadosamente y dejarla sobre la mesa, la puerta se abrió de golpe y un grupo de soldados armados rodeó el comedor.

—¡…!—sorprendido, Kylos se levantó de un salto y miró alrededor, con los ojos entrecerrados.

—Gracias. La comida ha sido placentera, hermano.—habló Raymond sonriendo ligeramente mientras se levantaba con calma.

Con un elegante movimiento de su mano, varios guardias cercanos apuntaron sus espadas hacia el cuello de Kylos.

—¡Pero, ¿qué?! ¡¡Su Majestad!! ¡¡¿A qué viene todo esto?!!—gritó el Gran Duque enfurecido.

No obstante, el Emperador, sin inmutarse, se acercó a él con pasos tranquilos mientras sacaba un trozo de papel de su bolsillo. Con una sonrisa burlona, Raymond lo agitó ligeramente en frente de la mirada estupefacta del Gran Duque. El folio flotante, era del mismo material que se usaba en los documentos de su propio Ducado, incluso con los bordes y sello mismos.

—Gracias a ti, finalmente he obtenido pruebas para juzgarte por todos los crímenes que has cometido hasta ahora. Además de poder condenar también al Duque de Carolina de una vez por todas. 

—¡Ese papel…!

Kylos lo reconoció al instante. Era la carta que había intentado enviar al Duque de Carolina a través del joven Harrison. Al descubrir la identidad del papel, el rostro de Kylos palideció al instante, perdiendo todo atisbo de color.

—Así que… ¿Todo este tiempo estabas conspirando con el Duque de Carolina para secuestrar a Lady Chloe Garnetsch y después derrocarme?

—¡Oh, no, por Dios! ¡Es un malentendido, Su Majestad!—exclamó Kylos, intentando calmar la situación con una risa forzada, a la vez que buscaba alguna excusa factible—. Piénselo bien, Su Majestad. Usted mismo lo vio, ¿no es así? Las pruebas de mi lealtad… Esto… ¡Esto es un complot! ¡Es obvio que alguien me está difamando! Esa mujer, Chloe Garnetsch, ya está muerta… ¡Yo la maté con mis propias manos y la puse en ese ataúd…!

—¡Ah! Claro, por supuesto. De hecho, yo también pienso lo mismo, que el Gran Duque de Ludwig mató a la criminal y me la entregó dentro de un féretro, pero…—continuó Raymond soltando una risa ligera y, como si todo esto le pareciera muy entretenido, se acarició su mentón pensativamente—. ¿Está seguro que el cuerpo de la mujer que hay en ese ataúd es Chloe Garnetsch?

—¡Seguro, Su Majestad! ¡¿No lo vio con sus propios ojos…?!

—Entonces, dime, ¿quién es esa joven que está enfrente de mí ahora?

Siguiendo la dirección en la que el Emperador señalaba, Kylos giró rápidamente la cabeza.

Entre los soldados que rodeaban el comedor, una figura hermosa y delicada comenzó a caminar hacia él, acercándose lentamente.

—¡¡¿…?!!

Por un momento, Kylos pensó que algo estaba mal con su mirada, que simplemente estaba siendo presa de una alucinación. Por ello, quiso poder frotarse los ojos, pero no podía mover las manos debido a los filos de las espadas que amenazaban su cuello. Sin más remedio, cerró los ojos con fuerza y, deseando que todo aquello fuera una simple pesadilla, los abrió de nuevo. Sin embargo, la dramática escena ante él, no cambió.

Cuando el Emperador comenzó a caminar con calma hacia la mujer que se aproximaba, Kylos, con una voz temblorosa, llena de miedo, la llamó:

—¡C-Chloe…!

La joven que salió entre los soldados era, efectivamente, Chloe Garnetsch.

Tanto Raymond como ella se quedaron en silencio, entrelazando sus pupilas mutuamente. Un momento en el que ambos compartieron una amorosa e intensa mirada que parecía preguntarse el uno al otro si todo estaba bien. Sin saludo, sin palabras; nada de eso fue necesario para que el afecto entre ellos fuera palpable en el ambiente que los rodeaba. Su confianza era tal, que con tan solo un atisbo, podían saber perfectamente lo que el otro pensaba o quería decir.

El Emperador, con ternura, sacó un pañuelo de su bolsillo y comenzó a limpiar la polvorienta cara de Chloe. Su toque era tan delicado que no parecía propio de un hombre tosco como él; ganador de miles de contiendas.

Ante esto, todos los allí presentes fueron testigos de su gran amor correspondido. No obstante, Kylos era incapaz de percibir la atmósfera cariñosa que se respiraba entre ellos. Únicamente se quedó boquiabierto y desconcertado, sin comprender la situación.

—Chloe, ¿cómo…?—murmuró él con voz baja.

Al escucharlo, ella giró el cuerpo desde el Emperador hacia él, para enfrentarlo directamente.

—Nos vemos de nuevo, Kylos de Ludwig.—pronunció ella con voz suave y un tono firme, marcando cada sílaba de su nombre con fuerza.

«¿Por qué está ella aquí? ¿Y qué hace junto a la Guardia Imperial? ¿Cómo ha sucedido todo esto? No, más importante aún…»

Kylos, anonadado, barajaba las posibilidades, pero su mente estaba tan confundida que solo se concentró en el bienestar de Chloe.

«Sudó tanto que incluso sus cabellos están revueltos y pegados a su suave frente… Su vestido está lleno de polvo y suciedad… ¿Habrá viajado una larga distancia para llegar hasta aquí?» 

En el instante en que, la ligera fatiga, que se reflejaba en el rostro pálido de la hermosa Chloe, atrapó la mirada de Kylos, él, sin poder evitarlo, soltó una sola pregunta de entre sus agrietados labios:

—¿Estás bien?

—No puedo estar mal, ¿verdad?—respondió ella, levantando ligeramente las comisuras de su boca, para formar una ligera sonrisa.

—Chloe…

Kylos intentó dar un paso hacia ella, pero en una milésima de segundo, una afilada hoja de espada rozó su garganta, lo que hizo que se detuviera de inmediato.

Chloe, que había estado observando al Gran Duque en silencio, cerró los ojos antes de esbozar una sonrisa burlona.

—Ahhh… Al fin ha llegado el momento de vengarme de ti.

—¿Chloe…?—dijo él, quien no entendía lo que ella estaba diciendo. 

«¿Venganza? ¿De qué venganza estás hablando, Chloe? ¿Y contra quién?»

En ese momento, el consejero del Emperador, el Marqués de Lart, se adelantó y recitó una lista de crímenes de Kylos. Aunque él, con su mente en blanco, apenas pudo escuchar nada de lo que dijo.

—Gran Duque Kylos de Ludwig III. Ha cometido un crimen grave por intentar liderar una rebelión junto al Duque Arnold de Carolina. Así como otros tales que: el asesinato del difunto Emperador, el homicidio de la antigua Emperatriz y también la  muerte de la Princesa Amelie de Ludwig. A mayores, se le acusa de usar a la Marquesa Elijah Gemma, a quien engañó, para hacer que la actual Emperatriz abortara, atentando, una vez más, contra la Familia Imperial. Así mismo, se le imputan una serie de delitos graves tales como: el asesinato de su prometida, la Marquesa Elizabeth de Rosaline y el secuestro y, posterior homicidio en serie, de varias mujeres jóvenes de la Capital.—expuso el Marqués—. En los sótanos del Gran Ducado, ya se han encontrado las pruebas necesarias para arrestarlo por todos esos crímenes que has cometido.

—Hay uno más.—interrumpió Raymond.—. El crimen de intentar engañar al Emperador y fingir lealtad.

—Todos los aquí presentes son testigos y han escuchado sobre la falsedad del Gran Duque, lo cual también se ha convertido en una prueba decisiva.—añadió el Marqués de Lart, con una voz cada vez más fatigada, mientras señalaba a los soldados—. Que conste, que con la potestad que se me ha dado, ya han sido imputados tanto el Duque Arnold de Carolina como la Marquesa Elijah Gemma tras haber confesado la verdad. A mayores, le informo que, Lady Chloe Garnetsch, quien ha colaborado y apoyado en la investigación, también dará su testimonio en el juicio que se programará para dentro de un par de semanas. Dicho esto, Gran Duque de Ludwig, queda usted arrestado. Le comunico que, tras esto, la Guardia Imperial lo llevará a la prisión de Palacio, a la espera de ser juzgado por los crímenes que ha cometido.

Con una firme señal del consejero Imperial, uno de los caballeros se acercó a Kylos con una gruesa cuerda.

Por otro lado, Raymond, con pasos firmes que resonaron en el suelo, se posicionó detrás de Chloe. Sus amplios brazos la rodearon por los hombros y, sintiendo la ternura del hombre al que ella amaba, la joven permaneció resguardada al calor del palpitante pecho del Emperador. Con aquella postura, sus pestañas temblaron ligeramente, a la par que sus mejillas se ruborizan. Pero pronto recobró la compostura al observar cómo arrestaban al tan escurridizo asesino en serie.

Finalmente, llegó ese momento, desde una pose que parecía un tanto inapropiada para usar el término “venganza”, tuvo lugar el tan ansiado ajuste de cuentas con Kylos.

Era el agraciado momento de su vendetta. Por Raymond, por Estel y por Daria, además de por todos los innumerables que Chloe no conocía, sin contar a ella misma, la ya tan conocida “Lady Garnetsch”, la amante del Emperador.

Poco a poco, Kylos comenzó a entender la situación.

—Chloe, ¿por qué…?

Se sintió tan estúpido por no haberlo comprendido antes, que casi deseaba morir por su propia torpeza. Sus ojos, que habían reflejado confusión, comenzaron a llenarse de furia.

«Entonces, ella siempre estuvo pensando en vengarse. ¡Maldita seductora! Me engañó, me usó, me traicionó… Todo este tiempo usó falsas palabras y promesas para condenarme…»

—¡¡¡¡Me dijiste que me perdonabas!!!!—exclamó Kylos con un alarido.

Aunque captaba perfectamente la situación con la mente, Kylos siguió intentando negar la verdad de manera tonta, ya fuera por su orgullo o sus delusiones. Sin embargo, la respuesta que recibió fue por parte de la joven Garnetsch fue una risa fría.

—Ja, ja, ja, ja, ja… ¿Engañar a las personas, usarlas y mentirles…? ¿No te parece irónico? Todo eso me lo enseñaste tú mismo, Kylos de Ludwig. Yo simplemente le di buen uso a tus enseñanzas.

«¿Desde cuándo Chloe Garnetsch fue siempre tan cruel? ¿Cómo es posible que ella tuviera guardada, durante todo este tiempo, una expresión tan despiadada como la que ahora muestra ante mí?»

—No me mientes así, Gran Duque. Tú mismo me repetiste, incontables veces, que el mejor modo de jugar con los sentimientos de las personas era usando la culpa. Bien pues, ¿qué se siente al probar tu propia medicina?

Aunque él sabía que ella lo había engañado, ya no tenía fuerzas para encolerizarse. La energía de su cuerpo se desvaneció, como hielo partiéndose en el frío suelo.

—Todos los crímenes que has cometido serán juzgados en el tribunal y recibirás la sentencia acorde a tus delitos, Gran Duque de Ludwig.—determinó Raymond de forma indiferente.

Las palabras del Emperador, que hablaba al lado de Chloe, no llegaron a los oídos de Kylos. Sus ojos, ya nublados, solo miraban fijamente a la joven Garnetsch, quien, por el contrario, se veía sumamente calmada mientras lo observaba. Es más, hasta parecía estar completamente aliviada por sacárselo de encima.

—Gran Duque Kylos de Ludwig.—lo llamó Chloe, por última vez, articulando cada sílaba con claridad—. Eres realmente un maldito perro bastardo.

En cuanto terminó de hablar, los soldados del Emperador ataron su cuerpo con gruesas cuerdas.

Como si quisieran hacerles recordar que, ciertamente, habían viajado en el tiempo; al igual que en el pasado, los tres se encontraban en el lugar exacto, de una manera semejante, y repitiendo el mismo modus operandi, pero, con la única diferencia, de que ahora las tornas habían cambiado.

Kylos, por su parte, no ofreció resistencia y simplemente observó a las dos personas frente a él. Ella, con una expresión de que al fin todo había terminado, giró su cuerpo y se deslizó hacia los brazos del Emperador.

—… Haaa—suspiró Kylos en silencio, mientras contemplaba a su hermanastro junto a su amada Chloe.

Hasta ahora, Kylos siempre había creído que le había dado todo a ella, y que, solo él, era quien verdaderamente la conocía. Sin embargo, en ese momento Chloe miraba a Raymond con una expresión que él nunca había visto.

Las claras y brillantes pupilas de la joven, entrelazándose con las del Emperador, conectándose como un río a su afluente a través de un flujo de diferentes tonalidades rojas, destilaban tranquilidad, amor, cariño y ternura.

Sus gestos hacia el joven de Astarot estaban llenos de confianza, afecto y delicadeza. Claramente, era como si no existiera otro hombre en el mundo para ella. Hasta cuando sus labios tocaron los de Raymond, éstos se fundieron en un intenso beso caliente, húmedo y suave, que no mostraba otra cosa más que amor infinito.

Cosas que nunca, jamás, Kylos había visto frente a él. 

«Pero, ¿Quién? ¿Quién le habría enseñado a ella esas miradas, esos gestos, esos labios rogantes por un beso tierno?»

Kylos no tuvo que hacerse la pregunta dos veces para entender la respuesta: “Raymond de Astarot”.

«Mi hermanastro. No… En realidad, si es que incluso es alguien con el que no comparto ni una gota de sangre… Un bastardo cuyo padre era un puto maldito. Sí… Es ese… El Emperador del Imperio de Astar, aquel quien me robó todo lo que más me importaba, tanto la corona como la única mujer a la que he amado…»

—¡Siempre fue así! ¡¡Siempre…!!—exclamó él en un último intento por expresarse, sin contenerse, por dar pena, por buscar piedad, por ver al menos una lágrima caer de los ojos de la joven Garnetsch—. ¡¡Siempre pudiste conseguir tan fácilmente lo que yo nunca pude tener!! ¡¡Solo por haber nacido ya tenías el Imperio en tus manos!! ¡¡E incluso has tenido otra oportunidad para arrebatarme a mi mujer!!

Raymond, que acariciaba suavemente el rostro de Chloe, giró la cabeza.

—Qué tonto eres, Gran Duque. ¿No fuiste tú quien no supo reconocer su valor cuando la tenías tan cerca?—Raymond miró desde lo alto a Kylos, riéndose despectivamente—. Y yo… nunca lo conseguí tan fácil como crees, idiota.

Mientras Kylos rechinaba los dientes con un odio intenso, los ojos de Raymond brillaron con un resplandor sombrío,

«¿Cómo osas decir que yo fácilmente conseguí su corazón? ¡Qué sandez! Quien realmente consiguió su amor con esfuerzo, quien ganó su afecto y calidez después de estar a su lado en los momentos más difíciles de su vida, tratándola con respeto y de manera preciosa, fui yo, Raymond de Astarot, el Emperador del Imperio de Astart, y no un mindundi como tú, Gran Duque, Kylos de Ludwig.»

Inmediatamente, los soldados del Emperador arrastraron al impotente Duque fuera de la sala del comedor.

Raymond, en silencio, observó la escena, antes de volver la mirada a su amada. Esa joven preciosa que sonreía débilmente mientras descansaba en sus brazos.

«Ella, Chloe Garnetsch, es la única mujer a la que amo y amaré por siempre. Una chica valiosa que cuidaré durante toda mi vida. Y, es aún más importante, precisamente, porque me he ganado su corazón de forma ardua, tras luchar por su amor todo este tiempo. Mi Chloe, si supieras cuán maravillosa eres para mí… Que incluso a veces me pregunto si te merezco… O cómo es que he tenido la gran suerte de conocerte.»



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: MIMY



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