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Capítulo 51

Pero, por alguna razón, intuitivamente supe que él sabía más de lo que yo le había contado. Como si pudiera ver claramente a través de mí. De hecho, mis sospechas se confirmaron cuando, con su mandíbula tensa, Raymond continuó hablando con un deje de inseguridad.

—Sin contar que parte de ese abuso… Provenía del hombre del que has estado enamorada durante mucho tiempo, Um…

Mordí mi labio inferior con nerviosismo. Realmente no quería que él siguiera continuando y hablando sobre ese tema. Mucho menos ahora que, después de reconocer minutos antes mi amor por Raymond, todo esto resultaba todavía más doloroso. Sin darme cuenta y con la tensión palpable en el ambiente, empecé a mordisquear las uñas de mis dedos.

—Chloe.—dijo él lentamente acomodando su mando en el dorso de la mía y, apartándola de mis humedecidos labios, añadió—. Sé que mi amor es una carga para ti, y de verdad que no quiero imponerte o hacerte sentir que debes aceptar mis sentimientos… Sin embargo…

Su mano, áspera y nudosa, tenía la temperatura perfecta. Desprendía un calor hirviente que amenazaba con quemar todo mi cuerpo. Tragué saliva ante la sensación fogosa que Raymond me transmitía desde cada poro de su piel y, a su vez, escuché sus siguientes palabras mirándolo directamente a los ojos.

—Lo que deseo sinceramente, antes de amar a quien sea, es que aprendas a quererte a ti misma… Si a estas alturas no sabes cómo hacerlo, yo te enseñaré y siempre estaré aquí para ayudarte a ello.

—¿Puedo…? ¿Amarme? ¿En serio crees que está permitido que lo haga…?—

«Es lo que he estado esperando desde que desperté agotada del sueño en el que salió Estel y mi “yo” demacrado del pasado… Hasta ahora no he querido reconocerlo pero, después de escucharlo, estaba más que claro que era lo que  verdaderamente necesitaba…»

—Por supuesto.—afirmó Raymond con una amplia sonrisa.

«Amarme…»

Parecía simple pero no lo era. Mas esta vez, iba a acceder a ello porque Raymond de Astarot, me dio su permiso. Él era el único hombre que podía hablar de amor conmigo y aquel que había perdonado mis pecados del pasado. Por eso, me armé de valor y decidí confiar en él.

—Todavía no estoy muy segura de ello. No obstante, si Su Majestad me lo permite…—dije con un ligero temblor en mi voz—. Intentaré amarme a mí misma.

—Excelente, Chloe.—Susurró dulcemente acariciando mi cabello como si fuera un elogio—. Y cuando lo consigas, yo voy a…

Mimy: ¿Comerte? ¿Devorarte? ¿Darte como cajón que no cierra? 

Raymond se tragó la última palabra y soltó una risita de resignación que me heló la sangre. Yo intuía lo que iba a decir, pero no me atreví a desenmascarar sus sílabas silenciadas.

Mimy: Nah no me vais a dar el gusto porque no es +19… Lentos…

Porque ¿Qué iba a contestar si me decía “voy a declarar mi amor por tí nuevamente”? Cuando creo que ya te quiero, solo que aún no tengo las agallas suficientes como para decírtelo.

┈┈┈••✦ ♡ ✦••┈┈┈• 

Mis párpados se levantaron con la luz de la mañana y, de algún modo, no me parecieron especialmente pesados. Sentí un extraño aleteo en el pecho y ligereza en el paso, como si hubiera decidido a quererme a mí misma desde ese mismo momento.

Un pequeño golpe en la entrada de mi habitación me hizo abrirla, y el chambelán del Palacio Imperial me entregó una carta, cuyo sello exterior delataba el remitente.

Le di las gracias, cerré la  puerta y me di media vuelta. Respiré lenta y profundamente abriendo el sobre con cuidado. Su hermosa letra me saludó.

[Hola, Chloe:

Perdona mi descortesía, pero me atrevería a decir con total seguridad que acabas de rasgar el sobre con dedos cuidadosos, preocupada por no romper el papel. 

Me encanta la cuidadosa atención que pones a cada pequeño detalle. 

Incluso recuerdo el primer día en el que te traje en mi carruaje al Palacio. Cuando bajaste y te dirigiste hacia los corceles que tiraban de la carroza; pude ver cómo acariciabas a uno de los caballos quitando la nieve fría de su cabeza. 

Hermosa y considerada. Siempre pendiente de los demás antes que de ti misma. 

Así que hoy me pasaré el día esperando tu amable respuesta con ese mismo toque cordial que le pones a las cosas.]

Leí y releí su escrito, maravillándome de nuevo de su memoria.

Solo cuando fui capaz de retener todo su contenido en mi mente, apoyé la carta sobre mi pecho y la estreché contra mi palpitante corazón.

De pronto, recordé la razón de porqué me había enviado este escrito. Las palabras que me dijo ayer antes de abandonar mis aposentos.

{—Te diré todos los días, sin falta, la clase de mujer encantadora que eres. Podría darte cien, no, mil razones por las que te quiero y te atesoro como a nada en este mundo, Chloe Garnetsch.}

Su intención estaba clara. Raymond quería motivarme para que me amara a mi misma desde hoy; resaltando cada uno de mis lados positivos que él tanto apreciaba.

«¿No querrá decir de verdad que va a enviar mil cartas como ésta?» 

No pude evitar borrar la sonrisa de mi cara.

Tras un momento de deliberación, me senté en mi escritorio y cogí un trozo de papel. Con bolígrafo en mano, el agradable sonido del garabatear de la tinta sobre el folio resonó en la habitación.

┈┈┈••✦ ♡ ✦••┈┈┈• 

Nunca había sido una persona religiosa.

Sin embargo, el Imperio de Astart tenía una religión oficial del estado; el “Ramieanismo”. Se extendía casi por todo el continente, pero, para los nobles como Kylos, era más una fuerza política que una simple doctrina.

Los puramente creyentes eran, en su mayoría, plebeyos pobres que consideraban a la Iglesia de Ramie la respuesta a todos sus problemas. Si sufres una desgracia será una prueba o castigo de Dios, y si rezas lo suficiente podrás ser perdonado para encontrar la felicidad que  tanto deseas. No obstante, a esta alturas, yo no era tan ingenua como antes. Pues había soportado infortunios peores que la pobreza.

Kylos me dijo que no creyera en la religión. Quizás en eso podía darle algo de razón. Mas la opción que me dió en contraposición, era totalmente desacertada y, por supuesto, una falacia para su beneficio. Recuerdo que repetía incansablemente que sólo debía creer ciegamente en él, y juzgar o pensar en cualquier otra cosa era un pecado contra él mismo.

Así que, por curiosidad, quería saber lo que Raymond pensaba. Bueno, a decir verdad, ansiaba saber más cosas de la persona que ahora amaba.

—¿Cree Su Majestad en la religión?—pregunté, mirándole fijamente a los ojos.

Estábamos en el conservatorio del Palacio donde me había citado para decirme la séptima razón por la que me amaba.

Raymond hoy, me había dicho que amaba mi mirada, cuando hermosamente la arqueaba mientras sostenía sus pupilas reflejadas en mí. La timidez que expresaba cuando nuestros ojos se encontraban, tiñendo mis mejillas con un sonrojo similar a las rosas de los jardines del Palacio. Le parecía adorable cómo desviaba mi vista cuando sus sentimientos se intensifican en el rostro. Además, le encantaba el color de mis iris, rojos como los rubíes más hermosos que jamás se hubiesen visto. 

Sin embargo, para mí, eran su mirada, la que yo amaba. Me encantaban sus ojos, que siempre ardían con un profundo deseo inconfesable. Me encantaba la forma en que sus pupilas eran directas y nunca apartaba su vista cuando me atrapaba en ella. Quizá, yo también amaba de él lo mismo que Raymond adoraba de mí. 

Así que, irónicamente, en vez de quererme a mi misma por lo que me decía, solo conseguía que fuera más consciente de mis sentimientos de amor por él.

—No lo sé. Nunca he creído realmente en Dios. No obstante, últimamente me inclino a creer un poco…—respondió, y sus ojos rojos ardientes se estrecharon capturando cada detalle de mi rostro.

—¿Por qué?—insistí.

—Porque me han dado una nueva oportunidad para volver a verte.—contestó mientras sus largos dedos se enredaban en las puntas de mi cabello.

Si le confesara que su tacto me hacía cosquillas, sería lo más ridículo que él hubiera oído nunca. El pelo no tiene nervios, por lo que no puede provocar esa sensación tintineante en mi vientre, y, sin embargo, era lo que sentía. Quizás es mi corazón el que, acelerado, provoca esas vibraciones fogosas en mí, pero no sabría decirlo con certeza. Lo que sí estaba segura era de que mi cuerpo reaccionaba a cada simple roce y gesto de Raymond.

—¿Crees que realmente existe un Dios y fue él el que hizo retroceder el tiempo?—pregunté de nuevo intentando ignorar mis emociones provocadas por su toque.

—No me importa. Ya sea Dios o una entidad la que te trajo de vuelta a mí, le daré mi fe. Aunque sea un Dios herético o el mismo diablo.

Mientras él pronunciaba esas palabras que se consideraban una insolencia hacia la religión de su Imperio; me resultaba algo similar y, a su vez, sutilmente diferente del hablar del hombre que había sido antes de viajar en el tiempo. 

Los elogios inmerecidos que recibía a veces me daban ganas de meterme en una ratonera y esconderme. Era vergonzoso y al mismo tiempo excitante, ni yo misma sabía cómo debía actuar con todo aquello que me decía a cada momento.

Entonces, él miró la pila de papeles que tenía en la mano y cambió de tema. Probablemente porque había notado mi intenso rubor en las mejillas.

—Debes de tener prisa, ya que no pudiste dejar esos papeles antes de venir a verme.—comentó, y, con una sonrisa juguetona, bromeó—. Estás más ocupada que el mismísimo Emperador, Chloe. Empiezo a preguntarme si Daria te está haciendo trabajar demasiado.

—No te preocupes. Esta tarea que me han dado no es tan difícil, y me alegro de que, al menos, aligere el trabajo de la Emperatriz con mi ayuda.

No era una excusa. De hecho, cada vez que hacía algo que Daria me pedía, me sentía un poco valorada y más como un ser humano al que se podía confiar importantes quehaceres. Me sentía orgullosa de mí misma, como si ya no fuera una muñeca rota o una pieza de ajedrez inútil.

—Me alegra oír eso, pero…—Raymond, que no había ocultado su malestar, me pidió los papeles con un ademán repentino—. Soy el más alto mando del Imperio a la hora de autorizar solicitudes y, por eso, estoy acostumbrado a revisar documentos. Así que, creo que vendría bien que les echara un vistazo… Puedo darte mi opinión y asistirte un poco, si me lo permites.

—Entonces hazme el favor, Su Majestad.

No dudé en entregarle los papeles. La idea de que leyera mis planos terminados me hizo sentir un poco avergonzada y, al mismo tiempo, expectante por conocer su dictamen.

—Mmm, genial.—comentó sumamente concentrado, denotando lo mucho que valoraba y tomaba en mi trabajo—. Nada de desorden, salvo esta parte, Chloe.

Señaló algunas páginas del plano e indicó cuidadosamente lo que había que arreglar. Observé fascinada cómo me lo explicaba con su voz ronca y profunda.

En sus cartas me decía que le encantaba “mi atención”. Podía entender vagamente lo que quería transmitirme, pero no lo tenía del todo definido. Sin embargo, en ese momento, comprendí sus palabras perfectamente, porque yo también me había enamorado de la cuidadosa atención que él ponía en cada detalle de mis escritos.

—¿Chloe?—llamó sacándome de mi ensimismamiento.

—¡Oh…! Lo siento, no te preocupes estaba escuchando.

Poniéndome en pie me acerqué y seguí sus instrucciones atentamente, sin querer perderme ningún detalle de lo que me comentaba.

—Gracias, Su Majestad. Tus enseñanzas han sido muy útiles.—dije sonriendo alegremente mientras él me devolvía los papeles. 

Raymond me miró desconcertado por un instante, para luego, curvar sus labios ampliamente dándome suaves palmaditas en mi cabeza.

—El primer borrador está perfecto. No tuve que hacer mucho, Chloe. Solo eran unos pequeños detalles sin importancia.—esclareció perdiéndose en el roce de sus dedos sobre mi cabello.

Sus elogios me levantaron el ánimo y acepté sus caricias sin resistirme. Estar así me hacía sentir realmente querida y apreciada. 

Inevitablemente, el calor subió desde mi estómago a mi rostro. Probablemente mi cara estaba completamente enrojecida, pero no me importó. Mantuve mi rostro frente a él sin ocultarlo entre mis manos y sonreí como orgullosa de mi rubor.

—Hmmm…—Raymond, que notó mi cambio, se detuvo un momento, retiró la mano, tosió una vez y continuó con un ligero temblor—. Bueno, lo estoy deseando. Quiero decir… El evento que estás organizado… Yo… Lo esperaré con mucho gusto….

—Sí, Su Majestad. Intentaré que esté a la altura de tus expectativas.—contesté satisfecha.

«¿Sabrá Raymond que cada palabra que dice, tan despreocupadamente, es lo que me motiva a seguir mejorando a cada momento?»

┈┈┈••✦ ♡ ✦••┈┈┈• 

El evento fue organizado para dar la bienvenida a la Santa. Muchos nobles estaban allí para conocer a la primera elegida por Ramie que había aparecido tras cien años de espera.

Todos se maravillaron de su presencia y apenas podía apartar la mirada de ella. Su aura divina era palpable en el ambiente y la perfecta recepción que se preparó cuidadosamente, mejoró el estado de ánimo entre los asistentes ya que no faltaba de nada. 

Yo observé la escena por el rabillo del ojo y dando pequeños sorbos al dulce champán sin alcohol que contenía en la copa de mi mano.

—Es un momento histórico, Lady Garnetsch. Ahora que me fijo, veo que por fin valora el sabor del champán.—dijo el joven Conde que, en dos ocasiones, había sido mi acompañante.

—Hola, Vincent.—saludé sonriendo con satisfacción mientras él se acercaba de la nada chocando nuestras dos copas de champán en un brindis inesperado.

—¿Por qué has venido hacia aquí en vez de ir a ver a la Santa?—preguntó él con cierta curiosidad.

—Siempre he querido hablar con ella pero, por lo que parece, hoy hay mucha competencia.—respondí tímidamente.

No era una excusa. Desde donde yo estaba, solo se veían algunos mechones de su brillante cabello debido a la multitud de aristócratas que rodeaban a la Santa intentando acaparar su atención.

De seguro, iba a ser una noche larga cargada con un ambiente alegre y festivo.



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: MIMY



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