Capítulo 49
Después del día del funeral de la Marquesa de Rosaline, cuando huí del Gran Duque de Ludwig, me encerré en mi habitación y no salí de ella durante algún tiempo.
En aquellos momentos de introspección, medité sobre lo ocurrido. No podía sacarme de la cabeza a Kylos, Elizabeth y su muerte.
Creía conocerlo bastante bien. Había estado a su lado durante mucho tiempo, y él tampoco había dudado en compartir sus maquiavélicos planes conmigo. De hecho, la principal razón que me dió para acabar con Raymond, era porque lo consideraba un mal necesario en su camino para convertirse él mismo en Emperador. Era cruel, pero lógico. Así que, siempre supuse que si Kylos mataba a alguien era por un motivo válido.
Sin embargo, no fue así. Al menos, hasta después de mi muerte. Aunque Elizabeth me dió el veneno para morir, solo me incitó a ello y nunca me obligó a tomarlo. No había una finalidad sólida para matarla, menos aún, cuando estaba embarazada de su hijo. El niño que ella esperaba no tenía la culpa de nada de lo ocurrido. Lo normal habría sido tener piedad y castigarla de otra forma.
«¿Y si Kylos siempre fue así, y sólo ahora empezaba a mostrar sus verdaderos colores? Tal vez, el hijo nonato de Daria también…»
Considerar esa posibilidad lo hacía incluso más aterrador.
—Bastardo… Una vida humana no es algo que se pueda usar y desechar tan fácilmente.—murmuré.
Puede parecer que, en el confort del Palacio de la Emperatriz, era lo suficiente valiente para decirle cuatro cosas al Gran Duque de Ludwig y enfrentarme a él. No obstante, lo cierto es que me asustó mucho oírle decir que había matado a alguien con tanta facilidad. Lo peor, fue que en su rostro no se reflejó ningún sentimiento de culpa cuando declaró ser un asesino. En todo caso, debido a su voz excesivamente calmada, se podría dudar de la veracidad de sus palabras; si no fuera porque presentó una caja con la cabeza decapitada.
El asesinato era un delito capital, prohibido por las leyes del Imperio de Astart. Incluso si el perpetrador era un noble, no podía escapar fácilmente de la sentencia, siempre y cuando hubiera evidencia sólida.
—¡Chloe!—gritó Betsy a la vez que la puerta se abría de par en par.
Entró de súbito, sin previo aviso, y me molestó un poco su descortesía, sin contar que interrumpió mis pensamientos repentinamente. Cuando estaba a punto de señalar las normas de etiqueta, sobre llamar antes de presentarse en la habitación de alguien, ella rápidamente se adelantó y espetó su opinión sin pudor.
—He oído que te has vuelto a saltar el desayuno, Chloe. ¡¡Vas a enfermar si sigues saltándote comidas!!
Como si no fuera de otro modo, Betsy siempre me pillaba desprevenida.
—¡Oh…! B-bueno… Yo…—balbuceé, con la mirada perdida en la bandeja en la que descansaban un pan de maíz caliente y sopa de calabaza.
—¡Voy a ver cómo te comes todo esto! Y si esta vez no lo haces… ¡Se lo contaré todo a Daria! ¡Ya sabes, el que avisa no es traidor!
Miré de soslayo a Betsy, quien estaba furiosa. Sin embargo, sus ojos, aquellos que siempre delataban sus verdaderos sentimientos, estaban llenos de preocupación.
—Gracias, Betsy.
—¡¿Pero qué…?! Haaaa… De nada. Ahora, cómete esto que ya no eres una niña…—le había tomado por sorpresa mi agradecimiento, pero al instante se recompuso y añadió—. Además, estoy cansada de tener que cuidar de ti. ¡Empieza a comportarte como una señorita, Chloe Garnetsch! ¡Hump!
Sus labios se curvaron con desdén y cruzó sus brazos para denotar su enfado fingido. Sin embargo, la conocía bastante y sabía que la mitad de las palabras que decía no eran en serio. Por ello, acepté la bandeja con una pequeña sonrisa. La sopa dulce se deslizó por mi garganta y mastiqué el pan lentamente, sintiendo cómo se me calentaba el estómago poco a poco.
Luego, Betsy algo más tranquila al verme comer, apoyó los codos sobre la cama y levantó la barbilla con ambas manos, mirándome mientras hablaba.
—Tienes un gran corazón demasiado blando, Chloe.
—¿Lo tengo?—interrumpí lo que estaba haciendo y ladeé la cabeza ante su comentario inesperado.
—Te has estado sintiendo mal desde que asististe al funeral de la Marquesa de Rosaline. Parecías bastante estoica al principio y supuse que estarías bien. Pero no ha sido así, ¿verdad? Al final, a ti también te ha afectado todo esto… Solo aparentabas ser indiferente…
No estaba especialmente deprimida por la muerte de Elizabeth. Mas, tampoco era algo en lo que yo no tuviera nada que ver. De hecho, su desgracia fue, en parte, por mi causa. Así que, sonreí tímidamente a Bestie.
—Bueno, no ha sido tan malo para mí. La única que ha llorado a mares aquí fuiste tú, ¿recuerdas?—dije intentando aligerar el estado de ánimo—. Es más, moqueaste y derramaste lágrimas por doquier hasta el punto de que tuve que cambiar tres veces las sábanas de mi cama por tu culpa.
—Ya… Pero es que estaba muy asustada… Lo entiendes, ¿no?—Betsy sacudió la cabeza con urgencia—. Yo iba por ahí diciendo que odiaba a la Marquesa, y no puedo evitar sentir como si hubiese muerto por todas las maldiciones que solté… La aborrecía realmente hasta que me enteré de la noticia… Ahora pienso que aunque no me caía bien no se merecía acabar así. Tenía una vida por delante y quién sabe si aprendería de sus errores para convertirse en una mejor persona…
Era incómodo ver a Betsy preocuparse como una persona que había cometido un delito. Me preguntaba por qué la gente inocente se siente triste y arrepentida cuando los verdaderos responsables no sienten nada.
—Chloe… ¿Crees que realmente fue atacada por un demonio? Incluso en la funeraria dijeron que tuvo un accidente de carruaje ese día… Sin embargo, los rumores que oigo por ahí son muy inquietantes…
—Mmmm… No lo sé…—murmuré tratando de esquivar la pregunta.
Aunque conocía perfectamente la historia detrás del fallecimiento de Elizabeth, no era buena idea contarlo por ahí sin saber las consecuencias que acarrearía.
Nerviosa, me mordí el labio inconscientemente y Betsy suspiró con pesar al ver mi reacción.
—Bueno… ¿Cómo podríamos saberlo nosotras?—continuó la Princesa—. Voy a suponer que fue un accidente de carruaje, ya que es la versión oficial. Da demasiado miedo pensar que fue violentamente atacada y… También me da lástima imaginar lo asustada que debió sentirse la pobre cuando lo que fuera salió de la nada para… Hacerle eso…
Pestañeé mirando a Betsy. Estaba claro que intentaba quitarle importancia al asunto, como si fuera su trabajo. Sin embargo, había fracasado estrepitosamente con la última frase que dijo.
—Eres muy amable, Betsy.
—¿Eh? ¿Lo soy? ¿En serio?—saltó desconcertada estrechando las pupilas como si fuera la primera vez que escuchaba algo así.
Betsy siempre me pareció encantadora y, por respuesta, sonreí suavemente, ingiriendo el resto de la comida. Tras unos segundos, Betsy, quien no soportaba el silencio, volvió con su parloteo.
—¡Ah! ¡Por cierto, Chloe! He oído que mañana llega la tan famosa Santa a la capital.
«Una Santa…»
El tema que había olvidado, me tomó desprevenida.
—¿Quieres ir a verla?—propuso Betsy al instante.
—… No, estoy bien…—contesté declinando su oferta y dejé la bandeja a un lado.
—¿Por qué? ¿No tienes curiosidad? Es “la elegida”. Además, no ha aparecido en cien años hasta ahora. ¡Es un hecho histórico!—Betsy parecía muy emocionada por la visita de la susodicha mujer y sus ojos brillaban con anhelo.
—Bueno… Seguro que nos cruzaremos con ella si tenemos ocasión. No hace falta molestar a alguien tan importante solo por satisfacer nuestra curiosidad.
—¡Jo!—la forma en que hizo un mohín con los labios era adorable, y no pude evitar soltar otra risita.
Sin darme cuenta, mi mano se estiró involuntariamente y le acarició el pelo suavemente.
—¿Eh? ¿Qué? ¡¿Qué estás haciendo, Chloe?!
—Estoy mostrando mi agradecimiento.—respondí, sonriendo alegremente.
Ella se quedó boquiabierta, preguntándose de qué demonios estaba hablando. No obstante, la sonrisa no se me borró de la boca.
Al verla refunfuñar, olvidé momentáneamente lo que me preocupaba. Ni Kylos, ni la difunta Marquesa de Rosalie, ni una Santa, la cual nunca existió en el pasado, interrumpieron mis momentos con la encantadora Princesa de Carolina.
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Había comenzado el día con buen pie, puesto que había sido animada por Betsy, y me dispuse a visitar la biblioteca después de un largo tiempo sin asistir. Había estado bastante abrumada por el trabajo que Daria dictaba y las secuelas de visitar el funeral de la Marquesa me habían dejado devastada. Por ello, no tuve apenas un instante para dedicarlo a mi pasatiempo favorito; la lectura.
—¡Cuánto tiempo sin verte!—dijo una dulce y familiar voz masculina.
Cuando me volví sobre mi misma, me encontré con el rostro de Raymond que hacía semanas que no veía.
—¡Ah…!—avergonzada, estallé en una serie de exclamaciones a la entrada de la biblioteca—. ¡Eh…! ¡Oh! ¡Saludos al Sol Imperial!
Mi reacción había sido tan patética, que el calor se me subió a las mejillas mientras él me miraba divertido con una ceja levantada. Luego, al ver que no había más que decir, soltó un pequeño suspiro.
—Adelante. Entremos entonces.—continuó Raymond, quien me guiñó un ojo a la vez que abría la puerta.
Di un respingo de sorpresa y rápidamente lo interrumpí. Él seguía sosteniendo el pomo, indicando que accediera adentro, pero definitivamente no iba a pasar antes que él siendo yo de estatus menor.
—No, Su Majestad. Disculpe, debe ir usted primero…
—Emm… No, Chloe, insisto, tú primero…
—Le agradezco, pero no… ¿Cómo podría yo…?
Mientras me movía para disuadirlo, las yemas de mis dedos rozaron el dorso de su mano e inmediatamente, ambos nos apartamos al mismo tiempo, con crispación.
—¡Ah…!—exclamé avergonzada.
—Ehmmm… Mmmm…—balbuceó él, nervioso.
Tímidamente, le eché un vistazo a Raymond y vi que se había ruborizado hasta las orejas.
—Le pido disculpas, Su Majestad…
—…
—¿De verdad…? ¿Quiere que entre yo primero?
—Sí, por favor…—respondió, sonando algo incómodo.
Entonces, obedecí mansamente abriendo la entrada apoyándome sobre ella. Los extremos de los dedos me hormigueaban por el breve contacto. Todavía inquieta por el desliz, me adentré en la biblioteca frotándome las yemas dactilares.
—¿Has venido hoy otra vez a leer el Código Imperial?—preguntó Raymond.
Mientras caminaba hacia las estanterías, él estaba siguiéndome de cerca.
—No.—sacudí lentamente la cabeza y ojeando los libros que tenía delante—. Hoy me apetece leer literatura.
—Hmm… Literatura. Puedo ayudarte a buscar algo interesante. ¿Qué tipo de tema te gustaría entonces?
Lo miré, hipnotizada por el tono lánguido de su voz, y sus ojos, suaves y amables, se volvieron hacia mí.
Raymond siempre era así, o mejor dicho, no había cambiado en lo más mínimo desde la regresión. Era un hombre que podía ocultar su ardiente pasión y, aun así, sus sutiles acciones me envolvían en su calor como un sol de primavera.
De repente, como una bofetada imprevista, un tono varonil desagradable me sacó de mi ensueño.
{—El Emperador no te quiere, solo “cree” que te quiere.}
Desde aquel día en que Raymond profesó su inevitable amor confesando que él también había viajado en el tiempo, era demasiado consciente de él y, a la vez, me esforzaba constantemente por ignorarlo. Sabía perfectamente que, de lo contrario, mi endurecido corazón se derretiría por completo, deseando el afecto de alguien a quien no merecía.
Por suerte, el amable y gentil Raymond no había vuelto a hablar de lo sucedido desde entonces. Era evidente que él no quería reavivar aquellos momentos que me hacían sentir miserable.
«Tonto Raymond… ¿Cómo no voy a reconocer tu preocupación por mí cuando te desvives por asegurarte de que esté bien? ¿Cómo puedo fácilmente fingir que no me doy cuenta de ello? ¿Por qué me lo pones tan difícil?»
Él era consciente de que yo no me atrevía a recibir su tipo de cariño; uno que no era de amistad, sino de algo más. Aun así, Raymond seguía diciendo que me amaba abiertamente y de forma pura, sin esperar nada a cambio. Asimismo, esa impía tentación se mostraba y me atraía cada vez que lo veía, estremeciendo mi cuerpo a su favor. Era insufrible y a la vez placentero. Un volcán a punto de explotar que debía contener de alguna manera.
«¡No! No debo amar a Raymond.»
Volví a decir por enésima vez, encadenando los impetuosos impulsos de mi corazón con cada palabra.
—Quiero leer literatura ligera.—contesté con soltura, ocultando mi torbellino interno de sentimientos encontrados—. Algo que pueda leer sin pensar demasiado.
—¿Es eso así? Literatura ligera… Entonces…—Raymond pasó junto a mí hacia las estanterías rozando con sus largos dedos los lomos de los libros.
Al cabo de unos minutos, ya había seleccionado varios de ellos. Un estremecimiento de placer me recorrió la espina dorsal y se me aceleraron los latidos. Todo por el deleite de ver a un Raymond tan despreocupado de sus obligaciones, con el fin de ayudarme a elegir algo sobre lo que leer. Era un hombre que, sin intención, me hacía sentir especial de un modo genuino y casual.
{—El amor del Emperador es una mentira.}
Otra vez, la voz burlona me golpeó en la nuca. Cerré los ojos lentamente y volví a abrirlos para olvidar los rastros repulsivos que dejaba Kylos en mi mente.
Al dirigir mi vista hacia Raymond, pude notar que me miraba de reojo ocasionalmente y, en ciertos momentos, fruncía el ceño mientras alternaba el libro que tenía en la mano con otro de la estantería.
«¿Qué voy a hacer contigo? Si incluso hasta para escoger una simple historia de Literatura ligera eres tan dedicado…»
De nuevo, negué con la cabeza, pensando en lo admirable que era. Para ser sincera, seguía sin entender a los aristócratas que decían que Sir Kenneth era guapo, cuando había un hombre impresionante y apuesto llamado Raymond en el Imperio.
«¿Por qué Raymond no es más popular que Sir Kenneth? ¿Es acaso simplemente porque está casado? Pero la relación de él y Daria es…»
De pronto, mis pensamientos se vieron interrumpidos por una dulce voz que llegó a mis oídos como una caricia.
—He seleccionado una cantidad justa para que leas un buen rato. Creo que estos te gustarán.—dijo Raymond guiñandome un ojo, con una pila de libros preciosos bajo el brazo.
Lo seguí y me senté en una mesa frente a las estanterías, y mientras ojeaba los tomos uno a uno, él empezó a explicarme detalladamente.
—Esta es una recopilación de mitos del continente oriental, está escrito de manera sencilla. Es bastante fácil de seguir a pesar de su grosor, incluso un niño podría leerlo y entenderlo sin mucho esfuerzo. ¡Ah! Este otro es un libro de épica heroica escrito por uno de los mejores escritores de Astart, Klein Miller…
Parecía bastante emocionado cuando señalaba cada título contándome sobre qué trataba la historia contenida entre sus páginas. Escuché apaciblemente sus descripciones y comentarios, durante un buen rato. De alguna forma, me sentía avergonzada y me rasqué la mejilla tímidamente sin saber muy bien qué decir.
—Y este de aquí es de la autora Amelia Benny que… ¿Eh? ¿Por qué pones esa cara? ¿He hecho algo mal?—preguntó Raymond preocupado.
—No, no es eso… Es que te esforzaste tanto para escogerme libros muy buenos pero no puedo leer tantos a la vez…—respondí con cautela, observando sus ojos, para no sonar como una desagradecida.
No quería ofender, en lo posible, a Raymond, quien había sido tan amable de ayudarme.
—Ah…—cerró los labios en un breve suspiro, decaído.
Ansiosa, por si lo había molestado, me apresuré a coger todos los tomos que me había recomendado.
—¡No te preocupes! Como han sido recomendados, con mucho esfuerzo, por Su Majestad, los leeré todos. Puede que hoy no me de tiempo, pero…
—¡No, Chloe, no pasa nada! Tienes razón, es tal y como has dicho, hay demasiados libros…
Al mismo tiempo que él intenta disuadirme, algunos libros que ya tenía entre los brazos se escurrieron cayendo estrepitosamente sobre la mesa.
Mimy: Y esto es lo que pasa cuando te pilla la adolescencia y el amor a los 20 y tantos años
Mientras los agarraba frenéticamente nuestros dedos se tocaron en un suave roce, y la sensación de hormigueo, que recorrió mis yemas, me hizo soltar el resto de los libros que sostenía.
—Yo… Yo… ¡Lo siento…!—incliné la cabeza pesadamente, con la cara roja de la vergüenza, y empecé a limpiar el desastre.
Podía sentir cómo Raymond estaba inquieto frente a mí. Sentía curiosidad por la expresión que él estaría haciendo en ese instante. Sin embargo, no me atreví a levantar el rostro de nuevo, por miedo a revelar mi enrojecimiento.
—Está bien, tranquila. No pasa nada.—dijo él al cabo de un rato, con la voz ligeramente quebrada.
Le eché una pequeña ojeada furtiva, sintiéndome un poco incómoda. No obstante, Raymond apartó rápidamente la mirada de mí, soltando una tos corta y hueca.
EJEM, EJEM, …
—Es mi culpa. Todo esto es porque te puse en un aprieto al recomendarte demasiados libros…—se disculpó extendiendo lentamente la mano para coger un libro de cubierta verde—. Son todos libros de lectura ligera. Así que, puedes leer cualquiera de ellos primero. No tienen porqué ser todos. Simplemente escoge el que más te apetezca en este momento.
Al decir esto, Raymond ni siquiera miró el título del tomo que me entregaba. Mas yo lo acepté cortésmente.
—Gracias, Su Majestad.
—De nada.
Luego, al cabo de unos segundos, me miró y sonrió brillantemente. Ahogando el golpeteo que me produjo en el pecho sus hermosos labios curvados, apreté con fuerza entre mis brazos el libro de tapas verdes.
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La historia que contenía el tomo verde que Raymond me había entregado, iba sobre un amor desenfadado. Un humano bendecido por un hada, hizo que la mágica criatura alada se enamorara de un simple mortal por su amabilidad y presencia en el bosque. Era un afecto prohibido y, aparentemente, imposible. Al final terminé la última página del libro, viendo cómo su difícil amor se había establecido felizmente tras superar pequeños obstáculos.
—¿Qué es eso que lees con tanto fervor?— preguntó Daria curiosa echando un vistazo a la portada y sonrió satisfecha—. ¡Ah! Es sobre Clara, el hada que se hizo humana por amor. Es una historia de amor muy inocente, como tú, Chloe.
—¡En absoluto! No soy tan ingenua como Clara en esta historia.
—Bueno, cuando tengas mi edad y seas más madura, te darás cuenta de lo verde que estás ahora.—murmuró Daria chasqueando la lengua a la manera de un viejo cansado del mundo.
«Pero si solo eres siete años mayor… Si contamos mi vida anterior tengo tanta experiencia como tú…»
Protesté en mis pensamientos sin entender por qué Daria me seguía viendo como una cría que no sabía nada sobre el amor.
{—Bueno, lee el libro y mañana dime qué te parece.}
De repente, recordé la suave voz de Raymond y lo que comentó antes de salir de la sala de lectura. Abandonó la biblioteca, casi tan pronto como llegó, porque, al parecer, había surgido algo urgente que requería de su inmediata atención.
Obviamente, sentí una pequeña punzada de culpabilidad. Raymond estaba tan ocupado eligiendo y recomendando libros que, al final, no pudo escoger uno para él mismo.
«Mi opinión sobre una historia de amor sentimental…»
Me quedé mirando el título del tomo, absorta en mis pensamientos.
El amor entre Clara, un hada, y el rey humano de la historia era cálido, dulce y cosquilloso. Trataba sobre sentimientos inocentes, genuinos y puros. Definitivamente algo que no era apto para mí.
—Si al menos hubieras venido conmigo a ver a la Santa, en vez de leer una historia de amor tan infantil…—Betsy, que había estado cantando las alabanzas sobre “la elegida” desde su visita a la plaza frente al Palacio Imperial, cogió una galleta de la mesa y se la comió de un bocado—. Es una pena. No pude verle la cara porque estaba envuelta en un velo. Sin embargo, solo su silueta era asombrosa y su aura destilaba divinidad.
Todo el pueblo de Astart acogió con satisfacción la aparición de la Santa después de cien años, y, por supuesto, también Betsy; quien era una ferviente seguidora de la Iglesia de Ramie. De hecho, ayer, después de comer y ver su procesión, desgranó una larga lista de rumores infundados sobre “la elegida”.
—Es una Santa, pero no da más que problemas.—refunfuñó Daria frunciendo el ceño.
Era curioso que, siendo familiares, la Princesa y la Emperatriz difirieran tanto en personalidad como en criterio.
No obstante, la verdad sobre por qué la mujer divina le molestaba tanto a Daria, era debido a que tenía que organizar una fiesta de bienvenida para ella. Un trabajo extra extremadamente agotador para la Emperatriz, a quien no le gustaba y evitaba los eventos sociales de la aristocracia de Astart.
Por ello, si había una persona en el Imperio que no esperaba con impaciencia la llegada de un santo, esa era Daria.
Mientras hojeaba un montón de papeles con fastidio, la Emperatriz me miró de repente con un brillo en sus pupilas, como si se le hubiera ocurrido una gran idea.
—Hmmm… ¡Sí, Chloe! ¡Cómo no lo pensé antes! ¡Esta es una gran oportunidad para poner a prueba tus habilidades!
—¡¿Qué?!
—¡Es perfecto, Chloe! ¡Quiero que te encargues de organizar la fiesta de bienvenida a la Santa!
—Pero Su Majestad…—repliqué con una sonrisa forzada—. Solo quedan diez días para la celebración, ¿y crees que puedo encargarme de todo con tan poca antelación?
—¡Por supuesto que sí, mi pequeña Chloe!—insistió ella con una amplia curvatura en su labios—. ¡Si hasta hiciste un gran trabajo organizando mi baile de cumpleaños! Estoy segura que, con lo que has aprendido hasta ahora, esto será pan comido para tí.
Me sonrojé extrañamente ante sus palabras. Por alguna razón, me sentía orgullosa de que reconocieran mis habilidades, pero al parecer Betsy no lo veía así.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: MIMY