Capítulo
Unos días después de la visita de Kylos, Lady Garnetsch, abordó cierto tema con cuidado.
—Me gustaría visitar el Gran Ducado.
Mimy: A Raymond, como el Yisus; Chloe, como la Holy Fool; y Kylos, como el Judas; les dedico esta canción: “Judas” de Lady Gaga. Con esta imagen, que va como anillo al dedo a lo que se viene. Traición y Engaño (ψ`꒳´)ψ
Raymond sonrió piadosamente, haciendo lo posible por no endurecer su expresión.
—Claro, si lo deseas… Puedes ir cuando quieras…
—No… No sola…
Una mirada de perplejidad cruzó el rostro de Raymond mientras ella lo miraba de forma sutil.
—¿Cómo? ¿A qué te refieres?
—Bueno, quiero que usted venga conmigo, Su Majestad… Porque el Gran Ducado es como un hogar familiar para mí…
Naturalmente, Raymond, había pensado que ella se refería a que fuera la pequeña Estel quien la acompañase. No obstante, para su sorpresa, la persona con la que ella pensaba ir al castillo de Ludwig no era otra más que él mismo.
El genuino Emperador se sintió complacido y, a la vez, un poco avergonzado. Pues se estaba ganando muchos enemigos y la situación no era buena. Ya no era el magnífico y respetado Emperador. Por tanto, temía que si fueran juntos, se mostrase, en frente de su amada, la mala reputación que se había generado alrededor suyo.
Pero ahí no quedaba la cosa, porque por decirlo de algún modo, esto solo era la punta del iceberg. Ya que, en realidad, todo era más complicado de lo que parecía.
Aunque Chloe había dado a luz a un vástago del linaje Imperial, ella seguía siendo Lady Garnetsch, una hija ilegítima de una casta baja de la nobleza que ya había desaparecido. Todavía no era Emperatriz y, con la fuerte oposición que había, era muy difícil que lo fuese.
Debido a la controversia de las decisiones del Emperador, con respecto a la madre biológica de su descendiente, el ambiente que flotaba alrededor de la Aristocracia era conspirativo. Era algo arriesgado abandonar, en esta inestabilidad, el Palacio Imperial. Tanto para él, como para ella y la pequeña Estel.
«Pero Chloe dijo que quería venir conmigo… Al fin me está aceptando…»
Tal vez, en parte, Raymond estaba siendo un poco egoísta, queriendo demostrar en presencia de su hermanastro, que había reclamado el corazón de Chloe para sí.
«Ahora no es tuya, sino mía…»
Pero él, un joven puro y sincero, nunca se imaginó que su pequeña codicia acarrearía la desgracia de él como Monarca.
Ya, en el Gran Ducado, Kylos reveló su traición y varios soldados rodearon al Emperador, en cuanto este puso sus pies sobre la propiedad del Señor de la Casa Ludwig.
—Una trampa muy inteligente, hermano mayor.—Raymond miró a su hermanastro con expresión pétrea.
Los caballeros del Gran Duque lo amenazaron con sus lanzas. Casi se rio de la superficialidad de todo aquello.
Raymond de Astarot, era el hombre al que habían llamado el Dios de la Guerra. Conocido por sus cruentas batallas sangrientas donde su cabello no se diferenciaba con el rojo que pintaban sus contiendas.
—Traes… Cientos de soldados.—Raymond sonrió con soberbia y desenvainó su espada—. ¿Te parezco alguien merecedor de ser derrotado por tus soldados?
—Ciertamente, si es por ti, hoy nadie saldría vivo de aquí.—Kylos, maliciosamente, curvó sus labios—. Sin embargo, me temo que esta vez te será difícil, hermano. Porque ahora tú también tienes algo que proteger.
Las palabras apenas habían salido de su boca cuando, el Duque de Ludwig, agarró violentamente a la amada del joven por la muñeca.
—¡Chloe!—Raymond gritó su nombre con urgencia.
La convicción, al pensar que ella estaría bien porque era un miembro de la Casa del Archiduque, fue su grave error.
La espada de Kylos estaba en su garganta, el filo del hombre al que ella, en un entonces, había amado, y que, tal vez, aún amaba.
—¡Maldita sea, Chloe no tiene nada que ver con esto!
—Baja tu espada, hermano, y le perdonaré la vida.
«¿Cómo se atreve este bastardo? Chloe, ¿No es este su salvador? Dijiste que era la persona que te había salvado del incendio que provocó la caída de los Garnetsch, alguien quien te cuidó y apoyó en el Gran Ducado durante años…»
Pero, Raymond, de repente, recordó la conversación que tuvo con Kylos, hace ya tiempo.
{—No hay nada favorable y conveniente en tener el corazón de una jovencita que solo te puede dar placer por un tiempo limitado. Aunque, he de reconocer que jugar con su mente me resulta satisfactorio.}
Las palabras del Gran Duque, en su memoria, evidenciaban que Chloe estaba con él no porque se compadeciera de una pobre chica huérfana, sino para usarla a su favor, cuando fuese conveniente.
{—Las ventajas para el Ducado de Ludwig, de una matrimonio entre ella y el Conde de Vernon, son demasiado grandes como para ser ignoradas.}
Las dudas invadieron al joven Emperador.
«¿Podría él, que hablaba de ella como si no fuera nada más que una mera pieza de ajedrez, realmente matarla? ¿Sería esta una de las utilidades que había planeado para Chloe? ¿Cómo puedo soportar, no rendirme y ver a este cabrón cortándole el cuello a mi amada en frente mía?»
En el momento en que sus pensamientos llegaron tan lejos, Raymond sintió la impotencia, la punta de su espada tembló en sus manos, incapaz de controlarse.
—Haaa… Maldita sea…—la profunda desesperación lo hizo suspirar y maldecir por lo bajo, apretando sus dientes.
No había nada que él pudiese hacer para salvarla, más que admitir la derrota. Sin embargo, aquello tampoco aseguraba que ella no sufriera daño alguno.
El Gran duque, que había estado observando divertido la reacción de su hermanastro, sonrió encantado y apretó la hoja en el pescuezo de la joven.
JUUSH, …
Un líquido rojo rezumó de la herida que él le había propiciado, hundiendo unos milímetros del frío acero en la piel.
—¡…!—el Monarca, sobresaltado, sintió una espeluznante sensación que le recorrió el cuerpo.
«No era un farol. La ha lastimado, la sangre que fluye y gotea sobre el suelo, es de ella, de mi Chloe, mi tan preciosa y querida persona…»
—Vaya, Vaya, veo que estás dudando… ¿No era ella tan importante para ti? Bueno, no pasa nada, cuanto más lo pienses, más peligroso se vuelve para Chloe…
Las risillas perversas del traidor le hicieron doler los oídos al joven Soberano. Era evidente que el Duque de Ludwig estaba disfrutando de la situación.
«¿Y Chloe…? Mi pequeña y frágil Chloe…»
Raymond desvió su vista hacia ella, quien jadeaba en agonía, con cara de resignación, como si hubiera previsto su próxima muerte, y una sola lágrima rodó por el pálido rostro de Chloe.
—¡Ya basta, Kylos Ludwig!
El conspirador rio aún más fuerte y presionó su espada profundizando el corte. Cruel, gradual y dolorosamente, mientras las gotas de los ojos de Lady Garnetsch se mezclaban con la sangre, ensuciando su vestido blanco puro. Aquel atuendo, que evocaba los momentos de horas antes.
{—¿Su Majestad? ¿Por qué me miras así?
—¡Oh! Lo siento, Chloe. Es que hoy estás especialmente guapa.
Ella tardó medio segundo en reaccionar a las palabras que habían salido de su boca mientras él la miraba fascinado antes de subir al carruaje.
—Es la primera vez que llevo unas ropas tan hermosas y de esta tonalidad. Así que, me preocupa no verme bien en ellas…
—¿Por qué ibas a preocuparte si te queda tan bien? Chloe, tú siempre te ves hermosa para mí, da igual lo que te pongas…
Ella no respondió y no volvió a sacar el tema hasta mucho después, cuando se acercaban a su destino.
—Hermosa… ¿Crees que a los ojos de los demás se ve así…?
Las inquietudes de Chloe nunca se mostraron, por lo que Raymond pensara sobre ella. En la conciencia de la joven, carecía de importancia si, en la mente del Emperador, era la más bonita o no; le daba exactamente igual.
Aunque ella no lo expresara, era evidente que solo le interesaba la opinión del “otro”, al que ahora se estaba refiriendo y Raymond, al escucharla decir eso, lo supo instintivamente.
«Haaaa… Todavía lo ama… No hay lugar para mí en su corazón»
Y con ese pensamiento en el aire, llegaron al Gran Ducado de Ludwig.}
La parte delantera del vestido estaba empapada de aguas de dolor y rojo crúor.
«¿Por qué? ¿Por qué haces esto, Kylos Ludwig? ¡Lo sabes! Eres consciente de que ella te quiere, y aun así, has estado jugando con sus sentimientos durante todo este tiempo… ¿De verdad, incluso tienes la osadía de quitarle su vida con tus propias manos como un perro bastardo…?»
—Ugh…—un pequeño gemido brotó de entre los labios de la joven que habían estado tragándose los llantos de dolor.
Cuando sus párpados se agitaron a punto de desfallecer entre raudales que caían por sus mejillas, Raymond tiró la espada que sostenía, no podía soportarlo más. Chloe era la persona más importante para él, y daría su vida entera por ella si fuese necesario.
—¡¡¡¡Chloe!!!!
En un instante, los soldados del Gran Ducado lo atraparon y sometieron. El hermanastro bajó su arma del cuello de la chica con una sonrisa triunfal. Raymond de Astaroth, Emperador del Imperio de Astart, atado de pies y manos, perseguía a su amada solo con la mirada. Vio cómo Kylos la arrojaba sin importancia a un caballero cercano, como un burdo equipaje de mano. Incluso eso lo enfureció, preocupándose por Chloe.
En su situación, solo alguien demente se sentiría ansioso por otra persona que no fuese él mismo. No obstante, Raymond, era así; un hombre loco de amor por una mujer.
De pronto, algo sordo golpeó fuertemente su cabeza
Ya fuera de sí, el Soberano de Astart perdió el conocimiento en las aguas de la traición.
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El sonido de pasos resonó en las húmedas y sucias mazmorras. Raymond, golpeado, herido y torturado en la miseria, abrió lentamente sus ojos cerrados.
Sus oídos, sensibles incluso en la oscuridad, captaron el andar de alguien mezclado con unas pequeñas pisadas débiles y nostálgicas.
—¡Chloe…!
Raymond reconoció inmediatamente a la dueña familiar del suave andar. La zancada era inconfundiblemente suya, tan ligera como las plumas de un pajarillo.
CRIIIIIIIISK.
Con un chirrido áspero se abrieron las rejas de metal, iluminando la celda, que estaba en penumbra. Raymond frunció el ceño un momento debido a la claridad y luego levantó la vista.
—Ahgh…—un suspiro como un gemido escapó de sus labios—. Chloe…
Era ella. Por suerte, estaba viva y no muerta. Con varias vendas blancas envueltas alrededor de su frágil cuello.
—¡…!—justo cuando sus pupilas hicieron contacto visual, ella abrió sus ojos de par en par y oscilaron sin saber qué hacer.
Mimy: Chloe, te odio, lo siento. No me das pena, …
Finalmente, desvió su mirada hasta sus pequeños pies, incapaz de mirar a Raymond, y justo cuando él estaba a punto de abrir la boca para hablar con ella, la voz del hombre al que había estado ignorando, se dirigió al reo, con sumo desprecio.
—¡Oh! Pero qué mal te ves, “Su Majestad”… ¡Ah, no! Espera… Si ahora solo eres mi hermano… ¿Cómo debería llamarte entonces…? ¿Su Gracia? Incluso ese título te queda demasiado alto en este, tu pésimo estado.—con su tono cargado de ironía, Kylos Ludwig, se burló de él descaradamente.
Un hombre que ansiaba el puesto de Emperador, pero que Raymond, en su inocencia, pensó que no tenía codicia alguna. Una persona que, ahora, el ya caído Monarca, no vio la necesidad o el valor de mantenerlo bajo control.
«No tenía ni idea de lo astuto y calculador que era él. Tampoco me di cuenta del plan que había estado trazando tan minuciosamente en las sombras. Este bastardo, en quien creí confiar, me apuñaló así, por la espalda, tan a fondo e insidiosamente. ¿Desde cuándo era capaz de ocultar su ambición y fingir una falsa sonrisa delante de mí?»
—Chloe era un cebo para atraparte.
El ceño de Raymond se frunció mientras se esforzaba por comprender las palabras,
«Un cebo…»
No obstante, ante la repentina compresión, su cuerpo se tensó, y tuvo que apretar los dientes ante el dolor que se disparó a través de la piel desgarrada de sus heridas.
—Te enamoraste como un tonto y caíste en la trampa sin darse cuenta.
TSK, TSK, …
Los chasquidos de la lengua de su hermanastro, desaprobándolo, resonaron en la yerma prisión.
—De verdad, hermano… ¿No te pareció extraño? Era una mujer demasiado perfecta, tu tipo ideal, hasta el más mínimo detalle. ¿En serio creíste que algo así existía? ¡Por supuesto que fui yo quien la creó! ¡Iluso!
Raymond, poco a poco, se dio cuenta de las sucias palabras en boca de su hermanastro.
«Así que la Chloe Ganetsch que conocí no era real. Un ser falso que él había moldeado según mis gustos para atraerme. Ese rostro encantador, esa forma de hablar, ese gesto delicado, sus miradas de amor, … Todo eso era mentira, un engaño… Y yo caí en él tan miserablemente. ¡Já! Todo tiene sentido ahora… Mi Chloe nunca existió…»
Raymond, devastado, estaba en silencio; escuchando a Kylos que se expresaba con soberbia y orgullo, entre dejes de sarcasmo.
—Bueno, lo reconozco; que siendo así de bonita uno quiere enamorarse de ella. Tan guapa que dan ganas de hacerla tuya, ¿verdad? Te entiendo, aunque lo encontraras raro, no pudiste evitar sucumbir a sus encantos; incluso para mí, sería difícil no hacerlo.—Kylos continuaba con su discurso autocomplaciente entre risotadas.
Raymond, habiendo ya perdido y sin nada, se preguntó qué sentido tenía echarle en cara todo esto, y por qué le hacía tanta gracia. Ignorando a su hermanastro, que se estaba riendo de él, a carcajadas, se volvió para mirar a Chloe Garnetsch, que temblaba detrás de Kylos. Seguía con la cabeza gacha, mirándose los dedos de los pies, sin poder establecer contacto visual con él.
La chica, de blando corazón, tiritaba asustada, incapaz de deleitarse felizmente con la victoria que tan plenamente disfrutaba el Gran Duque a su lado.
El joven abatido, quien una vez había tenido el Imperio en sus manos, ahogó una risita de resignación, que se escapó de entre sus labios.
«¿Qué te pasa, mi niña tonta? ¿Por qué no puedes alegrarte por el hombre que tanto amas? ¿Por qué no te regocijas y te mofas de mí con él? ¿Dónde está tu dicha ahora, mi dulce Chloe?»
—Bueno, es un alivio entonces.—dijo Raymond con voz tranquila, pensándolo sinceramente—. Al menos, mi hermano no te matará…
Ella, lentamente, levantó su mirada. Sus ojos rojos, humedecidos por la pena, reflejaban su propio ser roto, y las lágrimas se desbordaron, corriendo por sus mejillas. Él todavía la recordaba llorando por su hermanastro hacía mucho tiempo, cuando había visitado el castillo del Duque de Ludwig. Pero, en ese momento, ella, por sí misma, derramaba su llanto por él.
—¿No estás enfadado conmigo?—la suave voz entrecortada de Chloe flotó en el ambiente lúgubre de la prisión.
—Mentiría si dijese que no estoy molesto… Pero, ¿qué sentido tiene ahora? De nada me sirve enfadarme contigo.
Raymond miró sus regueros, que parecían fluir sin cesar por sus pómulos, y un pensamiento cruzó por su mente.
«Quizás… ¿Me estás abriendo por fin tu corazón? Haaa, qué irónico que solo a las puertas de mi muerte, cuando ya no puedo estar más a tu lado, muestres tus genuinos sentimientos por mí. Eso que tanto había esperado y paciente, sería capaz de aguardar por ti, sin remordimiento alguno. Sin embargo, ignoré que el tiempo no es para siempre y todo ha terminado ahora. Es demasiado tarde, lamentablemente, no puedo estar más contigo, mi amor.»
La boca de Raymond se curvó en una suave sonrisa calmante y tranquilizadora. Suavemente, abrió sus labios partidos y con toda la dulzura del mundo, añadió.
—De todos modos, mírate ahora… Al menos, eres tú quien llora por mí.
Con esa pequeña frase, Chloe tuvo que poner todas sus fuerzas en pies y rodillas, para estabilizar sus tambaleantes piernas.
—¡¡¡Basta!!!—un tono masculino interrumpió con dureza su conversación.
Inmediatamente, Kylos se adelantó y, cubriendo a Chloe, impidió que ambos siguieran mirándose. Raymond arqueó las cejas frente a tan inusual reacción
—Ahórrate tu burda autocompasión, hermano. Ella es una muñeca hecha para ti, desde el principio, y estas falsas lágrimas que ves, no son más que simpatía barata.
Mimy: En un rincón de la mente de Kylos, una parafilia extraña tomaba forma…
(Que quede entre nosotr@s, pero aquí fue donde comenzó la verdadera locura del Gran Duque.)
Fuera lo que fuese, lo que había hecho enfurecer el temperamento del Duque de Ludwig, lo cierto era que eligió las palabras que más daño le harían al pobre hombre encadenado; quien, impotente, apretó sus molares conteniendo su rabia.
«No, no lo es, desgraciado cabrón. Chloe no es una muñeca, y tiene voluntad propia. Aunque le hayas cortado las alas, impedido expresarse libremente y reprimirla por tu culpa durante años; es una mujer que siente y padece como todo el mundo.»
No obstante, sabía que nada cambiaría por mucho que reprochara. Lo único que conseguiría sería el placer de Kylos en su agonía y el sufrimiento de Chloe en la misma. Así que, enterró su juicio en el silencio.
—Vamos, Chloe.
Dando por terminada la conversación, se giró y rodeó los hombros de la chica con un brazo, mientras Raymond observaba su espalda, alejándose lentamente en la distancia.
«Chloe, ¿serás feliz cuando me haya ido? Por favor, espero que lo seas.»
Sus pensamientos tomaron lugar, en el vacío y oscuro espacio.
«Quiero que seas dichosa, con alguien a quien ames de verdad. Aunque sea ese hombre que encerró tu derecho de tomar decisiones propias, convirtiéndote en su marioneta; si de verdad lo anhelas, espero que encuentres tu felicidad con él…»
El testamento de un hombre que no tenía ya nada más que ofrecer se proyectó en su mente. En la lúgubre quietud, le dedicó a su amada, lo único que no había perdido; su afán sincero por hacerla feliz.
«Que mi muerte, que elegí para protegerte, no sea en vano. Disfruta, por siempre, de la plenitud de la vida, mi amor.»
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El Gran Duque, Kylos de Ludwig, había estado preparando su caída durante mucho antes de lo que Raymond había supuesto en un principio.
La nobleza y la Iglesia Ramie, ya puestas en su contra, le dieron la espalda. Miraron a otro lado, fueron ajenos a la traición de muto propio y se lavaron las manos como desentendiendose del asunto. Obviamente, las facciones opositoras y la mayor parte de la aristocracia, aceptaron la sentencia de muerte del, aún Emperador, Raymond de Astarot, y se le acusó de crímenes que nunca había cometido.
En el momento de su ejecución pública, donde pronto, en la guillotina, le cortarían la cabeza frente a todo aquel que quisiera ver morir al “corrupto Monarca”; Lady Ganetsch, no apareció por ninguna parte. Fue una suerte y Raymond se alegró de este hecho, porque no podía soportar verla llorar momentos antes de que la hoja le rebanara el cuello.
Frente a sus verdugos, justo antes de que cayera el filo que le atravesaría la nuca y la garganta, él pensó en su hija, la preciosa niña que se parecía a su madre; Estel.
Con ese pensamiento, cerró los ojos, agradecido de que, después de todo lo que le habían arrebatado; al menos, las dos personas a las que había jurado proteger por el resto de su vida, seguían vivas.
Lo siguiente que supo fue que un metal volador se hundió en su piel y, en unos segundos, hizo rodar su cabeza por los suelos.
Dicen que los momentos más felices de tu vida, pasan ante tus ojos al morir y Raymond fue testigo del recuerdo más valioso que tenía. Frente a él, se desplegó una escena que parecía lejana en el pasado, pero que, en realidad, había ocurrido hace tan solo unos meses atrás. Una vez, donde la paz y la dicha reinaban por doquier.
{En un invernadero en el Palacio Imperial, el aire cálido flotando a su alrededor. Chloe, el único punto brillante en un mar de verdes plantas, acariciaba a su hija en la espalda y cantaba una canción de cuna.
— En los cielos de Astart, hay un castillo de ángeles sobre las nubes.
Por un camino de sonrisas y alas de puro blanco, tú subes.
Entre mariposas y flores de agradable perfume,
bailaré y cantaré, feliz, para que mi voz se escuche.
Despierta, mi niña, que tu madre te abraza con querer,
si de nuevo regresas del dulce sueño cual no es menester,
testigo seas de mis susurros de amor que vuelven del ayer,
para mi preciosa niña que la desdicha no ha de conocer.
La expresión de Estel era apacible mientras se dormía con la suave melodía de la nana de Chloe. Cuando ella levantó su mirada hacia él, las pupilas se conectaron mutuamente al instante, y ella mostró suavemente su bella cara sonriente.
—Ah…—Raymond se quedó contemplándolas, hipnotizado.
Chloe, con su media luna deslumbrante en el rostro, acunaba en sus brazos a su pequeña Estel, quien descansaba plácidamente. Embelesado por sus más amadas personas, su vista no se apartó en ningún momento durante un largo y tendido rato.}
El último pensamiento de Raymond, antes de su regresión, fue simple y humano. Un hilo de razón, que cualquier persona se diría a sí misma, incluídos vosotros, quienes leéis estas páginas.
«Maldita sea, no quiero morir… Deseo repetir esta época de felicidad, que me perseguirá por siempre, incluso tras expirar mi último suspiro.»
*Fin del sufrimiento de Raymond en su primera vida, continuamos con su punto de vista desde que regresó en el tiempo. <3
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BANG!!
La puerta se abrió estrepitosamente y una voz de una mujer molesta, a la que no echaba mucho de menos resonó en la habitación.
—¡Raymond, dicen que había una mujer en tu dormitorio aquella noche! ¿Es cierto?
El joven de cabellos rojos frunció el ceño con disgusto mientras permanecía con los ojos cerrados.
—¡Maldita sea! ¡Sé que estás despierto! ¡Te he visto! ¡Acabas de mover las cejas! ¡Deja de hacerte el dormido y respóndeme, Ray!
Raymond, que acababa de evocar los momentos más felices de su vida, pensando que la muerte no sería tan mala si reviviera por siempre esos tiempos, se corrigió rápidamente.
«No me Jodas ahora… ¿En serio voy a tener que escuchar el tono arrogante de esta bruja incluso tras haber muerto? ¡Qué mierda de más allá me espera…!»
—Chloe Garnetsch, la chica que patrocina el Duque Ludwig, ¿fue ella no? La que hizo su debut en sociedad en el baile de Año Nuevo, vamos la noche de anteayer. ¿Por qué me entero ahora? ¡Argh! ¡Si es que siempre llego tarde a los chismes importantes!
No obstante, todo era un poco extraño. Puesto que para él, esto no era un suceso inolvidable, obviamente ya no recordaba esta conversación. Por tanto, no estaba entre sus reminiscencias del pasado, sino más bien, era como si lo volviese a escuchar de nuevo. Como si una canción de la que ya no te acuerdas, volviese a sonar en la radio de improvisto.
—Bueno, ya lo debes saber… Pero si yo, la que vive en su mundo, ajena a las fiestas, y quien no se presentó a esa celebración, se entera… ¡Es porque ya hay rumores corriendo por todo Palacio de que ella pasó la noche en tu alcoba! ¡Así que, no lo niegues! ¿Qué fue lo que pasó, Ray?
Los párpados de Raymond se levantaron lentamente en respuesta a la creciente sarta de acusaciones y preguntas de una irritante voz que disparaba. Sus ojos, entrecerrados, escudriñaban a su alrededor, con una mezcla de desconcierto y confusión. Incógnitas sin respuesta se abalanzaron sobre la mente de Raymond.
«¿No se supone que el sentido de la vista debería estar en la oscuridad del óbito por siempre? Entonces, ¿Por qué mis pupilas captan la luz brillante de nuevo?»
FLIP, FLIP, FLIP, …
Sus largas pestañas rojizas aletearon varias veces para enfocar su visión, todavía borrosa, y en ella, apareció el rostro de una mujer que no quería volver a ver. Era Daria de Carolina, la que fue su Emperatriz, con quien se casó porque no le quedaba remedio.
¡AHGK…!
Raymond soltó el primer grito de sorpresa audible tras su deceso.
«¿Qué mal he hecho en mi vida pasada para tener tal realista pesadilla…?»
—¡Oye, tú! Ni que vieras un monstruo… ¿Eh? Espera… ¡Estás pálido y sudando frío! ¿Qué pasa, Raymond? ¿Te encuentras mal?
Como aquella mujer endemoniada no se callara de una vez, a Raymond de Astarot, quien había regresado de entre los muertos pensando tener un sueño infernal, le iba a explotar la
cabeza de un momento a otro.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: MIMY