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Capítulo 36

Aunque ahora Raymond se viese obligado a divorciarse de Daria, por el bien del hijo que Chloe llevaba en su vientre, eso no aseguraba su completa seguridad en el Palacio Real. Subir a la corona a una nueva mujer, tras romper la alianza con la Emperatriz, es un proceso que requiere de cierto tiempo, y por supuesto, no podría llevarse a cabo antes de que Chloe diera a luz. A pesar de que se tomasen las precauciones necesarias para su protección, el hecho de que Lady Garnetsch fuera una hija ilegítima, de una casta caída; y la conspiración de la nobleza, que surgiría a causa de su ruptura con Daria; garantizaban que la única que saldría lastimada en el proceso sería la madre de su futuro heredero.

La opción de la actual Emperatriz era plausible. Le daría tiempo para asentar las cosas y convencer poco a poco a las fuerzas opositoras. Un cambio de semejante calibre en la familia Imperial no debería hacerse de forma tan abrupta, si uno no quería ganarse cientos de enemigos. Pero la respuesta de Chloe el día que habló con Daria tomó de sorpresa a Raymond.

—¡…! ¿Chloe se negó?

—Sí, la verdad es que no lo entiendo. Le prometí las mayores riquezas que podía darle, en nombre de la Emperatriz del Imperio de Astart, y ella no cedió en absoluto.

—…

—¿Raro no? De hecho, pensé que no era una mala oferta. Habría sido la mejor forma para ella, por su bien, no por el mío. Subirla al trono de esta manera, Ray… ¿Estará bien?

Raymond sintió una extraña punzada en el pecho. Daria tenía razón, todo esto iba a poner en riesgo a Chloe y todo por su propia codicia. Sin embargo, el hecho de que Lady Garnetsch rechazara la propuesta de la Emperatriz, le hizo pensar que quizás a ella sí le importaba tanto su hijo como a él. Esperanzado, supuso que sus múltiples confesiones por fin habían comenzado a dar sus frutos.

«Probablemente, solo sea cuestión de tiempo para que ella se abra completamente a mí…»

Daria frunció el ceño al ver la cara sutilmente sonrojada de Raymond.

—¡Oh, Ray! ¡Qué cara pones! ¡Es ofensivo!

—Ejem, Ejem, … Bueno, de todas formas, seguiré adelante con el divorcio y supuse que deberías saberlo de antemano.

—Me temo que el “buen” Duque de Carolina no lo tolerará.

—Aun así, lo haré. No quiero dejar a Chloe, la futura madre de mi hijo, como una mujer sin nombre en el Palacio Imperial.

—Siempre me he preguntado cómo sería ver a un Raymond enamorado, y puedo decir que, por fin, soy testigo de ello.—Daria suspiró y se abanicó—. El pequeño mocoso ya ha crecido y ahora, como un verdadero hombre, está a cargo de una mujer. Sí, estoy muy orgullosa de ti.

—¿Pequeño mocoso? ¿Desde cuánto hace que ya no soy así?—Raymond protestó con las cejas arrugadas. 

Daria, rememorando su infancia, sonrió satisfecha y plegó el abanico que agitaba.

—Ray, soy consciente del motivo por el que me pides este divorcio y, obviamente, estoy en una posición donde no tengo más remedio que concedértelo. Por mucho que proteste la Aristocracia y Ramie, en el momento en que firme los papeles, dejaré de ser la Emperatriz de este Imperio. No obstante, como ya sabes que soy una bruja muy desvergonzada, me aprovecharé de tu responsabilidad y te pediré un último favor.

—Lo que sea, siempre y cuando no perjudique a Chloe.

JA, JA, JA, JA, JA, JA, …

Daria tuvo que reírse de nuevo ante el descaro de su respuesta y luego continuó con una expresión seria.

—Raymond, será mejor que te lo pienses bien. Prométeme que no te arrepentirás, porque romper nuestra alianza matrimonial no es lo mismo que casarse con ella. Puede que te ganes muchos bandos en tu contra, así que ten cuidado.

—Sí, lo sé. Pero aun así, mi resolución no cambiará.

Raymond tenía todo eso en cuenta en sus pensamientos. 

«Será un camino largo y tedioso antes de que la reconozcan como mi esposa… De todos modos, no vacilaré hasta que Chloe pueda pararse a mi lado, orgullosa y feliz de ser quien es…»

El joven Emperador estaba agradecido con Daria, su confidente, por su comprensión y preocupación por él. Quizá por eso, algo más calmado, le reveló el motivo que más pesaba en su corazón.

—Porque, cuando Chloe se enamore de mí, no quiero darle la pena de tener a otra mujer a mi lado como mi esposa, y que, debido a esto, ella viva siempre en desdicha.

Los ojos de Daria se abrieron de par en par, sorprendida.

—¿Qué quieres decir, Ray, con que ella no te ama?

—…

—¿Amor no correspondido? ¿Raymond de Astarot, el apuesto y joven Emperador del Imperio, sufre de un amor no correspondido? ¿No me digas que el hombre más quisquilloso de Astart se enamoró primero de un flechazo?

—¡Cállate, Daria!—solo después de que las duras palabras salieran de la boca de Raymond, Daria dejó de cuestionarlo. 

Sin embargo, las pupilas de la Emperatriz centelleaban llenos de interés y deseosos de indagar. Puesto que esta vez, sí parecía haber tocado una fibra sensible de Raymond, Daria, a regañadientes, dejó de insistir y él concluyó la conversación.

—Será mejor que me notifiques todo por escrito, ya sabes… Las compensaciones que quieras a cambio del divorcio. Cuando lo hayas decidido, envíamelo todo por correo a mi oficina.—dicho esto, Raymond se dio la vuelta, ignorando la curiosidad contenida de Daria. 

Ya, en el camino de vuelta a su residencia, el joven Emperador recordó la sarta de preguntas que la Emperatriz disparó acerca de sus problemas amorosos. 

«Realmente… Es molesta hasta el final…»

┈┈┈••✦ ♡ ✦••┈┈┈ 

Raymond, finalmente, llevó a cabo su divorcio. No fue fácil, pero lo consiguió. A cambio, le dio a Daria una considerable cantidad de tierras como pensión alimenticia, de modo que si ella conseguía administrarlas bien, podría formar su propia familia, librándose, al fin, del control de su tío avaricioso. Aunque, en el fondo, el Emperador sabía que las cosas no serían tan sencillas dada la relación que tenía ella con la Casa de Carolina. 

«Con las fricciones que hay entre ellos… No creo que se quede todo en una simple independencia de Daria. Probablemente, ella acabe con su tío para hacerse cargo del legado de su padre como Duquesa…»

Raymond lo pensó así, pues, no tenía sentido que Daria le hubiese dicho que le devolvería las tierras que le había quitado, una vez que hubiera cumplido con su propósito. Pero eso ya no era incumbencia del joven Monarca, y tampoco le importaba que se quedara con ellas.

Cualquiera que fuese su objetivo, la ahora, ex-Emperatriz, manejaría dicho territorio mejor que ningún otro de sus vasallos. Era un lugar fértil, pero dado que había estado vacío durante muchos años, la única persona en la que podía confiar para que le sacara el máximo partido a ese feudo, era Daria. El único problema que había en todo esto, era la oposición de la Iglesia Ramie y el consejo de Nobles, quienes seguían negándose a aceptar a otra mujer en el trono que no fuese la hija mayor de los Carolina.

«Quizás el objetivo principal del Duque no era establecer una conexión con la familia Imperial y crear un sucesor de mi linaje, sino mantener en Palacio a alguien de su casta para adquirir poder eventualmente. ¿Es por eso que uso como excusa el convenio de mi difunto padre y la situación de Daria para forzar nuestro matrimonio? Ahora que lo pienso todo encaja…»

Raymond aún recordaba al Duque de Carolina, despotricando en primera fila como el cabecilla de la oposición noble.

«No obstante, creo que debe haber alguna otra razón que desconozco… Daria es una mujer de fuerte convicción, que no se dejaría manipular por nadie, mucho menos por su tío, ávido de poder. Por eso, no entiendo por qué seguía siendo tan inflexible. Infiltrar su dominio en Palacio lo tenía difícil, con el carácter de su sobrina, y además, le ofrecí a la ex-Emperatriz un territorio mucho mayor que el Ducado de Carolina como compensación. No comprendo por qué tanto problema…»

Raymond, ensimismado, descansaba sobre su cama, al lado de una hermosa joven de cabellos plateados, y fue la voz de la chica, la que lo sacó de sus pensamientos.

—¿Hay algo que os preocupe, Su Majestad?—preguntó suavemente Chloe, apoyada sobre uno de los torneados brazos de Raymond.

El Emperador se sonrojó, dándose cuenta, tardíamente, de que había estado frunciendo el ceño mientras reflexionaba sobre asuntos de estado; en vez de disfrutar del momento con su amada, quien ya no podía ocultar su vientre hinchado.

Es más, por un instante, fue consciente de que, con todos los problemas que hubo, su rostro estaba bastante demacrado en comparación con el de un hombre normal de su edad. Así que, trató de disimular su cansancio y de parecer lo más amable posible en su presencia. No quería que Chloe se inquietara, durante su gestación, sobre los problemas políticos acarreados por su hijo y posición. Era algo de lo que debía hacerse responsable él mismo, como futuro padre y Emperador de Astart.

«Y si el niño que lleva en su vientre hereda todos mis genes… ¿Nacerá con un semblante tan duro como el mío? ¿No sería eso un problema que podría disgustar a Chloe? Aún tengo presente que, al principio, ella se asustaba mucho al verme…»

Con esa intranquilidad, que cruzó por su mente, Raymond contestó.

—Bueno, lo siento, manejando el Imperio, siempre surge algo. Aunque, realmente, lo que me preocupa ahora es otra cosa…—Raymond sonrió satisfecho y le acarició la redonda barriga—. Estaba considerando seriamente el que ojalá nuestro hijo no se pareciese a mí, y que, por favor, fuera como tú.

El Emperador se fijó en cómo las comisuras de los ojos de Chloe se caían lánguidamente. Últimamente, ella padecía aún más los síntomas del embarazo. Por eso, solía mirarlo con sus húmedas pupilas y una expresión de somnolencia, sin darse cuenta de lo mucho que eso excitaba a Raymond.

—Es extraño que digas eso. Es el hijo de Su Majestad y lleva tu sangre. ¿Cómo no puede parecerse a ti? Es imposible.

—Entonces solo espero que herede el color de mis ojos, pero no lo demás. El resto tendrá que ser como tú.

Chloe soltó una sonora carcajada ante lo ridículo del comentario.

—Es imposible que un niño nacido de ti y de mí tenga un pigmento de iris diferente*.

*Ambos tienen ojos rojos, como conejos.

Ambos entrecerraron sus miradas juguetonas que imaginaban cómo sería su tan esperado bebé. Niña o niño, como Raymond o como Chloe, en realidad no importaba. La alegría impregnó el ambiente y se abrazaron. Raymond sonrió suavemente mientras le acariciaba el bajo vientre con la oreja apoyada en él, escuchando los movimientos del retoño. En aquella época, ella aparentaba ser feliz, y él estaba extasiado en su dicha.

No importaban las tormentas que se desencadenaban afuera, los enemigos que conspiraban o la traición que se planeaba; porque, en aquel pequeño espacio, con Chloe, la felicidad de Raymond estaba en su punto más álgido, desgarrando completamente sus penurias.

┈┈┈••✦ ♡ ✦••┈┈┈ 

Unos meses después, había nacido la hija del Emperador. Un bebé rojo y blandito que se parecía a su madre. A ojos de Raymond, era una niña pequeña y frágil, exactamente igual a Chloe. 

—…

—…

Raymond de Astarot y Chloe Garnetsch contemplaron al recién nacido durante largo rato. El personal de Palacio, hacía mucho tiempo que no oía el llanto de un bebé, y durante la estancia de Chloe en el Gran Ducado, nunca hubo una criatura de tan corta edad. Por ese motivo, ambos eran padres inexpertos con nulo conocimiento en cuanto a niños pequeños. A mayores, se sentían incómodos y nerviosos junto a su hermoso retoño, envuelto en un fardo.

—Su Majestad, Lady Garnetsch, vengan a saludar a vuestra hija.—dijo una sirvienta, con práctica en el manejo de bebés, mientras sostenía a la pequeña—. Estáis los dos solo mirándola así… Ni que os fuera a comer…

—Hmmm…

—Ejem, Ejem, …

Por desgracia, la niña no tenía una madre nodriza. Las mujeres de las prestigiosas familias nobles eran reacias a cuidar el hijo de Chloe debido a sus bajos orígenes y, puesto que el bebé, era el descendiente del Emperador, no se podía confiar a cualquiera. Como resultado, el vástago de la sangre Imperial, fue criado por su madre biológica, algo que era bastante inusual en la alta aristocracia. El único problema, era que Chloe, se sentía bastante ansiosa debido a su desconocimiento en la crianza y el cuidado de un recién nacido.

—Es… Demasiado pequeña.—murmuró Raymond en voz baja mientras miraba a la niña en brazos de la criada. 

La chiquilla era diminuta, frágil y delicada; pero, a su vez, preciosa, y es por eso que el Emperador estaba especialmente preocupado por ella. 

«¿Qué pasaría si la toco de forma inadecuada? ¿Cuánta fuerza debo usar entonces…? ¿Y si le hago daño…? ¿Y si algo malo le pasa…?»

Dudas de la torpeza de un padre primerizo inundaron la mente de Raymond mientras permanecía en silencio.

—…

Los ojos rojos de su hija, parecían mirarlo fijamente a él. Era una mirada amorosa y centelleante, como dos preciosos rubíes. Aquellas pupilas, que Raymond decía que eran como las de Chloe y ella le rebatía que eran como las de él, eran hermosas. A menudo, ellos solían hacer ese tipo de comentarios desde que ella había nacido. Cosas sin importancia, que discuten dos progenitores embelesados por su hija.

En ese momento, Raymond, hipnotizado, alargó la mano para tocar sus mejillas rosadas y regordetas. Pero en cuanto sus dedos tocaron sus suaves mofletes, él se ruborizó y se puso rígido, sin saber qué hacer.

—¡…!

Las doncellas se cubrieron la cara y sus músculos faciales se crisparon, incapaces de contener la risa. Este, era el Emperador, el rumoreado y despiadado hombre aterrador, que frente a su hija, estaba completamente indefenso. Sin embargo, por cortesía, nadie se atrevió a burlarse de él.

No obstante, Raymond no se preocupó por las criadas en absoluto y, en cambio, enfocó toda su atención en su pequeña, quien tenía una piel demasiado delicada para sus rudas manos. Aun así, ella era tan adorable que él no podía evitar tocarla y, tras un momento de vacilación, movió las rígidas yemas de sus dedos para acariciar suavemente el rostro de la niña.

Al instante, sus ojos brillaron y se formó una dócil sonrisa en su cara diminuta, como si supiera que ese era el tacto de su padre.

—¿Has visto eso?—Raymond miró a su alrededor perplejo

—Supongo que el bebé también reconoce a Su Majestad.—añadió la sirvienta que la sujetaba.

Un sentimiento de calor y hormigueo recorrió el pecho del joven Monarca. El tenue calor que transmitía la piel que él rozaba despertó en Raymond, una sensación desconocida, Se trataba de una mezcla de ternura y amor paternal que inundó su corazón. Fascinado, sintió un extraño escalofrío que recorrió su espalda, cuando su hija le devolvió esa mirada juguetona que, si hablara, sin duda lo llamaría “papá”.

Todas las doncellas miraban hacia abajo y solo Chloe observaba la escena, con los ojos entornados.

—Su Majestad.—Chloe preguntó mientras él contemplaba a su retoño—. ¿Le importa que yo también lo intente? Quiero probar…

—¿Probar qué?

—Lo que acabas de hacer con tu… mano…—la madre pronunció tímidamente las palabras observando las grandes palmas de Raymond. 

Él, que como un niño, se emocionaba tocando torpemente, con un ligero temblor en sus dedos, las mejillas regordetas y blanditas de su preciosa hija; de pronto se avergonzó en cuanto se dio cuenta de su comportamiento desvergonzado. Así que, recobró la compostura y respondió con un aire digno del Soberano del Imperio.

—Estaría encantado de acceder a cualquier favor que me pidas, mi Lady. No obstante, parece que de verdad le gusto tanto a la niña que…—pero cuanto más hablaba, intentando meterse un poco con ella, más palidecía su rostro deprimido, por lo que se vio obligado a interrumpir su discurso rápidamente, difuminando su integridad de Monarca—. ¡No, Chloe, estoy seguro de que tú le gustarás más que yo! ¡Eres su madre, te reconocerá al instante!

—¿De verdad?—Chloe parecía expectante; pero dudaba, incapaz de alcanzar al bebé con facilidad.

Raymond, cuando la vio así de ansiosa, le rodeó la muñeca suavemente y la acercó al rostro de su hija, las puntas de sus yemas rozando delicadamente sus mofletes rosados. La niña parpadeó y empezó a reírse constantemente, de una manera muy entrañable.

—… Majestad.—murmuró Chloe en voz baja, mirando los hoyuelos de la pequeña—. Me siento rara…

Mimy: Madre del año.

—…

—Siento que los latidos de mi corazón se aceleran, y que el pecho me hace cosquillas…

—Yo también, Chloe.—contestó Raymond, siguiéndole la corriente y mirando a la niña—. Y se llama “amor”.

Entonces, las comisuras de los labios del Emperador se curvaron hacia arriba.

—Es algo así como lo que siento siempre que estoy contigo. Cada vez que te veo no puedo controlar este sentimiento…

—…—Chloe, para no variar, no contestó; simplemente se quedó mirando a la linda criatura. 

Estuvieron los dos juntos, sentados así, durante un largo rato; sin poder apartar sus ojos de su bebé. Hasta que, finalmente, ella se quedó dormida.

┈┈┈••✦ ♡ ✦••┈┈┈ 

—He decidido un nombre para nuestra hija.—dijo Chloe mientras la acunaba en sus brazos, ya familiarizada con esto—. Se llamará Estel.

No había podido ponerle nombre a su niña, hasta que pasaron varios días después de dar a luz. Raymond, no la había instado a ello, solo esperó pacientemente el momento en que, su torpeza y dificultad con el bebé, disminuyeran para que Chloe la aceptara completamente por sí misma.

—Es un nombre precioso.—tras decir esto, Raymond miró a su pequeña sonriente, que se acurrucó en los brazos de su madre con deleite. Entonces él, la saludó—. Hola Estel, soy tu padre.

Acarició la mejilla de su hija con un gesto ágil, que ya se había acostumbrado a tocarla con delicadeza, y le encantó la forma en la que la pequeña curvaba su diminuta boca ante su roce.

«Estel, Estel. ¿Cómo podía ser tan adorable un nombre así? ¡Ah, sí! Es porque se lo puso ella, por eso es tan bonito.»

Raymond miró a Chloe, que sostenía en brazos a la pequeña Estel, y sonrió satisfecho al ver tan hermosa escena familiar. Era tan tierno pensar, que la joven madre se había esforzado tanto en encontrarle un nombre tan precioso a su hija, que le entraron unas ganas insoportables de besarla y abrazarla con fuerza.

«Pero ahora tiene a mi Estel… Así que tendré que aguantarme y ser paciente…»

Una suave media luna se dibujó en el rostro de Raymond, su pecho se hinchó de absoluta felicidad y sus ojos contemplaron, tiernamente, a su amada y a su hija. Aquella expresión de dicha del Emperador, nunca fue vista por nadie, era algo que dedicó única y exclusivamente a la nueva familia que había formado. Chloe Garnetsch y su pequeña Estel, ahora eran las personas más importantes de su vida. 

Además, a Raymond le encantaba que la niña se pareciese a su madre, como él esperaba, pese a que ella le había molestado a menudo insistiendo en que el bebé debía de parecerse al padre. Chloe siempre repetía una y otra vez, durante la gestación, las mismas palabras.

{—Quiero que se parezca a Su Majestad, en carácter y personalidad.}

Recordando aquella frase, Raymond se imaginó a una niña de cabello plateado y ojos rojos feroz, con aire arrogante. 

«¡Imposible! Sería un desastre para el Imperio y para mí; si mi linda y pequeña hija, adoptara mi brusca personalidad.»

En un instante, mientras pensaba en una Estel ya crecida, su mente rememoró un hecho no muy agradable para él.

—Mi hermano viene hoy de visita.—anunció él a regañadientes

Los ojos de ella se abrieron de par en par ante la noticia, y Raymond sintió una pequeña punzada.

—¿En serio?

—Sí, al fin y al cabo él todavía es tu tutor, aunque ahora solo sea de nombre… La verdad es que no comprendo a Kylos… Pero, ¿no debería haber acudido a ti antes?

Alegría y tristeza se mezclaron, coexistiendo a la vez, en el color que bañaba el hermoso rostro de la joven.

«Todavía, no… ¿Verdad?»*

*Se refiere a que todavía no lo ama.

Raymond sonrió amargamente, sintiendo que se le hundía el corazón en lo más profundo de su alma.

«Ella aún no me ha abierto las puertas de su amor… Aún tiene a Kylos Ludwig en el fondo de su mente, abarcando todos sus sentimientos palpitantes. Pero está bien… Todo a su momento… Esta vez no seré impaciente y codicioso. Todavía tengo mucho tiempo por delante…»

Puede que, sin saberlo, Raymond de Astarot se había acostumbrado a aguardar por Chloe. En el fondo, él esperaba que en poco tiempo, ella, junto a Estel, lo amaran más que a nadie en el mundo. 

Estaba tan cerca de que se cumpliera su único deseo de tener una familia feliz; la que desde muy joven había perdido y añorado, que nunca se paró a pensar que su anhelo, pronto se esfumaría en el corredor de la muerte.

Mimy: Y yo me pregunto, Si Kylos no hubiese cometido el error de quitarle a Estel y hubiera dejado a Chloe feliz con su hija… ¿Esta mujer viviría tan campante disfrutando de su relación con el HDP después de destrozarle la vida a Raymond? Y con esta imagen mental para rematar:

Eso ya no es cuestión de manipulación o estar cegada. Es de ser igual o peor que Kylos. (Acepto críticas <3)


RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: MIMY



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