Capítulo 35
Ya con el carruaje en marcha, y compadecido por ella, viendo que el consuelo no era suficiente, Raymond la tranquilizó diciéndole unas palabras que, en boca de otra persona, sonarían arrogantes.
—¿Quién crees que soy? Aunque haya perdido la cabeza por amor debido a ti y me tengas a tus pies, sigo siendo el Emperador de este país. Por supuesto que puedo manejar a tu tío con facilidad, Chloe.
—Haaa…—ella asintió con un pequeño suspiro.
La joven seguía jugueteando, inquieta, con sus dedos, pero Raymond no quería dejarla al lado de su hermanastro. Menos aún, sabiendo que iba a servir a la prometida de aquel hombre despreciable con sus propias manos, mientras sufría llorando a escondidas. No lo podía tolerar.
—Si estás cansada, puedes cerrar tus ojos. Aún nos queda un buen trecho.—dijo Raymond sin rodeos y giró su cabeza mirando por la ventana.
Unos minutos después, solo el sonido de la suave respiración entrecortada de Lady Garnetsch, llenaba el carruaje.
Se había quedado dormida.
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Cuando Chloe abrió los ojos, estaba en la cama de Raymond. Se incorporó, preguntándose en qué momento la habían trasladado del carruaje hasta ese lugar.
—¿Ya estás despierta?—preguntó Raymond, acercando una silla a su lado.
—¿Por qué… no me avisaste antes? Seguro que he sido una molestia para Su Majestad…
—Dormías tan profundamente, que fui incapaz de despertarte.—respondió Raymond con una leve sonrisa cariñosa.
Chloe, como siempre, no dijo nada, y con naturalidad, extendió los brazos para abrazarlo, como dando por sentado que estaba allí para yacer de nuevo con él.
—Espera… Chloe, espera un momento…—dijo Raymond de inmediato.
Después de lo que había sucedido no tenía el corazón para acostarse con ella, así que la retuvo, para que no se le acercara con esas claras intenciones sexuales tan espontáneamente. Raymond, por un momento, incluso se sintió asqueado consigo mismo por nunca tratar de saber más de ella y solo disfrutar, como un iluso, del coito; pensando en que esa era la forma máxima de demostrar su amor. Aun así, aquel comportamiento era natural, ya que el joven Emperador tan solo era un chico inexperto en ese ámbito y cometer errores formaba parte del aprendizaje de uno mismo. De pronto, un pensamiento se le cruzó por la mente.
«Chloe, ¿qué has estado sintiendo todo este tiempo conmigo? ¿Por qué hemos pasado todas estas noches juntos si no gustas de mí?»
Raymond fue consciente, tardíamente, de que necesitaba afianzar esta relación para hacerla más estable. Quería que hubiera un lazo más profundo entre ellos donde compartieran sus sentimientos y creencias de forma sincera. Por supuesto, también debían dar y recibir recíprocamente su afecto pero, sin que todo girara en torno a los placeres carnales. Deseaba conocerla de verdad, genuinamente, y hacerla la mujer más feliz del Imperio.
—¿Puedes levantarte, Chloe?
—Por supuesto—ella asintió y se puso en pie.
Raymond extendió lentamente la mano y cogió la de la chica. Deslizó suavemente sus dedos entre los suyos, entrelazándolos y sintiendo el calor de esa inocente unión entre ambos.
—¿Su Majestad?
—Tengo algo que enseñarte.—Raymond la condujo al exterior, sintiendo que sus palmas se humedecían ligeramente una contra la otra.
Mimy: Ahhh… El primer amor de dos críos… Que tienen más de veinte años y ya son adultos… ಠ_ಠ
Mientras caminaban, él la miró. Estaba un poco molesto porque ella lo había seguido tan obedientemente, sin preguntarle adónde iba ni el porqué. Era como si Chloe no tuviera voluntad ni opinión propia, como si fuese una muñeca vacía. No se había dado cuenta cuando se conocieron, pero ahora era demasiado obvio. Lady Garnetsch era una mujer fácil de influenciar y manipular. Por eso, no era de extrañar que Kylos se hubiera aprovechado de ello durante todo este tiempo, para engañarla.
Raymond no pudo evitar enfadarse al pensar en quién podría haber destruido su libre albedrío de esa manera.
—¡Ah! ¡Esto es…!—el rostro de la joven se iluminó.
—Es un invernadero, y solo el Emperador del Imperio de Astar puede poner un pie en él.
—¿Te importa si entro contigo?
—Claro que no me importa. Ven conmigo, Chloe.—Raymond le devolvió la mirada y soltó una risita—. Porque eres tú, la única a quien quiero.
—…—ella se quedó muda, incapaz de responder a sus palabras.
El hombre que la amaba, conocedor del motivo de su silencio, la condujo al interior del jardín acristalado.
Rodeados de coloridas flores y árboles, Raymond desapareció un momento y reapareció, mientras la había dejado mirando a su alrededor con ojos resplandecientes.
HMMMM, EJEM, EJEM, …
En cuanto, Chloe, escuchó su tos forzada suavemente para llamar su atención, ella se giró, y lo contempló con una dulce sonrisa.
—Es maravilloso, Su Majestad, y me siento muy honrada de que me haya mostrado este precioso espacio del Palacio Imperial. Solo había oído rumores acerca de lo hermoso que era, pero creo que las descripciones no le hacen justicia alguna.
—Puedo llevarte aquí, cuando quieras.—los ánimos de Raymond se levantaron ante los signos de alegría que ella expresaba tímidamente.
Entonces, envalentonado, cogió aire y sacó de detrás de su espalda algo que había estado ocultado secretamente.
—Esta flor.—dijo él mientras se la entregaba a Chloe—. Es un Astarot.
Ese hermoso brote de pétalos rojos, era el que aparecía en los estandartes de Astart. Una flor de color carmesí, que a la vez que, simbolizaba al Imperio, también se identificaba con el propio Raymond y su noble linaje.
—E-esto es…—tartamudeó la joven avergonzada, mirando fijamente el capullo que él le había tendido.
—Sí, es Astarot y quiero que solo tú lo tengas.*
* Es obvio, pero su frase tiene doble sentido. No solo le regala la flor, sino que también le entrega su corazón, ya que su Casa es “de Astarot”.
—Ah…—ella estaba completamente anonadada ante sus acciones.
—Me gustas, te quiero más que a nada en este mundo. Así que, Chloe, Yo… Nunca quise forzarte a compartir mis mismos sentimientos, yo solo…—Raymond recitó su confesión, observándola atentamente. Luego, cerró los ojos por un instante, esforzándose para encontrar las mejores palabras que transmitieran la intensidad de su amor, y finalmente, añadió—. Quiero gustarte algún día, y deseo que tú también me ames sinceramente; que ambos seamos felices juntos amándonos mutuamente.
—Su Majestad, yo…
A primera vista, un atisbo de vergüenza cruzó por el rostro de Chloe. No obstante, Raymond no esperó a que ella terminara lo que tenía que decir y continuó, desesperado, con la intención de que ella entendiera que iba en serio.
—Porque ya estoy enamorado de ti. No hay marcha atrás en lo que siento, jamás he experimentado algo así con nadie. Solo tú eres la única y por siempre, dueña de mi corazón.—él cogió sus manos entre las suyas, las flores quedaron en el medio de su unión y, sin apartar sus intensas pupilas de las de ella, la rodeó por la cintura con sus torneados brazos—. Declárate el día en que tú también me correspondas para dar rienda suelta a este deseo que siento por ti, mi Lady.
Ella, abrumada por la situación, no había sido capaz de decir nada, porque nunca se esperó que este hombre se mostrara tan indefenso, profesando su amor. Chloe Garnetsch era un cebo, un títere para destruirlo, ¿qué podía hacer ante tales versos genuinos? Por primera vez, Chloe comprendió la magnitud de sus actos y una pequeña punzada de culpabilidad la atravesó, aún a sabiendas de lo que Kylos le había repetido en varias ocasiones sobre no compadecerse de él. Ante su silencio, Raymond continuó susurrando en su oído con dulzura.
—Te quiero. ¡Por el amor de Dios! Te amo, Chloe, te amo tanto…—su voz se quebró con un pequeño gemido y sus labios rozaron su oreja—. Dime que me quieres, por favor…
—…
Cuando ella parpadeó desconcertada, incapaz de responder a su repentina confesión; Raymond, ansioso, sintió cómo sus latidos se descontrolaron y la garganta comenzó a arderle con intenso dolor.
—…
—…
«¿Por qué no dices nada? ¿Es demasiada presión? ¡Pero qué tonto soy…! ¡Pues claro que es una carga! A quien ama es a mi hermanastro. Es demasiado pronto para pedirle un siquiera “me gustas”… Sería una falacia si me lo dijera…»
Incapaz de soportar el largo silencio que siguió, Raymond la abrazó cada vez más fuerte, y de entre su pecho salió la voz ronca de la chica.
—No sé por qué dices eso…—levantando lentamente la cabeza, ella se encontró con su mirada y sus ojos rojos centelleaban lánguidamente curvados en una sonrisa—. Yo ya soy la persona de Su Majestad.
Mimy: y una hija de puta de verdad.
—…
«Si tan solo hubiera sido más despistado… Si tan solo no hubiese sido tan tonto como para tomar cada palabra que fluía de sus encantadores labios como la verdad… Pero, ¿a quién quiero engañar…? Si yo estoy cerrando los ojos voluntariamente para vivir en su dulce mentira…»
HAAA…
Un pequeño suspiro escapó de los labios de Raymond.
—Qué suspiro más pesado.—Chloe, alegre, le dio una palmadita en la espalda a Raymond—. ¿Qué demonios te preocupa tanto? Dímelo, para que podamos compartirlo juntos, Majestad. Seguro que tiene fácil solución.
—No, no me preocupa nada, Chloe… Todo está bien y tampoco estoy ansioso por nada…—Raymond rio tristemente tras ella y sacudió la cabeza en negativa.
El Emperador se autoconvenció una vez más, que ganarse el corazón de ella era demasiado pedir y que tan solo era su codicia la que hablaba. Pero ante tales pensamientos, algo en su interior gritó de dolor y rápidamente Raymond lo enterró en la amargura del silencio.
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Desde aquel día, Raymond seguía enviando a menudo carruajes al Ducado de Ludwig. Sin embargo, hubo una pequeña diferencia respecto a lo habitual. Se reunían lugares diferentes siempre y cuando no fuesen en la alcoba del Emperador. Sitios como el invernadero del Palacio Imperial que Lady Garnetsch amaba, el salón donde Raymond recibía a sus invitados o los floridos senderos que conducían a los jardines del castillo. No obstante, Chloe pareció impacientarse ante su sutil cambio de actitud.
—¿Por qué no me dejas entrar al dormitorio?
—Es solo…—Raymond sonrió débilmente y le acarició el pelo—. A veces es más agradable hablar, mirarnos a la cara y compartir gustos. ¿No lo crees así?
Le encantaba ver cómo le ondeaba el cabello con la brisa. Incluso eso, para él, era encantador.
«Debo estar poseído o loco… Pero me gusta absolutamente todo de ella…»
—…—la joven no respondió, no sabía por qué ya no solían hacer lo mismo que antes.
—Conocernos, tener aficiones en común, todo eso… ¿No te gusta a ti también?
Ante su pregunta, Chloe negó lentamente con la cabeza.
—Sí… Me gusta, Su Majestad—sus ojos se curvaron de forma hermosa, atrapando las pupilas del joven Monarca.
La primera vez que se habían visto, Lady Garnetsch no había podido ocultar la tensión y la inquietud en su mirada. Sin embargo, tras pasar dos estaciones juntos, las facciones de su rostro estaban relajadas y permanecía tranquila al lado del Emperador.
El sol era cálido, la brisa estaba en calma. Todo lo que rodeaba a Raymond y Chloe parecía ser pacífico. Pero, en realidad, era él quien luchaba por mantener esa falsa paz.
La nobleza, encabezada por la Duquesa de Carolina, madre de Daria; y la Iglesia del Estado, fieles a Ramie; no permitirían que Raymond tomara otra esposa aparte de la Emperatriz.
Después de escuchar sus argumentos absurdos durante un rato, Raymond rio fríamente.
—¿Es imposible? ¿Dicen que no puedo tener una segunda esposa? No debería haber tanta oposición a ello dada la situación de la Emperatriz*.—el eco de sus palabras resonó por toda la sala de reuniones estatales.
*Se refiere a que no pueden tener hijos y la sucesión al trono estaría en problemas.
No obstante, tenían algo de razón. Daria era la esposa del Emperador, aunque solo fuera una cortina de humo, mientras ella existiera, el puesto de Chloe siempre estaría en peligro. No por su actual mujer de nombre, sino por los que conspiraban en nombre de los Carolina.
«Si como decís, solo puede haber una esposa… Pues que ella solo sea Chloe.»
Así como lo pensó, Raymond lo declaró ante el mundo.
Ahora, en retrospectiva, viendo a Chloe frente a él, almorzando en el jardín, no se arrepentía de su decisión y estaba orgulloso de por fin dar la cara por ella ante todos aquellos que la habían humillado.
—Comes como un pajarito, incluso en el postre.—dijo Raymond con la barbilla apoyada en el dorso de su mano mientras la contemplaba con una sonrisa desencajada.
Chloe, que se estaba comiendo un pastel, se quedó inmóvil mientras sostenía un tenedor con un pedazo de la tarta en él. Ella se sonrojó tímidamente y bajó el cubierto.
—¡Oh! No quería interrumpirte, sigue comiendo. Es solo que te ves tan adorable ante mis ojos…
—No… No es por eso… Mmmms, parece que he sido desconsiderada porque soy la única disfrutando del postre. ¿Por qué no tomas algo tú también?
—Me da placer verte, incluso al comer.
—¿Qué?—la joven entrecerró los ojos mirando a Raymond—. Eres un hombre muy extraño…
El emperador soltó una sonora carcajada ante el comentario susurrado de Lady Garnetsch.
Era cierto, últimamente estaba raro. Con un comportamiento muy inusual. No era conocedor de que un hombre enamorado pudiera ser tan insensato, poco razonable e imprudente, hasta ahora. Ni siquiera el propio Raymond se reconocía a sí mismo.
—¿Debería pedir más tarta de queso?—preguntó Raymond, mirando el pequeño trozo de tarta que ella había dejado en el plato, por un momento, y que ahora se disponía a deleitarse con él en la boca.
—No, me gusta más la tarta de chocolate…
—Sé que te gusta la tarta de queso y disfrutas mucho con ella.
Chloe parpadeó desconcertada por el tono severo de Raymond, que afirmaba sus gustos verdaderos sin dudarlo.
—¡Oh, no, Su Majestad! ¡No me gusta la tarta de queso! ¡De verdad que no!
Esto era un problema, estaba enloqueciendo porque incluso su desesperada negación le resultaba cautivadora. Raymond sonrió satisfecho, extendió el dedo índice y se lo puso en la frente ejerciendo un poco de presión, con delicadeza.
—Si estás intentando adaptarte a mí, por un rumor de mierda de que no aguanto la tarta de queso, déjalo. No estoy tan ciego como para no conocer tus gustos.
—Uhg, eso es…—ella puso los ojos en blanco, exasperada.
No obstante, hizo caso omiso a sus refunfuños y tocó la campanilla. Inmediatamente, un sirviente se acercó con el mismo postre, que Chloe decía no gustar.
El joven Emperador observó a Lady Garnetsch, con una mirada pícara en el rostro, mientras ella, feliz, mordisqueaba su pastel; y luego curvó sus labios, encantado, al tomar un bocado del tenedor que ella le tendía.
Por desgracia, era verdad que odiaba la tarta de queso, pero estaba dispuesto a compartirla por el bien de Chloe. De hecho, se sintió decepcionado de que solo le hubiera dado de comer una vez en la boca. Raymond de Astarot era un hombre que incluso daría su vida por ella, si fuese necesario.
—Me gustas.
Chloe se ruborizó intensamente, con el tenedor en la boca, ante aquella confesión inesperada.
Una suave media luna se dibujó en su hermosa cara como siempre que estaba con él y Raymond susurró con la voz más dulce que pudo reunir.
—Te quiero, Chloe.
—…—Chloe seguía sin contestar, pero Raymond era feliz de todos modos porque estaba con ella, a su lado.
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Poco después, Chloe Garnetsch había recibido la noticia de que estaba embarazada. Por supuesto, el padre no era otro que Raymond de Astarot, el actual Soberano del Imperio de Astart.
En cuanto el Emperador supo de tal acontecimiento, viajó personalmente al castillo del Duque de Ludwig y llevó a la joven encinta a su Palacio.
—Daria, me temo que tengo que pedirte el divorcio.
No podía dejar a su amada sin nombre y con un hijo suyo en su vientre. Por eso, se dirigió primero a la Emperatriz Daria para hacerle saber de la decisión que había tomado.
—¿Es por esa chica tan guapa? Chloe Garnetsch, se llamaba así, ¿no?—preguntó Daria, sonriendo débilmente, abatida, como si hubiera adivinado la resolución de Raymond—. Es tan linda que hasta yo, una mujer, me enamoré de ella. Estuve a punto de decirle que te dejara y se convirtiera en mi amante.
—¿Has visto a Chloe? ¿Ya la has conocido?—las cejas del joven Monarca se alzaron bruscamente—. ¿Qué le has dicho? Tú… ¿La amenazaste? Espero que no te atrevieras a hacerlo porque…
—¡Por el amor de Dios, Ray! ¿Me he vuelto loca? ¿Crees que voy a pelearme con tu chica por ti y empezar una estúpida batalla política contigo?—le cortó bruscamente Daria, mirándolo con disgusto.
Raymond se sintió aliviado al ver su expresión, que era una mezcla de asco y horror.
Por un momento, un pensamiento aterrador cruzó su mente. Aunque Daria era a veces un poco molesta, en el fondo le había cogido cariño como amiga y aliada. Se preguntó si él la había hecho sufrir en algún momento, desde que se convirtió en Emperatriz. Al fin y al cabo, el aborto que tuvo fue, en parte, porque se pensaba que era un vástago de linaje Imperial.
—Solo hablé con ella y le pedí el niño.—confesó Daria lentamente—. Por supuesto, no quería quitárselo y mi intención solo era cuidarlo, durante un tiempo, para criarlo como tu futuro sucesor. Incluso, le ofrecí que su hijo creciera conociéndola como su madre y pensaba recompensarla por ello. No obstante, Lady Garnetsch, se negó.
Tal vez esta era la opción más realista. Puesto que el divorcio entre ambos iba a ser un proceso muy complicado por la gran oposición que había.
Mimy: Bueno, después del odio a la idiota y los lloros por el masoca, os regalo un poco de humor de lo que ya sabemos que sucederá <3
Aunque ni los dragones son tan hijos de puta como Kylos (ෆ`꒳´ෆ)

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: MIMY