Extra 23
Elliot, quien se quedó observando cómo Lette saludaba a Eve y Rebecca, sonrió levemente y pasó junto a ella, dirigiéndose al centro del invernadero. Luego, bajó los libros que llevaba en sus manos y dijo en voz alta:
—Este es el mejor lugar para leer.
Ante las palabras de Elliot, Lette volvió a corretear detrás de él.
—¡Sí!—exclamó la Santa a su lado y, sin pensarlo dos veces, se dejó caer al suelo con un golpe seco.
Cuando Eve se acercó a Lette con expresión de interés, Rebecca, que se escondía detrás de él, también se acercó. Los cuatro niños formaron un círculo en el suelo y comenzaron a hojear el montón de libros.
—¿Son cuentos infantiles?—preguntó el Segundo Príncipe.
Rebecca, que hojeaba tímidamente los libros junto a Eve, exclamó con voz emocionada, como si hubiera hecho un gran descubrimiento.
—¡Oh! ¡Todos estos cuentos hablan sobre familias!
—Así es. Pedí estos libros porque quería aprender sobre las familias.—asintió Lette con la cabeza explicando el motivo de su interés por “la familia”.
Por otro lado, Rebecca, con una expresión orgullosa, miró a Eve y él, al notar su mirada, respondió, al mismo tiempo que acariciaba la cabeza de Rebecca como si estuviera elogiándola:
—Eres muy lista, Becky.
«¡Eres demasiado adorable…!»
Pensó Eve y, mientras Lette observaba a los dos con una sonrisa tierna, Elliot, que estaba sentado a su lado, lanzó una mirada de desaprobación hacia Rebecca. Sin embargo, en lugar de expresar su incomodidad con palabras, el Príncipe Heredero tosió levemente para llamar la atención y Rebecca se sobresaltó, apartándose de Eve.
«¿Por qué el Príncipe Heredero está intimidando a la Princesa de Carolina? Hace un momento estaba sonriendo tan dulcemente… Definitivamente, el Príncipe Elliot es demasiado gruñón, siempre anda con esa actitud de malhumorado…»
Refunfuñó la Santa internamente, sintiéndose decepcionada.
—Pero, ¿qué es exactamente lo que quieres saber? Si nos lo dices, quizás podamos ayudarte.—habló Eve, sacándola de sus pensamientos.
—Ah, bueno… Tengo curiosidad sobre cómo se siente tener una familia.—respondió Lette, con voz vacilante, ante la pregunta de Eve, ya que le daba vergüenza ser la única que no entendía algo que todos parecían conocer. Por eso, antes de que pudieran decir nada, rápidamente añadió—. ¡Pero eso no significa que no tenga familia! ¡Yo también tengo dos miembros en mi familia! Ellos son Enoch y Mikhail.
—¿Te refieres al Gran Arzobispo y a ese Caballero Sagrado? Pero esas personas…
—¡Son mi familia! Estuvieron conmigo cuando abrí los ojos y, aunque solo fueron durante unos meses, compartimos el mismo espacio y me protegieron.—respondió la niña con firmeza a la duda de Elliot. No obstante, su entereza al hablar decayó cuando continuó diciendo—. Pero, bueno… Enoch y Mikhail no son un “padre” o una “madre”, ¿verdad? Por eso tengo curiosidad…
Tras aquellas palabras de Lette, todos se sumergieron en sus pensamientos, recordando a sus propios padres.
—Bueno, una madre da una sensación increíblemente buena. Es cálida, reconfortante… Por eso debo protegerla.—habló Elliot, recordando a Chloe.
Pero Rebecca, que pensaba en Daria, palideció.
—¿Eh? ¿P-protegerla? ¿A tu madre?—dijo la Princesa de Carolina—. Eso no puede ser… Lo que hay que proteger no es a la madre, sino al padre. Delante de la madre, el padre es tan frágil como un conejo frente a un león.
Al escuchar a Rebecca, los ojos rojos de Elliot parpadearon incrédulos.
—¿Qué? ¿Dices que el padre es frágil?
Pero, en ese momento Eve, que había estado en silencio, intervino con voz suave:
—Mmm… No estoy seguro de si el padre da esa sensación de fragilidad, pero creo que ambos, madre y padre, deben ser protegidos, porque ambos son seres preciosos y únicos en el mundo.
«Seres preciosos y únicos…»
Lette repitió para sí las palabras de Eve, sumergiéndose en sus pensamientos.
Claro que Lette también tenía seres queridos como todos. Enoch era importante para ella y, aunque le costaba admitirlo, Mikhail también lo era. Es más, perderlos sería devastador. Pero, de alguna manera, sentía que su concepto de familia era un poco diferente al de los demás.
Finalmente, Lette dejó caer los hombros con expresión abatida.
—Ugh… Esto se está volviendo más complicado de lo que parecía…
—No te preocupes demasiado. La forma más fácil es experimentar tener una familia de verdad…—sonrió Eve con complicidad mientras le daba unas palmaditas en el hombro.
En ese momento, Rebecca, que reflexionaba sobre su madre y padre, se sobresaltó y miró a los dos con ansiedad. Más precisamente, a la mano de Eve que estaba sobre el hombro de Lette.
«¿N-no me digas que el Príncipe Eve realmente planea convertirse en la familia de la Santa…?»
El recuerdo de la conversación entre el Emperador y la Emperatriz, que había escuchado días atrás junto a Eve, le provocó una creciente inquietud. Después de todo, para ella, solo había una forma de convertirse en familia de la realeza.
—¡Aaah! ¡Realmente no lo entiendo!—exclamó Lette frustrada.
Luego, apartó el libro de cuentos y se recostó en el suelo. A diferencia del exterior cubierto de nieve blanca, el suelo del invernadero del palacio, mantenido a temperatura constante, era cálido.
El aroma de la nostalgia emanaba una vez más de las flores silvestres que rozaban el suelo. Lette extendió la mano, acariciando las hojas verdes y frescas, y rodó sobre sí misma.
—¡Oh, Santa! Tu ropa se arruinará…—dijo el Segundo Príncipe al verla.
—¡No importa!
Aunque Eve habló con voz preocupada, Lette no le dio importancia y sonrió ampliamente. Es más, en vez de levantarse, ella apoyó su oreja en el suelo, escuchando los sonidos ocultos bajo las hojas.
BUM, BUM, BUM.
Era un sonido palpitante, como si la tierra estuviera viva.
BUM, BUM, BUM, BUM.
Lette, con la oreja pegada al suelo, tardó en darse cuenta de que el sonido no venía de la tierra, sino de su propio corazón.
—¿Eh…?
De repente, esa extraña sensación que había experimentado al entrar al invernadero volvió a recorrer su cuerpo, y Lette colocó sus manos sobre el pecho.
BUM, BUM, BUM, BUM, BUM…
—¿Qué te pasa, Lette?— preguntó Elliot, quien la miró con una expresión de inquietud.
—… Es solo… Que me siento algo rara.—respondió Lette, con la mirada perdida.
Los niños, que hasta hace un momento habían estado debatiendo apasionadamente sobre las familias, ahora parecían aburridos. Pero, todo cambió cuando Eve y Rebecca divisaron algo mientras se movían entre el susurro de las hierbas intercambiando algunas palabras.
—¡Oh! Príncipe Eve, ¿qué es eso?
—¿Eh? No lo había visto antes.
No obstante, por otro lado, los latidos acelerados de Lette se volvieron más intensos y su vista se nubló.
—Es una cajita pequeña. Algo debe haber dentro—dijo una voz.
—Mmm… ¿Y si lo intentamos así para abrirla? —respondió otra.
Sus voces sonaban lejanas, como si llegaran desde otro mundo.
—¿De verdad estás bien? ¿No te duele nada —preguntó alguien.
—…
Los ojos de Elliot, que observaban a Lette, se entrecerraron con preocupación. Pero Lette no miraba a Elliot, sino más allá, hacia el techo.
El cielo raso era completamente blanco, quizá por la nieve acumulada sobre la transparente cubierta del invernadero y hacía mucho, mucho tiempo, Lette recordaba haber visto una escena así, en los brazos de alguien, bajo una mirada cálida, escuchando una suave canción…
—¡Eh! ¡Se abrió!
En medio de la sordera momentánea que envolvía sus oídos, solo el sonido metálico de algo abriéndose resonó como un zumbido. Y entonces, en ese instante, el corazón de Lette hizo un ruido ensordecedor y ella se desplomó.
BUM, BUM, BUM, BUM, BUM, BUM, BUM, BUM, BUM… ¡BANG!
—¡Ah…!—gritó la pequeña Santa, retorciéndose de dolor mientras se aferraba al pecho.
—¡Lette! ¡¿Qué te pasa…?!—la voz de Elliot retumbó en el invernadero.
Eve y Rebecca, que no estaban muy lejos examinando la pequeña caja, corrieron asustados hacia Lette.
—¡Despierta! ¡Lette, Lette…!
—¡Santa! ¡¿Estás bien?! ¡Santa…!
—¡Uuuh! ¡Snif…! ¡No puede ser, Santa!
Los rostros de los tres niños pasaron borrosos ante los ojos de Lette. Su visión se oscurecía y, entre sus llantos, volvió a escucharse esa canción que había estado flotando en su mente, como si fuera un eco.
{—… Un ángel vestido de blanco me sonríe. Baila entre flores y mariposas…}
Era una canción de cuna que los padres cantaban a los niños que no podían dormir.
«Madre… Padre…»
Finalmente, lágrimas calientes brotaron de sus ojos justo antes de que éstos se cerrasen.
—¡No! ¡Lette!
Cuando sus brazos cayeron sin fuerzas. Eve y Rebecca, sin saber qué hacer, rompieron a llorar.
Pero, Elliot, el único que no lloraba, fue el primero en reaccionar. Con calma, cargó a Lette sobre su espalda y echó a correr, mientras los otros dos niños lo seguían, secándose las lágrimas.
El invernadero, que hasta hace un momento resonaba con las voces de los cuatro niños, quedó sumido en un silencio absoluto.
En medio de ese vacío, la pequeña caja, que Eve y Rebecca habían encontrado, yacía abierta en el suelo.
Tres pulseras de cuero de diseño tosco habían salido despedidas y ahora descansaban sobre la suave hierba.
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Elliot y Eve recibieron una fuerte reprimenda de Raymond.
—¡¿Qué demonios ha pasado aquí?!
Era raro ver a Raymond alzar la voz, así que, al hacerlo, Eve y Rebecca , que apenas habían logrado contener el llanto, volvieron a sollozar. Incluso Elliot agachó la cabeza y se frotó los ojos con fuerza.
Mikhail y Enoch, que habían acudido al enterarse, tampoco parecían contentos. Tras examinar a Lette, Mikhail suspiró.
—No hay nada malo en el cuerpo de la Santa. Despertará pronto, así que no hay motivo para preocuparse.
—¿Estás seguro? ¡Está tan pálida…! Podría haberle pasado algo…—Chloe, al lado de la cama, estaba más pálida que la propia Lette.
—… Su Majestad la Emperatriz me preguntó qué intenciones tenía al hacer esta propuesta…—murmuró Mikhail, cambiando de tema.
—¿Por qué menciona eso ahora?
—¿Dónde dijo que la Santa se desmayó?
—En el invernadero del Palacio —respondió Raymond, en su lugar, mientras masajeaba sus sienes con el ceño fruncido—. Un espacio al que nadie puede entrar sin mi permiso… Parece ser que los Príncipes metieron a la Santa a escondidas.
—Entonces, revisen ese lugar.
—¿Revisarlo?
Mikhail no respondió. En su lugar, expulsó a todos de la habitación, excepto a Enoch, para que Lette descansara.
—Madre, ¿la Santa despertará, verdad?—preguntó Eve, todavía con la voz entrecortada.
—Eli, Eve. Acompañen a Rebecca de vuelta a la mansión de Carolina. Está demasiado alterada para ir sola.—dijo Chloe, al mismo tiempo que los consolaba.
Elliot y Eve asintieron con determinación y se llevaron a Rebecca. Pero, por otro lado, Raymond y Chloe, aturdidos, se dirigieron al invernadero sin pensárselo dos veces.
No entendían por qué el Gran Arzobispo les había dicho que lo revisaran, pero necesitaban averiguar la causa del desmayo de Lette.
Al entrar, un aire extraño los envolvió.
—Esta debe ser la caja de la que hablaba Eve.—dijo Raymond, agachándose para recogerla.
En ese momento, el dolor de cabeza que lo atormentaba desde días atrás empeoró.
—¡Ugh…!
—¿Estás bien, Ray?—Chloe corrió hacia él al verlo caer de rodillas.
—Espera, Clhoe… Esto es…—jadeó, apoyándose en el suelo.
Tres pulseras de cuero de diseño antiguo rozaron su mano.
—¡Ah…!—exclamó Chloe que también cayó al suelo—. Esto… No puede ser… Es de aquella vez…
Eran “esas pulseras”. Las que “una niña” les había regalado en aquel recuerdo lejano.
«¿Una niña? ¿Quién era esa niña?»
Una voz cristalina resonó en su mente.
{—¡Entonces somos como familia, Chloe!}
Una voz llena de cariño puro.
{—¡Chloe y yo nos amamos!}
Dulce y cantarina.
{—¿Chloe también llorará de felicidad cuando tenga su bebé en la barriga, como la Señora Gemma?}
A veces sonaba como un adulto, otras como un niño.
{—Cuando estamos así, parecemos familia, ¿verdad?}
Y Chloe sabía de quién era esa voz.
«¿Cómo…? ¿Cómo he podido olvidarla…?»
—Lette…
El velo del olvido se descorrió, y los fragmentos de su memoria comenzaron a fluir.
{—Te equivocas por completo. Yo no estoy de su lado. Aborrezco a ese hombre.}
{—Mi madre… Era la mujer más hermosa del continente.}
{—Sé que me amó de verdad.}
{—No importa. Todos olvidarán lo que vivieron conmigo de todos modos, porque soy “el olvido”}
El torrente de recuerdos que la embestía no le permitía a Chloe recuperar el sentido. Pero, de pronto, una voz habló resonando en su mente confusa:
[—Yo soy Lette, ¿sabes?]
Era su voz. La de esa niña, que se había llamado a sí misma “Lette”, pero no era la Lette actual.
—No, no eres Lette…
Un llanto desgarrador brotó entre jadeos. Chloe, apoyándose en el suelo con ambos brazos, logró mantenerse en pie y, con dificultad, pronunció el nombre de la niña perdida.
—Estel…
«Estel, Estel. Mi pequeña Estel… Mi preciosa niña llena de dolor, moldeada por lágrimas… Incluso en medio aquella cruel realidad, fue su pequeño calor, aferrándose a mí, lo que me permitió seguir respirando… Estel…»
[—¿No podrían reconocerme ya? Madre, mamá, papá…]
[—Soy Estel. La que te amó hasta el momento de tu muerte.]
[—Por favor, por favor, llámame por mi nombre solo una vez más, mamá…]
[—Estoy aquí. Tu Estel está aquí. ¿Por qué no me reconoces?]
«¿Cómo podría pedir tu perdón yo, tu madre, que no te reconoció antes? ¿Cómo podría esperar tu perdón yo, que viví tanto tiempo olvidándote? Estel, Estel… Mi eterno y más pesado dolor al pensar que he olvidado a mi preciosa y pequeña Estel…»
[—No es que vaya a morir. Tampoco a desaparecer. Solo regresaré al abrazo del Dios Ramie. Así que, por favor, no lloren.]
La voz, que irónicamente repetía lo que le había dicho la antigua Lette, hizo que, la imagen de la niña de sus recuerdos, se superpusiera junto a aquel hablar que escuchaba:
[—El olvido es el mayor regalo que puedo darles. Olviden a Estel y sean felices con una nueva vida que los bendiga.]
«No. Olvidarte jamás podría ser un regalo. El pasado doloroso, la muerte que tuve que enfrentar, el hombre que me atormentó… Nada de eso se compara al dolor de haberte perdido. Estel, Estel, mi pobre Estel… ¿Por qué tú elegiste el olvido por mí?»
[—Los amo. Y les estoy tan agradecida, a los dos. Mi madre… mi padre…]
«Yo lo sé. En realidad… Querías que nadie te olvidara. Por eso te fuiste con esa sonrisa tan triste. Incluso, ahora recuerdo aquella noche, cuando todos dormían, volaste hacia mí como un hada de cuento y me hablaste con voz quebrada.»
{—Yo reconocí a Chloe de inmediato. ¿Por qué ella no puede reconocerme?}
«Y luego, con aquel dolor en tu pecho, fuiste junto a Enoch…»
{—Chloe no me reconoce. Para ella, yo no existo.}
«Y así pasaron tus días de dolor en aquel entonces, ¿verdad?»
{—¿Sabes, Enoch? Quería un abrazo, que me abrazara. Pero creo que me veía como una niña rara cuando se lo dije, porque sus ojos mostraron duda.}
«Lo siento, mi niña, porque tu llanto desconsolado fue por mi culpa. Yo, que no te reconocí, te hice llorar. Perdóname, mi pequeña Estel, por ser una madre tan deplorable…»
—¡… Oy! ¡Chloe!
La sacudida violenta de unas manos la obligó a levantar la cabeza con esfuerzo. Allí estaba Raymond, con el rostro tan empapado de lágrimas como el suyo.
—Ray, Estel, Estel…
En el momento en que Chloe, entre sollozos, agarró el brazo de Raymond, una canción tenue llegó desde algún lugar.
Al volverse lentamente, los dos descubrieron una dolorosa ilusión que permanecía en aquel espacio.
Una Chloe joven, bajo un cálido sol, cantando mientras abrazaba a un bebé, la pequeña Estel, y, a unos pasos de distancia, un Raymond joven, quien sonreía con ternura al ver a ambas, madre e hija.
Era un recuerdo de un tiempo pasado que los dos habían olvidado por completo.
—Ah…
Un gemido escapó entre los dientes de Chloe. Al mismo tiempo, Raymond la sostuvo firmemente, evitando que cayera.
—Yo pensé que esa escena…—dijo Raymond, cuya voz, que mascullaba entre dientes, se quebró al añadir—. … Era tan hermosa que la recordaría hasta el momento de mi muerte…
La Chloe de la ilusión, que cantaba para Estel, encontró la mirada de Raymond y soltó una risa silenciosa. Estel, ya dormida, se movió levemente en sus brazos.
Los ojos del actual Emperador, fijos en la ilusión del pasado, temblaron sin control mientras continuaba hablando:
—Pero… Lo olvidé. A ti, que sufriste tanto… y nuestra pequeña Estel…
La ilusión, cada vez más difusa, finalmente se desvaneció por completo y un silencio gélido nació entre ellos.
Después de un largo rato en estado de shock, Chloe, de repente, reaccionó y se levantó de un salto.
—¡Tenemos que ir con Estel ahora mismo!
Ambos corrieron inmediatamente hacia donde yacía Estel. Mikhail, al darse cuenta de que habían recuperado los fragmentos perdidos de su memoria, sonrió y se apartó. Enoch, que se había negado a abandonar el lado de Lette, también fue arrastrado a la fuerza por Mikhail.
—Ah… Estel…
Chloe, conteniendo las fuerzas que amenazaban con abandonarla, logró llegar hasta la cama donde yacía Esdel.
La niña estaba exactamente como cuando salieron de la habitación. Acostada, boca arriba, respirando suave y rítmicamente. Pero ahora, a diferencia de antes, su rostro mostraba un poco de color, y gruesas lágrimas caían sobre él.
—Estel, mi niña buena…
Chloe extendió una mano temblorosa y secó sus propias lágrimas del rostro de la niña mientras susurraba:
—Lo hiciste por mí, ¿verdad? Para que no estuviera triste… Para que no fuese infeliz, te llevaste todos los recuerdos dolorosos contigo…
—…
Una gran sombra cayó detrás de Chloe, que lloraba de forma desconsolada. Raymond tomó su mano temblorosa y, con igual tristeza, miró a la pequeña Estel.
—Mi pobre niña, yo podía respirar gracias a ti… ¿Por qué te llevaste incluso tus recuerdos? Nunca fuiste un recuerdo que quisiera olvidar… Eras el único recuerdo brillante y luminoso que tenía…
Era cierto. Antes de viajar en el tiempo, la única cosa que sostenía a Chloe Garnetsch, cuya vida había sido tan infeliz, era la pequeña Estel. El remordimiento, por haber vivido tanto tiempo olvidando a su preciada Estel, fue tan grande, que Chloe finalmente se derrumbó frente al pequeño cuerpo de la niña. Mientras tanto, la voz grave de Raymond se quebró por la pena.
—Mi pobre niña…
Su mano áspera acarició una vez el cuerpo derrumbado de Chloe, y luego el rostro dormido de Estel. El dolor en su pecho era desgarrador.
Pero Raymond de Astarot era un hombre que no sabía expresar su dolor, un hombre que, incluso en el momento de la muerte, eligió sonreír en lugar de llorar. Por eso, frente al reencuentro con su hija perdida, no supo qué hacer y, conteniendo el vacío en su pecho, se limitó a contemplar su rostro.
No obstante, al limpiar con el dorso de la mano sus ojos nublados, se dio cuenta de que llevaba un buen rato llorando.
“No debes llorar. La persona que será el dueño del continente no debe llorar”
Eso fue lo que el Emperador del Imperio de Astart aprendió desde que era muy pequeño.
En el tiempo perdido, Raymond no lloró ni siquiera por la traición que sufrió, y tampoco lloró por su propia muerte. Incluso cuando se encontró con su amada, después de retroceder en el tiempo, y le volvió a confesar su amor, solo una lágrima resbaló por su mejilla en aquel entonces. Pero ahora, el llorar con tanto dolor, con el rostro completamente empapado, era algo totalmente nuevo para él, o, al menos, así lo creyó por un instante.
«¡Ah! no…»
De pronto, Raymond recordó un momento en el que también había llorado así.
«Fue aquella vez, que entonces yo…»
Exactamente, fue cuando la niña, la pequeña Estel con la máscara de la Santa, se despidió y los dejó en aquel pasado, que él había olvidado durante mucho tiempo. Aquella vez, fue la primera en la que él definitivamente había llorado, derramando lágrimas por doquier, tal y como lo estaba haciendo ahora.
Raymond, evocando dicha ocasión entre las memorias que había recobrado, pronunció en voz alta el nombre de la niña:
—Estel…
Sin embargo, ella, aun dormida, no despertó con su llamado.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: MIMY