Capítulo 82
Ahora, en una era donde las locomotoras de vapor corrían sobre los rieles y era posible recibir noticias al instante desde lugares lejanos mediante el telégrafo, la existencia de la magia parecía, para cualquiera, una idea demasiado fantasiosa. Era natural que nadie buscara artefactos mágicos de uso desconocido, objetos toscos que no eran más que simples antigüedades sin propósito.
Solo de vez en cuando aparecían coleccionistas con gustos peculiares, interesados en reunir cualquier cosa relacionada con piedras mágicas o artefactos arcanos.
Por eso, incluso Jack se sorprendió al ver la lista de artículos que el equipo 2 estaba comprando.
Nunca pensó que en tiempos como estos aún existieran lugares que compraran artefactos mágicos.
El nombre “artefacto mágico” no se debía a que esos objetos realmente hicieran magia, sino precisamente a que su uso o propósito eran desconocidos. En otras palabras, desde el punto de vista de Jack, era lo mismo que pagar por basura. Por suerte, el equipo 2 representaba apenas un poco más del diez por ciento de las ventas totales, así que hasta ese punto la situación seguía siendo tolerable.
El verdadero problema era el equipo 3, que se había creado unos meses atrás.
Sus gastos no dejaban de aumentar, pero no habían mostrado ningún resultado.
«Además, las ganancias generales de esta empresa no parecen lo suficientemente altas como para justificar una inversión tan grande.»
Por esa razón, antes de confirmar la inversión, Jack decidió viajar personalmente a Pares para verificar la situación. Así descubrió que las pérdidas se debían a la falta de permisos de importación.
El producto que el equipo 3 planeaba manejar era licor. Sin embargo, no se trataba del champán, vino o whisky comúnmente vistos en el Imperio Crawford, sino de otro tipo de bebida fuerte: un licor transparente como el agua, el vodka.
Joseph Ionov, un joven de lentes redondos que se presentó como director de la empresa comercial, vertió un poco de aquel licor transparente en una copa y se la ofreció a Jack.
—Como bien sabrá, en los últimos meses la producción de licor ilegal ha aumentado considerablemente. En las tabernas, es más difícil encontrar bebidas legales que de contrabando. Por eso, las autoridades se niegan a conceder nuevos permisos de importación…
En ese momento, dentro del Imperio Crawford solo estaban autorizadas para su venta y consumo bebidas fermentadas como el vino, el champán, el whisky de turba y la cerveza.
Joseph buscaba incluir el vodka dentro de esa lista.
—Ya casi habíamos terminado las negociaciones para obtener el permiso, así que pagamos por la mercancía y nos preparamos para importarla. Pero siguieron posponiendo la autorización con una excusa tras otra.
Habiendo pagado ya por el producto y sin saber cuándo podrían concederles el permiso, no podían disolver el equipo 3, y llevaban meses paralizados.
Por ello, esa noche, de regreso en el alojamiento, Warrick preguntó a Jack si no sería mejor reconsiderar la inversión en aquella empresa.
—La situación es lamentable, lo admito, pero aunque obtengan el permiso, no parece un negocio rentable. ¿No sería mejor retirarse por completo?
El vodka podía describirse en pocas palabras: sin sabor, sin olor, sin aroma. Si bien había lugares donde se apreciaban esas características, cuanto más puro y parecido al agua, mejor era considerado, Warrick creía que el Imperio Crawford no era un mercado adecuado para ese tipo de bebida.
—Yo tampoco lo bebería. Un licor que parece agua… salvo que alguien busque embriagarse rápido, ¿quién querría algo así?
La alta sociedad de Crawford prefería vinos, champanes y whiskies de turba: bebidas aromáticas, con cuerpo y alto grado de alcohol, ideales para degustar lentamente. En cambio, los ciudadanos comunes solían consumir cervezas, sidras o jugos fermentados de durazno: bebidas suaves, sabrosas y fáciles de preparar en casa.
Con gustos tan marcadamente divididos, ¿en qué lugar podría encajar un licor sin sabor, sin olor y sin aroma como el vodka?
—Ese joven empresario, Joseph Ionov… parece un excéntrico, ¿no cree?
La verdad, Warrick ya lo había notado desde que mencionó la compra de artefactos mágicos.
El modo en que Joseph dirigía la empresa podía parecer curioso o interesante para algunos, pero desde la perspectiva de un inversionista, resultaba difícil considerarlo confiable.
En el mundo de los negocios no hay lugar para excéntricos. No todos los que persiguen el idealismo son soñadores, pero entre los soñadores, ¿quién no vive atrapado en su propia fantasía?
Así que Warrick negó con la cabeza sin dudar.
—Yo no veo necesario invertir dinero en una empresa de rentabilidad incierta y con un crecimiento estancado.
—Así que tú también lo ves de esa forma.
—Sí. Incluso alguien sin experiencia en el tema diría lo mismo.
Si Warrick hablaba con tanta firmeza, significaba que Jack, con su instinto aún más agudo para medir el valor de las cosas, ya había llegado a la misma conclusión mucho antes.
Y Jack jamás pasaba por una emoción dos veces. Si algo no tenía valor, no veía sentido en gastar más tiempo o interés en ello. Ya había evaluado sus emociones y puesto un precio; por lo tanto, como siempre, lo natural sería que ahora dijera que no seguiría adelante con la inversión.
Sin embargo, lo que salió de su boca en el siguiente instante fue un murmullo, casi como si hablara consigo mismo.
—Una inversión que ni siquiera alguien sin experiencia consideraría rentable.
Como él mismo dijo, era algo evidente incluso sin necesidad de analizar gráficos o datos técnicos.
Una empresa con rentabilidad dudosa, sin proyección futura y con una dirección comercial poco clara.
Entonces, ¿acaso Adeline, quien había elaborado personalmente el plan de inversión, era realmente incapaz de hacer un cálculo tan simple antes de presentarle esa empresa?
La respuesta era sencilla. Jack no necesitaba usar un ábaco para tener certeza.
«Imposible.»
Si esta inversión fracasaba, Adeline no podría devolverle a tiempo las ganancias que le debía.
Y cuando llegara ese momento, lo único que la esperaría sería ese matrimonio con Jack que tanto despreciaba. ¿Cómo iba a presentar un plan mal calculado?
Ella, que había sabido con antelación que se construiría una estación de tren en la propiedad de Monarhen, y que el anillo que buscaban en Barret acabaría subastándose en Solide…
¿La misma Adeline Zeller sería incapaz de prever la rentabilidad de una inversión?
Eso era una tontería que solo diría alguien que no la conocía.
«Más creíble sería decir que está desesperada por casarse conmigo.»
Jack se burló en voz baja, recordando la respuesta que Adeline le había enviado mientras viajaba en tren hacia Pares. Una carta sencilla, sin adornos, sellada con cera dorada, el color de la casa Zeller y marcada con el emblema del ducado.
Cuando rompió el sello y vio la única línea escrita dentro, lo entendió de inmediato.
[Su secretario es muy incompetente.]
Una frase tan breve que habría cabido sin problema en una simple tarjeta de visita.
Incluso esa única línea, escrita con una caligrafía impecable, no era algo dirigido a él. Mucho menos, algo escrito para él.
Así que, fuera o no su intención, el hecho de que Adeline se tomara la molestia de envolver con tanto cuidado una sola frase como esa tenía un significado evidente.
Cada vez que lo recordaba, no podía evitar reír por lo absurdo del gesto.
Un sobre perfectamente ordenado, cerrado con cuidado, cuyo contenido nadie podría adivinar hasta romper el sello. Exactamente como el contrato disfrazado de relación amorosa que los unía.
Por eso, la frase escrita en esa hoja podía interpretarse también de otra forma:
[Recuerde lo que realmente somos.]
Si Jack pedía una respuesta, Adeline siempre se la enviaría. Con un sobre limpio, un sello perfectamente estampado y toda la apariencia de elegancia.
Pero dentro, jamás habría una sola línea escrita para él. Porque una relación contractual disfrazada de romance nunca daba más de lo que exigía el trato.

TRADUCCIÓN: ELLIS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK