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Capítulo 6: Hermes el mensajero.

Tras quince días después, Hécate relegó el lugar de Nyx; heredando así, de nuevo, el territorio de Phoibos*. 

*Otro nombre para el Dios de la luz solar: Apolo.

Esta vez, Perséfone estaba extremadamente impaciente mientras corría a través de la niebla; siendo incapaz de ver, siquiera, un centímetro delante de sus pasos. Ni el frío glacial, ni la incomodidad del pantano fangoso, donde sus pies se hundían ligeramente, fueron motivo de importancia para detenerla. Daba igual en qué dirección se dirigiera en el bosque. Aunque, orientarse en él sería una ardua tarea para la cual Perséfone no tenía la confianza suficiente en llevarla a cabo, eso no quería decir que fuera un problema. Ella sabía que llegaría, de una manera u otra, a su destino; el muelle donde Caronte estacionaba su barca. Así que, decidida, simplemente corrió en línea recta.

No pasó mucho tiempo antes de que apareciera la orilla del río Aqueronte ante sus ojos. Perséfone dejó de correr y su rostro se iluminó. Pero, entonces, se detuvo de repente. La atmósfera que rodeaba el muelle no era la misma de siempre. De algún modo, todo estaba inquietantemente silencioso, lo que le puso la piel de gallina. 

Casi siempre, el muelle estaba abarrotado de más de una docena de muertos esperando cruzar las aguas. Sin embargo hoy, estaba vacío. Todo lo que pudo ver fue un bote de cuero flotando sobre las aguas negras y, por supuesto, dentro de él estaba el barquero despiadado y malhumorado; Caronte. 

«¿Qué estará sucediendo?»

Se preguntó para sí la joven Diosa. Obviamente, todo esto era algo extraño para Perséfone. No era habitual que aquel lugar, el cual era demasiado ruidoso todos los días, hoy, en especial estuviese tan tranquilo.

Por otro lado, para Caronte, que había estado hasta arriba durante la última semana, este momento era un descanso inusual para él. Normalmente, se la pasaba ocupado viajando de un lado a otro del vasto río; transportando pasajeros docenas de veces al día a través del Aqueronte, hasta que sus brazos se cansaran. Todo esto se debía a que los muertos desaparecieron repentinamente, creando caos en la Tierra y el Inframundo. 

El barquero del Inframundo y guardián del Aqueronte, no era un hombre de bondad universal. No era alguien que, en particular, desease la seguridad y la paz en el Inframundo. Por lo que no era raro que ahora se encontrase acostado en su barca con indiferencia.

—¡Caronte!

—…

—¡Caronte, Despierta!

—¿Tú otra vez? ¿De dónde demonios vienes?—murmuró el anciano nerviosamente. 

Por un tiempo, había pensado que no volvería a ver a la chica, pero allí estaba, contrariamente a sus expectativas. Además, su inquietud no se debía a que la hubiera echado de menos, sino a que existía cierta sospecha que aún no había confirmado.

Caronte se había dado cuenta, desde el principio, de que los únicos días en que aparecía Perséfone eran las noches en las que reinaba la traviesa Diosa de la magia y hechicería. Por lo que, recientemente, se le ocurrió que podría ser Hécate disfrazada. De lo contrario, ¿por qué molestarse en buscarle las cosquillas todos los días? Además, parecía que las advertencias de Hades tampoco habían funcionado en ella. 

No obstante, pese a su fulminante mirada, no era para menos disimulada, la chica extendió la mano. 

—¿Qué pasa?—preguntó Caronte frunció el ceño profundamente. 

Lo que la joven tenía en la mano era un guijarro liso. Un canto rodado fruto de la erosión del agua salada. 

«¿Qué pretende ahora esta mujer? ¿Por qué me da esto?» 

Cuando el anciano levantó la vista con ojos sospechosos, Perséfone habló triunfantemente:

—Es más valioso que una moneda.

—Quédatelo para ti entonces y déjame en paz.

—Te lo daré. A cambio llévame al otro lado del río Aqueronte, por favor.—dijo la chica intentando negociar. 

—¡Vete a la mierda! No lo quiero. Si quieres cruzar y hundirte en el fondo de las aguas por mí bien. Pero no irás en mi barca, ¿entendiste? ¡Húndete sola!

—Si puedes llevar a una docena de muertos y seguir bien, ¿por qué no puedo ir yo también? Además, para tu información, sé nadar muy bien, ¿por qué asumes que me voy a ahogar? ¿Es un río con cauce, no? ¿Cómo es posible que no haya un final?

—Ignorante. ¿No sabes que las sombras tienen peso?

—¿Desde cuándo una sombra tiene peso?

—¡Cállate!—Caronte, malhumorado, se dio la vuelta y se acostó dándole la espalda. 

Perséfone, que estaba de puntillas inclinándose de vez en cuando para mirar a Caronte, tomó valor y secretamente colocó los dedos de los pies en el bote de cuero. Tan pronto como apoyó una de sus piernas, el barco se sacudió fuertemente. La propia Perséfone retrocedió sorprendida, y menos mal que lo hizo, porque los remos de Caronte se abalanzaron sobre ella, amenazantes.

—¡Estúpida! ¡¿Cuántas veces te he dicho que algo que viene con sombra no puede cruzar sin pagar un precio?!

Perséfone estaba llorando. Le había tomado mucho esfuerzo llegar y, aun así, no parecía que pudiera conformarse con esperar de nuevo a orillas del Aqueronte. 

—¡Eres cruel!—sollozó la joven.

—Esta maldita basura… ¿En serio…?—murmuró el anciano fijando sus remos.

Sus ojos violetas, inyectados en sangre, titilaron parpadeantes mientras esperaba a que Perséfone arremetiera de nuevo con sus cansinas insistencias.

—¿No puedes cerrar los ojos por tan solo una vez y llevarme con cuidado? ¿O, al menos, persuadir a las aguas del Aqueronte para que me dejen pasar? Si aún así es imposible… ¿Puedes decirle a Hades que estoy aquí y he venido para verlo?

—¿Por qué debería hacerlo?—preguntó Caronte perdiendo los estribos—. ¿Tienes monedas? No, ¿verdad? ¡Maldita sea, mujer estúpida! ¿No puedes ver tu sombra detrás o estás ciega?  ¡No puedes obligarme ni aunque me extorsiones! ¡No estás muerta y esta no es la Tierra de los vivos! ¿Qué es lo que no entiendes?

—¿Estás seguro de que no puedes?—la voz de la chica tenía un ligero temblor.

Finalmente, las lágrimas cayeron y rodaron a raudales por las mejillas de Perséfone. Caronte se burló con una horrible mueca, expresando su absoluto desinterés; como si fuera peor que un excremento de pollo.

—Das asco. 

—Si no me ayudas, me iré nadando. Lord Hades no estará contento si algo sale mal…

—Me da igual. Los monstruos de las profundidades del mar destrozarán tu alma. 

—¿Viven ahí abajo?—preguntó Perséfone frunciendo los labios y secándose las lágrimas para luego, cruzarse de brazos. 

La postura firme que adoptó era difícil de creer, como si nunca hubiera llorado. La punta de sus labios mostraba una sonrisa torcida. Una actitud propia de una completa sinvergüenza teniendo en cuenta las lágrimas que había estado derramando hace tan solo unos segundos.

—¡Eres un vago y, además, obstinado! Simplemente te la pasas holgazaneando, sin hacer nada. ¿No le tienes miedo a Hades o qué?—acusó Perséfone duramente.

—¿Has echado un vistazo a tu alrededor? ¿Acaso hay muertos de los que deba ocuparme?

—Bueno sí… Tengo ojos, ¿sabes? Ya lo había notado desde hace un tiempo. 

—¿Y crees que tengo yo la culpa? ¿No sabes que ahora mismo la Tierra está hecha un caos?

—…—Perséfone ladeó la cabeza sin comprender.

Caronte, al ver la actitud de la joven, suspiró exasperado y continuó hablando:

—Aún no sabes lo que ha hecho el Rey de Corinto, ¿verdad? Es muy grave que no haya podido transportar ni a un solo muerto en una semana. ¿Cómo es posible que no sepas nada de esto?

—¿Qué es Corinto?—preguntó Perséfone confundida por las noticias que apenas entendía.

—¡Por las barbas de Zeus! Es un país de humanos. ¿No me digas que ni siquiera sabes quién es Sísifo?

—¿Quién es Sísifo*?

*Sísifo fue fundador y Rey de Éfira, más tarde conocida como Corinto. Era uno de los siete hijos de Eolo y Enarete, y esposo de Mérope, hija de Atlante. Cuando, por orden de Zeus, Thánatos (la muerte) fue a buscar a Sísifo, éste lo engañó y le puso grilletes, por lo que nadie murió en la Tierra hasta que Ares lo liberó. Sísifo era un ejemplo de rey impío y es conocido por su castigo ejemplar impuesto en el Inframundo; el cual fue empujar una piedra cuesta arriba por una montaña pero, antes de llegar a la cima, volvía a rodar hacia abajo, hecho que se repetía una y otra vez como ejemplo de lo frustrante y absurdo del proceso. Es por eso que el término “trabajo de Sísifo”, se utiliza en la actualidad para describir un trabajo duro que debe hacerse una y otra vez. Sísifo era notable por su astucia, pero ni siquiera él supo prever, en un principio, a Autólico, que le robaba su ganado.

Caronte miró a Perséfone con expresión aburrida. Sin embargo, la respuesta a su pregunta vino de una dirección completamente diferente:

—Es una persona descarada e insolente con más astucia que tú, pero un poco menos que yo.

Caronte levantó lentamente la cabeza hacia el cielo chasqueando la lengua y luego mostró un labio inferior fruncido.

—¿Está resuelto?—preguntó el anciano.

—Se está resolviendo. Perdón por llegar tarde, Caronte. Zeus ya llamó ayer a Ares. Apenas logré encontrarlo borracho y desparramado en el campo de batalla. No parecía capaz de recuperar la sobriedad, así que al final vine directamente después de dejarle el mensaje en el bolsillo.

—Entonces, ¿qué haces aquí cuando ni siquiera has terminado?—dijo el barquero malhumorado.

Un joven de cabello castaño y mirada inocente con hoyuelos profundos se sentó fácilmente en el aire al lado de la Diosa. Había descendido literalmente de la nada.

Sorprendida, Perséfone, intentó apartarse, pero su pie se enganchó en el borde del muelle y tropezó. Afortunadamente, evitó caer gracias al bastón del joven que sostuvo su cintura. Era un objeto decorado con la forma de dos serpientes arrastrándose por él.  Mientras ella lo miraba fijamente, el chico sonrió casualmente como si no fuera gran cosa, tomó su báculo y la saludó:

—Buenas noches.

—Buenas para tí, porque para mí son una puta mierda.––se mofó Caronte abiertamente.

Perséfone miró fijamente al joven. Un hombre volando con un cayado de serpientes. Intentó pensar en quién podría ser, pero no se le ocurrió nada, y entonces, se encogió interiormente ante las siguientes palabras de Caronte:

—Hermes, después de todo esto que ha pasado, ¿le vas a dejar la responsabilidad a un borracho?

—¿Y qué puedo hacer entonces? No culpo a mi pobre discípulo Autolycus*, al fin y al cabo tomó la decisión más correcta para él. Pero eso no quita que Ares no sea la persona adecuada para esto. Aunque, he de reconocer que quizás la bebida es un problema…

*Autólico o Autolycus fue hijo de Hermes y de Quíone, padre de Anticlea y Polímedes, y abuelo de Odiseo (Ulises). Autólico era un maestro en el robo y en el hurto ya que tenía el poder de la metamorfosis tanto los objetos robados como él mismo. Tenía su residencia en el monte Parnaso y era famoso entre los hombres por su astucia y juramentos.

—Aquí el único problema siempre has sido tú, ladronzuelo. Mas he de reconocer que esta vez las cosas han tomado un rumbo inesperado… ¡Quién diría que un simple humano pudiera generar tanto daño!

La conversación seguía, sin embargo, Perséfone, no prestaba atención. En cambio sentía cómo si le hormiguearan los dedos de los pies desde que escuchó el nombre del chico.

«¿Hermes?» 

Él era el mensajero de Zeus y el Dios de los ladrones, conocido por sus travesuras entre los doce dioses del Olimpo.

Había visitado la isla un par de veces cuando Deméter estaba en ella. Por supuesto, su madre nunca la mostraba delante de los forasteros. Así que, cuando él aparecía, Perséfone se marchaba o se mantenía en la distancia, espiándolo. El temor de que hubiese sido vista por Hermes en una de sus esporádicas visitas, hizo que su corazón empezara a latir con fuerza.

«¿Y si me reconoce y se lo cuenta a mi madre?» 

En ese momento, el joven Dios dirigió su atención hacia ella y preguntó:

—¿Quién es la invitada?

—Una sanguijuela.—contestó rápidamente el barquero.

—Caronte, eres realmente irrespetuoso conmigo.—reprochó Perséfone.

—¿Y qué? ¡Es la pura verdad! Eres una mendiga sin un mísero centavo.

JA, JA, JA, JA, JA, JA, …

Hermes se rio y sacudió la cabeza ante lo ridícula que era la pelea entre Caronte y Perséfone. Entonces, de repente, soltó otra pregunta:

—Por cierto, ¿nos hemos visto antes? ¿Puede ser que fuera en otro lugar, quizás?

—¿Qué? No, nunca.—negó Perséfone apresuradamente.

Mimy: En la mitología Hermes, era uno de los pretendientes de Kore junto con Ares y Apolo… Así que no puedo evitar pensar que le está tirando fichas XD

—Creo que sí. Tengo muy buena memoria, ¿sabes?

—Pues a mí me parece que no y te estás confundiendo.

—¿Ah, sí? Incluso la forma en que hablas me parece algo familiar…

Perséfone no sabía si era un cumplido decir que los Dioses que no recibieron la bendición del olvido tenían buenos recuerdos. Sin embargo, Hermes, estaba orgulloso de que sus habilidades de observación y memoria fueran mejores que las de ningún otro Dios.

El joven estaba intrigado. Mirándola de cerca, no era un ser humano y, por supuesto, no era un muerto. Por un momento, Hermes pensó que sería mejor si fuera una persona muerta. Si ese fuera el caso, entonces eso significaba que el caos actual ya se había resuelto. Pero ese no era el caso y, además, ella no parecía haber volado directamente al inframundo como él.

—¿Cómo llegaste al Inframundo? ¿Qué haces aquí? ¿Cuál es tu negocio?—Hermes soltó una sarta de preguntas lleno de curiosidad.

La vergüenza comenzó a extenderse por el rostro de Perséfone. Afortunadamente, el temperamento irascible de Caronte realmente la ayudó y ella nunca se habría imaginado llegar a estar tan agradecida con el anciano como lo estaba ahora.

 —Entonces, ¿vas a cruzar o no?—cortó el barquero con impaciencia

—¡Oh, cierto! Bueno, tengo que irme. Necesitamos discutir algunos temas mientras Tánatos aún está fuera.—diciendo esto, Hermes sacó una bolsa tintineante de su cintura.

El joven Dios mensajero era terriblemente rico. Perséfone se quedó mirando el pequeño saco de cuero como hipnotizada. Entonces él, sintiendo la mirada punzante de ella, le entregó a Caronte una moneda de oro y luego se volvió hacia la chica que lo observaba atentamente.

Sus ojos, se encontraron en el vacío y la mente de Perséfone quedó en blanco.

Ahora sabía lo que era una moneda y que Hermes era un potencial peligro si la reconocía.

༻❁༺

Los Dioses, no tenían ninguna duda de que eran omnipotentes con respecto al poder que poseían y, como eran plenamente conscientes de ello, rara vez se metían en el territorio donde un Dios tenía plena extensión de su fuerza. 

Mimy: Bueno y si tenían habilidades similares, competían para ver quién era el mejor. Como Eros y Apolo con el arco. (De ahí luego sale el mito del laurel y Daphne)

Entre dichos lugares, el área del Inframundo rara vez era violada por otros. Pero esto se debía principalmente a que los Dioses respetaban la mayor diferencia entre los humanos y ellos mismos: la mortalidad. Ellos, quienes eran inmortales, honraban el hecho de que todas las cosas del mundo terrenal volvían a la muerte. Sin embargo, eso no significaba que quisieran lidiar con ello, por eso Hades había sido enviado a regañadientes. De todos modos, a veces, dejaban de lado sus reglas y se ayudaban mutuamente; sobre todo si había alguna causa mayor como era el caso de hoy.

La mayor parte de los problemas, surgían cuando un Dios afectaba de tal manera el mundo terrenal que, independientemente de su intención, al final se desataba el desequilibrio y, como consecuencia, el caos. Es cierto que Hades, a veces, y solo si estaba de buen humor, devolvía a los muertos a la tierra con seguridad cuando le placía. No obstante, esto ocurría sin problemas y no alteraba el orden de los demás. Mas Zeus, en esta ocasión, había favorecido las cosas para que un astuto humano iniciara un plan para conseguir “la inmortalidad humana”. Aunque tampoco era la primera vez que el gobernante del Olimpo la liaba de tal manera, esta vez sí que la había fastidiado con creces.

Sísifo, el Rey de Corinto, pudo haber cometido el acto más atroz de toda la humanidad. Pero es que recientemente había sido testigo de la escena en la que Zeus raptó a Egina, la hija de Asopo, el Dios del río. Sísifo, que observó al pobre Dios deambulando buscando a su hija, se le ocurrió un plan; le revelaría su paradero si podía hacer brotar un manantial inagotable en la acrópolis de Corinto, donde gobernaba.

Después de conseguir todo lo que quería, Sísifo le dijo que ella había sido secuestrada por Zeus, y Asopo, que perdió la cabeza por la seguridad de su hija, se atrevió a rebelarse contra el Dios supremo del Olimpo. Zeus, que estaba enfadado por lo ocurrido, envió a Asopo de regreso al río donde lo inmovilizó; y luego, incapaz de superar su furia por el hecho de que el Rey de Corinto lo había delatado, Zeus intentó castigarlo con la ayuda de los poderes del Inframundo.

Solo que esta vez, cegado por la ira, el Gobernante del Olimpo no pensó en las consecuencias que acarrearía castigarlo de tal manera y, sin importarle en absoluto, tomó prestado el poder del Inframundo sin el consentimiento de su hermano Hades.

Su intención era la de convertir a los habitantes vivos de Corinto en muertos, ya que Hades, con una actitud neutral, había rechazado la petición inicial de Zeus de desterrar a Sísifo al Inframundo por el simple hecho de revelarle al padre el paradero de su hija. El Rey del Inframundo sabía perfectamente que el problema lo había ocasionado su hermano, después de haber secuestrado a la mujer y casi asesinado a su padre. Sin embargo, era demasiado preparar un castigo de tal magnitud para una persona que solo se aprovechó del momento en que Zeus hacía de las suyas.

{—No tiene nada que ver conmigo.}

{—Hermano, así son las cosas. Sé que no te gusta meterte en estos problemas y ser neutral pero hazlo como un favor, ¿sí?}

No era ningún secreto que le gustaban las mujeres, ya fueran de su propia sangre, jóvenes o tuvieran marido, no importaba. Se aprovechaba de ellas de todo tipo de formas, llegando a extender su impacto incluso al Inframundo.

Inmediatamente después de la finalización de la Titanomaquia, se pensó que la guerra era solo por el bien de sentar las bases para un mundo sin problemas. Pero con el tiempo, perseguir traseros se convirtió en una fuerza de hábito para Zeus y el significado de proteger la Tierra se diluyó. Sin contar que, objetivamente, él fue la razón por la que su bondadosa hermana Hera fue criticada como una Diosa celosa. 

Mimy: Esto no me lo esperaba XD. Pero me gusta. Todas las Diosas de la mitología griega actúan como envidiosas, celosas y estúpidas castigando a las del mismo género sin piedad (pobre Medusa) cuando el problema lo ocasionan los hombres. Pero la sociedad griega era así, el hombre por encima de la mujer siempre XD. Así que la idea de que ellas fueron injustamente criticadas por los hombres que escribieron sobre los Dioses es gratificante.

Hades, que era consciente de aquello, no quería tener nada que ver y, como consecuencia, se desató una discusión entre ambos hermanos:

{—He dicho que no y punto, hermano.}

{—¿No puedes aceptar tan solo este pedido? ¿Qué pasa? ¿Te sientes resentido porque estás aislado? Ya sabes que no importa cuánto lo desees, el Olimpo y el Inframundo no puedan estar uno al lado del otro.

{—No es eso. Tú eres quien disfruta de poner todo su esfuerzo y energía en cosas sin importancia, y no hay razón por la que deba ser siempre yo quien busque soluciones a tus meteduras de pata.}

{—¿Qué quieres decir con que no es importante? ¡Lo entenderías si pudieras sentir el cálido abrazo de una mujer por una vez en tu vida! ¿Será que te has olvidado porque siempre estás rodeado de todo tipo de muertos? Bueno, tampoco creo que haya alguien dispuesta a estar con un tipo como tú, al cual siempre tiene la muerte a su lado…}

Fue insultante, pero si hubiera terminado ahí, a Hades no le habría importado tanto como ahora. Sin embargo, Zeus no era de los que se rinden tan fácilmente y, una vez que estuvo seguro de que su hermano no cambiaría de opinión, se le ocurrió un truco. Se acercó a Thánatos*, uno de los sirvientes de Hades, quien era el encargado de acabar con la vida de innumerables personas en la tierra.

*Básicamente es como la Parca en la mitología griega y, cuando llega el momento, se encarga de sus muertes. Sin Thánatos, la gente no muere.

Thánatos fue engañado por las palabras vacías de Zeus, que decían:  

{—Tu maestro está demasiado ocupado gobernando el Inframundo para hacer nada por sí mismo. Así que, ¿no deberías tú, hacer el trabajo por él?}

Con esto en mente, el fiel sirviente de Hades se dispuso a quitarle la vida a Sísifo.

Mas lo que Zeus y Thánatos no esperaban era que Sísifo fuera excepcionalmente inteligente. El sirviente del Inframundo fue engañado por un simple humano y encarcelado en una cripta subterránea en algún lugar del Reino de Corinto.

Obviamente, al desaparecer Thánatos, la muerte había dejado de existir en la Tierra. Un anciano que estaba a punto de morir se puso de pie, las personas con enfermedades mortales sufrían sin poder morir, los niños no se ahogaban aunque pasaran todo el día bajo el agua y una persona que había sido quemada caminaba sin nada más que huesos carbonizados.

Esas fueron algunas de las muchas consecuencias por la ausencia de Thánatos y el motivo por el que no hubiera muertos en el Inframundo.

Ahora Hades, mientras pensaba de pie en el balcón de su palacio, estaba sorprendido de que la grave situación actual hubiera comenzado con el secuestro de una simple mujer. No había pasado mucho tiempo desde que Sémele, la princesa de Tebas, había sido calcinada al ser alcanzada por un rayo cuando vio el rostro desnudo de Zeus; el hombre que creía amar. Incluso si él no tuvo nada que ver con eso, no había olvidado tal injusta desgracia. No obstante, su mujeriego hermano lo borró de su mente por completo, como si nunca hubiera existido esa joven en su vida.

Hades no tenía una visión negativa del deseo. Para él, era la fuerza impulsora de la prosperidad; tanto de la Tierra como la del Inframundo. Ambos lugares eran antónimos en sí, simbolizando uno la vida y el otro la muerte. Sin embargo, uno no podía existir sin el otro, por eso se podría decir que compartían algunos puntos en común.

Es decir, así como aumenta el número de personas en la Tierra, el número de muertos es mayor y, por consiguiente, se obtenía más adoración hacia los Dioses. No obstante, resultaba bastante molesto cuando estas cosas se convertían en problemas que afectan tanto a la superficie como al Inframundo.

Es por eso que había una razón por la que Hades se había alejado de “ella”. Aunque tenía la corazonada de que eso lo dejaría bastante arrepentido de por vida, el día que la besó impulsivamente, se apartó de ella cuando empezó a tomar conciencia de su “deseo”. Aquel que egoístamente lo impulsaba a poseer a esa chica sin tener en cuenta las consecuencias.

Hay muchas formas de mantener a los “no-muertos” en el Inframundo, pero la mayoría no solían ser éticas y mucho menos adecuadas. Acabar con sus vidas por la fuerza, alimentarlos con comida del Inframundo, etc. Además, matar a los vivos desafiando su destino conducía a una fatídica tragedia que era más complicada que devolver a los muertos, y Hades, tenía el suficiente sentido común como para prever tal calamidad. Simplemente se debían seguir las reglas del Inframundo para que no ocurra ninguna desgracia que afecte al equilibrio.

CRUJIDO.

El amplio y vacío estrado del salón fue opacado por la familiar figura de un joven. Al notar su presencia, Hades salió del balcón y se sentó en el trono, mirando hacia las pinturas de paisajes que rodeaban las paredes de yeso de la sala. Allí, en el centro, estaba Hermes y el Rey del Inframundo, con voz grave y sonora, le dio un atisbo de advertencia.

—Te aseguro que no habrá un día en el que tengamos un hombre muerto sin ojos custodiando este lugar.

—¡Oh, vamos! No estaba robando nada, ¿por qué haría eso?

—Así como yo respeto tu excentricidad de hacer la vista gorda con los ladrones, tú deberías, al menos, seguir las reglas del Inframundo mientras estés por aquí, ¿no crees?—dijo Hades con una sonrisa torcida—. O, si no quieres que te pillen, tendrás que ser rápido con las manos. 

—Viendo que siempre dudas de mí por mi naturaleza, es normal cumplir con tus expectativas, ¿no? Hmmm… ¿Debería avisarte con anticipación?—respondió Hermes apuntando con la punta de su bastón al cetro que Hades sostenía—. ¡Ese será mi próximo objetivo! ¿Qué te parece?

Con una leve sonrisa Hades apoyó la barbilla en el dorso de su mano.

—¡Qué absurdo!

—¡Solo espera, y verás! La virtud de un ladrón es…

—… Es la persistencia, saber esperar pacientemente a que llegue el momento adecuado.—cortó Hades—. Sí, estoy bastante harto de escuchar eso de ti. 

Hermes se rio entre dientes y sacudió la cabeza.

—Sí, y haciendo honor a lo que siempre digo, después de esperar por mucho tiempo, por fin ha llegado el día de convertir a Sísifo en un muerto andante, ¿verdad?

Hace mucho tiempo, Autolycus, el aprendiz de Hermes y un ladrón excepcional, fue sorprendido robando por Sísifo. Usando esto como excusa, el astuto Rey de Corinto chantajeó a Autolycus para que le entregara a su hija por tan solo una noche. Al final, el aprendiz de Hermes, que abandonó a su hija a su suerte, se culpó durante mucho tiempo hasta que terminó suicidándose.

Se trataba de un hurto y, aunque era inevitable que Autolycus fuera castigado por su falta de escrúpulos, el hecho de que su hija, una chica inocente que nunca había robado, sufriera los pecados de su padre, disgustó a Hermes con creces. 

Como protector de los ladrones, Hermes sabía que si eran atrapados con las manos en la masa no podían escapar de la sanción que se les impusiera. Por ello, él siempre velaba por la justicia en sus penas. Sin embargo, lo que pasó con su aprendiz era demasiado y, por supuesto, injusto. Le ofendía que una joven, que no tenía nada que ver, tuviera que pagar por las acciones del ladrón con su cuerpo.

—¿Qué dijo Zeus?

—Dijo que enviaría a Ares. Fui hace poco a entregarle el mensaje.—contestó Hermes sin decirle que en realidad se lo metió en el bolsillo en vez de dárselo personalmente.

—¿Respondió obedientemente?

Hermes se encogió de hombros y continuó diciendo:

—Lo hará. Ya sabes como es Ares, una vez que el fuego esté encendido, se acabó. Si no pierde el tiempo, la premisa es que incitará a los humanos y habrá una guerra en Corinto. Pero, ¿no qué clase de contienda habrá si la gente no muere? Por eso, hasta entonces, necesitamos el poder del Inframundo para limpiar la superficie.

—Enviaré a Keres*, entonces.

*Las Keres eran espíritus femeninos de la muerte. Eran las Diosas, hijas de Nyx, que personificaban la muerte violenta ya que se sentían atraídas por las muertes sangrientas en los campos de batalla. Aunque estaban presentes durante la muerte y el morir, no tenían el poder de matar. En contraposición Thánatos personifica la muerte pacífica.

Hermes frunció el ceño, casi de inmediato.

—Ughh, no me gusta, son espeluznantes*.

*En esta novela Keres se representa con varios espíritus que conviven en un solo cuerpo femenino por eso utiliza el plural a veces y singular para referirse a ella.

—¿Quieres que vaya yo mismo?

—Vale, vale, … Sé que estás bromeando, pero si el mismísimo Hades decide ir en persona, ¿quién soy yo para detenerlo? Al contrario, por mí, perfecto…—tan pronto dijo esto Hermes fingió lanzar un “hurra” con un tono exagerado.

En algún momento, se dio cuenta de que los ojos de Hades estaban mirando por encima de su hombro. En lugar de darse la vuelta, Hermes dobló la espalda hacia arriba y encontró a una mujer parada boca abajo en el paisaje invertido, como un murciélago.

Perséfone, empapada hasta la cintura, se levantó molesta. 

—¡Ah! ¿Ya has llegado?

Hace unas horas, Hermes apreció el audaz intento de la mujer de robarle algunas monedas de oro y, voluntariamente, le permitió cruzar los ríos Aqueronte, Cocytus y Phlegethon*. Sin embargo, el río Lethe se podía cruzar perfectamente a pie, ya que las aguas eran bajas y, como mucho, solo llegarían hasta la cintura de Perséfone. Así que, allí la dejó y es por eso que no aparecieron juntos antes Hades.

*El inframundo consta de 5 ríos; Styx (odio), Lethe (olvido), Acheron (Miseria), Phlegethon (fuego) y Cocytus (lamentos).

Hermes, viendo la sutil mirada inquisitiva de Hades, enderezó su espalda y explicó:

—Me encontré con esta niña en el camino, dijo que te conocía, Hades.

—¡No soy una niña!—Replicó Perséfone enojada.

Hades se frotó la frente y dejó escapar un suspiro superficial. A los ojos de Hermes, los dos se comportaron como si fueran cercanos. Para el Dios del Inframundo, no le fue difícil imaginarse la situación que conllevó a esto. Intentó no prestarle atención, pero Hermes era un entrometido que hacía las mismas tonterías inútiles de siempre.

—… Hermes, tú otra vez…—habló Hades resoplando.

—No tienes que honrarme, es lo menos que puedo hacer.—contestó el joven Dios.

Hermes, a veces, aceptaba lo que le decían como cumplidos, a pesar de que sabía claramente que no lo eran y esta vez había vuelto a hacer de las suyas. Era bastante habitual que, en ocasiones, Hermes trajera a algún vivo ante Hades para divertirse.

—Hades, ¿no te gustó que haya venido?—preguntó Perséfone, dejando caer los hombros lastimosamente como un cachorro atrapado bajo la lluvia.

Hades la miró sin decir una palabra. Estaba igual que la primera vez que se conocieron; un rostro lleno de emoción, mejillas rojas y unos ojos que empezaban a mostrar un poco de decepción por su inicial actitud de rechazo. La chica, dueña de sus diseminados pensamientos que lo habían estado atormentando durante bastante tiempo, estaba de pie frente a él, y esta vez, no en la entrada al Inframundo sino en su Palacio Dorado. La indescriptible sensación que le recorrió el cuerpo al verla era irresistible y tentadora.

—¿No te gusta que esté aquí?—insistió Perséfone.

—Yo no dije eso.—respondió Hades de inmediato.

—¿Está bien entonces?—volvió a preguntar la joven buscando su pleno consentimiento.

—…

El hombre permaneció en silencio debatiéndose por dentro. No podía decirle que no a Perséfone porque era cierto que quería volver a verla, pero era incapaz de decirle que sí tan abiertamente revelando su más oscuros deseos de tenerla para sí.

—Está bien, ¿verdad?

Perséfone, haciendo honor al dicho de “quien calla otorga” interpretó su silencio como un sí. Entonces, emocionada, corrió hacia Hades y lo abrazó por la cintura como si nunca hubiera estado tan triste.

Hermes, que miraba a las dos personas alternativamente, se rascó la nuca y abrió los ojos como platos.

«… Lo sabía, me resultaba familiar, pero… ¿Dónde la habré visto…?»

Pensó el joven Dios quien había presenciado tal inusual escena.

༻❁༺

Perséfone se sentía como en una montaña rusa. Su humor cambiaba cada dos por tres. A veces estaba emocionada, otras molesta, luego feliz, enojada y feliz nuevamente, como si diera vueltas sin cesar.

La emoción palpitante inicial vino por el hecho de que por fin había puesto un pie en el Inframundo después de mucho tiempo. Después se encontró de lleno con la frustración que sentía siempre que discutía con Caronte. Más tarde la felicidad se apoderó de ella porque había conocido a Hermes y pudo cruzar no solo el Aqueronte sino también los otros dos ríos grandes sin problemas. Pero al momento se enfadó porque Hermes la arrojó a la orilla del Lethe y se fue. 

No obstante, la razón por la que sintió que iba a volar de felicidad fue porque Hades no la había olvidado y, en lugar de echarla de inmediato, la dejó quedarse en silencio. Hasta que apareció el problema que hizo que su estado de ánimo volviera a tocar fondo. Todo fue por culpa de una joven Diosa que apareció ante el llamado de Hades.

 —Bueno, Keres, ya que hemos llegado a esto, creo que deberías subir y encargarte de los muertos.

—Si me ocupo de la limpieza de Thánatos, ¿qué pasará con el Tártaro?

La mujer esbelta de largo cabello negro tenía un arco colgado del hombro, una guadaña en la espalda y vestía una túnica dórica* con una pierna expuesta.

*Un tipo de túnica típica de la antigua Grecia. Algo así:

«Es tan bonita…»

Pensó Perséfone. Mas, al momento se maldijo de su propia bajeza al compararse con ella. No obstante, le resultaba molesto que Hades la llamara por su nombre, Keres, tan abiertamente.

—Bueno, de eso se ocupará Radamantis*, no entiendo por qué siempre sois tan despectivos con él, Keres. Vete a la superficie y haz lo que se te ordenó.—respondió Hades solemne.

*Hijo de Zeus y Europa desde su muerte actúa como juez en el Inframundo junto a Minos.

«No me gusta.»

Se dijo Perséfone.

También había otra razón por la que ella no podía apartar los ojos de la Diosa Keres. Tenía múltiples voces saliendo de su boca que, a su vez, charlaban entre sí: 

—Entonces, está todo resuelto, ¿nos vamos?

—Sí, ha pasado mucho tiempo desde que subimos a la superficie. 

—¡Miremos los festivales!

—Será divertido cosechar los esclavos libres de Phoibos.

Mimy: qué bonito eufemismo para decir “vamos a recoger cuerpos muertos” XD

—¡Qué bien! ¡Suena divertido! 

El habla de un hombre, de un anciano, de una mujer y una niña conversaban desde el cuerpo de Keres. Era extraño de ver.

Pero pronto, Hermes le dio una palmada en la espalda a Keres y se despidió diciendo:

—Entonces ya te contaré las noticias, Hades.

Cuando ambos se fueron, quedó un espacio tranquilo sin ningún cuerpo a la vista a excepción de dos personas. Después de mirar fijamente la puerta por un rato, Hades se acercó a la joven y le explicó:

—Keres tiene muchos roles. Pero es la mejor para encantar y atraer a los muertos.

—Su voz es inusual…

—Cierto, más que ninguna…

—¿Eres cercano a esa mujer?—la inesperada pregunta de Perséfone provocó un brevísimo silencio. 

Hades la miró con un rostro inexpresivo que parecía sonreír divertido, y luego, respondió con un gesto de su barbilla.

Siguiéndolo al exterior, Perséfone se encontró en una cámara real que parecía una sala de recepción. Independientemente de lo desierto que parecía Palacio, donde no sólo la presencia de personas, sino incluso de los asistentes de los muertos era rara, todo; desde la limpieza hasta la decoración, era perfecto. Sin embargo, también daba una extraña sensación de heterogeneidad. Perséfone, que estaba sentada obedientemente en el sofá, observaba cada movimiento de Hades, como si estuviera hipnotizada.


RAW HUNTER: MOKA
TRADUCCIÓN: MOKA 
CORRECCIÓN: MIMY


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