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Capítulo 12: Las consecuencias de un pecado.

Keres, irritada por las voces que salían de su boca soltando libremente blasfemias al aire, les puso fin al instante y con su propio tono amenazante preguntó: 

—Entonces dime, ¿Quién eres tú?

—…

—Dímelo claramente niña, lo averiguaremos más tarde de todos modos.—al ver que Perséfone seguía con los labios cerrados Keres añadió—. Veo que no has aprendido a honrar y respetar a los Dioses…

—…

—Hades puede que te perdone tu comportamiento insultante pues bien sabe que intentas coquetear con él. Pero, ¿es simplemente un acto genuino o un desprecio hacia la muerte? Por tu mirada presuntuosa puedo hacerme una idea a lo que has venido. Tú no eres una ninfa; solo eres una insignificante niña ignorante.

—…

—Si no estás loca, no hay manera de que una simple ninfa pueda ser así. 

—… Soy una ninfa… Del río.

Mimy: Las ninfas que protegían a Perséfone eran ninfas del océano: Oceánides (Por estar en una isla y eso). Hay versiones que dicen que eran Náyades; ninfas del río, que es por lo que se está haciendo pasar en esta novela.

—Bien pues, ¿Entonces lo juras por el río Styx?

Perséfone no pudo decir ni una palabra. Ante esto, una fría sonrisa se dibujó en la comisura de los labios de Keres. El aura de la euforia de un vencedor, que tiraba de una correa  alrededor del cuello de Perséfone, impregnaba la habitación.

Acorralada, la joven Perséfone espetó:

—No me importa lo que creas o dejes de creer. No te interpongas entre Hades y yo.

—El Rey de los Inframundo, que mora sobre este Reino de muerte, es el amo al que sirvo, ¿y dices que debo hacer la vista gorda ante cualquier doncella que pretenda burlarse de él? ¿Quién crees que eres? ¿Piensas que dejaré actuar libremente a una mujerzuela cuya instigación perturbará este lugar? Eres una de Phoibos; una esclava cuyo deseo es ir en contra de la muerte. ¿O es que tu Señor de la superficie no ha aprendido nada en todo este tiempo? La razón por la que vienes tú y otros a adorar y seducir a Hades aquí abajo antes de que llegue la muerte es tan clara, que ya estoy harta.

Mimy: Por si no se entiende; básicamente los esclavos de Phoibos son los vivos que viven bajo el dominio del sol (En este caso Apolo) y, como todos, quieren evitar la muerte camelando a Hades o poniendo el Inframundo patas arriba como hizo Sísifo. Y visto la liada reciente y viendo que Perséfone miente, Keres se cree que es otra Sísifo 2 que viene a arruinarlo todo.

Keres se alejó, sin dejar tras de sí más que amenazas envueltas en nobleza.

Una furia enloquecedora surgió dentro de Perséfone.

«… No interfieras, Keres, no interfieras. Keres, Keres, Keres,… ¡Maldita sea! No lo arruines.»

Perséfone se detuvo ante el estante de armas de la habitación contigua y contempló el Quinair, el símbolo de Hades, el tesoro del mundo invisible. Después de acariciarlo un rato, sacó el casco de la percha con ambas manos.

CLANG.

El sonido del frío hierro le caló los huesos.

Hipnotizada por la presencia del poderoso objeto, su sano juicio permaneció estable durante un momento.

Unos largos minutos de razón que duraron antes de que “ella” susurrara:

[—¿Quieres matarla?]

༻❁༺

Por desgracia para su madre, que le decía que todo lo que había en la isla era suyo, Perséfone no lo apreciaba en absoluto. Aquel lugar paradisíaco ni siquiera tenía estaciones diferenciadas, era verde todo el año, como si viviera en una caja imperturbable. Las mismas ninfas todos los días, las mismas flores todos los días, las mismas bestias, el mismo mar… Todos los días igual, monótono y aburrido.

De vez en cuando, florecía un narciso amarillo, no autóctono de la isla, o se abría un fruto en una bellota. Esas pequeñas rarezas la emocionaban tanto que podría perderse en ello tres o cuatro días. Teniendo en cuenta su posición como propietaria de una isla insustancial, a veces ella misma se sentía insignificante. Peor aún, ni siquiera estaba segura de si estaba viva o, de si estarlo, merecía la pena. Incluso a veces, su soledad era tal, que solo las pequeñas criaturas que acariciaban sus manos la consolaban.

Al principio eran pequeños ratones isleños, luego crías de pájaro en un nido. Cuando se retorcían en sus manos, parecían verla y saber de su existencia.  Los pajarillos la seguían como si fuera una madre, a veces con los ojos fijos desde el nido y otras con el pico abierto mientras comían sobre su mano. La plenitud de sus vidas la llenaban de alegría, pero a la vez la carcomían por dentro. ¿Por qué aquellas simples criaturas podían tener y disfrutar de lo que ella carecía? Entonces, antes de que pudieran aprender a volar, cavaba tranquilamente la tierra y los tapaba enterrándolos vivos. Hasta que un día fue descubierta:

{—K-Kore, ¿qué haces?

Las ninfas la miraron asombradas y cotillearon entre ellas. Perséfone pensó que sus reacciones eran ridículas: 

«Siempre me repiten que una vez que dejas este paraíso, o mejor dicho cárcel, es imposible encontrar algún sitio seguro en dónde vivir. ¿Por qué ahora se compadecen de estos animales que permanecerán aquí por siempre? ¿Acaso ellos tienen derecho a volar y ser libres mientras yo no? ¿No es el exterior un lugar temible y horrible para ellos también?»

Después de reflexionar por un momento la joven Diosa respondió:

—Dijiste que es peligroso ahí fuera. Así que es mejor que se queden aquí.}

—¡Por el amor de Dios, Kore! ¡Están vivos todavía!}

—¿Y Por qué no? Son todos míos y , al igual que mi madre, solo intento protegerlos.}

Pasó un poco más de tiempo y su atención se centró en los animales más grandes que no cabían en la palma de su mano. Conejos, gatos salvajes, alguna que otra gran ave migratoria que volaba con su madre, esas cosas divertían y entretenían a Perséfone.

Al principio decían que era por protección pero, según pasaban los días, Perséfone buscaba otras razones para acabar con sus vidas como comer la comida de su isla o arrancar sus flores favoritas. De la misma forma, buscaba diferentes formas de matarlos, siendo espectadora de sus diferentes reacciones. Los arrojaba por los acantilados, los aniquilaba a pedradas o los torturaba. No contenta con solo eso, a veces utilizaba sus cadáveres secos y los colgaba con hilos de las coronas de flores que tejía mientras reía y charlaba con las ninfas.

Cuanto más grandes eran las víctimas, Perséfone era más propensa a sufrir cortes y llagas en las manos y los brazos. Es más, a menudo volvía cubierta de sangre tras sus matanzas y, en consecuencia, era criticada severamente por las ninfas que la vigilaban. 

{—¿Qué demonios te pasa Kore…? ¡Esto no es normal! ¡Deja de asustarnos así!}

Las ninfas no la entendían en absoluto, solo la juzgaban sin ponerse en los zapatos de la joven. Sus réplicas eran las mismas: 

{—Son bestias voladoras o autóctonas que no saben lo que hacen. Por eso no merecen ser víctimas de tu ira si no las inculcas} 

Sin embargo Perséfone siempre respondía con lo mismo:

{—Yo hago lo que quiera con lo que es mío.}

No era ira lo que sentía hacia las criaturas que no obedecían, eran excusas para disfrutar de la única libertad que tenía: decidir el destino de lo que era suyo.

No obstante, muy de vez en cuando, Perséfone se enfadaba de verdad y en esos momentos su furia era incontrolable. Por supuesto nadie se libraba de su castigo y la joven se los hacía pagar con creces, iracunda, tal y como se sentía ahora. 

Perséfone se paró fuera del Palacio Dorado y la voz de “ella”, como una diabólica tentación, volvió a susurrar.

[—Mátala.]

Ante sus ojos encolerizados solo se veía la espalda de la mujer y, aunque se diera la vuelta, la esbelta y hermosa Diosa sería incapaz de mirarla. Se decía que quien llevara el casco de invisibilidad de Hades podía escapar de los cien ojos de Argos*, así que no había forma de que aquel ser, con tan solo dos ojos, fuera capaz de detectarla.

*En la mitología griega, Argos Panoptes (o también conocido como “Argos de todos los ojos”) era un gigante con cien ojos. Era por tanto un guardián muy efectivo, pues sólo algunos de sus ojos dormían y se alternaban con los otros permaneciendo, en cada momento, vigilante. Era un fiel sirviente de Hera. ( Que Hermes se cargó en uno de sus mitos – Mimy)

Levantó en alto el cuchillo que llevaba oculto en el pecho y lo bajó de forma fugaz.

Un grito y un crujido fueron lo que bastó para que el silencio del Palacio de Hades se rompiera en un segundo. 

Perséfone, con saña, sacó con todas sus fuerzas el filo y volvió a apuñalar a la mujer que tenía el mismo nombre que su madre. 

La odió desde el principio y ahora por fin le daba su merecido. 

«Muere, Keres, te mataré, te mataré, te mataré. ¿Quién te crees que eres para hacerme sentir así? ¿Eh? ¡Muere maldita zorra!»

Mimy: Creo que ahora sé por qué la llaman Perséfone desde el principio y no Kore. Bienvenida seas  pherein phonon, la que trae la muerte.

༻❁༺

Perséfone arrastró a la andrajosa mujer por los tobillos y la arrojó al pantano. Inmediatamente después, se quitó la capa, limpió la sangre del Quinair en ella y la tiró igualmente a la devoradora ciénaga. La forma de las aguas crecientes engullendo lentamente el cuerpo de Keres y la ropa recordaban a una serpiente engullendo a su presa.

La ira que sentía en el pecho se desvaneció, y un escalofrío recorrió su espina dorsal. Una vez que el cadáver desapareció en las profundidades del pantano, la sonrisa envolvente de Perséfone se borró de su rostro. La comprensión de las consecuencias que siguieron a la satisfacción comenzaron a arremolinarse alrededor de su mente. Esa mujer era claramente diferente de las criaturas que hasta ahora la habían enfurecido. Era una Diosa; un ser al que no se podía matar tan fácilmente. 

Un ser inmortal, como ella.

«¿Qué puedo hacer? ¿Me perdonará Hades por esto?»

Pero inmediatamente recordó lo que Deméter le dijo sobre el Inframundo: 

{—No perdonan a los que engañan a la muerte, y por eso, ese hombre llamado Sísifo sufrirá la condena más terrible de todas: el castigo por toda la eternidad.}

Para colmo, en estos momentos Hades todavía tenía sospechas sobre sus intenciones e identidad y, por si eso no fuera poco, se había ido estando enfadado con ella. Además, era obvio que tal y como se habían desarrollado las cosas le sería imposible mantenerlo ignorante de esto para siempre. Las cosas pintaban bastante mal y todo apuntaba a que ser perdonada no era la opción más probable.

Afortunadamente, aquel Palacio Dorado era un lugar vacío y muerto, independientemente de su tamaño. Lo único que Perséfone se cruzó antes de salir al exterior fueron un par de sirvientes muertos, que a menudo aparecían de alguna esquina, y un pantano viviente que se arrastraba por el patio de enfrente. No había necesidad de preocuparse por los testigos.

Mordiéndose el labio inferior, Perséfone miró las aguas del pantano que se habían tragado a su víctima.

«Tonta, tonta, tonta,… Lo has estropeado todo…»

El pavor se apoderó de sus entrañas. Perséfone intentó quitarse el casco de invisibilidad que le había dejado el pelo todo enmarañado, pero en un instante cambió de idea. Se detuvo y salió en busca de Hades.

Hades, quien estaba en la boca de la entrada del Palacio Dorado, se encontraba con Hermes al lado y, frente a ellos, se arrodillaba un hombre extraño vestido con un sudario andrajoso. Era de tez oscura, como la mayoría de los muertos, pero emanaba una majestuosidad regia.

Mientras Perséfone los observaba, sin atreverse a acercarse, se dio cuenta de quién era.

«Ese debe de ser Sísifo.»

Deméter había utilizado muchas veces a Sísifo como ejemplo extremo de un hombre que haría cualquier cosa por sí mismo, incluso engañar a los Dioses.

Enumeraba sus pecados y explicaba con sumo detalle el cómo Thánatos, el dios de la muerte, había sido maltratado, y cómo Ares, enojado por la guerra sin muerte, lo había rescatado. Si alguien podía engañar incluso a Styx para su propio beneficio, era él. Un hombre malvado de verdad que a cambio de engañar a la muerte, caería en el Tártaro.

Mimy: Bueno malvado, malvado,… Fue más bien listo. Quien la lió y es el capullo es tu padre, Zeus. Todo esto desde el punto de vista de un simple mortal XD (Si dejo de corregir es porque Zeus me acaba de tirar un rayo)

Si aquel mortal caería en el Tártaro por la osadía de deshonrar a la muerte, ¿qué tipo de condena debía pagar Perséfone por el pecado que cometió? ¿Qué castigo le espera a una Diosa que asesinó a otra?

Asustada, Perséfone se acuclilló en un rincón sombrío y los espió. Pronto varios sirvientes muertos trajeron una jaula y empujaron al hombre dentro de ella. Hermes y Hades se volvieron casi simultáneamente como si hubieran terminado sus asuntos con él.

Perséfone se puso en pie de un salto y corrió de vuelta al Palacio. Una vez llegó al dormitorio de Hades, Perséfone devolvió rápidamente el Quinair a su estante y se colocó frente al espejo. Se examinó minuciosamente, asegurándose de que no quedaran manchas de sangre por ningún lado y de que cada parte de su cuerpo estaba limpia e intacta.

No obstante, su corazón no se calmaba. Permaneció sentada en silencio mientras esperaba a Hades, como si no hubiera pasado nada. Pero no hubo señal alguna de su llegada. Debía ser porque su tarea con Sísifo aún no había concluido, mas eso no tranquilizaba a Perséfone.

Mientras tanto, el tiempo avanzó. Cronos, traicionado por Zeus, acabó en las profundidades del Tátaro condenado a contar el mismo flujo de tiempo que los humanos. Fue una pequeña retribución para los Dioses, que vivían cerca de la eternidad, ya que les ayudaba a ordenar sus vidas y organizarse mejor. Sin embargo, no eran buenas noticias para la actual Perséfone. Después de esta noche, no sabía cuándo volvería la noche de Hécate y, de ser así, ¿cómo podría volver después de lo que había pasado?

Le dolía pensar que no se podría reconciliar con Hades antes de regresar. Todo por que esa mujer se había atrevido a interponerse entre Hades y ella. 

Derrumbada, Perséfone le preguntó a“Ella”:

«¿Qué debo hacer?»

“Ella” respondió:

[—¿Qué te parece esto?]

Perséfone, que había estado frunciendo el ceño y mordiéndose nerviosamente el labio, levantó la mirada con frialdad.

«No lo sé»

[—No importa, es la única solución]

༻❁༺

Sísifo era el Rey de Corinto. Un Monarca que vivía su vida tal y como la conocía; sin giros extraños y generoso hasta la exageración.

Tenía la persistente creencia de que era merecedor del título de Rey y, al menos, había cierta justificación para ello. Su ideología giraba en torno a;“lo que era bueno para él, era bueno para el Reino” y, cumpliendo sus palabras, siempre se mantuvo fiel a ellas. Si el Rey tiene muchos soldados, el País es más fuerte. Si el Rey posee riquezas, es porque la economía del territorio es buena. Pero por supuesto, la vida de la gente es un asunto aparte y, para ello, su infalible sistema no era el adecuado.

En la época en la que Reinaba Sísifo, los Dioses estaban al alcance de la mano. Mortales e inmortales convivían juntos sobre la Tierra, influyendo los unos sobre los otros. No obstante, como los Dioses eran superiores y tenían mayor poder, había límites a los trucos que podían hacer los hombres con ellos. Mérope, la esposa de Sísifo, solía decirle: 

{—Si hubieras nacido como un Dios, Zeus no habría podido detenerte.}

Ante aquella verdad, Sísifo estaba molesto. Pues su sabia esposa tenía mucha razón. Habría sido un Rey más grande incluso sin los Dioses sobre su cabeza.

No, tal vez estaba destinado a ser un Dios, como un pez de río nacido para vivir en aguas más grandes.

Pero para tal sublime existencia… ¿Por qué el Tártaro?

Aunque había sido culpable de encarcelar a Thánatos, no había razón para que él pagara el precio de la estupidez del Dios que cayó en la trampa. Si tan superiores eran los Dioses, como decían ser; no habría sido posible capturar a aquel servidor de la muerte.

Sísifo, encarcelado en una jaula cuadrada en el patio del Palacio de Hades, se aflojó las muñecas hasta que crujieron. Ya había visto suficiente.

El Palacio Dorado era una estructura magnífica, material de leyenda, pero no había guardias, ni soldados. Ni siquiera se veía ningún jardinero en el extenso jardín desolado. Era una deserción impensable para el hogar de un Rey, como lo era Hades.

Incluso no había nadie que velara por el pecador. Sin duda, una falta de seguridad transcendental.

«¿Y ahora qué? ¿Qué debo hacer ahora?»

Cruzó los brazos con firmeza y bajó la barbilla pensativo.

Cuando Sísifo se dio cuenta de que ya no podía escapar, hizo un último intento para salvarse, poniendo en práctica un plan, fruto de su astucia. 

«Hagamos memoria… Renuncié a intentar escapar y me dejé capturar, pero le pedí a mi mujer, Mérope, que no me organizara un funeral… Entonces…» 

Fue una decisión que tomó después de escuchar y espiar a Thánatos en su prisión. Por suerte, aquel Dios era alguien que no permanecía en silencio y, antes de ser capturado, ya tenía una idea clara de la verdadera naturaleza del Soberano del Inframundo.

Hades. Frío e indiferente. Se preocupaba profundamente por los seres del Inframundo, y era compasivo con sus habitantes. Incluso mostrando a veces simpatía por los Titanes y criaturas del Tártaro. Fue una apuesta arriesgada que hizo porque no tenía otra opción, pero si tenía éxito, podría salirse con la suya.

Así que, después de ser capturado por Hermes, y en su descenso al Inframundo, fingió obediencia, con la esperanza de que el mensajero de los Dioses se pusiera de su lado. Tal y como él predijo, Hermes bajó su guardia y, aunque solo fue por un momento, favoreció al apaciguamiento de Hades. 

La razón era simple y Sísifo la conocía muy bien: “donde hay vida, hay orgullo”. 

Por supuesto, los Dioses no eran perfectos y por ello no eran ajenos a aquel proverbio. Es más, tenían el orgullo ciego de estar por encima de las cabezas de los Reyes mortales, aunque éstos fueran inmensamente poderosos.

Cuando finalmente conoció al gobernante del Inframundo, Sísifo, interpretando al hombre más miserable de la tierra, apeló:

{—Mi ingrata esposa, incapaz de aprender a comer como es debido y temiendo ser víctima de la hambruna, no ha gastado ni una sola moneda después de mi muerte. ¿Cómo no voy a estar resentido?}

Sin embargo, muy diferente de lo que había dicho Thánatos, Hades no era un Señor de “compasión” como se había imaginado. Lo único que podía esperarse de él era indiferencia sin ira. Literalmente, apatía y desapego total. 

De ser así, Sísifo estaba ante un tremendo obstáculo que dificultaba con creces su plan. Incluso se preguntó si tal vez Hades ni siquiera había escuchado su súplica. No tenía sentido que se mostrara tan indiferente después de ver su desgarradora actuación.

«Maldita sea… Realmente estoy en problemas. ¿Qué hago ahora?»

Era estúpido quedarse aquí, esperando su veredicto. Seguramente sería enviado al Tártaro y, de solo pensarlo, su angustia se hizo más profunda. Le dijeron que tendría que esperar su turno, como el resto de los muertos, y que disponía de quince días.

Fue entonces cuando “ella” se le acercó.

—… ¿Eres Sísifo? ¿Ese mortal tan listo como para engañar a los mismísimos Dioses?

El Rey de Corinto, al escucharla, fijó su mirada en los ojos amarillos de la hermosa joven y una suave sonrisa se dibujó en su rostro.

Mimy: Se viene liada parda XD

༻❁༺

Cuando se supo que el Rey de Corinto finalmente había sido capturado, Zeus inmediatamente comunicó, a través de Hermes, que Sísifo ni siquiera necesitaba un juicio y que quería que fuera al Tártaro inmediatamente. Pero Hades insistió en que no se podía prescindir del procedimiento establecido porque el envío de un ser al Tártaro requería de un previo sumario. Este desacuerdo provocó que Hermes regresara tras un cansado debate, que retrasó su vuelta durante algún tiempo.

Cuando finalmente Hades estuvo solo en el salón del trono, se levantó y se dirigió rápidamente a la habitación donde la joven lo estaría esperando. Sin embargo, al contrario de sus expectativas, el lugar estaba vacío de nuevo. Pero ya no lo sorprendía.

«…»

Pensándolo bien, quizás en el fondo sabía que ella desaparecería como la otra vez. Al fin y al cabo había estado solo desde el principio. Era difícil imaginar que alguien voluntariamente se quedaría a su lado.

Siempre había sido él quien la abrazaba, susurrando dulcemente que la quería junto a él, pero era ella quien daba un paso atrás como si fuera a retirarse en cualquier momento.

Pensó en liberar a los sirvientes muertos, en convocar a Kerberos para que la capturaran de nuevo antes de que desapareciera por completo del Inframundo, pero se detuvo. 

Algo iba mal. Era como si se estuviera quemando por dentro, deseando estar a solas con la chica y fundirse junto a ella por toda la eternidad, como si el mundo o el tiempo no existieran. No podía evitar reírse de la burla de su propio deseo de tenerla a su lado, pues ciertamente la anhelaba y ansiaba. Un sentimiento que nunca habría conocido de no ser por ella. Pero descartar su existencia terrenal solo porque él la codiciaba, era violar sus propios límite que siempre se había impuesto. Es decir, no afectar el flujo de la Tierra y vivir en la clandestinidad a la que se había adherido hasta ahora. Pero por primera vez, experimentó el egoísmo del puro deseo y empezó a preocuparse seriamente por ello.

Nunca se hubiera imaginado barajar el cómo mantener a una mujer en la esclavitud. No obstante allí estaba, pensando seriamente en cómo encadenarla a su lado para siempre, en el Inframundo, sin tener en cuenta los deseos de la joven.

«Alimentarla con lo que hay bajo tierra, y si no se le permite salir…»

Mimy: Qué decir… Dios los cría y ellos se juntan, son tal para cual. Tóxicos y locos.

—Hades. ¿Has vuelto?

Inmediatamente levantó la vista y encontró a la mujer de pie en la puerta. Frunció el ceño con naturalidad, mientras ella se acercó y lo abrazó.

—No venías… Así que pensé en echar un vistazo rápido y salir a buscarte…

La chica acurrucada en su pecho traía consigo un leve aroma del exterior.

Las yemas de los dedos de Hades rozaron el lóbulo de su oreja. Había algo rojo que parecía sangre. Estaba a punto de preguntarle qué era, pero se detuvo. Ahora mismo, tenía que decidir qué hacer con esta mujer. 

¿No la había advertido lo suficiente en los dos últimos meses para que no se involucrara con él? Ya era demasiado tarde para echarse atrás. Había volcado su corazón y afecto en ella, una esclava de Phoibos, un habitante terrenal. 

No, no era él quien impuso su deseo. Fue ella quien lo sedujo y lo estaba arrastrando a las profundidades del deseo. Una irresistible tentación donde sus más oscura codicia se desataba como un huracán.

Si fue ella la que dio el primer paso pese a sus llamadas de atención, ahora debía afrontar las consecuencias.



RAW HUNTER: MOKA
TRADUCCIÓN: MOKA 
CORRECCIÓN: MIMY


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