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Capítulo 10: El miedo a perder a aquello que amas.

La cosecha de otoño ya había terminado y en los últimos dos meses, la ominosa noche de Hécate, había llamado tres veces a la puerta de la isla. Sin embargo, ahora que Deméter había regresado para quedarse durante un tiempo, Perséfone ni siquiera podía aventurarse a salir cuando se ponía el sol. 

Al principio, la atención de su madre era bienvenida, pero a medida que pasaban los días, Perséfone se sentía cada vez más inquieta. No podía evitar preguntarse si Hades ya la había olvidado o, si ese no fuera el caso, si la echaba de menos tanto como ella a él. Contaba las noches que pasaban, esperando el momento oportuno para cuando por fin tuviera la oportunidad de liberarse de la estricta vigilancia de su madre y entonces ocurrió. Deméter abandonó la isla temporalmente para ocuparse de unos asuntos.

Como si fuera parte de un macabro plan del destino, la merodeadora nocturna extendió su velo ese mismo anochecer, justo cuando la Gran Diosa de la agricultura se había ausentado de la isla. Luego, Perséfone, asegurándose de que las ninfas dormían plácidamente, se dirigió a la cueva, vestida con su capa.

Ante su presencia, la puerta de la caverna se abrió sola, como si la hubiera estado esperando, y ella la atravesó sin miedo alguno.

El viento raspaba como si tuviera uñas. Atravesó la lúgubre niebla y, a cada bocanada de aliento que ella emanaba, notaba como los cientos de insectos que infestaban el bosque escapaban de sus pies, haciéndole cosquillas. Como siempre, así era el camino que llevaba  a las orillas del río Aqueronte, el lugar al que ella ahora quería llegar.

A diferencia de antes, ahora Perséfone estaba expectante por encontrarse cara a cara con Caronte. Después de que su madre se fue, lo que más la había satisfecho fue el hecho de que había recibido una moneda de oro. El Dios del viento occidental, Céfiro*, que domina el mundo, se la había traído a petición de Deméter.

*Céfiro es el Dios del viento del oeste, uno de los hijos de Astreo y de Eos. Céfiro era, de los Dioses del viento, el más suave de todos y se le conocía como “viento fructificador”, ya que también era el mensajero de la primavera.  

—¿Qué quieres, niña?—preguntó el anciano desde su barca.

—Toma.—respondió la joven de pie, con cierto tono autoritario, mientras le tendía una moneda de oro desde la proa del barco.

Los ojos de Caronte, vidriosos, se abrieron de par en par cuando vió el brillante objeto dorado resplandecer en la mano de Perséfone. Los muertos que habían abordado antes, miraron en su dirección con curiosidad, pero pronto perdieron su interés y miraron hacia la niebla. Sus confundidas expresiones eran las mismas que las de alguien que no tenía ni idea de lo que había más allá del río.

Caronte, al verla, frunció el ceño examinando a la chica de arriba abajo, como si hubiera visto un fantasma.

—Tú, eh…

—¿Puedo subir?

—¿Qué estás haciendo aquí de nuevo? ¿De dónde diablos vienes?

La voz del barquero, inusualmente nerviosa, desconcertó a Perséfone y una sarta de preguntas comenzaron a apelotonarse en su mente. 

«¿Ahora qué le pasa? ¿No le di su tan ansiada moneda? ¿Por qué protesta? ¿Estará enfermo?» 

Quiso quejarse por aquel frío recibimiento, pero desistió. En cambio, echó la moneda de oro en su sombrero gastado y, por si acaso, se puso de puntillas colocando uno de sus pies en el barco. Perséfone, al ver que Caronte no la detenía y que su peso tampoco afectaba al equilibrio de la balsa, se sintió muy satisfecha. Cuando estuvo completamente a bordo se aferró a la viga, observando los alrededores con excitación.

—¿Qué miras tanto, impía?—espetó el anciano que no podía más con la actitud tranquila de Perséfone 

—¡Oye! ¿Puedes parar ya? Es insultante. 

—¡Tú eres la insultante por volver aquí de nuevo! Una arrogante e impía mujer molesta, eso es lo que eres. Hades…

Caronte, que la había estado mirando todo el tiempo con una extraña expresión en el rostro, interrumpió sus palabras y, ofuscado, dejó de hablar.

—¿Qué hay de Hades? ¿Dijo algo sobre mí? Caronte. ¡Caronte! ¡Contéstame!

—No, olvídalo.—concluyó Caronte permaneciendo en silencio.

Pronto, el barco zarpó y Perséfone, que estaba a punto de preguntar más, fue invadida por una gran emoción. Desvió su mirada del desagradable barquero y se centró en la brumosa niebla que flotaba sobre las aguas del Aqueronte. Su corazón se aceleró al pensar que su situación era parecida a como si se hubiera convertido en uno de los cadáveres que deambulan por el Inframundo. Su entusiasmo era tal, que ni siquiera sentía el aire frío y seco que emanaba del río.

Cuando el barco atracó, los muertos se bajaron uno por uno y comenzaron a caminar hacia un letrero que apuntaba hacia el Río Phlegethon, como si tuvieran que cumplir una misión importante. Perséfone, descaradamente, se dispuso a seguirlos. Sin embargo, Caronte la agarró y exclamó: 

—¡Eh, mocosa!

—¿Qué? ¿Qué quieres ahora?

—¡Espera, niña! No es como si estuvieras completamente muerta y ni siquiera tienes un guía, ¿a dónde crees que vas?

El tono de Caronte era enervante, y Perséfone lo sintió.

—Odio cuando me hablas así. Es irritante.

—Como sea, tus nimiedades no me importan. He de suponer que ahora irás a ver al Rey.—dedujo el anciano.

—Por supuesto.

—¿Por qué?

—Porque tengo que verlo. Entonces dime, ¿Qué estabas a punto de decir antes?

—Algo que no te incumbe, zorra astuta.

—Ya veo. 

Caronte se rascó la barbuda barbilla y miró a Perséfone con fastidio.

—¡Uhg! Eres completamente desagradable. Te lo advierto, no robes ni hagas nada estúpido niña.

—¿Qué dices? Estás mal de la cabeza.—se burló Perséfone. 

—Eso es lo que debería decir yo, estúpida. Mira, no es demasiado tarde para volver ahora muchacha, el Inframundo es mucho más peligroso de lo que crees.

Sin embargo, Perséfone, viendo que la conversación con el barquero no iba a ningún puerto, lo ignoró y se volvió para seguir a los muertos.

—¡Oye! ¡No te vayas, así!  ¡Bastarda!—gritó Caronte mientras se bajaba de la barca después de haber buscado algo en el cajón de la proa.

La expresión de preocupación del anciano era tangible en su rostro, pese a hablar todo el tiempo de manera ofensiva, parecía que por fin se estaba encariñando con Perséfone. Aunque era razonable tener cierto apego tras haberse peleado con ella más de media docena de veces.

Perséfone observó cómo Caronte sacaba un enorme silbato con forma de cuerno entre murmullos:

—Maldita sea… Mira que tener que llegar a esto… No quería usar esta mierda, pero esta niña inconsciente… Bah, lo que sea… 

Enfurruñado, el barquero tomó una bocanada de aire desde su estómago y sopló con fuerza, enviando una onda de sonido que se propagó a través de las áridas tierras del mundo de los muertos. 

PIIIIIIIII…

Perséfone, frotándose la piel de gallina, preguntó:

—¿Qué has hecho?

—Ahora espera aquí.—y sin más explicaciones, Caronte se dio la vuelta. 

Como siempre, el viejo se subió a la barca y desapareció entre la niebla; dejando tras de sí, el ruido repiqueteante de los remos chocando contra el agua:

SPLASH, SPLASH, …

Hasta que se desvaneció por completo, dando paso al silencio.

Mientras esperaba, Perséfone miró ansiosa a su alrededor. Los muertos, que habían abandonado el barco con ella, ya habían desaparecido sin dejar rastro y, durante lo que le pareció una eternidad, no quedó más que una siniestra quietud. 

No obstante, Perséfone perseveró y esperó pacientemente hasta que empezó a dudar de la sinceridad de Caronte. Empezó a replantearse si aquel molesto anciano, el cual no hacía más que insultarla, se estaba burlando de ella haciendo que perdiera el tiempo de manera inútil.  

«¡Qué tonta! ¿Por qué le creí?»

La noche era corta y los minutos que pasaban eran preciosos para ella. Por eso, tras una larga y ansiosa espera, Perséfone miró el cartel fijamente y, con decisión, echó a andar.

Caminó sin rumbo durante un largo rato y, puesto que lo único que alcanzaba a ver era una espesa niebla tupida, se preguntó si estaría avanzando en la dirección correcta. A medida que pasaba el tiempo, sus pasos se volvían más nerviosos, dándose cuenta de que había sobreestimado el lugar, ya que era demasiado grande.

Cuando Perséfone ya había recorrido un buen trecho a pie, de repente se detuvo. Sintió cómo unos ojos desconocidos se habían posado sobre su piel pálida y, antes de que se diera la vuelta, un sonoro gruñido hizo acto de presencia:

GRRRRRRRRRRRRRRRRRRRR…

«¡Oh mi…!»

Decenas de pares de ojos atravesaron la niebla, acercándose a Perséfone peligrosamente. Eran docenas de cadáveres que avanzaban como una red que se estrechaba cuanto más próxima estaba de la joven, quien se congeló ante aquella visión inesperada. Las formas de los muertos, que se hacían más claras a medida que se avecinaban, eran escalofriantes y enfermizas. Algunos incluso tenían la mitad de la carne de sus rostros podrida y goteando como si se derritieran. Además, su aspecto era especialmente tétrico con sus corazones negros latiendo en sus costillas, mientras se tambaleaban con su torpe andar, puesto que apenas conseguían sujetarse apropiadamente sobre sus rodillas destrozadas.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Perséfone. Se dejó caer, tanteó rápidamente el suelo y agarró algo sólido de entre unos troncos de madera podrida, arrepintiéndose al instante. Era un hueso de alguna criatura desconocida. De repente, entre toda la confusión, una bestia peluda con la espalda encorvada como un camello se abalanzó sobre ella y acercó su rostro huesudo contra el suyo.

Ese fue el comienzo de la pesadilla.

GRRRRRRRRRRRRRR…

La alimaña gruñó y Perséfone, con su cuerpo tembloroso, blandió el fragmento de hueso, esquivando las garras de la grotesca bestia que arremetía contra ella. 

¡BAM!

Los dientes del monstruo se rompieron con facilidad con el golpe que le propinó la chica. Sin embargo, no fue suficiente para detener el ataque del temible cuadrúpedo y, con sus colmillos, perforó el dobladillo de su capa. 

Perséfone se resistió y forcejeó hasta que pronto quedó cubierta de heridas. Apenas pudo reprimir sus gritos y, viendo que el enfrentamiento era inútil, echó a correr frenéticamente. A su vez, la bestia no desistió, la persiguió incansablemente y se precipitó de nuevo sobre ella. Con un balanceo, la chica cayó al suelo y, sin tiempo para comprobar la identidad del animal, lo apartó de un puntapié. Este proceso se repitió sucesivamente; una lucha entre presa y depredador.

Para empeorar las cosas, la pelea atrajo a más alimañas similares que husmeaban por los alrededores esperando su oportunidad.

Perséfone, en su desesperación, recordó cuando Hermes la había ayudado la vez pasada. Él la llevó volando por el cielo gris y por eso nunca había previsto que se encontraría con horribles bestias que acechaban entre la niebla.

«¡No! ¡Para!»

Perséfone estaba cubierta de un sudor frío y sentía que su corazón le iba a estallar.

«¡Tengo que ver a Hades! ¡Por favor!»

La gota que colmó el vaso, fue cuando el grupo de cadáveres que se acercaba comenzó a mezclarse con una especie de zombies de apariencia semi-humana en diferentes estados de descomposición. Eran más lentos que la bestia que la atacaba, pero avanzaban sin pausa y en una formación más cerrada. Así que, inevitablemente, la alcanzaron en cuestión de segundos. 

Mimy: 🎶 In your head, in your head. Zombie, zombie, zombie-ie-ie. What’s in your head, in your head? Zombie, zombie, zombie-ie-ie-ie, oh 🎶 (Zombie by The Cranberries)

Todo aquella situación se convirtió en  el primer “miedo” al que Perséfone se enfrentaba en el Inframundo.

La densa bruma, que ocultaba a los monstruos agazapados esperando el momento justo para derribarla, apenas le llegaba a la cintura. No podía ver por dónde escapar, y sus ojos se llenaron de lágrimas.

«Hades, ¿dónde estás?»

Entonces, una de las bestias de melena oscura y erizada, que apestaba a olor pútrido, empezó a correr hacia ella. Sintiéndose incapaz de evitarlo, Perséfone cerró los ojos.

Pero en ese momento, sopló una ráfaga de viento caliente y se oyó un gran rugido jamás imaginado. 

¡¡GROARRRRRRR!!

En un instante, las bestias fueron arrastradas por el viento. Los muertos que gritaban y revoloteaban a su alrededor comenzaron a huir despavoridos.

«¿Qué…? ¿Qué ha pasado?»

Perséfone abrió lentamente los ojos y vio cómo una enorme sombra se cernía sobre su cuerpo. Ante esto, ella tropezó, cayó y, por acto reflejo, se arrastró hacia atrás mientras su trasero rozaba el duro suelo. Con la mirada todavía sobre el suelo continuó deslizándose hasta que algo tocó su espalda, sintiendo el terror, se congeló en el sitio sin saber muy bien qué hacer. 

Viendo el poder imponente de lo que fuera que ahora la observaba, se planteó si no habría sido mejor seguir luchando contra la manada de bestias y cadáveres andantes. 

Haciendo uso de todo el valor que pudo reunir, Perséfone levantó la cabeza y, frente a ella, había una enorme bestia mirándola fijamente. Un monstruo parecido a un sabueso cuyos ojos rojos eran tan grandes como los de una cabeza humana.

—¡¡¡Aaaah…!!!—gritó mientras hacía uso de pies y manos para escapar de aquel terrorífico ser.

DESLIZARSE, DESLIZARSE.

La enorme cabeza de la bestia se acercó y, para colmo, aparecieron dos más, una tras otra en los lados izquierdo y derecho respectivamente. Al principio ella pensó que se trataban de tres monstruos gigantes, pero, cuando se fijó, se dio cuenta de que tenían sus cuellos unidos a un solo cuerpo.

Perséfone cerró la boca para tragarse el segundo grito que tenía en la garganta.

Cuando fue consciente de que aquello en lo que estaba apoyada su espalda era la pierna del aterrador animal, fue completamente engullida por él.

Mimy: Mira la que has armado Caronte XD La que te espera cuando Perséfone sea tu Reina.

༻❁༺

Era el día en que Sísifo iba a ser capturado y juzgado en el Inframundo. Hades no era el único que esperaba la llegada de aquel humano astuto y no le resultó extraño oír el silbato de Caronte resonando hasta el Palacio Dorado. Supuso que, probablemente el Rey de Corinto había dado problemas y por eso envió a Kerberos para traerlo ante él. 

Sin embargo, cuando el sabueso de tres cabezas llegó, no fue Sísifo quien fue escupido  o más bien “casi vomitado” por  la boca de Kerberos. Para empezar, no era un hombre lo que el enorme cuadrupedo arrojó al suelo, sino una hermosa mujer de cabellos castaños.

Kerberos, orgulloso, agitó su cola con escamas de serpiente, ebrio por la satisfacción de haber cumplido sus órdenes con éxito. Palmeando a Kerberos en la cabeza, Hades observó a la joven desorientada y llena de cicatrices con un complicado sentimiento que no podía describirse con palabras.

Los sirvientes muertos sacaron agua del río y lavaron el cuerpo de la chica. La visión de la boca de Kerberos dejó tan atónita a la mujer, que todavía se hallaba en un estado de completa confusión. Hades se limitó a mirarla en silencio, con el corazón agitado y la cabeza hecha un lío.

«De repente, desapareces sin más y ahora vuelves ante mí como si nada…»

Durante los últimos dos meses, más o menos, Hades se sintió como si lo estuvieran devorando por dentro día a día. Al principio, pensó que tal vez la joven se había perdido en la entrada del Palacio Dorado. Más tarde, vago un poco más lejos rogando para sus adentros que no le hubiera pasado nada. La buscó incansablemente y cuando le informaron que ella nunca había vuelto a cruzar el río Aqueronte, se le encogió el corazón al no poder concretar si algo le habría pasado o no a la muchacha. Se sintió impotente, no podía acudir a su ayuda porque no la encontraba por ningún lado. Simplemente había desaparecido por completo como por arte de magia. 

Sin poder aceptarlo, Hades, desesperado, continuó su búsqueda por todas partes. Abrió los estómagos de los sirvientes muertos, examinó todos aquellos restos que vomitaba la ciénaga carnívora, y rastreó cada pulgada de su Reino; desde rincone inhóspitos hasta la más mínima grieta, con el fin de encontrar cualquier posible evidencia de su desaparición. Pero ni siquiera, el inteligente Kerberos pudo encontrarla con su gran sentido del olfato.

Cuando se vio obligado a aceptar que nunca vería a su amada muchacha, ya que probablemente había sido destrozada hasta convertirse en uno con el Inframundo; Hades sintió por primera vez rabia contra todo lo que le rodeaba, sin razón o conciencia alguna. Su calidez, se había ido. Es más, antes de que su cariño por la encantadora chica fuera mostrado abiertamente por primera vez en cientos de años, este maldito mundo subterráneo se la había arrebatado. Incluso se sentía vacío por dentro, como si alguien le hubiera arrancado el corazón. Su linda niña, devorada por el Inframundo, su Reino, ¿qué sentido tenía ser Rey si no podía proteger aquello que quería en su propio territorio?

Debería haber cuidado mejor de ella, debió haberle hecho saber de los riesgos que corría allí, de lo peligroso que era el mundo de los muertos, pero fue su error reírse de ella cuando sabía que no tenía miedo. Ignoró el hecho de que alguien intrépido a veces rozaba los límites de lo temerario.

Eso fue, quizás, solo la punta del iceberg de lo que sintió Hades después de su desaparición. No obstante, aún estaba la duda que sentía al mirarla ahora. Aquella que se había preguntado ya antes pero que no había obtenido respuesta:

«¿Qué demonios es ella?»

Mimy: Tu futura Reina y tu peor pesadilla.

La mujer tenía un aspecto asombrosamente bueno. Nadie pensaría nunca que había vagado por el Inframundo durante los últimos dos meses. Aliviado, por encontrarla con vida, le invadió el impulso de cogerla entre sus brazos y escuchar su dulce voz rozando sus tímpanos. Sin embargo, reunió todo el control que puso para reprimir aquel estímulo visceral. Tenso, por aquella situación, se vio ofuscado y lleno de incertidumbre debido a aquella misteriosa chica. 

Si ella era la razón por la que Caronte tocó el silbato con forma de cuerno, significaba que había vuelto a cruzar el río Aqueronte y había mandado a Kerberos para protegerla del mar de esqueletos. Pero, ¿cómo? El barquero le había dicho que nunca la había visto cruzar e ir más allá del río y, además, tampoco tenía sentido que lo hubiera hecho, ya que la regla del Aqueronte era que; si no podías subirte a la barca de Caronte, no podías atravesar sus aguas.

Las únicas opciones que había para poder traspasar el río sin ser afectado por las leyes del Aqueronte serían: una persona había robado el Quinair, Hermes u otro Dios de algún tipo.

Teniendo en cuenta todo esto, Hades llegó a un conclusión:

«Una de dos. O bien esta mujer no es una ninfa, o se han roto las reglas del Inframundo sin mi consentimiento. Sea cual sea he de saberlo.»

༻❁༺

Perséfone, nada más despertar, vio un rostro que pertenecía a un hombre. Era hermoso, como si fuera pintado por la lluvia en las desgastadas rocas a orillas del mar. Perséfone se preguntó si estaba realmente muerta, o si simplemente se encontraba vagando sin rumbo por los sueños de Morfeo*.

*Morfeo, es el Dios griego primordial de los sueños. Moldeaba y formaba los sueños, a través de los cuales podía aparecerse a los mortales en cualquier forma. Este talento convirtió a Morfeo en un mensajero de los Dioses capaz de enviar mensajes divinos a los mortales dormidos. Aunque podía adoptar cualquier forma humana, la verdadera forma de Morfeo era la de un demonio alado. Era hijo de Hypnos (Dios del sueño) y Pasithea (Diosa de la relajación y el descanso). Morfeo era el líder de los Oneiroi (Sueños), y él y sus hermanos eran los espíritus personificados de los sueños. Phobetor creaba los sueños fóbicos o de miedo. Phantasus creaba sueños irreales o fantasmáticos. Lo que diferenciaba a Morfeo de sus hermanos era su capacidad para influir en los sueños de Dioses, héroes y Reyes. 

El hombre ensoñador dijo:

—Debiste haber esperado a Kerberos. 

Sonó como un reproche, así que claramente no era obra de Morfeo. 

Por otro lado, la fría reacción del Dios del Inframundo era entendible. Hades había ordenado a Kerberos, su perro de tres cabezas, que protegiera a Perséfone si la encontraba en peligro; y ese mandato se había mantenido constante, aún cuando él la había dado por muerta. Por eso era obvio que Hades la estuviera amonestando por no haber sido paciente y haberse metido en problemas de nuevo, hasta terminar completamente herida.

Perséfone, que ya había salido de su ensoñación, se acercó, visiblemente sonrojada, a Hades y lo abrazó por la cintura.

—… Hades, pensé que nunca te volvería a ver. Por si acaso, al menos quería hacerte saber que no podemos volver a encontrarnos… Al menos por un tiempo…

 

—…

—Pero, aún así, no podía esperar tanto, pues Cronos, en su desesperación, es cruel con todos nosotros.

—¿Qué diablos pasó?

Levantando la cabeza, Perséfone se encontró con la mirada inquisitiva de un Hades que no sonreía.

—¿Eh? ¿Qué quieres decir?

—¿Acaso no lo sabes?

Duda, cuestionamiento, una efusión desnuda de emociones que ella no quería soportar.

Perséfone, insinuante, le acarició su mano, que por un momento había estado separada, y luego, con cautela, apretó suavemente sus labios contra los de él. Tras esto, fue más audaz y atrevida. Se inclinó para besar su cuello, le mordió suavemente el dedo índice y lo lamió con la punta de la lengua. Era como un animalito frotándose contra su amo, pero un poco más sexual y sugerente.

—¿Por qué importa eso ahora cuando nos hemos vuelto a encontrar después de tanto tiempo?

Hades se excitó de inmediato y las yemas de sus dedos se crisparon lentamente cada vez que ella rozaba su piel de forma provocativa. Cuando Perséfone alcanzó la parte baja de su túnica, apoderándose de su virilidad, la cual ya había reaccionado a su toque, la ira del hombre desapareció; como si se hubiera olvidado por completo de su enfado. Hades intentó controlarse, pero cuando la lengua roja de la joven lamió su miembro, su suave voz cariñosa volvió a salir de entre sus labios: 

—Niasis…

—No me llames así.

—¿Eres una ninfa?

Perséfone levantó los ojos hacia los de él con frialdad. Sin vergüenza, sin perplejidad, únicamente había molestia y fastidio en su mirada. Hades intentó leer su reacción en una fracción de segundo. Sin embargo, Perséfone no respondió ni dijo nada más. En su lugar, sacudió la cabeza con una sonrisa amarga dibujada en su rostro. 

Tras esto, su tierna lengua se movió alrededor del glande, se metió toda su polla entre los labios, tanteando su grosor con su cálida boca y, sin tener en cuenta sus intenciones, chupó su erección de forma intensa, como a él le gustaba.

El deseo emergió y el placer recorrió el cuerpo del hombre cada vez que su miembro rozaba el interior de la mejilla de Perséfone. Ella, como una buena alumna, puso en práctica todo lo que él le había enseñado. Movió su lengua a su alrededor, desde la base hasta la punta mientras sacaba parte de su polla ligeramente y se la volvía a meter hasta el fondo. Así, sucesivamente, con un constante y apasionado vaivén.

Hades, ante aquello, se encontró en una encrucijada. No sabía muy bien cómo responder a aquel estímulo. Por un lado se sentía como si estuviera siendo violado, pero por otro quería empujar la cabeza de Perséfone hasta la raíz de su pene y follarle la boca con avidez, hasta el amanecer si hiciese falta. Todo con tal de satisfacer la lujuria y el deseo carnal que despertaron de entre las reminiscencias de aquella noche, las cuales no podía borrar de su mente. 

Mimy: Cómo evitar preguntas incómodas versión +19 ft Perséfone. Lamentablemente este truco no creo que funcione con tu madre XD



RAW HUNTER: MOKA
TRADUCCIÓN: MOKA 
CORRECCIÓN: MIMY


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