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Capítulo 98. Cosechas lo que siembras

Tras escapar de la residencia del Conde Olive, Iola siguió caminando sin rumbo. Incapaz de regresar con su madre, no tenía adónde ir.   

El oscuro camino estaba desierto, y ni siquiera se veía un perro callejero.

Pero Iola no tenía mucho miedo de recorrer este sendero sola en la oscuridad total. El verdadero miedo residía en ella.

Cuando la suela de sus zapatos nuevos comenzó a desgastarse y a hacer ruido, vio una tenue luz.

Allí había un pequeño monasterio sin nombre.

—¿Será que la diosa Diana me ha guiado hasta aquí?

Iola abrió la puerta sin dudarlo y, nada más entrar, se derrumbó en el suelo.

—Buaaahh, buaaahh, buaaahh.

La cálida energía llena de remordimiento no daba señales de detenerse. Mientras lloraba desconsoladamente, alguien le colocó en silencio una rígida capa sobre los hombros.

—Llora todo lo que necesites hasta que te sientas mejor. Y luego, sigue viviendo el mañana.

Iola sintió que las lágrimas que se habían calmado volvían a brotar ante aquella amable consideración. La mujer esperó en silencio y le cedió una habitación muy pequeña.

—Puedes quedarte todo el tiempo que quieras.

Iola se quedó dormida como si se hubiera desmayado y se despertó al amanecer. En la pequeña ventana empañada se veía su reflejo difuminado y se quedó mirándolo durante un buen rato.

Luego sacó unas tijeras oxidadas que había guardado previamente. No dudó en cortar su larga melena rubia.

El cabello seguía cayendo al suelo y, a medida que se acumulaba, se alejaba cada vez más de su antigua belleza.

«Pero al menos mi corazón se siente un poco más ligero».

Iola se cubrió la cabeza con un paño y barrió el pasillo mientras respiraba el aire frío de la madrugada. Era la primera vez que barría y le dolían las palmas de las manos, pero siguió barriendo sin descanso.

Mientras pasaba el tiempo reflexionando en ese lugar, muy de vez en cuando recordaba el rostro del Duque, con sus profundos ojos negros. Y esas noches, lloraba, culpándose por no poder soltar ese apego persistente.

«Mamá, te extraño».

Iola rezaba para que su madre estuviera bien hasta el día en que ella regresara.

* * *

Nuritas estaba pasando unos días tranquilos en el territorio Morciani.

Las letras, que había descubierto tarde, le contaron muchas historias.

Algunas eran inventadas, pero le hacían llorar y reír a carcajadas. Las costumbres de países desconocidos y las historias antiguas le parecían muy curiosas.

«Los libros no son tan aburridos como pensaba».

Nuritas se dio cuenta entonces de que todo esto era posible gracias a que sabía leer. Cuando no sabía leer, sus emociones eran muy simples.

«Cuanto más sé, más historias me cuenta el mundo».

Por eso, Nuritas pensó en enseñar a leer textos sencillos a los que trabajaban en el castillo. Así, sus vidas podrían tener un poco más de color…

Sin embargo, los libros de gramática de los nobles ocupan contenidos demasiado difíciles para alguien sin conocimientos básicos como ella. Nuritas sacó un papel y escribió en letras grandes palabras muy fáciles.

Una vez que comenzó con esa tarea, iba a la biblioteca después del desayuno y se dedicaba a ello todo el día. Poder compartir con otras personas lo que había aprendido era otra fuente de felicidad para ella.

—Voy a entrar un momento.

Lucious vino a buscarla mientras ella escribía algo.

—¿Ya llegó?

Nuritas lo recibió con una sonrisa radiante, pero su expresión se endureció ligeramente.

—¿Qué pasa?

—Por mucho que hagas, siempre vas demasiado lejos.

Nuritas dejó la pluma que sostenía, se levantó de la silla y se acercó a él. No entendía por qué el Duque estaba tan hosco.

Lucious finalmente tuvo que confesárselo a Nuritas, cuyos ojos azules brillaban como si no entendiera nada.

—Cuando volvimos a la finca, soñaba con salir a caminar todos los días, haciendo esto y aquello juntos, pero tú estabas tan ocupada todos los días que ni siquiera te fijas en mí.

—¡…!

Nuritas intentó no reírse ante sus palabras quejumbrosas, pero no pudo contenerse.

Corrió directamente hacia él, lo abrazó fuerte y se apoyó en su pecho. No esperaba oír una confesión de amor tan dulce y adorable.

—Lucious, yo también te amo.

—¿Crees que decir eso me va a hacer sentir mejor?

Aunque sus palabras sonaban enfadadas, las manos de Lucious acariciaban con ternura la cabeza de Nuritas.

* * *

Lucious y Nuritas iban de camino a visitar a los niños a los que habían ayudado el día anterior. Al ver a Nuritas con el rostro radiante mientras miraba por la ventana, Lucious también esbozó una sonrisa.

—¿De verdad es tan bueno?

—Es que tengo muchas ganas de ver los rostros saludables de los niños.

Al poco tiempo, el carruaje abandonó el territorio Morciani y atravesó una zona muy concurrida. Las calles estaban abarrotadas de gente que vendía todo tipo de objetos curiosos y de gente que quería comprarlos.

Nuritas no dejaba de mirar por la ventana, sorprendida por cómo un lugar que la última vez estaba lleno de muerte se había transformado en un lugar tan lleno de vida.

—¿Nos bajamos un momento y vemos qué podemos darles a los niños?

Aunque ya habían preparado comida en el Ducado, Lucious quería enseñarle este lugar.

—Pero…

—La verdad es que yo tampoco he venido nunca a un lugar así y tengo curiosidad.

El carruaje se detuvo lentamente, el conductor abrió la puerta y un hombre y una mujer pintorescos bajaron.

Mientras Nuritas estaba entre ellos, se dio cuenta de que el lugar era mucho más vibrante de lo que parecía desde la ventana.

Se mezclaban los sonidos de compradores y vendedores regateando con los llantos de los niños que pedían algo con insistencia.

—¡Quédate aquí y cuida a la señora un momento!

Lucious miró discretamente hacia algún lugar y, tras decirle que volvería enseguida, se mezcló entre la multitud.

Nuritas se quedó de pie junto a la fuente y se dio la vuelta.

—Ah… ahora que lo pienso, esta fuente…

Arietty: Para más disfrute, poner Desert´s Soft Echo- Lunar Spark.

Era el lugar donde antes se amontonaban los cadáveres sin enterrar. Pero ahora brotaba agua limpia y mucha gente disfrutaba del frescor a su alrededor.

Una extraña sensación llenó su pecho. La vida continuaba así y ella no era más que un ser insignificante ante el destino.

El aliento cálido de Nuritas estaba impregnado de un profundo suspiro.

Estaba a punto de darse la vuelta para mirar hacia donde se había ido Lucious. Pero entre toda esa gente, había un hombre que le llamó la atención.

«Abio…».

Era un hombre con un aspecto lamentable, imposible de reconocer como el joven amo de la familia Romagnolo. Tenía el pelo blanco y descolorido, y vestía ropa manchada y vieja.

Sin embargo, su mirada seguía siendo la misma que antes, lo que la hizo estremecerse.

Sin darse cuenta, Nuritas dejó escapar un gemido y, en ese instante, las miradas de ambos se cruzaron en el aire. Sentía un dolor agudo en el abdomen, como si se le fuera a partir en dos.

Nuritas había soñado durante mucho tiempo con vengarse de ese hombre. Pero al encontrarse con él en un lugar inesperado, se quedó sin aliento.

Abio también reconoció a Nuritas a primera vista y quiso apartar la mirada.

«¿Por qué tengo que encontrarme con esta joven justo en el peor momento?».

La joven, acompañada por un caballero armado, brillaba como el sol y le parecía tan inalcanzable como la luna en el cielo.

Nuritas ordenó a los caballeros que se mantuvieran a cierta distancia para escoltarla y se acercó a Abio.

De él emanaba un hedor repugnante y las heridas que tenía por todas partes delataban que se encontraba en una situación muy difícil.

Abio se dio cuenta de que Nuritas se acercaba e intentó huir rápidamente, pero su cuerpo se había paralizado y no pudo hacerlo.

Los dos se encontraron a cierta distancia y hubo un momento de silencio.

Nuritas comenzó a recobrar la consciencia lentamente. Esperaba enojarse al verlo, pero al ver el aspecto desaliñado del noble, solo pudo esbozar una sonrisa.

Con el rostro de una dama gentil, le habló con voz amable, como si lo viera por primera vez.

—Ay, pobrecito. ¿Comprarás pan con esto?

Nuritas sacó una moneda de plata y se la puso en la mano a Abio.

Abio se esforzó por expresar algo con voz apagada.

«¡Yo soy tu amo! ¡Soy Abio, heredero de la familia Romagnolo!»

¿Cómo se atrevía esa bastarda a tratarlo como a un mendigo?

Abio quería lanzarle la moneda a la cara y castigar a esa descarada mujer. Pero ella no le dio esa oportunidad, sino que se dio la vuelta con altivez y se alejó.

Abio, que iba a seguir a Nuritas, escoltada por caballeros armados, se detuvo.

¿Cómo podría demostrar su valía persiguiéndola ahora? Además, después de haber sido golpeado por el panadero, se había vuelto más cauteloso.

Se sentía tan injustamente tratado que le dolía el pecho y estaba a punto de volverse loco.

Preferiría ser brutalizado por el marqués de Spinone o ser rociado con excrementos cien veces.

Apretando con fuerza las manos temblorosas por la ira, comenzó a moverse lentamente en dirección opuesta a ella.

«Esta lluvia parara pronto».

Si pudiera volver a casa con su madre, si tan solo pudiera regresar, podría brindar por este vergonzoso recuerdo.

* * *

Nuritas dejó a Abio atrás y caminó lentamente mientras contemplaba la fuente.

Su expresión, que temblaba mientras recogía el dinero que ella le ofrecía, era realmente digna de ser vista.

Negar su propia existencia sería el castigo más cruel que ella podría infligirle.

«Al final, no pudieron vencerme».

Intentaron someterla a golpes, pero Nuritas nunca se rindió ante ellos.

Al levantar la cabeza, vio que el agua azul brillaba con un resplandor deslumbrante.

Sí, ¿no es la vida demasiado corta para vivirla feliz?

Al girarse lentamente, Abio había desaparecido y, a lo lejos, su marido corría hacia ella agitando su cabello negro.

Nuritas se acercó rápidamente a Lucious y él, con las mejillas sonrojadas, le acarició la cara.

—¿Y si te caes corriendo?

—Pero quería llegar antes a ti.

—¡…!

El cuerpo de Lucious se relajó ante sus repentinas palabras y reveló lo que había estado ocultando.

—¿Son flores?

—…¡Ah!

—Mi sorpresa ha sido un fracaso.

Lucious le entregó un ramo de flores blancas y amarillas, muy comunes en el campo.

—¿Quieres casarte conmigo?

Nuritas, con las flores frescas en los brazos, puso cara de emoción, pero no entendió lo que él quería decir y parpadeó.

—Quería hacerte una propuesta de matrimonio como es debido.

Lucious la miró con ojos profundos y le susurró.

Nuritas abrazó con fuerza el ramo de flores y contuvo las lágrimas que brotaban de sus ojos.

Lucious se inquietó al ver que ella no respondía, tras un momento de vacilación. Sin saber qué había hecho mal, comenzó a ponerse nervioso.

—Es que, bueno, hoy estás aún más hermosa y, además, he visto a una anciana vendiendo flores en esa calle y…

Nuritas, al verlo divagar, ocultó su sonrisa con el ramo de flores. El cabello negro de Lucious se reflejaba en la luz del sol y el agua de la fuente salpicaba sus mejillas sonrojadas.

—Duque de Morciani, ¿quieres casarte conmigo?

Lucious, sorprendido, se quedó con la boca abierta, sin poder decir nada. Al verlo así, Nuritas añadió en voz baja:

—Yo quería hacerte una propuesta de matrimonio como es debido.

Aunque no podía cambiar su primer encuentro, un lugar marcado por la coerción y las mentiras, quería mostrarle sus verdaderos sentimientos de esta manera.

—Aunque me lo pidieras cien veces más, lo haría con mucho gusto.

Lucious se inclinó elegantemente y le hizo una reverencia. La calidez en su mirada era incomparable.



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY 
CORRECCIÓN: ANN


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