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Capítulo 96. Un rayo de sol brilla entre las nubes

En la chimenea del salón de la familia Morciani, un robusto roble irradiaba un calor rojizo, creando una atmósfera cálida.

El Conde Romagnolo se sentó tranquilamente, como en su propio espacio, tomando un sorbo del vino que le había traído un sirviente y saboreándolo.

—Huele bien.

—Me alegra oír que te gusta.

Lucious admitió que su día no había ido bien.

«¿Primero tuve que ver a Ludwig, y ahora tengo que lidiar con este viejo sapo?»

—¿Puedo preguntar qué te trae por aquí hoy?

—Es impropio de un hombre andar con rodeos, así que iré directo al grano. Necesito diez mil de oro.

Lucious siempre había sabido que la familia Romagnolo estaba en serios aprietos financieros, pero no había esperado que fuera tan descarado en su solicitud de préstamo.

«Eres un viejo aún más descarado de lo que pensaba».

Lucious se volvió hacia el Conde, preguntándole con un leve matiz de burla en la voz, como si no entendiera muy bien lo que decía.

—¿Está diciendo que el jefe de la casa Romagnolo, la familia más prestigiosa del Reino, no tiene tanto dinero?

El Conde resistió al doblegamiento de su orgullo y quiso darle un puñetazo en la mejilla al joven Duque por responder de esa manera al pedido de dinero que él había planteado con tanto esmero.

Si hubiera podido resolverlo él mismo, ¿habría estado diciendo semejantes disparates esta noche?

Pero el Duque de Morciani era el único de su entorno que podía hacerlo, y sabía que no debía provocarlo.

—Tengo un asunto urgente que atender.

El Conde, tras forzarse a hablar con dificultad, se bebió el líquido que quedaba en su copa. Mientras observaba al anciano esforzarse por no mostrar cuánto se le encendía el cuerpo, Lucious lo ridiculizaba por dentro, aunque terminó diciendo en voz baja que había entendido.
Cuando el Duque Morsiani dejó de cuestionarlo y ofreció una respuesta sumisa, fue solo entonces que el Conde sintió que el licor sabía dulce

«¿Quién habría pensado que una bastarda, alguien de cuya existencia ni siquiera sabía, podría resultar tan útil?»

—¿Tomamos otra copa en familia?

El Conde estaba de tan buen humor que no pudo evitar brindar. Podía tolerar que la otra persona fuera un Duque al que despreciaba, solo por hoy.
—¡Por la eterna prosperidad de ambas familias!

Después de chocar sus copas, Lucious dejó la suya, lanzando una mirada de desprecio a su oponente, pero el Conde, que empezaba a sentirse un poco achispado, no se dio cuenta.

«¡Soy el Conde Romagnolo!»

Sentado junto a la chimenea, con las mejillas cada vez más coloridas, el Conde estaba pasando una buena noche, y la premonición de que las cosas le iban a ir bien le hacía subir el ánimo.

 

* * *

 

Abio abrió los ojos al cabo de un rato y se dio cuenta de que estaba tumbado bajo una pared, con el cuerpo dolorido por todas partes hasta el punto de no poder distinguir dónde le dolía. Se agarró al suelo con ambas manos y apoyó lentamente la espalda contra la pared.

Al menos hacía sol y hacía calor. Abio extendió la mano y trazó con cautela las manchas de la tela blanca.

«¿Dónde estoy? Qué demonios ha pasado».

El golpe en la cabeza hizo que le doliera intentar recordar.

—Uh…

Seguía sin encontrar la voz, así que lo único que consiguió emitir fue un gemido y babear.

«Si tan solo pudiera volver…»

Cuando de alguna manera consiguió recomponerse, decidió volver al castillo Romagnolo. De repente, una ventana en el segundo piso de la casa detrás de la pared en la que estaba apoyado se abrió, y algo tibio y espeso se vertió en su cuerpo.

—¡…!

El olor fétido y agrio que le picó en la nariz era estiércol humano. Le entraron arcadas en cuanto se dio cuenta de lo que era.

Se le llenaron los ojos de lágrimas cuando la asquerosa sustancia tocó la herida que le había hecho antes el mercader.

«Nunca lo dejaré en paz, nunca».

El rostro pálido de Abio se enrojeció.

¿Cómo era posible que él, el sucesor de una familia noble, fuera golpeado por un humilde comerciante y alcanzado por una tonelada de mierda? Incluso en momentos así, Abio nunca olvidaba que era el sucesor de la familia del Conde.

«Tengo que limpiarme y ponerme en marcha».

Mientras se tambaleaba en busca de agua, el ambiente del callejón le resultó muy desconocido. El suelo estaba cubierto de toda clase de suciedad y un olor fétido persistía.

«Salvajes».

Tras caminar un poco, oyó un grito desesperado proveniente de algún lugar, y la sangre roja le corría por los pies.
Cuando Abio siguió la línea de sangre con la mirada, vio a un hombre matando un cerdo en medio del camino. El estómago, que ya no contenía nada, se le revolvió de nuevo.

Abio volvió a pensar en Nuritas mientras veía morir al animal.

Su pequeño cuerpo, escupiendo sangre y manchando el suelo de rojo por sus patadas.

Y la imagen de él siendo golpeado por el comerciante antes.
Todas esas escenas se mezclaron en la cabeza de Abio, causándole un fuerte dolor de cabeza.

¿Se rió a carcajadas cuando la joven cayó al suelo, incapaz de reprimir un gemido de dolor? No, escupió y se alejó.

Los gritos de las criadas, a las que había arrastrado por la fuerza durante la noche, llegaron enseguida a sus oídos, y tuvo que tapárselos con las manos.

«¡Ah, basta! ¡Basta!»

Abio no quería conocer ese mundo inferior.

Sacudió vigorosamente la cabeza, decidido a salir de aquel horrible lugar.

Encontró a unas mujeres que llevaban paños y, no lejos de la orilla del agua, se arrojó al suelo, mugriento como estaba.

Las asquerosidades que desprendía flotaban en el agua cristalina. Abio se esforzó por limpiarse la cara, la cabeza y el cuello con las manos.

Luego se tumbó, con las extremidades extendidas, sobre una piedra ancha cerca de la orilla. La piedra se calentaba con la luz del sol y la sentía tan cálida como calentarse el cuerpo frente a una chimenea.

«Todo estará bien ahora».

Había sufrido una injusticia allí, pero había logrado escapar del Marqués Spinone.

«Sólo tengo que volver y todo irá bien».

Cuando pensó en eso, su situación actual no le pareció tan mala.

De repente, el calor de la piedra sobre la que estaba tumbado pareció desvanecerse y el sol pareció acercarse, como si quisiera tocarle la mano. Abio observó la puesta de sol con el rostro demacrado.

 

* * *

 

A la mañana siguiente de la inesperada visita del Conde Romagnolo, Lucious abrazó fuertemente a Nuritas.

—Quédate tranquila, nadie sabe que tu madre está aquí.

Nuritas no durmió bien aquella noche, preguntándose si el Conde habría venido a por su madre. Pero las palabras del Duque no la tranquilizaron fácilmente. La mera existencia del Conde Romagnolo era una preocupación y un desastre para ella.
Tras enterarse de que el Conde no había regresado la noche anterior, fue a verlo discretamente después del desayuno.
El Conde, que tomaba el té con dignidad, miró hacia atrás a Nuritas y, al confirmar que había venido sola, le habló con cariño.
—¿El Duque te pidió que trajeras el dinero?

Nuritas observó al Conde, que hablaba de dinero, con una mirada de desprecio.

—¿Acaso se le ha volcado el carruaje?

Ella se había enterado de las noticias de la familia Romagnolo a través de Sophia.

—¿Cómo te atreves a ser tan arrogante?

Los ojos del Conde Romagnolo se encendieron de ira y su voz retumbó.

—Pido disculpas por mi grosería, pero soy una persona humilde por naturaleza, así que es obvio que desconozca los modales.

—Baja la voz, idiota. ¿Quién tiene la vida de tu madre en sus manos?

El Conde Romagnolo amenazó a Nuritas, temeroso de que si metiera la pata, le impediría cobrar el dinero del Duque.

—Por cierto, ¿estás haciendo lo que se supone que debes hacer?

El Conde sonrió vulgarmente y habló en voz muy baja. Sintió algo de lástima por el Duque Morciani, quien parecía no dudar al pedirle una gran suma de dinero.

—No, no; ven y siéntate.

—No. ¿Cómo me atrevo a sentarme frente a usted, Conde?

El Conde Romagnolo miró a la muchacha bastarda, que hoy se comportaba de forma muy extraña.

La joven se parecía tanto a él. Se le revolvía el estómago al ver tanta elegancia innata en alguien así.

—No obedeceré más tus órdenes.

De hecho, desde el día en que rescató a su madre, ya no había estado escuchando las palabras de ese hombre, pero aun así, quería decirlo claramente con sus propias palabras.
Aunque no pudiera derramar la mitad de la sangre que había recibido de él, ella estaba decidida a seguir un camino distinto al del Conde.

—Te has vuelto loca.

El Conde consideró que la mujer que vino a visitarlo por la mañana y le decía tonterías era una mosca molesta.

—Llevas tanto tiempo jugando a ser noble que te crees una de verdad, lo cual no es malo, porque así engañas a todo el mundo.

El Conde rió entre dientes y dio un sorbo a su té frío.

—Nunca dejas de decepcionar.

Nuritas se despidió de él en voz baja y se dio la vuelta.

Al ver por la rendija del pequeño armario debió de hacer llorar a su madre.

Y al mismo tiempo, para Nuritas, el Conde era…

«Sí, no eres nadie para mí».

Justo como el nombre que le había dado.

Nuritas giró sobre sus talones y salió de la habitación muy despacio.

Se sentía aliviada No, se sentía un poco enferma. Pero en cuanto cerró la puerta tras de sí, una oleada desconocida de emociones la inundó de golpe, haciéndola tambalearse.

—Sophia.

Parpadeó con los ojos nublados para encontrar a la sirvienta que debía estar esperándola, pero había alguien más mirándola desde el otro lado del pasillo.

—Duque. Ah, es que fui a saludar al conde, nada más.

Lucious fingió no notar los ojos húmedos de Nuritas, quien estaba nerviosa.

Su rostro parecía tan precario ahora, como si fuera a desmoronarse ante tan pequeño consuelo.

—¡Venga, vamos!

El agarró a Nuritas del brazo y salió trotando de la habitación, llegando a la perrera de Onyx.

—¡Dios mío!

Nuritas había estado tan ocupada que se había olvidado de Onix y sus cachorros. Cuando ellos aparecieron cerca, Onyx y sus cachorros movieron la cola en señal de saludo.

—He sido tan desconsiderada. Lo siento mucho. Onyx.

Nuritas se sintió más feliz de lo que se había sentido en mucho tiempo.

—Duque, los cachorros ya son casi tan grandes como su madre.

Nuritas se alegró de que los perros de brillante pelaje negro no la hubieran olvidado. Agachándose, extendió la mano, y Onix se acercó y la lamió.

—Bien hecho. Muy bien, Onyx. De verdad criaste a los niños de una manera admirable.

Lucious sonrió, sabiendo que había hecho la elección correcta para la mujer de aspecto deprimido.

Poco sabía ella, que Onyx era una perra feroz, y nadie más en el castillo se atrevía a tocarla.

Onyx no se había resistido al tacto de Nuritas desde que el propio Lucious no era consciente de sus sentimientos.

«Onyx. Lo supiste todo el tiempo».

Cuando Nuritas le rascó a Onyx detrás de las orejas, ella cerró los ojos y se acostó, lo que le provocó sueño.

—Tu aparición aquel día fue como si un ángel descendiera del cielo.

—…¿Si?

Nuritas pasó la mano por Onix y los cachorros que tenía a su lado y recordó aquel día de lluvia. Su ropa estaba empapada, su falda estaba cubierta de barro y su cabello estaba hecho un desastre por la lluvia.

«Debía de tener un aspecto horrible, un ángel…»

Cuando piensa en aquel día, lo único que recuerda es su olor, el calor de su capa contra sus hombros helados.

Nuritas se puso en pie y tomó la mano de Lucious entre las suyas.

—Gracias.

Lucious bajó la mirada hacia su mano, que ella había tomado primero, y luego acercó sus labios a la frente de Nuritas.



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY 
CORRECCIÓN: ANN


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