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Capítulo 93. Aunque la luna no salga, la noche…

Cuando Lucious terminó de bañarse, envolvió rápidamente una toalla grande alrededor de su cintura y otra alrededor de los hombros de Nuritas. Luego, en silencio, le tendió los brazos.

—Toma mi mano y te llevaré a la cama. 

No había nadie más en el baño humeante, pero Nuritas sintió una punzada de nerviosismo.

—Ya puedo andar. 

—Esto es mi alegría.

Nuritas le apretó la mano suavemente, como si las palabras fueran demasiado buenas para rechazarlas.

—Entonces lo haré con gusto.

Acababan de tomar un baño, y las mejillas sonrojadas de ambos se tornaban aún más intensas por el afecto.

Lucious ayudó a Nuritas a acostarse y, fingiendo no oír sus protestas, la secó y la ayudó a vestirse.

«Oh, estoy tan cansada».

Nuritas sentía ahora que no le quedaban energías ni para mover los párpados.

Para colmo, Lucious incluso intentaba llevarle a la boca la comida que le habían preparado las criadas.

—Gracias, pero puedo comerla yo sola.

—Me gustaría asegurarme de que hoy no muevas ni un solo dedo.

—No, creo que estaré bien después de dormir un poco. Así que dale, dame la cuchara.

Nuritas habló con una voz que sonaba agotada y arrastrada, y Lucious le dirigió una mirada inquisitiva y se pasó la lengua por los labios.

—Si con eso te refieres a que has recuperado las fuerzas, entonces esta noche también…

¡Dios mío!

Nuritas abrió la boca para tomar las gachas antes de poder procesar las implicaciones de lo que acababa de oír.

—Ahora que lo pienso, creo que podría necesitar ayuda en este momento.

Lucious, a quien le resultaba entrañable el rubor de la cara de la sorprendida mujer, echó un poco de gachas en una cuchara y se la llevó a la boca.

—Iré a hablar con tu madre, así que descansa un poco hoy.

«Agradezco que la salude, pero ¿a que se refiere?»

Nuritas lo miró con curiosidad y Lucious se limitó a guiñarle un ojo.

Mientras ella estaba fuera, él visitaba a menudo a Lady Bale. Al principio, no hablaban mucho, pero pronto se encontraron compartiendo historias.

{—Tu difunta madre estaría muy orgullosa de ti.}

Las palabras de la señora Bale, pronunciadas mientras miraba fijamente al espacio, fueron un gran consuelo para él. Además, se puso alerta al enterarse de que últimamente había tenido sueños extraños.

{—Ésa es la cuestión. En mis sueños puedo ver el mundo. Últimamente, un niño que se parece a mi hija visita mis sueños. Me pregunto qué significara.}

Lucious tosió en vano, avergonzado por las palabras de Lady Bale. No podía decir que apenas había tomado la mano de Nuritas.

Pero hoy era diferente de ayer, y tenía fe en que se abriría un nuevo futuro para él y Nuritas.

Cuando Nuritas había terminado sus gachas, sus ojos empezaron a caer pesadamente, y Lucious la estrechó entre sus brazos y observó su rostro inmóvil.

«Solo ten sueños hermosos querida, porque yo soportaré todas las pesadillas».

Lucious acarició la mejilla de Nuritas y ella se quedó dormida.

 

* * *

 

El granjero que lo llevó lo dejó en la entrada de una calle muy transitada y siguió su camino. Incapaz de encontrar la voz para despedirse, Abio contempló incrédulo la parte trasera del carro que desaparecía.

Sentía las piernas un poco embotadas y doloridas, ya fuera por estar sentado en el duro suelo del carro o por vagar por las calles toda la noche, pero se obligó a mover los pies.

Mientras caminaba, vio su pelo gris en el reflejo de un charco poco profundo en el suelo, pero lo achacó a la luz del sol.

«Tengo sed».

Recordó la pequeña hogaza de pan que había dejado la noche anterior, incapaz de terminársela porque le dolía demasiado la boca.

«¿Es posible que este cuerpo tenga hambre?»

Estas extrañas sensaciones le hicieron sentir mucha vergüenza, pero el negó con la cabeza. Todos estos problemas se resolverían si simplemente regresaba. Para saciar su hambre inmediata, deambuló buscando un lugar con un aroma delicioso. El mercado estaba abierto y había de todo para comer.
Leche fresca recién exprimida, pescado del mar y frutas de aspecto fresco llamaron su atención.

«Normalmente no vendría a un lugar tan sucio y asqueroso».

Aunque nadie había dicho nada, Abio enderezó la espalda sin fuerzas y se excusó. Finalmente, se paró frente a una tienda improvisada que vendía pan recién horneado y agarró una hogaza como si estuviera poseído.

—¡…!

Al morderla, el interior estaba húmedo y suave, y el exterior olía a mantequilla. Le sorprendió bastante que un chef pudiera preparar una comida tan deliciosa en un lugar tan cutre.

Abio llevaba días sin comer y se comió tres panes de una sentada. Tragó el pan a toda prisa y se sintió un poco mal del estómago, así que se llevó la mano al pecho y el vendedor le habló con voz muy suave.

—Señor, debe de tener hambre. Solo deme una moneda de plata.

Abio se limpió las migas de la comisura de los labios y finalmente recuperó el sentido al oír las palabras del comerciante.

«Dinero…»

Fue un momento desconcertante para él, pues nunca había contado dinero antes de comprar algo. Abio se metió las manos en los bolsillos, pero lo único que salió fue paja.

—…¿Eh?

La voz del comerciante, que había sido muy amable, se volvió un poco áspera.

Abio tanteó con las manos, pero era imposible que el dinero apareciera de repente de la nada.

De repente, el panadero dejó caer la barra de pan que tenía en la mano con un crujido y se acercó a Abio con un gruñido.

—¿Qué demonios? ¡Si ni siquiera he tenido mi primera venta, ¿y ya se me pega este mendigo bastardo?

Abio quiso arrancarle la boca al panadero por atreverse a llamarle mendigo, pero decidió no molestarse, ya que sería una simple cuestión de revelar su identidad.

«Más adelante haré que ese vil comerciante se arrastre ante mis pies».

Una sonrisa de satisfacción se dibujó en el rostro de Abio, que se mantuvo firme mientras el fornido mercader se acercaba.

El vendedor de pan ya estaba preocupado porque el negocio no iba bien en el mercado últimamente. En medio de todo eso, al ver al hombre que comía sin pagar y actuaba con descaro, sus ojos se alzaron de repente.

—¡Este tipo sí que es caradura! ¡Mira qué altanero se pone!

El vendedor tomó el garrote de madera que estaba junto a él

Abio no se preocupó mucho a pesar de ver a la persona gritándole con rabia. Era Abio Romagnolo, y no era para tanto que acabara de comerse ese pan.

Sin embargo, su incapacidad para hablar era un inconveniente. Mientras pensaba cómo comunicarle al mercader que le trajera papel y lápiz, un fuerte crujido llegó a sus oídos. Le golpeó con fuerza y le tiró al suelo.

Su cabeza se hundió en el barro y el pan sin digerir le salió por la comisura de la boca.

Y mientras sentía un calor que le recorría el cuerpo, Abio recordó a la joven. La nuca blanca, siempre acurrucada en el suelo a sus patadas.

El lugar donde él yacía ahora se parecía al lugar donde ella se había desplomado a menudo.

«Me pregunto si tú también te sentiste así».

Sin embargo, como la amaba, su violencia estaba justificada. Desde que creyó que era un hombre hasta que se reveló que era una mujer, ¿no se había fijado Abio solo en esa joven?

«Lo decía en serio».

Y con ese pensamiento, escucho un sonido como el de una abeja zumbando en el aire, y otro golpe, acompañado de los insultos del mercader, cayó sobre el cuerpo de Abio.

«Tengo que volver con mi madre…»

Incluso mientras viajaba en el carruaje rumbo a la frontera, Abio le dio la espalda a su madre. Era algo así como una rabieta, pero se arrepentía ahora…

 

* * *

 

La Baronesa Callix llegó al castillo Morciani, con un rostro que parecía a punto de derrumbarse. Era la tía del Duque, y la única que había ofrecido un cálido abrazo a Lucious, que había perdido a sus padres y a sus hermanos.

—Oh, Duque.

La Baronesa se derrumbó en sus brazos en cuanto lo vio y comenzó a llorar.

—Duque, algo debe haberle ocurrido a nuestra angelical Iola. Salió para ir a una fiesta, pero hace mucho que regresó su carruaje vacío.

Para la Baronesa, su única hija, Iola, significaba el mundo.

Lucious intentó comprender los sentimientos de su tía, pero su rostro se endureció al pensar en las fechorías de Iola.

—Primero, entremos y tomemos una taza de té.

El Duque tomó la mano de la Baronesa y la condujo lentamente al salón.

—No te preocupes demasiado, yo me ocuparé.

No podía decirle que la hija de ojos dorados de su tía había aparecido desnuda en su habitación e instigado el asesinato de la Duquesa.

Las lágrimas de la Baronesa se calmaron un poco al oír las palabras del leal Duque, y cuando estaba a punto de tomar un sorbo de té, César entró y le susurró algo al oído.

—Ahora vuelvo.

Al ver la robusta espalda de su sobrino adulto, su rostro volvió a ensombrecerse de preocupación por Iola.

La baronesa aferró su taza de té con ambas manos, como si las oscuras nubes del cielo al otro lado de la ventana no fueran una buena señal.

 

* * *

 

Por suerte.

En algún momento, Iola dejó de contar las horas. Empezó a comportarse de forma extraña: corriendo por la habitación sin ropa, dibujando en las paredes con la comida que había traído.

—Dicen que la señorita de esta habitación está loca de remate.

Como su extraño comportamiento continuaba, ya no estaban los guardias ni las cerraduras de la puerta.

Aun así, Iola ni siquiera miró cerca de la puerta para ganarse la confianza del Conde Olive.

—¿Qué hago con las alas rotas de mi gatita?

El tono del Conde Olive no era nada compasivo, pero Iola frotó su cabellera rubia contra el cuerpo del Conde, actuando como si fuera un auténtico animal.

En algún momento, las visitas del Conde se hicieron menos frecuentes a medida que éste estaba más ocupado. Cuando las criadas le llevaban la comida, Iola frotaba la cabeza contra sus tobillos.

—Dios mío, qué pena me da ver a alguien tan hermosa así.

Una criada de mediana edad, comprensiva con el escaso atuendo de Iola, le trajo un vestido de criada sin que nadie se diera cuenta.

—Úsalo cuando el Señor no esté. Te dará tuberculosis y no vivirás mucho con esto puesto.

Iola a duras penas contuvo las lágrimas que brotaron de sus ojos ante las palabras de la amable sirvienta, y se lamió la palma de la mano ansiosamente con la lengua.

En una noche sin luna, ella se sentó en el borde de su habitación y miró por el rabillo del ojo.

Afortunadamente, todo estaba muy tranquilo.

Sacó su uniforme de sirvienta de debajo de la cama y se lo puso, luego arrancó las cobijas para ocultar todo su cabello rubio.

Con un poco de temor, se acercó al espejo que había dejado boca abajo, preocupada por si su disfraz era descuidado, pero no había ninguna Iola en el reflejo.

Solo había una sirvienta sucia y cansada que sonreía con tristeza.

—Menos mal. Ni mi madre me reconocería.

No había tiempo para lamentarse por su aspecto, antes espléndido. Iola abrió la puerta muy despacio y caminó despreocupadamente por el pasillo.

Mientras se colgaba del brazo la cesta que había encontrado, parecía una humilde criada. Se quedó parada frente a la puerta que daba al exterior, conteniendo el corazón palpitante, cuando un hombre le habló:

—¿No va a llover pronto?

—Oh, tengo que ir a comprar flores para mañana.

—¿A estas horas de la noche?

A Iola le temblaba tanto la voz que se limitó a asentir. El hombre simplemente se alejó y desapareció en la dirección opuesta, sin siquiera molestarse en responder o escuchar su siguiente pregunta.

Iola giró el pomo de la puerta con la otra mano, la que sujetaba la cesta, y por fin quedó libre.

Estaba oscuro y húmedo, no era un buen día, pero Iola nunca había visto una noche tan perfecta.



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY 
CORRECCIÓN: ANN


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