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Capítulo 92. Tu felicidad es la mía

Abio se agotó rápidamente mientras avanzaba por los campos que se extendían ante la finca del Marqués. El viento soplaba en sus oídos y vagar por la oscuridad era agotador.

—Uf… qué frío hace.

Solo pronunció una palabra, pero sintió un dolor como si le estuvieran metiendo un bloque de hielo en los pulmones. Abio levantó la mano para limpiarse la baba que le salía de la boca, pero entonces se dio cuenta de que tenía la cara entumecida.

Lo único que deseaba ahora era sentarse junto a un fuego cálido y comer un tazón de gachas humeantes. Se detuvo un momento para mirar al marquesado, a quien había dado la espalda.

«Preferiría morir en este camino…»

Pero la mirada siniestra que le dirigió antes el Marqués le hizo reanudar la marcha. El viento parecía sacudir su pequeño cuerpo hasta la médula.

«Debería haberme puesto algo más grueso».

En su prisa por salir, sólo se había puesto una camisa y un pantalón, insuficientes para combatir el frío.

—Uf.

Abio se llevó las manos a la boca, intentando aflojar los músculos congelados con la respiración. Mientras atravesaba los campos oscuros, un extraño grito parecía provenir de algún lugar en el viento.

—Soy Abio Romagnolo. Esto no es algo que deba temer.

Murmuró para sí mismo a alguien a quien no podía ver, con la boca crispada en las comisuras.

No podía demorarse aquí.

No sabía lo lejos que tenía que ir, ni adónde, pero tenía que llegar a casa. Su hogar, donde las rosas florecían con avidez, donde fluían la leche y la miel. Y su madre, que siempre lo había abrazado, parecía estar justo al otro lado de esos campos.

—Nada puede detener a este cuerpo.

Su cuerpo estaba agotado, pero sus ojos parecían volverse aún más vívidos.

¿Cuánto tiempo habría caminado?
Tras haber pasado toda la noche azotado por el viento del norte, sin encontrar ni por un momento un lugar donde resguardarse en la llanura desolada, llegó un momento en que ya no podía sentir el frío.

—¡…!

Después de caminar durante un buen rato, vio algo rojizo que se elevaba desde el extremo del campo. Abio nunca había visto un sol tan hermoso.

Sintiendo que un cálido resplandor recorría su cuerpo, estiró las manos hacia él. Y entonces se dio cuenta de que había un extraño cambio en él.

«…No puedo hablar».

No le salían palabras, sólo gemidos de dolor. Sorprendido, se palpó el cuello y los labios con ambas manos, pero nada cambió.

«Pronto estarás bien».

El sol brillaba con fuerza desde aquella altura, iluminando su camino, y aunque no mejorará, su madre seguramente lo solucionaría cuando llegara a casa.

«Lo primero ahora es llegar a casa».

Si se demoraba un momento, el Marqués podría venir tras él.

Cuando empezó a alejarse, pensando que sería más honorable morir ahora que ser arrastrado de vuelta y sometido a algo así, vio pasar a un campesino tirando de un carro.

El campesino, de aspecto aparentemente inocente, detuvo su carro, preguntándose si un joven vagaba por los campos de madrugada.

—¿Quieres que te lleve?

Abio no encontraba la voz, así que asintió y se subió al carro apilado con heno.

El carro traqueteó violentamente cuando empezó a rodar por el camino de tierra, y Abio se volvió hacia el sol y parpadeó para contener las lágrimas.

Era la peor sensación del mundo ser cargado en un carro por primera vez en su vida, pero ahora estaba tan agradecido por ello que no se atrevía a bajarse.

Después de vagar por los campos toda la noche, Abio apoyó su roja cabeza en un pajar y pronto se quedó dormido.

En su sueño, se sentó en la cama con una sonrisa perfecta en la cara. La chimenea ardía y la mesa estaba llena de vino y alimentos preciosos.

—Por favor, mi señor, perdóneme.

¿Acaso existe un honor mayor que ser tomada por un noble? ¿Y esa simple criada se atreve a rechazarlo y hasta llorar?
Frunciendo el ceño, Abio se levantó y, sin piedad alguna, le dio una patada en el abdomen a la sirvienta. 

—¿Qué pasa si los perros ladran fuerte? ¿Eh?

Arrastró a la criada babeante hasta el suelo, la arrojó bruscamente sobre la cama y le arrancó el vestido. Tenía los ojos enrojecidos y húmedos.

Y un momento después, Abio se encontró en un lugar distinto al que había esperado. En una amplia cama, un hombre pelirrojo gritaba debajo de un hombre grande.

—¡No! ¡De ninguna manera!

Abio agitó los brazos al despertar de su pesadilla. Por suerte, no estaba en esa cama, sino en una carretilla en movimiento.

«Sólo ha sido un sueño, ya estoy bien».

Abio se pasó las manos por los brazos, intentando ventilarse. El calor del aire en su cara le decía que ya estaba lo suficientemente lejos.

 

* * *

 

Meirin tuvo que aceptar la desesperanza de su situación.

Entonces hizo algo que nunca se habría atrevido a hacer en el pasado. Salió a la calle y empezó a preguntar.

Pero todos le dijeron que no sabían nada de sus parientes. Meirin pensó un rato y finalmente se dio cuenta de que había venido al lugar equivocado.

—Tengo que volver.

Como Ingrid tampoco había vuelto, no tenía muchas opciones.

«Quizás podría volver a hurtadillas y enviar una carta a mi madre, ya que mi padre o el Duque se enfadarían mucho si se enteraran».

El siguiente problema era que no tenía dinero para pagar el billete ni para enviar la carta.

—Ingrid, si atrapo a esa chica, la mato.

Ya es bastante malo que huyera de su Señora, que descansaba exhausta por el mareo, pero ¿cómo se atrevía a tocar las pertenencias de un noble?… Siempre había sido dócil, por lo que no conocía su verdadera naturaleza, pero al pensarlo ahora, no era más que una descarada.

Aun así, en el fondo no podía dejar de pensar en ella, y había pasado una semana desde que esperaba el regreso de Ingrid.

Esa noche, en lugar de la mujer de mediana edad que solía servirla, un hombre le trajo la comida y la puso sobre la mesa.

Mientras Meirin suspiraba y se sentaba en la silla frente al pan duro y el tazón de gachas con un olor extraño, el hombre pareció tener algo que decir.

—¿De qué se trata?

—Señorita, con el debido respeto, nos gustaría saldar la cuenta de su estancia.

Meirin agarró con fuerza el respaldo de su silla ante la inesperada noticia.

—Por supuesto. La criada volverá mañana en algún momento y entonces pagaremos.

El hombre se frotó las manos y asintió con la cabeza.

Los labios del hombre se curvaron en una sonrisa al darse cuenta de que probablemente podría conseguir un buen dineral por su alojamiento.

—Y escribiré una carta para que la envíes.

Primero debía informar a su madre de su situación; sí, su madre haría cualquier cosa por Meirin.

El hombre hizo una reverencia exagerada y salió de la habitación, y Meirin, que se había quedado sola, se dio cuenta de que su mano en la silla se crispaba.

El cuenco de la mesa aún humeaba, pero no le abrió el apetito. Meirin encontró papel y bolígrafo en su gran bolso y se puso a escribir la carta.

Le temblaban los dedos al escribir sobre su situación actual y tuvo que hacer una pausa. En el sobre, dirigió la carta al castillo Romagnolo, y luego se detuvo en el espacio para el nombre del remitente:

«¿Puedo usar el nombre de Meirin?».

Era agridulce que fuera el nombre que había usado durante diecinueve años, pero ni siquiera eso era una opción.

Tras un largo momento de tristeza, pensando en su madre y en el castillo Romagnolo adornada con rosas, Meirin sacudió la cabeza.

Luego, se secó las lágrimas con una mano y contempló el precioso vestido que llevaba. Ahora sólo tenía el vestido y los zapatos. Una idea pasó por su mente.

 

* * *

 

Sophia y las demás fueron a la habitación del Duque con agua caliente y comida, y pronto terminaron los preparativos para el baño. 

—Mi señor, ahora le serviremos.

Pero, contra todo pronóstico, Lucious les ordenó que se retiraran, pues habían trabajado demasiado.

El se volvió hacia Nuritas y sonrió cariñosamente.

—Yo cuidaré de ti hoy.

Al oír eso, las criadas solteras se sonrojaron y retrocedieron.

Arietty: Si fuera a una novela, quisiera ser una de esas criadas XD

Nuritas oyó sus chillidos y se subió la ropa de cama hasta la coronilla.

Nunca antes había sentido vergüenza, ni siquiera frente al Rey o entre hombres rudos, pero su hombre siempre lograba desconcertarla.

Cuando todos se fueron, Lucious tosió y se sentó junto a Nullitas.

—¿Has visto a mi esposa?

Nuritas apartó con fuerza las mantas de un tirón y fulminó a Lucious con la mirada. 

—¡Duque!

—Ojalá me llamaras Lucious…

Después de haber sonreído con picardía, en cuanto Nuritas pareció enfadada, Lucious encogió ligeramente los hombros y se calló.

—Quería ayudarte, así que por favor no te enfades mucho…

No pudo enfadarse con el Duque cuando este le miró así, tan triste.

—No estoy enfadada.

—Entonces, vamos antes de que se enfríe el agua.

Como si nada, Lucious se levantó de un salto y tomó a Nuritas en brazos.

Debido a eso, el viento se llevó todo lo que la cubría y Nuritas tanteó el pelo para cubrirse.

—Estoy caminando mientras miro al techo, hmm.

De hecho, fue Lucious quien sonreía feliz a sus orejas enrojecidas.

Cuando llegaron a la bañera, él bajó lentamente a Nuritas al agua tibia. Ella respiró aliviada cuando su cuerpo desnudo quedó cubierto por todas las flores que flotaban en el agua.

Así que esto se siente al tirar de un carro durante tres días y tres noches.

Al sumergirse en el agua tibia, sus ojos se cerraron con naturalidad.

—Gracias.

Nuritas abrió los ojos levemente y habló. Luego, miró al Duque quitándose la bata al otro lado de la bañera y se quedó sin palabras.

—Hace tiempo que deseo bañarme con mi esposa.

—Duque, ya pidió su deseo.

Nuritas le respondió mientras buscaba en su memoria lo de anoche.

—Mi deseo era tener un hijo que se pareciera a ti.

—Sí.

—Eso incluye esto.

Nuritas estaba tan sorprendida que se quedó sin palabras y miró fijamente la descarada barbilla del hombre que se reclinaba perezosamente en la bañera frente a ella. Entonces, el Duque susurró en voz baja, aún con los ojos cerrados, quizá consciente de su mirada penetrante.

—Y por cierto. Hablando de ese deseo… Tú eres lo más preciado para mí, y no debes sentir ninguna presión, en caso de que estés angustiada.

Nuritas bajó la cabeza, fingiendo tomar las flores con ambas manos apresuradamente.

Con la espantosa maldición del Conde dejándola sin aliento, las palabras de él fueron un tierno consuelo.

«¿Cómo una persona tan buena se convirtió en mi pareja? Puede que esto pueda ser mala suerte para él, pero para mí es la mejor fortuna que he tenido en mi vida».

Mientras Lucious se sumergía en el agua tibia, cerró los ojos un momento, sintiendo como si el cansancio de la noche anterior se desvaneciera, y luego miró el rostro de Nuritas.
Por la forma en que tenía los ojos enrojecidos y seguía concentrada en los pétalos de las flores, instintivamente sintió que algo andaba mal. No sabía qué palabras o acciones la habían entristecido.
—Solo te sigo haciendo llorar.

Lucious se abrió paso entre las flores del agua y abrazó a Nuritas.

—No, no es porque estoy triste…

Nuritas rompió a llorar de nuevo antes de que pudiera terminar.

No podía entender por qué se rumoreaba que este hombre tonto era un demonio sediento de sangre.

—Shh. Me equivoqué, así que por favor no llores.

—No hiciste nada malo.

—No lo recuerdo muy bien, pero mi contundente padre solía decir que si mi madre era feliz, entonces él podía sonreír.

Lucious no había entendido las palabras que su padre les dirigía a él y a sus hermanos en aquel entonces, pero sólo ahora sentía que podía comprender sus profundos sentimientos.

Las flores que flotaban sobre la superficie ondulante de la bañera los abrazaron largamente mientras se mecían. 

 

 

 



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY 
CORRECCIÓN: ANN


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