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Capítulo 91. Tu sonrisa seca mis lágrimas

Aquella noche, Abio se despertó con una extraña sensación que había estado ahí todo el tiempo. Pero, por alguna razón, le costó abrir los ojos.
Después de reunir fuerzas para abrir los ojos, vio una extraña visión.

—¡…!

—¡Oh, no! Creo que me faltó algo de fragancia hoy.

El Marqués agitó la mano hacia Abio con su voz característica. Por un momento, él se preguntó si estaría soñando.

Pero el palpitar de su corazón y el frío del viento contra su piel le demostraron que aquello era real, y cuando miró su cuerpo bajo el frío, dudó de sus ojos.

—¿…?

La bata o camisón que se había puesto antes de dormirse no aparecía por ninguna parte, y estaba completamente desnudo. Abio alargó una mano, débil por la vergüenza, y se subió las mantas hasta el pecho.

Cuando la luz de la luna empezó a iluminar la habitación oscura, donde incluso las velas se habían apagado, pareció explicarle claramente a Abio lo sucedido.

Tanto él como el marqués permanecieron desnudos sobre la cama, y Abio pudo ver el frondoso vello del pecho bajo los anchos hombros del marqués.

La voz de Abio temblaba de urgencia.

—Oiga, Marqués, ¿por qué está en mi dormitorio? No, ¿por qué me estás quitando la ropa…?

No pudo terminar lo que iba a decir, temeroso de que si dejaba que las palabras salieran de su boca, estaría admitiendo aquella pesadilla.

El marqués de Spinone, que había estado observando perezosamente la forma temblorosa de Abio, sonrió significativamente y abrió la boca lentamente.

—¡Ay! Estaba a punto de hacer algo de lo más agradable y tú quisiste unirte a la diversión, ¿verdad?

El Marqués estiró el dedo índice y empezó a acariciar desde la frente de Abio hasta su barbilla. Abio se dio cuenta de que estaba en apuros.

«Los rumores que rodean al marqués de Spinone».

En el Reino se contaban historias sobre hombres que se gustaban entre ellos. Y había oído que el Marqués Spinnone deseaba a muchachos jóvenes.

Sin embargo, Abio nunca prestó atención a esos rumores, convencido de que cosas así no tenían nada que ver con él, heredero de la casa del Conde.

Retrocediendo ante el contacto del Marqués, Abio sacudió la cabeza con fuerza.

—No soy un sodomita.

—Es una mala costumbre suponer cualquier cosa.

El marqués de Spinone sonrió levemente al ver a Abio aferrado con las uñas al borde de la manta, y luego, con un rápido movimiento, tiró la colcha al suelo.

Por un momento, Abio se quedó sin aliento, aterrorizado, y se cubrió la parte inferior del cuerpo con ambos brazos, intentando extraer las últimas fuerzas que le quedaban.

—¡Soy el heredero de la casa Romagnolo!

—Te ves más lindo que cuando estás dormido.

A pesar de los gritos de Abio, el marqués de Spinone continuó cubriendo el frágil cuerpo. Mientras los dos brazos del Marqués tiraban de su pelo rojo, Abio apretó los dientes y los extendió.

«No me dejaré vencer».

En el momento en que el Marqués jugueteaba con la lengua en la oreja de Abio, este finalmente atrapó algo duro con la punta del dedo. Antes de que pudiera confirmar qué era, levantó el brazo y golpeó la nuca del Marqués.

El Marqués, que estaba tan absorto en satisfacer su codicia que su vigilancia se nubló, no pudo defenderse adecuadamente del inesperado ataque.

Abio se levantó y vio la punta afilada del candelabro que yacía junto al Marqués, cubierta de sangre roja.

—¡Maldito bastardo! Soy Abio Romagnolo, el próximo Conde.

Sin siquiera tener el coraje de comprobar si el Marqués Spinone se había desmayado o muerto, Abio murmuró que tenía que salir de allí rápidamente.

Con manos temblorosas, recogió sus ropas y se las puso con brusquedad, luego empujó la puerta para abrirla. Bajando las escaleras a toda velocidad y casi tropezando con los animales, consiguió abrir la gran puerta principal.

Un viento del norte helado le azotaba la cara desnuda, pero ya no importaba.

—Vamos, tenemos que volver a casa rápidamente.

Abio emprendió su huida de noche, agachando la espalda para evitar el viento.

 

* * *

 

—¡Dios mío!

Meirin abrió los ojos con un fuerte suspiro, la luz del sol entraba por la ventana empañada.

Deseaba poder despertarse y librarse de aquel duro sueño, pero la realidad era cruel.

Sintiendo que no podía respirar bien, se acercó a la ventana e intentó abrirla. Con un ruido chirriante, la ventana se abrió sólo hasta la mitad.

Había esperado aire fresco, pero el hedor del exterior no tenía nada que envidiar al de esta habitación. Meirin se dio la vuelta para buscar a su criada.

—¡Ingrid!

Cuando se levantó, aún no sentía la presencia de la criada, que solía verter agua caliente en la palangana.

Meirin resolvió que si esa mocosa no había regresado ya, le daría un buen golpe con su cinturón de cuero.

—Un poco de retraso, unos cuantos latigazos más. Da igual.

Meirin intentó sonar alegre, tratando de sacudirse la creciente ansiedad.

Intentó no pensar en Ingrid huyendo con sus joyas y su dinero, y que ahora se quedaba aquí sola sin nada.

—No pasa nada.

Habría que tomarse con calma a la insolente criada, y Meirin tendría que averiguar por sí misma lo que había sucedido. Todo lo que tenía que hacer era encontrar a los parientes de su madre y todo habría terminado.

—Dijo Baronesa Mendasium, ¿verdad?

Preparándose para salir, levantó la jarra para verter agua en la palangana, derramando gran parte de ella en el suelo. Era la primera vez que lo hacía sin la ayuda de una criada, y era torpe.

Miró el dobladillo mojado de su vestido y el suelo de madera empapado e hizo una mueca.

—¡Ay! Qué fastidio. ¿Por qué tengo que hacerlo?

Con una rabieta, Meirin gruñó y se quitó la ropa que llevaba, la tiró sobre la cama y sacó un vestido nuevo.

Llevar unos zapatos bonitos o un vestido bonito le alegraba el día.

Tardó un rato en vestirse y desvestirse sola. Meirin llevaba un vestido azul pálido bordado con rosas.

Con un ligero adorno en su cabello rojo y rizado, su hermoso rostro se reflejaba en el espejo.
—Bien.

Sintiéndose muy satisfecha de sí misma, bajó lentamente las desgastadas escaleras y se encontró con el hombre que regentaba el lugar.

—Señorita, ¿ha tenido alguna molestia durante la noche? Estaba planeando prepararle el desayuno cuando toque el timbre.

El hombre estaba entusiasmado ante la perspectiva de cobrar una gran suma de dinero de la supuesta adinerada Meirin. No era frecuente que un huésped así se alojara en un lugar tan cutre como éste junto al mar.

Pero por ahora, ella tenía asuntos más urgentes que atender que comer. Con el estómago aún lleno, le hizo una pregunta al hombre.

—¿Hay una familia del Barón Mendasium por aquí?

—Nunca había oído hablar de él

—¿Entonces, qué familias nobles hay?

—Bueno, eso…

El hombre se rascó la cabeza y rebuscó en su memoria.

No había nobleza en este pueblo.

La mayoría eran gente que pescaba cerca del mar. Era tan pequeño que el Reino ni siquiera tenía una oficina gubernamental propiamente dicha, y mucho menos en varias aldeas pequeñas como ésta.

—Estoy bastante seguro de que no he oído hablar de ese apellido en mi vida.

Una gran sensación de vergüenza invadió a Meirin al darse cuenta de que era poco probable que el hombre que tenía delante estuviera mintiendo.

—Primero, tráeme algo de comer.

Caminó despacio, como si no fuera gran cosa. Las flores bordadas en su vestido se mecían como a la luz del sol.

—¡Esto no puede ser…!

De vuelta en su habitación, Meirin se apoyó en la puerta y se rodeó con las manos, intentando recuperar el aliento.

Ahora mismo, no era más que una noble sin dinero ni parientes.

Se abrazó a sí misma e imaginó los brazos de su madre a su alrededor.

A través de la ventana abierta, una brisa salada y rancia, como sus lágrimas, entró y rozó la mejilla de Meirin.

—Mamá, te echo tanto de menos.

Meirin se apoyó en la puerta y sintió que iba a desmayarse, pero miró por la ventana el mar azul e intentó contener las lágrimas.

 

* * *

 

Nuritas pestañeó un par de veces y vio un delgado rayo de luz. Pronto se dio cuenta de que unas manos la acunaban con cuidado.

El pecho contra su espalda le proporcionaba un calor agradable. Nuritas levantó el brazo para acariciar el dorso de la mano del Duque en su cintura.

—Ah….

El dolor muscular era peor que cuando llevaba la carga al granero toda la noche, y pareció afectar todo su cuerpo.

Anoche no había rastro de la amabilidad habitual del Duque.

«Era como si fuera otra persona».

Las mejillas de Nuritas se sonrojaron al recordar su afecto, su intensa respuesta a sus pequeñas sonrisas y gestos. No sabía cómo había aguantado tantas noches así.

Ella sacudió la cabeza incómoda, tratando de despejar su mente de pensamientos inapropiados para una mañana como ésta.

«¡Maldita sea! Esto también duele».

Dejó escapar un pequeño suspiro, sintiendo que las lágrimas brotaban en sus ojos, y entonces unos labios se posaron en su espalda desnuda.

—¿Has dormido bien?

—…Sí.

La voz grave y resonante del Duque parecía fluir por su cuerpo. El ligero cosquilleo de su barba contra su espalda hizo que a Nuritas le diera un vuelco el corazón.

Lucious se incorporó primero, apoyándose en la cabecera de la cama y cubriéndola ligeramente con las sábanas.

—Podrías resfriarte.

Nuritas asintió, sin atreverse a girar la cabeza en su dirección por miedo a revelar su rostro sonrojado.

Lucious apenas se contuvo de alargar la mano, hipnotizado por los delicados hombros expuestos por encima de la línea de la ropa de cama. Se puso la bata que había dejado a un lado, se la echó sobre los hombros y tiró de la campanilla que había junto a la cama.

Pensando que era la llamada de su señora, Sophia abrió lentamente la puerta del dormitorio como de costumbre e intentó entrar, pero la cerró apresuradamente.
—¡Ay, pensé que estaba sola, así que…

Al otro lado de la puerta, una atónita Sophia tartamudeó entre sollozos. Nunca había imaginado que vería a su Señor y a su Señora tan desnudos en esta habitación.

—Te he llamado, así que pasa.

Al oír la voz del Duque, Sophia abrió de nuevo la puerta y se acercó lentamente a la cama, con los ojos aún clavados en el suelo.

Nuritas también se sorprendió, subiéndose la manta hasta la punta de la nariz como una niña a la que han pillado portándose mal. En cierto modo, era natural, pero le daba vergüenza mostrárselo a Sophia.

—La señora no se siente bien hoy, así que prepara agua caliente y hazle una comida ligera.

Mientras Sophia salía del dormitorio con paso ligero, Lucious alborotó el cabello plateado de Nuritas detrás de ella.

—Mañanas como ésta van a ser nuestra rutina ahora, y tú vas a esconderte aquí siempre. ¿Hmm?

Al rozar sus labios en su frente, Nuritas bajó un poco las mantas para mostrar su rostro en todo su esplendor.

—Por supuesto, estoy encantado de verte así, pero….

El Duque miraba a Nuritas como si la encontrara irresistible. Ella giró la cabeza y sintió una sensación de seguridad en su corazón mientras disfrutaba de su calor, pero se sobresaltó al oír la palabra rutina.

«Si continúan noches como la de ayer, podría morir joven».

Pero tanto el calor de su cuerpo como el afecto que compartía eran preciosos. Nuritas le respondió con cierta determinación.

—Entonces tendré que entrenar mi fuerza todos los días.

Lucious soltó una carcajada ante la inesperada respuesta de Nuritas, y su risa la hizo feliz. Sus pasados manchados y sus lágrimas parecieron dispersarse en la distancia con aquella risa fresca.



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY 
CORRECCIÓN: ANN


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