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Capítulo 87. El destino da vueltas y vueltas

Tras ocuparse de los asuntos de la cueva, Lucious impulsaba con urgencia su caballo hacia la finca. Cabalgando a través del feroz viento sin descanso, sólo podía imaginarse el rostro de una persona.

Después de perder a sus padres y hermanos, el territorio Morciani se había convertido en una dolorosa herida para él. Cada rincón del lugar estaba lleno de recuerdos de su familia.

Aquel niño tuvo que crecer rápidamente y la familia se había convertido en una carga que tuvo que soportar. En honor a las últimas palabras de su madre, se esforzó más allá de sus capacidades.

Lucious se había mantenido alejado de la finca durante mucho tiempo que habían pasado años desde la última vez que la visitó para buscar matrimonio.

«Pero ahora es diferente».

El niño solitario que tenía que tragarse sus lágrimas a solas ya no existía. Le esperaba una mujer de ojos azules con la que podía compartir tanto lágrimas como risas.

«Deberíamos haber vuelto juntos…»

Lamentando no poder volver en el carruaje con ella debido a asuntos pendientes, se encontró apresurándose aún más.

—Duque, el caballo está agotado.

Preocupado por el Duque, que nunca había hecho trabajar en exceso a un caballo, Borzoi habló con cautela.

—Ah…

Sólo entonces Lucious detuvo al caballo, acariciándole las crines para transmitirle sus disculpas, y le permitió descansar un rato.

Un poco más y el territorio Morciani estaría a la vista. Aunque su impaciencia por llegar crecía, trató de calmar su corazón mirando el cielo lejano.

 

***

 

—Has venido al lugar equivocado.

—¿Eh?

—Bueno, estas cosas pasan de vez en cuando. Encuentra de nuevo el lugar correcto y todo irá bien.

La anciana hablaba con despreocupación mientras limpiaba el pescado. Pero Ingrid, que escuchó sus palabras, se sobresaltó hasta el punto de que casi se le salen los ojos.

Si la señora o la señorita se enteraban de que se había equivocado de lugar, era obvio que se desataría el caos.

El recuerdo de un niño ensangrentado por el látigo que empuñaba su Señora hizo temblar las manos de Ingrid.

Independientemente de quién tuviera la culpa de haber abordado el barco equivocado, sin duda la responsabilidad recaería enteramente sobre ella.

Con el rostro pálido, Ingrid saludó a la anciana mientras se quitaba las escamas de pescado que habían caído sobre sus pies. Y luego caminó afanosamente, como si estuviera poseída por algo.

Al regresar a la posada y confirmar que Meirin aún dormía, Ingrid tomó las dos pequeñas maletas de la joven con expresión decidida.

—¿Adónde vas?

El posadero pareció preguntarle algo mientras se marchaba, pero ella ni siquiera pensó en mirar atrás.

«Esta es la oportunidad que Dios me ha dado».

Ingrid planeaba tomar un carruaje e ir al puerto, donde podría tomar cualquier barco que saliera de inmediato.

Ahora, nadie podría hacerle daño.

Mientras el carruaje se balanceaba, se imaginó brevemente a sus padres y decidió creer que la animarían. Seguro que no querrían que su hija muriera bajo el látigo de un noble.

Una mezcla de liberación y tensión cruzó el rostro de Ingrid.

Aunque no tenía ni idea de cómo sería el mundo que le esperaba, tenía que ser mejor que éste.

—Aunque no sea mejor, ¿qué puedo hacer?

Ingrid comenzó a tararear la canción de la libertad.

 

***

 

Era una noche espesa de niebla.

Antes de lavarse y vestirse, Abio notó algo extraño en el espejo.

—Parecen huellas de manos…

Unas marcas amoratadas y manchadas se esparcían por la parte superior de su cuerpo.

—¿Es una enfermedad de la piel?

Se preguntó si sería una enfermedad causada por el ambiente mugriento y la mala alimentación. Abio se frotó el pecho con sus manos secas y luego empezó a vestirse rápidamente a causa del frío.

Este lugar había sido un desastre desde el principio. Hace poco, un maldito sirviente se estaba riendo de algo después de la cena.

—Un niño blanco como la nieve se convierte en hombre con la brisa nocturna.

Había soltado semejante disparate.

Era difícil de precisar, pero persistía una sensación de inquietud. Sin embargo, era inútil darle vueltas, así que se envolvió en una gruesa bata.

—Aquí todo es un desastre.

El suspiro de Abio lanzó al aire una bocanada de vapor blanco. Con el pelo aún húmedo, se apoyó en la chimenea. De pie junto al fuego, sintió que podría sobrevivir.

Cuando el calor se extendió por su cuerpo, Abio se dio cuenta de que había estado reprimiendo sus instintos durante demasiado tiempo.

Se metió una mano en los pantalones, apoyó la otra en la pared y cerró los ojos. Empezó a imaginarse la espalda de un joven delgado empujando un carreta en un abrasador día de verano.

El calor de aquel día se sentía vívido. Las cigarras habían zumbado con fuerza y él había observado en secreto al joven cerca de los árboles.

El joven sintiendo el calor, detuvo la carreta y se secó el sudor de la frente con el paño que llevaba al cuello. Su pálido cuello quedó al descubierto y Abio, recordando aquella piel hipnotizadora, se perdió en el momento.

La fugaz excitación se desvaneció en un instante. La sensación pegajosa y húmeda en su mano lo llenó de desesperación.

Abrumado por el vacío, los hombros de Abio se desplomaron. Su deseo de aguantar aquí y ganarse el reconocimiento del Conde hacía tiempo que se había desvanecido. Ahora, sólo quería volver al lado de su madre.

—De todos modos, padre no se preocuparía por mí.

Se bebió un vaso de vino de un trago y murmuró para sí.

—Volveré mañana. Necesito salir de este lugar miserable.

No le importaba que el Conde se sintiera decepcionado y lo despojara de su título de heredero. Al menos, no sería completamente expulsado de la familia.

—Ahora estoy demasiado cansado.

Temblando, Abio se levantó la manta helada. Se prometió aguantar un día más y cerró los ojos, pero la noche se le hizo interminablemente larga.

 

***

 

El Conde Romagnolo estaba sentado en una mesa de juego, con las cartas en la mano. Estos días no le molestaba que donde sea que fuera, la gente le halagaba.

Gracias a que la niña bastarda había montado un escándalo, la familia Romagnolo había ganado notoriedad.

—Conde Romagnolo, ¿qué le trae a un lugar tan humilde?

Parecía que habían vuelto los días de gloria del pasado. El Conde, con la barbilla en alto, disfrutaba del momento mientras se burlaba de todos.

«Tontos. Esa chica es mi hija bastarda».

Cuando el alcohol hizo efecto, fue difícil resistir el impulso de soltar ese secreto que no podía compartir con nadie.

—Conde, ¿quiere subir la apuesta?

El crupier se dirigió a él.

Sin siquiera comprobar cuánto dinero tenía, el Conde Romagnolo asintió sin vacilar.

—¿Quién soy yo para negarme?

Se rió a carcajadas y empezó a subir las apuestas. En esta habitación llena de humo, vibrando con los espesos vapores del tabaco, no necesitaba preocuparse por la plaga, la sirvienta fugitiva o su detestable esposa e hijos.

Entonces, pensando en el tonto Duque de Morciani, sonrió satisfecho.

«Los hombres tienden a arruinar su familia persiguiendo mujeres».

El Conde se acarició la barbilla, miró sus cartas y se retiró.

Pensó que esta vez podría ganar, pero parece que no. Sin embargo, no le importó y se quedó en la mesa.

Alguien se acercó y le informó de que se había quedado sin el dinero que había traído. El Conde Romagnolo decidió pedir dinero prestado a la casa de juego en el acto. El propio apellido era su crédito, así que no vio ningún problema.

No se dio cuenta de que el dinero que había despilfarrado en un solo día era más de lo que los plebeyos podían ganar en un año.

La Condesa Romagnolo estaba cada día más delgada. El hachís, una droga con propiedades adictivas, actuaba como analgésico en pequeñas dosis pero causaba graves problemas cuando se abusaba de él.

—Conde, ¿está usted aquí? ¿Qué aspecto tengo hoy?

La Condesa estaba sola frente a un espejo, despeinada y con un extraño vestido. Se revolvió un mechón de su melena pelirroja, con expresión tímida.

—¡Ay dios mío!¡Qué vergüenza!

Cubriéndose la boca con una mano y sonriendo suavemente, parecía increíblemente feliz. La Condesa, colocada de hachís, estaba alucinando.

En su mundo nebuloso, seguía siendo una belleza adolescente, y el Conde, tan apuesto como siempre, le confesaba apasionadamente su amor.

Al alejarse del espejo, vio las figuras de unos jóvenes hermanos sobre una colorida y hermosa alfombra. Meirin y Abio, con sus preciosos cabellos rojos parecidos a los suyos, sonreían alegremente y la llamaban “mamá”.

La Condesa tendió la mano hacia los niños. Abrumada por sus adorables rostros, sintió que se le saltaban las lágrimas y giró sobre sí misma.

De repente, un salón de baile se desplegó ante ella.

—Gracias por invitarme.

Estos días, pasaba muy poco tiempo en su sano juicio. Era la estación en la que las flores rojas que cubrían el muro exterior del castillo del Conde se estaban marchitando.

 

***

 

Aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, la larga mesa de comedor del castillo Morciani estaba iluminada. Nuritas, recién llegada y aseada, miró al Duque a la cara como si lo viera por primera vez.

«El día que nos conocimos, brillabas tanto como ahora».

Hubo un momento en que su corazón se había acelerado, temiendo que se descubriera su falsa identidad de noble, y había tragado agua como si fuera arena. Incluso entonces, había mirado secretamente sus ojos oscuros antes de bajar la cabeza.

Tal vez fue entonces cuando le entregó su corazón por primera vez.

Mientras pensaba esto, una suave sonrisa se dibujó en el rostro de Nuritas. Lucious, sentado frente a ella, parecía más alegre con sólo mirarla.

—Por fin has vuelto.

—Sí.

Los dos intercambiaron breves pero significativas palabras, mirándose el uno al otro.

Aunque Lucious no había comido en todo el día, no parecía sentir hambre. Los problemas que habían estado pesando en su mente ahora parecían carecer de importancia.

Después de todo, ¿no era ella el centro de sus pensamientos?

—Querida.

—¿Sí?

La mano de Nuritas, que removía la sopa, tembló al responder con voz sorprendida.

—¿Es tan sorprendente que llame a mi esposa “querida”?

Ahí va otra vez.

Su voz, que mezclaba hábilmente el habla informal con la formal, era más grave de lo habitual, y el mero hecho de oírla hizo que las mejillas de Nuritas se sonrojaran. Sintió que no podía enfrentarse a él en ese momento y apenas consiguió responder.

—Estaba pensando en ese deseo…

Por un momento, Nuritas se quedó atónita, sin comprender del todo de qué estaba hablando. Sólo cuando levantó la vista y vio la curva juguetona de sus labios, recordó su conversación anterior.

—Ah…

Se preguntó qué podría querer de ella el Duque, que parecía tenerlo todo, y suspiró en silencio.

Nuritas no tenía talento para el bordado o la pintura que la mayoría de las mujeres de la nobleza disfrutaban. Si su deseo era que bordara diez águilas, lo haría, pero no era algo que le ilusionara.

Sentía los labios secos por la tensión y apenas conseguía tragar saliva.

Pero las palabras que finalmente brotaron de los labios de Lucious fueron totalmente inesperadas.

—Te lo diré más tarde.

Nuritas parecía desconcertada, como si sus palabras le hubieran quitado el ánimo. Entonces Lucious respondió con una sonrisa tan encantadora que haría desmayarse a cualquier mujer.

Por primera vez en mucho tiempo, el castillo Morciani se llenó de la animada energía de la gente que vivía entre sus muros.



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY 
CORRECCIÓN: ANN


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