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Capítulo 57. La mariposa que atrapas se rompe.

Cuando la atmósfera etérea bajo la tienda del rey se asentó, comenzó a oírse un alboroto. Apareció el duque de Morciani, aún con su armadura, acompañado por la voz feroz de un hombre que parecía discutir con los soldados que intentaban detenerlo.

Ludwig no pestañeó ante la repentina aparición del duque, sino que esbozó una sonrisa malévola y empezó a hablar como si estuviera actuando.   

—Oh, no me había dado cuenta de que fueras un servidor tan leal. ¿Viniste a saludarme en cuanto terminaste tu combate?

Lucious pareció respirar más tranquilo al encontrarse con los ojos serenos de Nuritas, tal vez porque su mente había estado en este lugar todo el camino hasta aquí.

Luego, recuperando la compostura, respondió a la sarcástica pregunta del Rey con una tardía cortesía.

—Todo es gracias a Su Alteza Xavier.

—Hmm. ¿Necesitas la virtud de la familia real para derrotar a un oponente que caería por sí mismo si soplara el viento?

Pero las palabras del Rey eran inaudibles para Lucious, que ya estaba observando a Nuritas sin que nadie se diera cuenta. Ahora mismo, Lucious sólo tenía un deseo: estar con su esposa en su propio espacio, lejos de todos los demás.

—Entonces nos retiraremos para que su Majestad pueda descansar.

Con sumo cuidado, Lucious comunicó al Rey sus intenciones. Ludwig se reclinó en su silla como decepcionado, luego se volvió hacia Nuritas y habló.

—Señora Morciani, hoy lo pasé muy bien.

Nuritas no podía entender que le había divertido cuando lo único que hizo con el Rey fue  saludar, por lo que simplemente bajó la cabeza como si se disculpase.

Ludwig, que había estado observando la situación, permitió que el Duque y su esposa se marcharan, como si fuese un acto de buena fe. Sólo entonces Lucious inclinó su cabeza sudorosa hacia un lado y le tendió la mano. Nuritas se inclinó formalmente ante el Rey y tomó la mano de Lucious.

Muy despacio, abandonaron la tienda del rey y se abrieron paso entre la multitud, que había perdido el sentido por la emoción.

Cuando ella se marchó, como en un sueño de mediodía, Ludwig inclinó la cabeza, ligeramente marchita, y dejó que su pelo turquesa se desparramara por delante de él. Su cabeza se llenó de una inexplicable sensación de pérdida.

«¿Por qué me siento así?».

Extendió la mano y agarró un puñado de su cabello suelto, la espalda de la figura de la mujer de cabellos plateados aún asomaba ante sus ojos cuando se fue, apoyándose en la mano de Lucious.

El tirón en el cuero cabelludo le causó cierto dolor, pero Ludwig no aflojó el agarre; no sabía cómo capturar a una mariposa en vuelo.

«Sólo hay que agarrarla y apretar fuerte hasta romperla».

La cara de Ludwig tenia una sonrisa seductora mientras tiraba de todo el pelo que tenía agarrado. Está claro que, de todos modos, no es un sentimiento que vaya a durar mucho.

***

Lucious salió de la tienda del rey y llevó a Nuritas de la mano de vuelta a su tienda. Por el camino, no fue consciente de los murmullos de la gente que les rodeaba, ni de cómo le miraban.

Cuando entraron en su tienda, se soltaron las manos entrelazadas, como si hubiera cesado el encantamiento, y se separaron como si estuvieran dentro o fuera el uno del otro; y con las manos libres, ambos se sintieron al mismo tiempo vacíos, pero ninguno de los dos lo ocultó. Nuritas se dio cuenta entonces de que ni siquiera había saludado al Duque, que acababa de terminar su combate.

—¿Estás ileso?

—Por supuesto.

—¿Y el hombre que se cayó del caballo está bien?

Lucious se volvió hacia ella, recuperando el aliento, sorprendido por la inesperada pregunta. Nadie fuera de la familia o los colegas preguntaba nunca por el bienestar del perdedor.

Cuanto más la conocía, más se enamoraba de ella.

Lucious estaba agradecido por los sentimientos que sentía por ella, sentimientos que al principio había descartado como curiosidad. Si no fuera por eso, nunca habría tenido la oportunidad de verla tal como era.

También le llenaba el corazón de orgullo que una mujer así fuera a ser su esposa, tanto que lo gritaría a los cuatro vientos.

—Es un gran honor para mí haber llegado a gustarte.

Otra confesión repentina. Nuritas se sonrojó de vergüenza al ver los ojos del duque tan serios al hablar del torneo. Las confesiones del duque habían estado tensando su corazón por momentos.

Pero Nuritas se dio cuenta de que su corazón no era lo más importante en ese momento. Dio un paso adelante y llevó una mano temblorosa al cabello despeinado de Lucious.

Fue Lucious quien se quedó sorprendido, su armadura crujió y se estremeció levemente.

—Gracias por su arduo trabajo.

Nuritas alzó las garras de urraca frente a él y le apartó el pelo mojado que le cubría la frente. Los ojos cerrados del duque parecían temblar ligeramente mientras permanecía allí, con el rostro inmóvil contra él de ella.

Lucious permaneció inmóvil, incapaz de creer que ella le hubiera tocado el pelo.

Mientras Nuritas pasaba los dedos por el pelo del duque, sus ojos se posaron primero en su frente y luego descendieron un poco, deteniéndose en la afilada mandíbula y los finos labios. De repente, sintió que sus mejillas se calentaban hasta el punto de arder.

—Deberías cambiarte de ropa rápidamente.

Nuritas se apresuró a salir de la tienda, cubriéndose la cara con las manos. Sentía que su corazón latía tan deprisa que parecía ahogar el rugido en Heathfield.

Mientras tomaba un poco de aire para refrescar sus acaloradas mejillas, unas diminutas semillas de flor revoloteaban y volaban entre las tiendas.

«Espero que mis deseos y esas semillas de flores puedan brotar».

Vio cómo las semillas desaparecían en la distancia y pidió un deseo a solas.

***

El rostro de Abio se puso blanco mientras avanzaba, observando el cambiante paisaje. El carruaje se detuvo, pero no pensó en bajarse durante mucho tiempo.

Los dominios Romagnolo al que acababa de abandonar le parecían muy lejanos.

Incluso desde el interior del carruaje, podía ver que todo era tan diferente en esta zona. La tristeza del páramo gris estaba por todas partes.

Cuando el cochero abrió la puerta del carruaje, pareció congelarse por un momento mientras el viento del norte azotaba sus delicadas mejillas. Los campos estaban áridos y sin vida, y los árboles secos golpeaban sus ramas unas contra otras.

Y por encima de los árboles, unos cuervos negros graznaban ruidosamente. Abio hizo todo lo posible por ignorar los ominosos sonidos en sus oídos.

De repente, otra ráfaga de viento frío le recorrió el cuerpo, desgarrando su ropa cuidadosamente confeccionada. Era la tela más fina, pero no era rival para el clima del lugar. Sus débiles extremidades ya parecían estar perdiendo sensibilidad.

—Dijeron que la temperatura no supera los 10 grados ni siquiera en verano.

Recordó tardíamente algo que escuchó durante una clase de geografía.

Cuando dio un paso adelante, ajustándose el cuello para protegerse del frío, de repente le invadió un aire de tristeza. Por un momento se le vino a la mente la cara en llanto de su madre. Se sentía un poco culpable por haberle dado la espalda ahora que se separaban.

Sabía que para ella era mucho más que un hijo precioso. El Conde siempre le había tratado como si tuviera tierra entre las uñas, pero ella siempre le había tratado como a un heredero.

{—No estoy hecho para soportar este tipo de castigo. Soy el heredero del conde}.

Cuando el Conde le comunicó que iba a convertirse en chambelán del marqués, Abio pasó todas las noches al lado de su madre, llorando y suplicándole.

Para Abio, que era débil contra el frío y no sabía llevarse bien con hombres rudos, vivir en una frontera fría y dura era inimaginable. No, no podía imaginarse sin los cuidados de su madre.

{—Mamá, no quiero ir, sabes muy bien que allí no podré sobrevivir, ¿si? }.

Se aferró al dobladillo de la falda de su madre. Más bien, rogó para que lo enviaran a otro lugar, como a Meirin. Pero esta vez, ni siquiera la Condesa pudo proteger a su precioso hijo. Al final, Abio acabó enfadándose con su madre.

La miseria de su situación en aquel lugar desolado era insoportable, y temía que su lujosa vida se hiciera añicos.

Un puñado de tierra voló sobre sus lustrados zapatos. Con un gesto de irritación, se lo quitó de encima.

En ese momento, la puerta del carruaje que lo transportaba pareció cerrarse y se empezó a escuchar el sonido de su partida. Miró hacia atrás y vio aterrado cómo su figura desaparecía entre el polvo que levantaba al alejarse.

El Conde se negó a dar a su hijo, que viajaba lejos, un criado que le atendiera. Su razonamiento era que era indigno de un hombre que iba a convertirse en chambelán de un marqués.

«Debe ser mentira».

Abio se dio la vuelta, desistiendo de ver desaparecer el carruaje del conde.

El castillo del marqués se alzaba al borde del páramo. Estaba en ruinas, desmoronándose en algunos lugares, y mal iluminado, lo que le daba un aspecto grotesco.

Al oír el ruido del carruaje, un sirviente con aspecto de forastero salió tambaleante y levantó su maleta de equipaje. Abio volvió a frotarse los ojos, esperando ver salir a todos los sirvientes y criadas para dar la bienvenida al heredero del conde.

Pero sólo un criado se puso a su lado con la maleta.

—Por aquí, por favor.

Abio pareció resignarse a todo y comenzó a seguir al sirviente, con los hombros temblando de frío una vez más. Tres años, le dijeron, y si apretaba los dientes y aguantaba, algún día todo lo que poseía el Conde sería suyo. Abio se armó de valor para pensar sólo en eso por el momento.

Las grandes puertas del castillo del marqués se abrieron con un extraño sonido. Lo que se presentó ante sus ojos no fueron paredes adornadas con hermosas pinturas y flores, o suelos cubiertos de telas exquisitamente tejidas importadas del imperio Passa.

Las paredes del marqués de Spinone estaban agrietadas por todas partes, y el nivel inferior estaba lleno de cabras pastando sobre fardos de heno y otros animales descansando. El hedor del heno y de los excrementos de los animales, obviamente todo junto, le picó en la nariz.

—Ugh.

Abio sintió tanto asco que sacó rápidamente un pañuelo y se tapó la nariz y la boca. Se olvidó de su dignidad y miró a su alrededor con asco.

¿De verdad este era el lugar del marqués?

—Por aquí, por favor.

Dejó la maleta en el suelo y el sirviente le indicó el camino por unas escaleras que parecían totalmente descuidadas. Abio le siguió, agarrándose cautelosamente a la barandilla con las manos enguantadas, temeroso de mancharse las manos con la sustancia blanca y grasienta.

Mirando desde arriba, la situación era aún peor. En un rincón en el que no se había fijado antes, un grupo de hombres harapientos dormían en el suelo, abrazados a botellas de alcohol.

—Esos desgraciados no son mejores que los animales. Tsk.

Al oír su contundente voz, una bandada de palomas se abalanzó sobre él y se esfumaron. Abio casi se desmaya al ver a los animales y a las aves a merced del marqués.

Cuando llegaron a una habitación del segundo piso, el sirviente le informó de que el Marqués estaba allí, y luego se alejó cojeando.

«Qué desgraciado. Voy a tener que darle una paliza en la pierna que le queda».

Estaba disgustado con el maleducado sirviente que no le llevó la capa, ni se la arregló, ni le abrió la puerta. Abio abrió él mismo la oscurecida puerta, con el rostro pálido e irritado.

Aún no había anochecido, pero la noche parecía haber caído ya en el interior del despacho del marqués. Débil como estaba, vaciló en la entrada, sin atreverse a poner un pie en semejante ambiente. Estaba tan oscuro que no podía distinguir dónde se encontraba el Marqués. Abio sintió ganas de llorar por la angustia de lo desconocido.



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY 
CORRECCIÓN: ANN


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