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Capítulo 56

«Parece que, de alguna manera, tenía un complejo de inferioridad reflejado en mi rostro» pensé, sacudiendo la cabeza.  

Entonces, comprendí la situación del Ducado con una actitud mucho más generosa que antes. 

«El espacio es amplio, pero el número de empleados y sus salarios están fijados.»  

No sentí ni un ápice de intención de reprochar al mayordomo ni a la jefa de las doncellas por haber dejado este lugar en ese estado.  

Además, al recordar cómo el mayordomo casi se echaba a llorar cuando le dije que pagaría todas las deudas, quedaba claro cuánto había sufrido hasta ahora.  

«Pero, ¿por qué no llegan aún?»  

Cuando vi al mayordomo corriendo hace un rato, parecía una bala a pesar de su edad. ¿Será que no le dieron permiso?  

Si ese era el caso, seguramente sería culpa de ese secretario que lo sigue a todas partes.  

«Ese tipo no me agradó desde el primer momento en que lo vi.»  

Siempre que tenía oportunidad, me miraba con ojos abiertos como platos, exclamando “¡Hiiiik!”, como si estuviera vigilándome para evitar que hiciera algo malvado.  

Dada la infame reputación de Evgenia, era normal que mucha gente me temiera. Pero, quizás por estar siempre al lado de Euclides o por su exagerada reacción, aquel tipo lograba irritarme más de lo habitual.  

—Aunque, al final, todo saldrá como yo quiero.  

Mi decisión de vaciar todos mis recursos para pagar las deudas del Ducado de Rhudion no tenía ni una pizca de falsedad.  

Pensando en las tareas que debía realizar en este lugar, abrí de par en par la ventana para ventilar.  

En ese momento, sonó un golpe en la puerta.  

«¡Por fin llegaron! ¡Vengan a mí, tareas pendientes!»  

Seguramente, en mi vida anterior, mi existencia de reconocida adicta al trabajo debió haber terminado en una muerte por exceso de esfuerzo.  

No es que tuviera otros deseos aparte del trabajo, pero, en algún punto, la obsesión por la falta de dinero me llevó a trabajar aún más.  

Sin embargo, a diferencia de aquel entonces, cuando no encontraba satisfacción, ahora sentía un profundo propósito en cada cosa que hacía, sabiendo que todo era por mi persona favorita.  

—Adelante.  

Supuse que sería el mayordomo, pero al girarme, vi algo inesperado.  

Más allá de la puerta que se abría con cautela, estaban no solo el mayordomo que esperaba, sino también la jefa de las doncellas, y…  

«¿¡El Duque!?»  

Euclides estaba allí.  

—Señora.  

Mientras avanzaba hacia mí, Euclides se detuvo, un segundo tarde, al observar el interior de la habitación.  

El mayordomo, visiblemente nervioso, no pudo ocultar su incomodidad.  

—¡Dios mío! ¡Está peor de lo que pensaba! Realmente lo siento, señora. Si hubiera sabido que esto ocurriría, habría ordenado limpiar antes de traerla aquí.  

—De inmediato dejaremos todo impecable, solo le pido un poco de paciencia, señora.  

La jefa de las doncellas, igual de apresurada, llamó a las criadas mientras, sin perder tiempo, remangaba sus brazos y empezaba a ordenar, apartando las cortinas.  

Aquí, realmente todos trabajaban arduamente sin importar su rango.  

Mi motivación laboral, que ya estaba en ascenso, no tardó en llegar a su punto máximo.  

Claro, el mejor incentivo estaba justo a mi lado.  

—Dado que falta personal, no podemos limpiar todo el Ducado a diario —explicó Euclides, visiblemente sonrojado.  

—Como esta oficina no se usaba, casi nadie pasaba por aquí.  

—Eso era de esperarse, dado que no había una Duquesa.  

—Aun así, durante las limpiezas generales que hacemos cada trimestre, este lugar no queda fuera.  

—Sí, es una medida práctica y realista.  

—…Gracias por comprenderlo.  

El rostro de Euclides, ahora completamente ruborizado, era increíblemente adorable.  

Conteniendo la risa, respondí—. De todas formas, sería bueno limpiar con más frecuencia para evitar que la casa se deteriore. Ahora que las deudas estarán saldadas, ya no habrá problemas.  

Al escuchar mis palabras, tanto Euclides como el mayordomo, la jefa de las doncellas y, al observar mejor, hasta el secretario que se escondía tras la puerta, dejando asomar solo sus ojos, quedaron completamente paralizados.  

«¿Y ese tipo por qué actúa así?»  

Por mucho que lo pensara, no parecía más competente que Anne. Tal vez, debido a la falta de personal, Euclides se había visto obligado a contratarlo como secretario. Me dio algo de lástima.  

—¡Sniff!  

Mientras tanto, el mayordomo, conmovido nuevamente por mis palabras, se tapó la boca con fuerza. La jefa de las doncellas, con telarañas aún en el cabello, también secaba sus lágrimas con un pañuelo.  

Por sus reacciones, no pude evitar elevar mis expectativas mientras miraba a Euclides.  

—Precisamente venía para hablar de eso. El mayordomo me dijo que planeaba pagar nuestras deudas con su dote. ¿Es cierto?  

—Sí, así es —asentí con cuidado, controlando mi expresión para no parecer arrogante ni presumida.  

Aunque, en realidad, estaba encantada de verlo de improviso, fingí indiferencia al responder —Podría haberme enviado los libros de cuentas y el inventario a través del mayordomo. No hacía falta venir en persona…  

—Por favor, reconsidere eso.  

—¿Perdón?  

Por un instante, pensé que había escuchado mal. Pero al ver las caras de asombro del mayordomo y de la jefa de las doncellas, me di cuenta de que no era mi imaginación.  

—¿Por qué? —Aunque no tenía intención de ser cruel con mi persona favorita, mi tono salió más cortante de lo esperado.  

—Es que…  

—¿Es por mi mala reputación? El dinero no tiene nada que ver con rumores o reputación.  

—No es eso…  

—Entonces, ¿qué es?  

—Es que no quiero ser una carga para usted.  

—¿No cree que está siendo una carga para otros, no para mí?  

Euclides apretó los labios, incapaz de refutar mi comentario.  

Fue entonces cuando me di cuenta de que lo había presionado demasiado. Justo cuando suspiraba para calmar mis emociones, él habló de nuevo —Entonces, que sea como un préstamo. Le devolveré el dinero mensualmente a partir de ahora.  

—¿Qué?  

¿Este hombre estaba hablando en serio?  

—¿Me está sugiriendo que le cobre intereses? —Pregunté con sarcasmo, incrédula por completo.  

Esperaba que reaccionara nervioso, mordiendo sus labios como antes, pero, en cambio…  

—¿Por qué no?  —Euclides respondió con sorprendente firmeza—. Incluso entre esposos, las relaciones monetarias deben ser claras…  

—No me gusta —por supuesto, rechacé rotundamente, respondiendo con un tono insólitamente terco—. No me diga que está pensando en divorciarse de mí y teme que usar mi dote cause problemas después.  

Los ojos de Euclides se agrandaron ligeramente, el desconcierto evidente en su rostro.  

—Eso jamás ocurriría.  

Al escuchar su respuesta, también lo pensé como algo obvio.  

¿En qué momento me divorciaría, si no tengo intención de comportarme como la Evgenia de la historia original, persiguiendo al Príncipe Heredero de forma imprudente?  

—De todos modos, mi apellido ya no es Vasilian, sino Rhudion, y como tal, no puedo tolerar que la familia esté endeudada bajo ese nombre. Mucho menos quiero vivir pagando intereses absurdos.  

—Pero…  

—Soy firme en mi decisión. Si sigue negándose, será como si no me respetara como su esposa. ¿No juró respetarme hasta el final de nuestros días?  

—…Así lo hice.  

Al mencionar incluso su promesa de matrimonio, Euclides terminó rindiéndose, inclinando la cabeza con un semblante derrotado.  

«Con esto, mi batalla termina en victoria…»  

Pero, espera.  

Fue entonces cuando caí en cuenta de que, desde nuestra primera noche como recién casados, no solo habíamos tenido un desacuerdo, sino que este había ocurrido frente a las personas más cercanas a Euclides: el mayordomo, la jefa de las doncellas, y el secretario.  

Había alimentado expectativas solo para sentirme decepcionada, y luego, impulsada por el resentimiento, había perdido los estribos y cometido un error.  

Recriminándome internamente, intenté actuar como si nada hubiera pasado mientras hablaba con naturalidad —Pensándolo bien, el polvo es terrible para la salud. No deberíamos estar aquí. Salgamos hasta que terminen de limpiar.  

El mayordomo y la jefa de las doncellas no tardaron en secundar con entusiasmo.  

—¡Es cierto! Será mejor que se retire de inmediato.  

—Sí, una vez terminemos, iremos a buscarla para que regrese. Mientras tanto, por favor descanse tranquilamente.  

Sorprendentemente, ambos me miraban con ojos llenos de simpatía, a pesar de haberme visto derrotar al mismísimo Duque en esta discusión.  

Entendiendo sus sentimientos, me sentí ligeramente avergonzada. Con los hombros un poco pesados, decidí salir del despacho rápidamente.  

¡PLOP!  

Justo cuando pasaba por la puerta, el secretario de Euclides, quien había estado escondido todo este tiempo escuchando la conversación, de repente cayó de rodillas frente a mí.  

¿Y ahora qué le pasa a este tipo?  



RAW HUNTER: ANNA FA/ MOKA/ SUUNY
TRADUCCIÓN: MOKA / ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN


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