Capítulo 106
Ahora se siente como si hubiese ocurrido hace una eternidad, pero lo recuerda vívidamente.
Una casa destartalada construida con tablones que parecían a punto de colapsar.
Basura y desechos esparcidos por todas partes.
Un hedor insoportable que apenas se podía soportar con la mente clara.
Ese era el paisaje del barrio pobre donde nació Demian.
Allí vivían personas marcadas por la pobreza y el sufrimiento.
Demian también pasaba los días mirando al vacío, como un pez muerto.
Sin esperanza ni futuro, en ese lugar apareció esa persona.
Vestida con una túnica negra y el rostro completamente cubierto, repartía comida, ropa, mantas y otras cosas… Una persona que, al final, se convirtió en la salvación de los niños del barrio pobre.
Cuando Demian descubrió que tenía poder divino y fue admitido en el templo, prometió a esa persona que algún día le pagaría su bondad.
Y la respuesta que recibió ese día nunca la olvidó.
Porque fue la primera y última conversación que tuvieron.
Unos años después, Demian vio por casualidad a alguien en esta sala de oración llevando una túnica negra con el mismo emblema que la de esa persona.
Demian era observador. Recordaba sin error la forma de caminar, los ángulos con los que movía la cabeza, los gestos, e incluso los rasgos del sirviente que esa persona había traído consigo.
Aunque su complexión había cambiado, estaba seguro de que se trataba de la misma persona.
Estaba realmente feliz.
Desde que entró al templo y supo que esa persona ya no iba más al barrio pobre, había asumido que jamás volvería a verla.
Con una mezcla de emoción, expectación y gratitud, Demian se plantó frente a la sala de oración, pero pronto se detuvo al escuchar un llanto desgarrador proveniente del interior.
Esa persona, que había llenado los estómagos de los pobres con abundantes riquezas sin un ápice de arrogancia, pero también sin palabras cálidas… Una persona que parecía a la vez compasiva y distante.
Quizás por eso, nunca imaginó que, por muy ferviente que fuese, alguien así clamaría entre sollozos en el templo.
A diferencia de su apariencia angelical y sagrada, Demian, que creció en un barrio pobre, tenía un corazón endurecido y seco.
Solo estaba desesperado en su esfuerzo por seguir la voluntad de Dios, quien le dio el poder divino y le permitió vivir una nueva vida.
Se levantaba al alba y, hasta altas horas de la noche, leía las escrituras, rezaba, servía y hacía todo lo posible por tratar con bondad a todos.
Pero la verdad era que pocas veces su corazón había ardido con verdadera pasión.
Y entonces, encontró una herida inesperada en alguien que creía tan distante como él.
Tan sorprendido estaba que su corazón latió con fuerza.
Era como si su pecho se estuviera desgarrando en pedazos.
Demian no tuvo el valor de hacerse notar y se limitó a observar desde lejos cómo esa persona abandonaba silenciosamente la sala de oración.
Aquellos sollozos, de una manera extraña, quedaron profundamente grabados en su mente.
A la hora de comer, mientras rezaba, incluso cuando cerraba los ojos para dormir, el recuerdo volvía a él.
Deseando volver a ver a esa persona, Demian rondaba todos los días cerca de la sala de oración.
Entonces, en el último día del mes, cuando se dice que la diosa escucha las oraciones, esa persona apareció de nuevo.
Entró una vez más a la sala de oración y, entre desgarradores lamentos, elevó una plegaria que parecía capaz de destrozar el corazón de quien la escuchara.
No quería que esa imagen, mostrando emociones tan crudas y vulnerables, llegara a oídos de los demás.
Quizá pensaba que no sería justo para alguien que le había brindado tanto.
Por eso, no dijo nada ni siquiera a Antonio.
Él mismo descartó la idea de dirigirse a esa persona.
Cuando era un acólito, se ofrecía como voluntario para encargarse de la sala de oración.
Y cuando se convirtió en sumo sacerdote, se aseguró de que nadie interrumpiera las visitas de esa persona.
Sabía que era una intromisión innecesaria, pero temía que pudiera desmayarse rezando…
Como un humilde gesto de agradecimiento por aquel pan y leche que había recibido, a veces dejaba té y sencillos dulces hechos en el templo dentro de la sala de oración.
Aunque esa persona jamás los tocó.
Así pasaron varios años, hasta que un día, sin previo aviso, dejó de venir.
—¿Acaso… fue hoy? No, ¿quizá incluso antes? —Demian murmuró en medio de la confusión.
Había pasado un tiempo larguísimo en un lugar que era como un infierno, y ahora había regresado.
Por eso, los recuerdos del presente se le antojaban lejanos.
Honestamente, ni siquiera podía distinguir si este momento era un sueño o la realidad.
Finalmente, había reunido el valor para hablarle por primera vez.
—Justo ahora…
Con el rostro tenso, Demian apretó el puño con fuerza.
En el pasado, le resultó difícil aceptar que esa persona ya no visitaba el templo.
Hubo momentos en los que pensó, decepcionado, que quizá fue culpa de sus propias oraciones.
Rogaba todos los días para que esa persona dejara de llorar, para que la diosa escuchara sus plegarias.
Jamás se imaginó que, al lograrlo, esa persona dejaría de venir al templo.
Pero ahora lo que lo angustiaba era no haber podido transmitirle un mensaje que consideraba vital.
Cuando Demian, con una actitud inusualmente nerviosa, mordía sus labios con inquietud, Antonio, que lo observaba, abrió los ojos con sorpresa.
Al principio, entre una mezcla de curiosidad y broma, le preguntó a quién había ido a ver.
Sin embargo…
—Su Eminencia, ¿acaso ha recibido una revelación divina?
Era Demian, después de todo.
No tenía sentido que mostrara tal ansiedad si no se trataba de algo relacionado con la voluntad de Dios.
Como era de esperar, esas palabras hicieron que Demian se detuviera, mirando a Antonio con ojos temblorosos.
—¿Una revelación…?
Sí, tal vez fuera eso.
Aunque había venido a este lugar por su propia voluntad para advertirle, el hecho de estar en este momento y lugar debía ser, sin duda, la voluntad de Dios.
Por supuesto, Demian sabía que sus pensamientos eran algo forzados.
Aun así, en lugar de corregir el malentendido de Antonio, decidió preguntar:
—Antonio, ¿por qué me buscabas?
El evidente intento de desviar la conversación con esa pregunta solo reforzó la convicción de Antonio: Demian debía haber recibido una revelación divina.
Después de todo, divulgarla o no dependía únicamente de la voluntad de Dios, y solo quien recibía la revelación tenía el derecho de transmitirla.
Con la compostura propia de un sacerdote de alto rango, Antonio reprimió el latir acelerado de su corazón y respondió fingiendo indiferencia:
—Vine a hablarle de algo. Cómo sabe, cada año, por estas fechas… Bueno, en realidad ya es un poco tarde, ¿no? Me refiero a la actividad de voluntariado que Su Eminencia organiza personalmente.
Demian siempre se había entregado de corazón al servicio y la caridad, pero debido a la abrumadora carga de trabajo en el templo, normalmente solo podía hacerlo dentro de las instalaciones del santuario.
Sin embargo, una vez al año, Demian salía a realizar labores de voluntariado en otro templo.
Su popularidad, como el sumo sacerdote más joven de la historia, era inimaginable: multitudes deseaban rozar siquiera su túnica o, al menos, verlo desde lejos.
Incluso en un día como hoy, había personas rondando el templo, con la esperanza de encontrarlo. Por tanto, no era de extrañar que las filas de seguidores que acompañaban su procesión durante los viajes de voluntariado fueran innumerables.
—Este año hay muchas personas preguntando a qué templo irá Su Eminencia. Les he dicho que el itinerario aún no se ha confirmado, pero insisten en saberlo cuanto antes… Su Eminencia, ¿está bien?
Antonio, que se quejaba con expresión cansada por la presión de los fieles, quedó sorprendido al ver el rostro rígido y sombrío de Demian.
—Tiene mala cara. ¿Qué ocurre?
—No es nada…
Demian negó con un gesto, mostrando las palmas de las manos, pero su voz también sonaba pesada.
Giró la cabeza, evitando la mirada de Antonio, mientras se mordía los labios.
Había recordado de repente por qué había postergado este año su actividad de voluntariado.
{—… Me gustas mucho…}
Una voz que era más de niña que de mujer.
Un rostro puro, en el que se reflejaba una emoción ardiente, incapaz de ocultar el impulso de un corazón que se desbordaba sin querer, para luego llenarse de confusión al darse cuenta de su error.
En su “vida anterior“, durante una actividad de voluntariado, Demian había recibido esta confesión. Su reacción fue de decepción y rabia, endureciendo su expresión como una roca mientras respondía:
{—Señorita Melissa… no, más bien, dama Vasilian. ¿Pretende insultarme? Ser de noble cuna no le da derecho a burlarse de un sacerdote de esta manera.}
{—Yo… no era mi intención…
{—No quiero escuchar más. Fingiré que esto no ha ocurrido. Por favor, regrese ahora mismo.}

RAW HUNTER: ANNA FA/ MOKA/ SUUNY
TRADUCCIÓN: MOKA / ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN