Capítulo 47. Devuelta a la capital 2
Mientras enterraba el rostro en el cuello de Miau abrazándolo fuerte, Weitz se acercó vistiendo diferente a lo que lo había visto antes, una camisa ligera y una armadura, inclinó la cabeza con curiosidad.
—¿Por qué tan abatida de repente?
—¿Eh? No, es que…
Me levanté, desde mi llegada Weitz había usado magia de limpieza en mí, haciendo innecesarios los baños. «No podré adaptarme a no tener esto cuando vuelva», pensé, ya adicta a la conveniencia.
Calcé mis zapatos y dejé a Miau con cuidado sobre la cama.
—¿Nuestro Miau cuidará la casa? ¿Nuestro Miau es bueno?.
—Miau, miau.
Sonreí y besé su frente al verlo.
—Vaya con eso.
Al tomar la mano de Weitz salimos del castillo, él me tiró de la muñeca,
—¿Crees que por portarse bien ahora es realmente un gato?.
Yo sabía mejor que nadie que no era un gato común, y que había renunciado para serlo, el recuerdo de la tristeza del día anterior hizo que mi voz sonara agitada.
—No te entrometas en mis asuntos.
—Lilianne, ¿por qué pones una barrera entre nosotros?.
Por un momento, me faltó el aire, caí en cuenta como yo había pensado que él era distante, él también lo sentía así.
Nerviosa, apreté los labios. «Te quiero, me he dado cuenta y no sé qué hacer».
Lo miré fijamente, su cabello rebelde, cejas espesas y sus místicos ojos dorados. Sabía que bajo esa apariencia de felino, había una persona más amable que cualquiera pero también sabía que éramos piezas de un rompecabezas que no encajaban.
Bajé ligeramente la cabeza con una sonrisa amarga, mis verdaderos sentimientos tenían que ser tragados hacia el fondo.
—Tienes razón, creo que al pensar que pronto me iré me pone impaciente.
—Lilianne.
Weitz me agarró del brazo, pidiendo que lo mirara, sin embargo yo con una débil sonrisa aparté la vista.
—Lo siento.
No sabía exactamente por qué me disculpaba, nos quedamos en silencio hasta que Dawa, que esperaba fuera, sonrió al ver a Weitz.
—¡Oh! ¿Hoy nos acompaña el señor Weitz?.
Él se pasó una mano por el cabello y respondió con sequedad.
—Al oír que iban lejos, me dieron ganas de ir.
—Je, je. Claro, preocupado como está, lo entiendo, a uno siempre le preocupa su mujer aunque esté comiendo o durmiendo.
—Tonterías.
La tensión previa entre Weitz y yo hizo que el comentario de Dawa fuera aún más incómodo, mientras ellos hablaban de los planes, Kanzel se acercó sigilosamente.
—¿Descansaste bien? No tienes buen aspecto.
—Creo que fue por desvelarme jugando con Miau.
—¿Miau? ¿Ese Wyvern?.
—Sí, hablamos mucho y acordamos mantenernos juntos.
—¿Cómo?.
Kanzel puso una cara de encontrar absurda la idea de negociar con un wyvern, me encogí de hombros.
—Lo llevaré a la capital.
El rostro de Kanzel osciló entre pálido y rojo, parecía tener mucho que decir pero al final tragó saliva. En su lugar, lanzó una mirada feroz a Weitz.
Él cruzó los brazos y devolvió la mirada con disgusto, sus bíceps tensaban la camisa de forma intimidante.
—¿Por qué me miras así?.
Era una presencia que habría acobardado a cualquiera, pero Kanzel tras tratar con Weitz durante mucho tiempo parecía haberse acostumbrado.
—Crees que sabes todo.
—¿Qué dijiste?.
Temiendo una pelea, me interpuse rápidamente.
—Tenemos un largo viaje a la capital pronto, no podemos cansarnos. Mejor llevemos a cabo el plan de hoy y descansemos.
Mi intento de mediación fue demasiado obvio, ambos se daban miradas acaloradas, Weitz hizo un gesto con la barbilla hacia mí, y Kanzel se dio la vuelta con fastidio, solo Dawa se frotaba la barbilla sonriendo.
—Vaya, esto sí que es interesante.
—Dawa.
Incluso ante la mirada severa de Weitz, Dawa no dejó de reír parecía encontrar muy entretenido el forcejeo entre ambos por mi atención.
—Ah, pero yo solo traje tres caballos, pensando en acompañar a dos personas.
Dawa se rascó la cabeza con sus dedos gruesos, parecía considerar transformarse en lobo y correr junto a nosotros.
Antes de que pudiéramos opinar, Weitz me agarró firmemente del brazo.
—Montaremos juntos o ¿Ahora tampoco quieres estar cerca de mi?.
—No, para nada.
¿Cómo iba a disgustarme? Desde que me di cuenta de mis sentimientos, cada punto de contacto, cada proximidad se volvió intensamente consciente. Pero, precisamente por eso, también era incómodo.
«Es la última vez». Si pasado mañana parto, quizás nunca volveré a verlo.
—Está bien. Puedes montar conmigo.
—¡Espera, Lili!.
Al ver que Weitz y yo montaríamos juntos, Kanzel me llamó para intentar convencerme de lo contrario, le sonreí para tranquilizarlo.
—Tenemos cosas de las que hablar antes de separarnos. ¿Me lo permite, Su Alteza?.
—Pero Lili, yo…
Kanzel movió los labios, pero finalmente asintió lentamente.
—Tienes razón. Es lo último.
Aunque lo aceptó, su expresión no era feliz. Verlo herido hizo que mi corazón se retorciera de nuevo.
—Vamos.
Kanzel montó primero. Sin más demora, nosotros hicimos lo mismo.
Weitz subió primero y me ofreció su mano para sentarme frente a él. Mientras lo hacía, su voz sonó grave.
—Entonces, ¿ya tomaste una decisión?.
—¿Qué?.
¿A qué se refiere ahora?. Mi rostro se crispó. Weitz me subió con fuerza frente a él. Su pecho firme era como un muro a mi espalda, pero no me provocó mariposas. Su pregunta me irritó.
—¿Ya concluiste que ese príncipe es mejor que yo y por eso pones excusas?
Parecía pensar que mi distancia era solo un juego de comparación. Después de mi angustia, sus palabras me enfurecieron. Lo reprendí con voz fría.
—Si sigues hablando así, me tiraré del caballo.
Para demostrar que no bromeaba, me incliné hacia un lado, justo cuando mi cuerpo se inclinaba peligrosamente, Weitz me sujetó con fuerza por la cintura.
—Detente. Te harás daño.
—No finjas que te preocupas.
—Me preocupo de verdad.
Weitz cerró los ojos y exhaló un suspiro profundo. Luego, con un tono más suave, dijo: —Lo siento. Sigo soltando palabras odiosas.
Cuando me volví para replicar, me quedé sin palabras. Porque más que mi enojo, vi en el rostro de Weitz el dolor que su propia pregunta mezquina le había causado.
Él añadió, con torpeza, como disculpándose: —Yo tampoco lo sabía. Que podría sentirme tan inseguro.
—Está bien…
Me dio pena seguir enojada cuando él mismo parecía sentir disgusto por sus palabras. Apreté los labios.
Por otro lado Dawa y Kanzel que habían partido antes, miraban hacia atrás, extrañados por nuestra demora.
Weitz dio una suave palmada al caballo, que comenzó a caminar.
—Oye, Lilianne.
Mordía mi labio, confundida por emociones complejas, cuando Weitz, con la espalda recta y mirando al frente, preguntó en voz baja: —Si te dijera que no quiero separarme de ti… ¿habría alguna posibilidad en tu corazón?.
Mi corazón se oprimió de nuevo. Apreté los labios con fuerza. Mis dedos temblaban, pero junté las manos al frente para que él no lo notara. Es el mismo sentimiento que el mío. Lo supe de inmediato. Él también se siente atraído por mí pero aún así la despedida era inminente.
—Aún si saliéramos…
Había demasiados obstáculos para un simple romance.
—Para mantener el sello, tú debes quedarte en el Norte. Solo puedes venir a la capital por breves períodos al año, y aún así bajo la vigilancia de su Majestad.
—Es cierto.
Weitz asintió con voz dura. Continué, con la voz temblorosa: —Yo soy la Duquesa Johannes. Tengo muchas responsabilidades. Esta vez la Princesa Catherine cubrió mis deberes, pero no puedo prometer que podré venir al Norte así otra vez.
Weitz volvió a responder, seco: —Lo sé.
—Así que…
«No somos compatibles. Sería mejor buscar a otra persona. Nos encontramos por accidente, pero ahora es momento de trazar la línea».
Tenía muchas cosas que decir. Pero ninguna salió de mi boca. Porque mi corazón no estaba de acuerdo. Pero este último mes ha sido tan feliz, los recuerdos del tiempo compartido, sus gestos, todo pasó ante mis ojos, imposible de negar.
Mientras permanecía en silencio, con las manos temblando, la gran mano de Weitz se acercó lentamente y envolvió las mías con calidez.
—Yo también lo sé todo. Y aún así, quiero conocerte. Estoy tan perdido por ti que hasta siento envidia de ese gatito que está a tu lado.
Su voz se filtró en mis oídos, dulce y refrescante como un sorbete de melocotón. ¿Envidia? ¿Este hombre siente envidia?.
Tan pronto como confirmé sus sentimientos y él me correspondía, mi pecho se llenó de un dolor opresivo.
Weitz no me dio tiempo de recuperarme y añadió con sinceridad: —Un mes no es suficiente, Lilianne. ¿No podrías concederme un poco más de tiempo?.
Eran palabras de un cortejo sincero y afligido, que nunca pensé que encajarían con él.

TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: AKANAE
REVISIÓN: GIGI
RAWS: ACOSB