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Capítulo 46. Devuelta a la capital

—Es natural, supongo.        

Me senté en la cama y acaricié a Miau  que llevaba el grillete mágico, en  cuanto Weitz entró con una bandeja con el desayuno su rostro se crispó al instante.

—¿Qué es esto?.

Estaba a punto de agarrarlo por el pescuezo y tirarlo, pero yo esquivé abrazando a Miau contra mi pecho.

—¿Qué?

El rostro de Weitz se torció con severidad, levanté la barbilla y hablé con voz fría.

—A partir de ahora si te pasas con Miau no me quedaré de brazos cruzados.

—¿Eh?

Ante mis palabras, Weitz puso una expresión de incredulidad.

—¿Cuántas veces te lo he dicho? Ese gato…

—Él ha decidido vivir como un gato.

Dije eso abrazándolo con más fuerza, como para que lo viera.

—Así que yo, como su dueña, lo cuidaré y amaré lo más posible.

—¿Qué?

Weitz frunció el ceño y miró a Miua quien abría su roja boca en un bostezo, realmente no tenía sueño era evidente que estaba burlándose de él.

—Miau.

Miau frotó su suave mejilla contra el dorso de mi mano, sonreí ampliamente mientras le hacía cosquillas en la oreja.

—Hehe, ahora yo también tengo un gato.

Al vernos Weitz torció los labios con disgusto luego.

—Deberías haberlo tirado en lugar de tenerlo en tus brazos.

En resumen, significaba que, al darme una opción, las cosas habían terminado así.

—¿Qué dices? Si hubieras hecho eso, no habría sido tan cercana contigo.

—¿Quieres decir que soy peor que ese gato? ¿Es el gato? ¿O soy yo?.

Bufé por la nariz y giré rápidamente la cabeza.

—Bah, qué dices ahora él en la mansión del Duque comiendo y viviendo bien hasta el día de su muerte. ¿Verdad?.

—Miau.

Weitz observó con severidad a Miau, quien movía la cola con despreocupación aún así contuvo su irritación y me entregó el desayuno que consistía en un sándwich repleto de vegetales frescos que parecía excepcionalmente brillante aquella mañana.

Mientras disfrutaba del crujiente sándwich, realmente prestando atención a la conversación observaba cómo lucían los lazos personalizados en ellos, se veían tan adorables, estaba tan absorta estaba en estos pensamientos que casi derramé el sándwich.

—¿Tienes el día libre?.

Preguntó Weitz, con nerviosismo le expliqué que ese día exploraríamos las afueras para visitar una cueva de piedra luminiscente. La mención del lugar trajo a mi mente la misteriosa estatua femenina que solo yo parecía haber visto en una colina anteriormente, una mezcla de aprensión y curiosidad me invadió.

—¿Qué tal si los acompaño? Hace tiempo que no voy.

La propuesta me tomó por sorpresa. 

—¿Tú también quieres ir?

—¿Te molesta?

—¡Para nada! Es solo que nunca sales con nosotros, me encantaría que vinieras de verdad. 

Él me observó un largo instante, en silencio, antes de tenderme un vaso con jugo de frutas. 

—Toma esto. Voy a prepararme.

Pero en lugar de irse, vaciló y extendió la mano. 

—Entonces… ¿y lo mío?.

—No hay nada para ti.

Solté, riendo al ver su expresión de sorpresa. Juguetona, le mostré la lengua.

Por supuesto que sí había un regalo, jugueteé con el pañuelo en mi bolsillo, aliviada. Aunque había dudado mucho al comprarlo que temía que a un hombre tan independiente y decidido como Weitz le pareciera una molestia o un vínculo no deseado porque quizá para él yo era tan insignificante tan solo un buen recuerdo sería suficiente.

Miau me lamió la barbilla, como consolándome, sus ojos carmesí parecían reprocharme.

—Lo sé, incluso si le entrego mi corazón, solo yo saldré lastimada.

Él maulló, como preguntando por qué lo haría entonces. 

—¿Qué puedo hacer? Ni siquiera yo puedo controlar mi propio corazón.

Era una tonta, siempre lo había sido, no me di cuenta de las infidelidades de Albert hasta que fue demasiado tarde, y ahora, justo cuando el plazo de un mes con Weitz estaba por terminar comprendía mis sentimientos. ¿Por qué el matrimonio político con el príncipe Kanzel me resultaba tan frío, mientras que cada comida preparada por Weitz me llenaba de calma?.

La respuesta era simple y devastadora, me había enamorado de él.

Un dolor punzante en el vientre bajo, el anuncio familiar de mi ciclo menstrual sirvió como recordatorio cruel. Nuestro contrato expirará al confirmar que no había embarazo, era un amor condenado desde el principio, entre una mujer que no podía quedarse en el Norte y un hombre que no podía irse.

¿De qué servía darse cuenta ahora, en el borde mismo de la despedida? Enterré el rostro en mis manos, abrumada por la desesperanza de un sentimiento que nunca podría confesar.



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: AKANAE
REVISIÓN: GIGI
RAWS: ACOSB


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