Capítulo 31: El Norte (5)
Ante la respuesta tajante de Weitz, sin saber por qué, se me escapó una risa. Me reí entre dientes y le dije:
—No has visto nunca la cara de la hermana Mimi. Ella es muy bonita; incluso tú te enamorarías sin darte cuenta.
Mucha gente lo había hecho: familiares, empleados, amigos de la academia. Si esta persona se acerca más a la hermana Mimi, creo que me sentiría un poco triste. ¿Será porque hemos pasado tantas situaciones fuera de lo común desde que nos conocimos? Si incluso Weitz se fuera, seguro que me sentiría realmente mal.
«¿Será que esta persona es especial para mí?»
Si fuera así, ¿por qué? Aunque me lo preguntara a mí misma, por supuesto no tenía respuesta. Claro que el corazón de las personas no es algo que pueda controlar.
Mientras pensaba eso y mostraba una sonrisa amarga, Weitz respondió con un tono indiferente, sin ningún rastro de emoción:
—Para nada.
El matiz de esas palabras era extraño. Si se dejaba pasar, no significaría nada… pero fruncí los ojos y pregunté:
—¿Acaso… has visto alguna vez a mi hermana?
“Para nada”, dijo. ¿No es pasado simple? La probabilidad de que Weitz, quien rara vez viene a la capital, haya conocido a la hermana Mimi era aún menor, pero lo miré con una expresión de incredulidad.
Weitz se rió suavemente y respondió:
—Ya te lo mencioné en la ceremonia de entrega de títulos, ¿no? Dije que te vi por primera vez en la academia. También vi a tu hermana en esa ocasión.
—¿Qué?
Me quedé con los ojos como platos. Sí, él había mencionado la academia en la ceremonia.
{—La primera vez que nos conocimos fue en la academia}.
Fue cuando el Emperador le preguntó cómo conocía a la Duquesa Johannes. ¿No fue una mentira para escapar de la situación?!
Le pregunté con entusiasmo:
—¿En la academia? ¿Cuándo y cómo diablos?
Un hombre con una apariencia tan impactante debería ser fácil de recordar, pero por más que pensara, no me venía a la mente nada.
Mientras me frustraba, Weitz sonrió de reojo y dijo:
—No es culpa de tu memoria. Ni siquiera tú podrías recordar a cada pequeño gecko leopardo que haya visto.
—¿Y qué es un gecko leopardo?
—Ese animal existe.
—…
No sé por qué, pero siempre se compara consigo mismo con cosas raras. Weitz siguió avanzando lentamente a caballo y continuó con voz pausada:
—El director de la academia es mi amigo. Vengo a la capital de vez en cuando para verlo.
—El director debe ser un señor mayor, casi un abuelo.
—Así es. Y es el tipo de persona que daría su alma por satisfacer su curiosidad. Le mostré los cristales controladores de magia y los cristales luminosos que se extraen en el Norte, a cambio de que mantuviera en secreto que vengo a la capital.
Al oír hablar de un acuerdo secreto entre el director de la academia y el Gran Duque Rohard, me quedé con la boca abierta: ¿Cómo es posible que tengan un acuerdo así cuando el Emperador está tan pendiente de Rohard?
Y encima a cambio de mostrar cristales controladores de magia, cuya importación a la capital está prohibida, y cristales mágicos que la familia real solo comercia directamente con el Norte una vez al año.
No era solo una ilegalidad menor. Si se descubriera, tanto el director como Weitz tendrían que enfrentarse a una investigación. No sé sobre el director, pero el Weitz que conozco no es alguien que confíe en promesas verbales.
«¿Tan desesperado estaba por venir a la capital?»
Fruncí el ceño:
—No eres el tipo de persona en la que se pueda confiar para un acuerdo así.
Entonces me llegó una respuesta impactante:
—Sí revela algo, morirá instantáneamente. Firmamos un contrato mágico con esa condición.
Sabía que la magia tiene infinitas aplicaciones, pero nunca imaginé que fuera posible hacer contratos con tales condiciones. Me estremecí y fruncí el ceño:
—Es cruel.
Si quería venir a la capital tanto que incluso usaba magia así, ¿no sería mejor pedir permiso oficialmente a la familia real y vivir en la capital de forma regular?
Cuando emití un gemido y me estremecí, Weitz apresuradamente negó con la mano:
—No te equivoques. No fui yo quien lo propuso ni quien pidió que se hiciera así. Fue él quien me lo solicitó.
—¡Ugh!
Entonces entendí lo que quería decir con “persona que daría su alma por la curiosidad”.
Aun así, es la primera vez que escucho que la magia se usa para juramentos tan graves. La magia que había visto hasta ahora fue mucho más simple: crear bolas de fuego para lanzarlas, generar fuertes ráfagas de viento o hacer chorros de agua de repente.
Solo una vez había visto una aplicación tan compleja. Ah, sí, la magia de limpieza que usó Weitz ese día.
He conocido muchos magos del agua, pero era la primera vez que veía usar magia de agua para limpiar a una persona. Incluso siendo una novata en magia, pude darme cuenta de lo precisa que debía ser su manipulación.
Con media certeza, le pregunté a Weitz:
—¿Esto tiene relación con esa magia increíble que usas?
Al escuchar mi pregunta, Weitz sonrió como si le divirtiera, pero respondió sinceramente sin eludir el tema.
—También es cierto. Para ser exactos, no soy mago, pero tengo mucho conocimiento sobre magia. En el Norte hay muchos más registros que fuera.
—¿No eres mago?
¿No es mago todo aquel que usa magia? Al fruncir el ceño con duda, Weitz me explicó brevemente:
—Si por “mago” nos referimos a las personas que “usan hechizos para atraer y manejar mana externo”, entonces yo no soy mago.
Así que usaba magia de otra manera, no con hechizos. ¿Será con los cristales luminosos?
Con mis conocimientos limitados, era la única posibilidad que se me ocurría. Pero pensar que existe algo que permite a personas que no son magos usar magia…
—Seguramente mucha gente codiciaría el conocimiento y los recursos que yacen ocultos en el Norte.
—Así es. Pero nadie tiene permiso para venir aquí. Y quienes alguna vez entraron no pudieron salir.
Justo cuando pensaba que los edificios se estaban haciendo más escasos, Weitz se detuvo de repente. Desde su caballo me miró fijamente:
—Tú eres la única excepción.
Pero ¿cómo puede decir algo así con tanta seriedad? Me rió nerviosamente y lo corregí:
—Para ser exactos, seríamos yo y el príncipe Kanzel.
—A ese maldito mago se le puede echar ahora mismo sí quiero.
Weitz respondió con tono tosco, saltó del caballo con agilidad y me tendió la mano:
—También baja.
A propósito evité su mano y bajé sola del caballo. Weitz no mostró ninguna vergüenza, recogió su mano y se rió suavemente.
¡Cómo podía esa sonrisa parecerme tan molesta! Puse los labios en una línea:
—¿Por qué querías dejarme con Dawa y separarte de mí?
Ante mi pregunta, Weitz se pasó una mano por su pelo desordenado y me miró. La fuerte luz solar del Norte, que casi deslumbraba, parecía deslizarse por sus rasgos definidos. Murmuró con tono adormilado:
—Después de estar en la capital tanto tiempo, necesito descansar…
Al decir eso, se acercó un paso a mí. La sensación de que una gran figura se interponía delante mía me hizo tensarme por instinto.
Weitz sonrió con los ojos y me arregló suavemente el flequillo con sus manos:
—Si estás tú, no puedo descansar.
Su tacto, que rozaba ligeramente mis pestañas, me produjo cosquillas. Fruncí los ojos y pregunté:
—¿Qué significa eso?
—Esa es una pregunta que debería hacer yo.
Weitz frunció el ceño, inclinó ligeramente la cabeza y nos miramos a los ojos de cerca:
—¿Qué estás pensando? Decías que solo era un noviazgo por contrato. Deberías estar agradecida de que no te moleste primero, ¿no?
—E-eh, pero…
Parecía estar muy lejos, pero ¿había escuchado nuestra conversación con Kanzel? No pude responder bien y me mordisqueé los labios. La verdad es que yo tampoco sé lo que siento. Debería estar agradecida de que él sea quien marque el límite.
Algo me falta. Me siento insatisfecha. Aún no sabía qué era, pero seguro que Weitz sentía lo mismo que yo. Sus ojos dorados, que parecían encender y apagarse con el tiempo, seguían brillando hacia mí como una vela.
Weitz me miró fijamente con esa mirada titilante. No sé cuánto tiempo nos miramos así, pero de repente sus labios rectos se curvaron ligeramente.
—O tal vez… ¿Tienes algún deseo?
—¿Qué…?
Sin dejarme tiempo para replicar, sus brazos fuertes rodearon mi cintura y me acercaron a su cuerpo. Su pecho duro y musculoso se estrelló contra el mío.
Miré hacia arriba a Weitz. Mis pestañas temblaban como si tuviera escalofríos.
—Weitz.
—… Lillianne.
Sería una mentira decir que no sabía qué pasaría a continuación. Weitz me miró fijamente sin parpadear y dijo:
—Si no quieres, dímelo. Es tu última oportunidad.
La situación era irreal.
Si la hermana Mimi no se hubiera ido así, si Albert no me hubiera traicionado, no habría actuado con tanta impulsividad. En circunstancias normales, no habría tomado este camino.
—…No me importa.
Pero ¿acaso eso no es el destino?
Al oír mi respuesta, la comisura de sus labios se inclinó más. Al ver su rostro que se acercaba lentamente, cerré los ojos con fuerza. Pero lo que llegó no fue el beso apasionado que esperaba.
CHOC.
Sus labios tibios se apoyaron firmemente en mi frente como un sello. Abrí los ojos desconcertada y enseguida exclamé:
—¿Dónde… estamos?
Seguramente estábamos en medio de la calle, pero al cerrar y abrir los ojos, de repente estábamos dentro de un castillo hecho de mármol macizo. El mármol pulido reflejaba la luz solar de forma transparente, creando un efecto como de vitral natural. Me dejé llevar por la admiración ante esa belleza inesperada:
—¡Guau!
Weitz soltó lentamente mi cintura que llevaba abrazada y dijo con tono cortés:
—Bienvenida a mi castillo, Lillianne.
Este era el Gran Castillo de Rohard.

TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: TSUBASA
REVISIÓN: ALEN
RAWS: ACOSB