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Capítulo 25. El travieso Miau (2)

Algo puntiagudo y áspero me rozó la piel cerca de los ojos. Tenía una textura contradictoria: húmeda pero picante.

«Ay, pica.» 

Al pensar eso, abrí los ojos a duras penas. Lo primero que vi fueron unos ojos rojos como rubíes. Detrás de ellos, una cara blanca tan transparente que se veían las venas, un abundante cabello plateado y dos cuernos cortos y redondeados que salían entre el pelo. 

Era un chico que desprendía una atmósfera misteriosa, nada parecida a la de un humano común. Cuando me di cuenta de que el viento que acariciaba mi rostro era su aliento, me aparté de un salto. 

—¿Qué… qué es esto? 

Después de retroceder, me arrepentí de no haber seguido mirándolo a la cara. El chico estaba completamente desnudo. 

—¡Aaaaaah! 

¿Tendría unos doce años? Nunca imaginé ver a un chico desnudo tan de cerca en mi vida. 

Mi rostro se puso como un tomate y cubrí los ojos con la palma de la mano. Pero el chico, como si no entendiera qué pasaba, movió la cabeza confundido y se colocó una mano en la cintura. Era obvio que su parte inferior del cuerpo estaba al descubierto. 

—¡Ay! ¡Cúbrete! ¡Digo cúbrete!

Grité mientras le hacía señas con la mano. El chico frunció el entrecejo, luego sonrió de forma traviesa.

SNIFF.

El chico se acercó a mí, sacó la lengua y me lamió la parte dorsal de la mano. Miré desconcertada y parpadeé. Volví a encontrarme con esos ojos rojos, que de alguna manera me resultaban familiares.

No podía ser, pero… realmente no debería serlo… 

—…¿Será posible que seas Miau?

Esos ojos y esos cuernos eran exactamente iguales a los de Miau.

Ante mi pregunta insegura, el chico volvió a sonreír traviesamente. Lo que dijo estaba muy lejos de lo que esperaba.

—Bonita. 

¿Quién le preguntó quién era bonito o feo?

Pero esa respuesta tonta solo confirmó que no era humano. Extendí la mano y le acaricié el pelo. El chico emitió un gruñido suave y se encogió de hombros, igual que hacía Miau.

¡Realmente era él! 

—Vaya, pensé que había pasado algo terrible. 

Cuando el jovencito desnudo era un misterio, me daba miedo, pero al saber que era Miau, me invadió una extraña sensación de alivio.

«Claro. Un gato puede quitarse la ropa y esas cosas. Uf, pero igual no puedo mirar hacia abajo. Cuidado con la mirada, cuidado.»

Traté de esforzarme por mirarle solo la cara. 

—¿Pero qué pasa? ¿Pudiste transformarte en humano? 

Ante mi pregunta, el michi movió la cabeza de un lado a otro con insistencia.

«¿Quieres decir que no puedes transformarte en humano?»

Entonces, ¿por qué se había convertido de repente? Fruncí el entrecejo. 

—¿Estás bien? ¿No te ha pasado nada raro?

Que un monstruo se convierta en humano de repente no es nada normal. Le pregunté por preocupación, pero el michi solo sonrió y dijo:

 —Lili bonita.

 —Ay, Dios mío.

 Parece que la única cosa que sabe decir es “bonita”. Me pasé la mano por la frente.

 —Bueno, Miau, primero tenemos que volver con el grupo…

 Weitz seguro que sabrá algo. Por qué Miau se convirtió en humano y qué debemos hacer a partir de ahora.

 «¿Quizás me dijo que no me acerque a Miau porque sabía que podría transformarse en humano?»

 Mientras pensaba eso y me recogía el pelo detrás de la sien, sucedió algo.

 —No.

 Miau me agarró fuerte el muñón del brazo. Aunque era mucho más joven que yo, su fuerza de agarre no era ninguna broma: parecía que me estuviera aplastando con una roca.

 Sorprendida, miré a Miau. El chico sonrió afablemente y dijo:

 —Lili, vive conmigo.

 —No digas tonterías, Miau. ¿Cómo vamos a vivir los dos solos? Además, Weitz y Kanzel deben estar preocupados…

 Antes de que pudiera terminar de hablar, Miau golpeó el suelo con la otra mano.

 ¡BOOM!

 Un ruido que nunca debería salir de un choque entre un ser humano y una piedra resonó fuerte por la cueva.

 —¡Uah!

 Cerré los ojos de sobresalto. Maiu seguía sonriendo como si no le doliera nada.

 —Lili, vive conmigo.

 —…

 Dios mío, al parecer me había metido en un lío.

 

 

 ***

 

Lili había desaparecido.

El monstruo debió de haber sentido mucho miedo a la Macura, porque desapareció en un instante. Kanzel tampoco pudo usar magia de fuego por miedo a quemar el bosque. Weitz apretó los dientes con fuerza. 

—Ya debería haber acabado con ese bicho cuando tuve la oportunidad.

No le había caído bien desde que apareció por primera vez.

«Ese maldito wyvern al final…»

Había tenido varias oportunidades. Para Weitz, atraparlo y matarlo hubiera sido tan fácil como mover un dedo. Aun así, había dudado: no quería entristecer a Lili.

 «Se lo advertí varias veces.» 

Ella tenía la tendencia de ver a los monstruos demasiado como a humanos: decía que había que darles de comer, que debían tener un lugar cómodo para dormir… 

«Ni siquiera se dio cuenta de que él la tenía en la mira.»

Ya debería haber acabado con él cuando se hizo enorme en el palacio real, antes de que ella le cogiera cariño. Era un arrepentimiento demasiado tardío. Kanzel llegó corriendo con una expresión ansiosa, jadeando con dificultad y soltó su enfado:

—¿No me dijiste que ese monstruo era seguro? ¡Pero qué situación es esta! 

Weitz volvió a apretar los dientes. Su voz salió de forma natural y áspera.

—Lo era. Si hubiera llevado bien puesto el dispositivo de contención de magia.

—¿Qué quieres decir con eso?

El dispositivo de contención de magia estaba encantado para que quien se lo pusiera no pudiera quitárselo nunca solo. Y como se había vuelto enorme, eso significaba que el dispositivo se había desprendido. No hacía falta verlo para saber qué había pasado. 

—Ese malvado animal seguro que la engañó. Probablemente fingió que no podía respirar para que ella se lo quitara.

Lili, que es tan buena, se habría preocupado incluso si el wyvern hubiera fingido estar agotado y solo respirara. Y seguro que habría pensado que el problema era el dispositivo de contención.

«Ya debería haberlo matado.»

No es necesario matar a todos los monstruos, pero ese le había marcado a Lili. Aunque se lo hubiera echado muy lejos, seguro que habría vuelto de alguna manera diciendo que la volvería a encontrar. 

«Desde un principio, el problema fueron los que trajeron al wyvern hasta la capital…»

 La posibilidad de que un monstruo generado naturalmente se mezclara en un lugar tan poblado como la capital era tan baja como que el número pi terminara de repente. 

«Seguramente…» 

Se le ocurrieron varias hipótesis plausibles, pero Weitz se cortó en seco. 

—No habrá podido acumular mucha mana. Debe tener un límite de tiempo para mantenerse en estado gigante. 

Por eso pudo escapar más rápido que Weitz: en su forma pequeña no habría tenido ni la mitad de esa velocidad. Tampoco podría haberse llevado a Lili si ella se resistía. 

—Lo más probable es que se haya escondido en una cueva o haya excavado un agujero para evitar nuestros ojos.

 —¿Entonces qué hacemos? 

En un bosque tan extenso, si se había hecho un agujero para esconderse, no sería fácil encontrarlo. Pero Weitz respondió con un tono ligero:

—¿No eres un invocador de espíritus del viento? Usa el viento para buscarla.

 —¡…! 

La respuesta de Weitz dejó a Kanzel como petrificado, como si le hubieran dado un rayo. No podía ser de otra manera. 

—… ¿Cómo lo supiste? 

—¿ Qué? 

—Que soy un invocador de espíritus. 

Públicamente, Kanzel era conocido como un mago que dominaba los atributos de fuego y viento. Porque los invocadores de espíritus son aún más raros que los magos en el Imperio. 

«En el momento en que se sepa, adiós a mi romance romántico y a una vida marital normal.»

Tanto magos como invocadores de espíritus dependen mucho de la ascendencia, así que si alguien en la familia tiene esa habilidad, su valor en el mercado matrimonial sube como la espuma. 

Y ¿qué decir de alguien que es mago e invocador a la vez? 

«Me tratarían como un potro de raza pura de alto valor.» 

Por eso había mantenido ese secreto a toda costa. Pero Weitz lo había descubierto. 

Weitz encogió los hombros.

—Ya me pregunté por qué en el palacio real gritaba las palabras de invocación del viento aunque se veían claramente los espíritus. ¿Acaso era un secreto que fueras invocador? 

Las palabras desinteresadas de Weitz dejaron una gran herida en el corazón de Kanzel. 

«Ay, qué vergüenza.»

¡Qué ridículo debió parecerle que gritara las palabras de invocación sin siquiera usar magia!

El hecho de que supiera su verdadera identidad también le causaba vergüenza. Kanzel miró a Weitz con una expresión extraña, mezcla de incomodidad y preocupación.

—¿Qué demonios eres en realidad?

Weitz puso una cara de estar muy molesto. De hecho, no le importaba en absoluto. ¿Qué le importaba a él si el muchacho era mago o invocador? 

—Ya lo sabes. El único gobernante del Norte, el duque Lohard. 

Un título presumido pero cómodo, que realmente le gustaba.

—No se lo he dicho a Lili, pero… 

Pero esa respuesta no satisfizo a Kanzel. Él miró a Weitz con una expresión seria.

—El nombre de Lohard no ha cambiado en más de cien años. 

Por eso incluso se había producido el error de llamarle Weitz en lugar de Yates. Mientras los libros de nobles se publicaban con el nombre de Weitz, los escribas también habían pensado lo mismo.

«¿Acaso se escribieron mal las letras? No puede ser que siga teniendo el mismo nombre.»

Pero ahora parecía más probable que el nombre no hubiera cambiado. Un hombre que puede ver a los espíritus a simple vista sin ningún tipo de herramienta no puede ser normal.

—Weitz de Gaulle Rohard, ¿cuál es tu verdadera identidad?

Kanzel miró a Weitz con mucha tensión. La explicación más lógica era que también fuera un invocador, pero no sentía ninguna energía de espíritus en él.

—No entiendo la intención de esa pregunta.

Weitz miró con ojos fríos las puntas de los dedos de Kanzel, que temblaban ligeramente. 

—No espero que creas que el jefe de la familia ha sido la misma persona durante más de cien años, ¿verdad? 

—Eso… 

Kanzel también pensó que era una suposición absurda, pero enseguida movió la cabeza. Los magos nunca deben descartar por completo ninguna posibilidad.

—No lo sé. No pienso que el Norte sea igual que el Imperio.

Al escuchar la respuesta de Kanzel, Weitz soltó una pequeña risa. Sus ojos dorados brillaban con una sonrisa parecida a la de un animal. Kanzel se dio cuenta de que esa era la primera sonrisa sincera que veía de él. 

—Esa es la única verdad en todo lo que has dicho. Aunque el Norte pertenece al Imperio, no se rige por sus reglas. 

El rostro de Weitz se iluminó con fuerza. Cuando extendió la mano, una cadena brillante apareció girando en el aire con un crujido metálico. Era la Macura, el símbolo innegable del Norte. 

Weitz movió la cadena entre sus dedos como si la estuviera jugando mientras seguía hablando.

—La cadena de luz de Macura selló a un dragón astuto y evitó que los monstruos abandonaran el Norte. Ese es el único hecho importante para el Imperio, ¿no?

—¡No juegues con las palabras!

—Si lo que pretendes es someter el Norte al poder del Emperador… 

Weitz apretó la Macura con fuerza. La cadena desapareció en el aire como si se hubiera deshecho en polvo. El Emperador que desconfía de Rohard, el monstruo que apareció de repente en la capital, y ahora el espionaje en el Norte.

Todos los indicios llevaban a una única conclusión, pero Weitz se rio al pensarlo. 

—Te advierto que solo conseguirás que tu herida interior crezca cada día. Ni el tiempo es medicina para la sensación de derrota. 

—Tonterías.

Kanzel rechazó bajito las palabras que menospreciaban al Emperador. Él era hijo de este.

Weitz encogió los hombros. No había dicho esas cosas para convencerlo de todos modos. Luego señaló a Kanzel con la barbilla.

—En este mismo momento, Lili podría estar en peligro. ¡Venga, llama a tus espíritus ya!

 



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: TSUBASA
REVISIÓN: ALEN
RAWS: ACOSB


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