Capítulo 21. Un corazón que se sumerge (3)
Al día siguiente, comprendí con dolorosa claridad a qué se refería Weitz con sus palabras.
«Ah, con que a esto se refería con que el daño permanece.»
A simple vista, mis piernas se veían perfectas. No había heridas ni marcas de presión. Sin embargo, sentía un dolor punzante que brotaba desde lo más profundo de mis músculos. Mientras caminaba torpemente, arrastrando los pies, me invadió una punzada de autocompasión.
«Debí haber aceptado venir en carruaje.»
Pero de haberlo hecho, el viaje hasta el Norte se habría vuelto eterno.
«No me queda de otra más que acostumbrarme rápido.»
Al menos podía consolarme con algo: no tendría que lidiar con ampollas infectadas o heridas abiertas.
«Aun así, voy a ser una carga para Weitz.»
Durante el desayuno, fui la única que probó bocado. Él, sentado frente a mí, notó mis miradas de reojo y simplemente se encogió de hombros con naturalidad.
—Saldremos con calma, así que no te preocupes.
—… Lo siento.
—No tienes porqué disculparte. No hay ninguna razón para ir con prisas.
Aunque lo decía con ligereza, él era el señor que gobernaba las vastas tierras del Norte. Seguramente tenía una montaña de asuntos pendientes esperándolo. Pinché la yema de mi huevo con el tenedor y solté una broma para aligerar el ambiente: —Parece que el Norte no tiene problemas aunque su señor no esté, ¿verdad?
Ante mi comentario, respondió con una expresión cargada de confianza: —Es un lugar que nadie más que yo podría gobernar.
—…
Su respuesta me dejó sin palabras. Al mismo tiempo, como colega noble, no pude evitar sentir un rastro de envidia.
«¿Podría yo responder con esa misma seguridad?»
Tal como dictaban los rumores sobre la naturaleza única de la región, era evidente que los Rohard tenían el control absoluto del Norte. Weitz, con tono relajado, resumió el plan del día: —Bien, entonces nos pondremos en marcha después del almuerzo.
—¿Después del almuerzo? Pero si apenas acaba de amanecer.
Me quedé pensando, ladeando la cabeza: «¿Qué se supone que haremos mientras tanto?». Weitz volvió a encogerse de hombros.
—Para empezar, ¿qué tal si damos un paseo?
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Aunque lo llamó “un paseo”, en realidad no fue más que un calentamiento antes de otra larga jornada a caballo. Tras hacer unos estiramientos ligeros y escuchar la explicación sobre la ruta que seguiríamos hoy, regresamos a la posada, pero entonces…
—¡Lili!
Un hombre de cabello pelirrojo, con el rostro encendido hasta las orejas, nos recibió con entusiasmo.
—¿Lord Kanzel…?
Como no podía llamarlo “Príncipe” frente a los plebeyos, pronuncié su nombre con cautela. Al oírme, su sonrisa se volvió aún más radiante.
—Has dicho mi nombre… ¡Qué alegría!
Bueno, no es que me hiciera especial ilusión llamarlo por su nombre, pero… «¿cómo más se supone que lo llame si no?» Como él parecía tan feliz, preferí guardar silencio y no arruinarle el momento. Kanzel, visiblemente emocionado y casi al borde de las lágrimas, se acercó a mí.
—Lili, no sabes cuánto me dolió el corazón cuando me enteré. Vine corriendo en cuanto supe la noticia. Iré contigo al Norte.
—¿Perdón? ¿Qué noticia?
Que yo supiera, no había pasado nada tan grave como para que le “doliera el corazón”. Ante mi evidente desconcierto, Kanzel se acercó lo suficiente como para intentar tomar mis manos.
—La orden que te dio Su Majestad y… no, olvida eso. No es lo que quiero decirte ahora.
Sus brillantes ojos rojos me resultaban abrumadores. Me tensé por la proximidad y me quedé mirando sus labios, esperando lo que diría a continuación.
—Lili, yo a ti…
—Un momento.
En ese preciso instante, algo sólido como una roca se interpuso entre Kanzel y yo. Tardé un segundo en darme cuenta de que era Weitz. Se plantó frente a Kanzel bloqueándole la vista por completo, obligándolo a estirar el cuello si quería verme, y soltó con tono mordaz: —Agradecería que mantuvieras las distancias al hablar.
—… Duque Rohard —masculló Kanzel apretando los dientes.
Yo los miraba confundida, sin entender por qué desprendían tanta hostilidad el uno hacia el otro. Weitz se cruzó de brazos con una actitud de absoluta superioridad.
—Llámame Weitz. Yo también te llamaré Kanzel, para que estemos cómodos.
—¿Pero qué atrevimiento es…?
En ese momento comprendí perfectamente por qué se llevaban tan mal. Aunque un Príncipe y un Duque comparten técnicamente el tratamiento de “Su Alteza”, socialmente se espera que el Príncipe reciba un trato más elevado. Que Weitz soltara de golpe que se hablaran de tú a tú, por su nombre de pila, era un insulto directo.
«Y encima esa actitud tan sobrada.»
A simple vista parecían tener la misma edad, pero debido a esa calma imperturbable, Weitz proyectaba mucha más madurez y autoridad. Para alguien como el príncipe Kanzel, esa arrogancia debía de ser insoportable.
Sin embargo, la protesta que salió de los labios de Kanzel no fue por el trato informal.
—¿Se puede saber qué hace usted aquí? Y peor aún… ¿por qué está con Lili?
«¿Eh? ¿Conmigo?»
«Me parece que me están usando de excusa para pelear.»
El que me había ordenado ir al Norte era el Emperador, así que no entendía por qué Kanzel se desquitaba con el pobre Weitz. Este último ladeó la cabeza y respondió con total naturalidad: —Es obvio, yo soy el guía en este viaje. Si no voy yo, ¿cómo sugieres que lleguemos?
—Bueno, pues… mirando un mapa y siguiendo el camino…
—Entonces adelante, Kanzel, piérdete tú solo si quieres. Lilianne vendrá conmigo, que conozco el terreno, y tendrá un viaje mucho más cómodo.
—¡Tú…!
Kanzel apretó los puños, frustrado al verse acorralado por la lógica de Weitz. Luego, soltó un gruñido cargado de veneno: —No puedo dejar que Lili y tú vayan solos. ¡Quién sabe qué intenciones tienes con ella!
Ante esa acusación, Weitz enarcó una de sus pobladas cejas. Con una expresión que gritaba desprecio por los cuatro costados, replicó: —Eres libre de imaginar las bajezas que quieras, pero no asumas que todos operamos bajo tu mismo nivel moral.
—¡Eres un…!
Kanzel no tenía ninguna oportunidad contra Weitz en una guerra de palabras. Y honestamente, sospechaba que en una pelea a puñetazos le iría igual de mal. Como sea, ya había tenido suficiente.
—Si no se callan los dos ahora mismo, me largo yo sola —sentencié con voz gélida.
«¡Qué vergüenza, por Dios!»
Estábamos en la planta baja de la posada, un lugar que también servía de comedor y estaba lleno de gente. Desde los sirvientes hasta los demás huéspedes, todos nos miraban fijamente. No hacía falta ser adivina para saber qué estaban pensando.
«Seguro creen que es un drama pasional».
¡Y del tipo que más le gusta a la gente: un triángulo amoroso!
Después de lo que pasé con Alberth y mi hermana Mimi, los chismes eran lo último que quería en mi vida. Clavé una mirada fría en ambos hombres. Kanzel, con las cejas caídas y expresión de injusticia, murmuró: —Pero, Lili…
—Ni peros, ni nada. He dicho que se callen.
—…
Cerró la boca de golpe, como si le hubieran puesto un candado.
Hice un gesto con la mano para indicarles que saliéramos de la posada. Por suerte, no eran tan despistados como para no captar la indirecta y me siguieron obedientemente. En cuanto estuvimos fuera, me puse las manos en las caderas y empecé a regañar a Kanzel: —Kanzel, agradezco que te preocupes por mí y hayas venido, de verdad. Pero Weitz es una persona de confianza y no ha pasado nada de lo que tu imaginación sugiere.
—Lili…
Kanzel parecía genuinamente herido de que yo defendiera a Weitz, pero yo también estaba molesta. Fruncí el ceño y añadí: —¿Te das cuenta de que el simple hecho de que imagines cosas así es una falta de respeto hacia mí?
—…
Solo entonces pareció reflexionar; bajó la mirada y guardó silencio. Solté un largo suspiro.
«No tengo cinco años. Sé perfectamente que viajar a solas con un hombre tiene sus riesgos.»
Pero incluso sabiendo eso, había llegado a la conclusión de que con Weitz estaba a salvo. Si él hubiera querido algo de mí, lo habría aprovechado aquella noche en la taberna, cuando yo ni siquiera era consciente de mis actos.
«Él es de fiar.»
Aunque nos conocíamos hace poco, estaba segura de ello.
«De hecho, es él quien puso los límites primero al decirme que nos separaríamos en un mes.»
Miré de reojo a Weitz. Su rostro, de rasgos marcados y fuertes, era una máscara imperturbable; era imposible adivinar qué estaba pensando.
En cualquier caso, el que había interrumpido aquí de la nada era Kanzel. Me dirigí a él con un tono amable, pero firme: —Aprecio que hayas venido hasta aquí, con eso ya has cumplido de sobra como amigo. Creo que lo mejor será que regreses a la capital.
Al oír mis palabras, el rostro de Kanzel se puso rojo como un tomate. Se sentía herido porque lo estaba tratando como a un chiquillo impulsivo que solo me seguía por capricho. Reaccionó levantando la voz: —¡No, no creas que vine así nada más! Tengo los permisos en regla.
—¿Qué?
Buscó entre sus ropas y desplegó un papel amarillento que lucía, en grande, el sello del Emperador y el del Maestro de la Torre de Magia. Era el salvoconducto oficial necesario para cruzar los puntos de control.
Kanzel explicó el propósito de su viaje con orgullo: —Voy a investigar la flora y el flujo de maná del Norte para ver cómo afectan a la aparición de monstruos. Es una tarea digna de un hechicero, ¿no te parece?
—Bueno, eso…
Lo que decía tenía sentido. Era una justificación válida para cualquiera.
«¿Pero no decían que ningún funcionario del Imperio ha logrado pisar el Norte en años?»
Confundida, miré a Weitz. Él se cruzó de brazos, haciendo que sus bíceps —que se veían capaces de romperme el cuello sin esfuerzo— resaltaran aún más.
—Cualquiera que quiera entrar en el Norte necesita mi permiso —dijo Weitz.
Su tono era lánguido, pero sus palabras cargaban un peso imponente. Era la voz de alguien con el orgullo de ser el dueño y señor absoluto de sus tierras.
Kanzel, aunque se sintió intimidado por un momento, no tardó en estallar: —¡Antes de ser tus tierras, son las tierras de Su Majestad el Emperador! Y yo ya tengo su autorización.
—Parece que no has oído las historias de los muchos enviados que, aun con el permiso del Emperador, terminaron vagando sin rumbo hasta tener que dar media vuelta sin haber pisado el Ducado.
—¡Eso es traición, Duque!
—¿Y acaso tienen el poder para venir a castigarme por “traición”?
—¡Pero será posible…!
La cara de Kanzel estaba a punto de estallar de lo roja que estaba ante el pesado sarcasmo de Weitz. Por mi parte, no dejaba de mirar a nuestro alrededor, preocupada.
«¿Acaso estos dos no tienen la más mínima intención de ocultar quiénes son?»
Se pusieron a gritar “Duque” y “Emperador” en plena calle como si nada.
«Nunca me consideré alguien que se preocupara mucho por las apariencias, pero comparada con estos dos, debo de ser una persona de lo más discreta.»
Era evidente, viendo que a ellos les importaba un bledo quién los estuviera escuchando.
Weitz bajó la mirada hacia Kanzel con una sonrisita, como si le pareciera tierno verlo rabiar tanto. Finalmente, asintió con parsimonia.
—Está bien. Si tanto insistes, ven con nosotros.
Kanzel abrió mucho los ojos, sorprendido de que hubiera cedido tan fácilmente. Pero entonces, Weitz curvó la comisura de los labios en una mueca de burla absoluta: —Eso sí, te garantizo que te vas a arrepentir.
Aunque no especificó el porqué, Kanzel entendió el mensaje al instante. Enderezó la espalda y le sostuvo la mirada con esa terquedad que lo caracterizaba.
—Eso ya lo veremos. El tiempo dirá quién sobra aquí.
—No hace falta que pase el tiempo para ver que te falta mucho —Weitz recorrió a Kanzel con la mirada de arriba abajo, deteniéndose deliberadamente de la cintura para abajo—. En todos los sentidos.
—¡Tú… pedazo de…!
La poca compostura que Kanzel había logrado recuperar se fue por el desagüe y su rostro volvió a encenderse en un rojo furioso.
«Tal para cual.» pensé.
Ya ni siquiera me molesté en intentar separarlos; simplemente me quedé ahí, observando el espectáculo.

TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: VALK
REVISIÓN: VALK
RAWS: ACOSB