Capítulo 15. Te pareces a… (2)
—Su Excelencia, ¿por qué demonios está el Duque aquí?
Lana, que traía el desayuno en una bandeja, preguntó en un susurro al ver a Weitz sentado frente a mí con total naturalidad y calma. Yo simplemente me encogí de hombros.
—¿Por qué me lo preguntas a mí?
Ante mi respuesta, Lana puso una expresión de desaprobación, pero se limitó a inclinar la cabeza. Parecía que ella tampoco tenía el valor suficiente para interrogar a Weitz.
—…Traeré una ración más. Por favor, espere un poco.
—Está bien.
Lana volvió a empujar la bandeja y salió. Yo me crucé de brazos y bajé la barbilla.
—En serio, deja de aparecer así sin previo aviso. Mis criadas se sienten incómodas.
Ante mis afiladas palabras, Weitz se encogió de hombros.
—Lo sé. Yo también tengo algo de sentido común.
—¿Ah, sí? ¿Y quién es entonces la persona que está sentada aquí?
Me molestaba tanto que respondiera con ese descaro que terminé siendo sarcástica, algo impropio de mí. Entonces, Weitz señaló la cortina con el dedo.
—Si no fuera por ese wyvern, yo tampoco vendría de esta manera.
Como si hubiera entendido las palabras de Weitz, la cortina se sacudió. Fruncí el entrecejo, incapaz de comprenderlo.
—¿Qué pasa con Miau?
—Tenía mis sospechas, pero no puedo creer que realmente lo estés criando en tu habitación.
Weitz fulminó a Miau con una mirada tan afilada como el destello de un sable bien forjado. Miau soltó un chillido y se escondió rápidamente tras la cortina.
[—¡Kyuu!]
Qué lástima me daba. Aunque sabía que se trataba de un monstruo gigante capaz de herir a los humanos, se veía tan digno de lástima. Fruncí los labios y dije: —Te he dicho que no lo mires así.
—Ya te lo dije. Ese bicho te ha marcado.
Weitz seguía fulminando con la mirada hacia la tela de la cortina, que aún temblaba levemente, mientras decía: —En ese momento, ese bicho ya era hombre muerto.
En ese instante, la cortina se sacudió violentamente. Era una señal de que Miau temía sinceramente la advertencia de Weitz.
Sin embargo, yo no lograba comprender la reacción de Weitz.
—Pero si tú te alegraste cuando salvé a esa criatura.
—Me alegro. Porque nunca antes había visto a alguien tratar a un monstruo con tanta generosidad como tú.
Efectivamente, mi intuición era correcta. A él le había complacido que yo le perdonara la vida a Miau. Pero, de inmediato, añadió con una expresión llena de irritación: —Pero, al mismo tiempo, me siento de mal humor. Es algo instintivo, así que no me reclames por ello.
—¿…?
Le gusta que sea generosa con los monstruos, pero a la vez se siente de mal humor… ¿A qué ritmo debo bailar?*
*Es un modismo coreano que se usa cuando alguien es tan voluble o contradictorio que no sabes cómo complacerlo o cómo actuar.
«¿Será que así es el sentimiento del Norte?»
Para empezar, ni siquiera entiendo por qué trata a los monstruos con tanta familiaridad. Al escucharlo, daba la impresión de que los monstruos fueran seres con personalidad propia.
«Parece que realmente no le gusta que tenga a Miau cerca.»
En cualquier caso, había una cosa que me quedaba clara. Me encogí de hombros.
—Está bien. Si tanto te molesta, lo criaré en otro lugar.
—¿En serio?
Ante mis palabras, su rostro se iluminó al instante. Yo, con expresión severa, le advertí encarecidamente: —Pero tú también cumple tu promesa. Está prohibido aparecerte así de la nada.
—Entendido. Lo prometo por mi honor.
—Bien.
Su respuesta fue rotunda. Asentí con la cabeza. Justo a tiempo, Lana apareció de nuevo empujando la bandeja. Extendí la servilleta sobre mis rodillas y dije: —Entonces, desayunemos y salgamos.
—¿Tan temprano?
Vaya, así que era consciente de que aún era muy temprano por la mañana. Pensé que, como Weitz irrumpía de forma tan imprudente, ni siquiera tenía esa noción.
—Estoy ocupada, tengo que dedicarte dos horas, y como tú no contarás como cita nada que no sea el tiempo que pasemos fuera, he pensado que es mejor salir cuanto antes.
Al escuchar mis palabras, el rostro de Weitz se contrajo de golpe.
—…¿No crees que tu actitud hacia el Duque Rohard es un poco excesiva?
—En absoluto.
«Tú eres el Duque Rohard, no yo.»
Respondí con indiferencia mientras removía los huevos revueltos que tenía delante.
—¿Y bien? ¿Es que no hay ningún lugar a donde ir por la mañana?
Weitz ni siquiera rozó los cubiertos con la punta de los dedos.
«¿Acaso ya desayunó?»
¿A esta hora tan temprana? Era un hombre que, aunque me trataba con total confianza, te hacía sentir que había una pared invisible si intentabas mirar en su interior.
Al ver que yo fruncía el ceño, Weitz respondió con una risita burlona: —No es eso, pero el lugar podría ser un poco rudo para una señorita que ha crecido entre algodones.
—¿Quién creció entre algodones? ¡Yo también he pasado por mil batallas!
Ante mi exclamación de indignación, Weitz se encogió de hombros.
—Bueno, si tú lo dices…
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Exactamente treinta minutos después, sentí unas ganas inmensas de golpearme a mí misma por haber alardeado con tanta seguridad de que “había pasado por mil batallas.”
Me quedé mirando el río que se extendía ante mí con el rostro perdido. Había tanta agua que resultaba ambiguo si aquello era un río o el mar. El agua fluía emitiendo un sonido impetuoso.
—…¿De verdad estamos en la capital?
—Es la capital. ¿Acaso no te diste cuenta mientras cabalgábamos hasta aquí? —se mofó Weitz con una risita.
Me froté los ojos con los puños. Por supuesto que mi cerebro sabía que estábamos en la capital; ¡solo habíamos cabalgado treinta minutos desde el castillo!
«¡Pero no te lo pregunto porque no lo sepa! ¡Te lo pregunto porque el paisaje es demasiado desconocido!»
Fruncí el ceño con fuerza y pregunté: —¿Hay un río como este en la capital?
Weitz sacó de no sé dónde un sombrero de paja de ala ancha y me lo encasquetó hasta las orejas.
—Este es el río Sena. Solo te parece extraño porque estamos en el curso bajo.
Miré con ojos curiosos el torrente de agua. El Sena es un río inmenso que atraviesa la capital, uno donde incluso navegan cruceros, pero…
«Este paisaje es completamente diferente.»
Parpadeé mientras observaba los alrededores. A diferencia de las orillas bien cuidadas del río en el centro de la ciudad, aquí se veían casas humildes construidas de madera, balsas hechas de tablones y niños corriendo desnudos.
—¿Y qué vamos a hacer aquí?
—Pescar.
Weitz me tendió un cubo y una caña de pescar. Al recibir el cubo por instinto, estuve a punto de lanzarlo lejos mientras soltaba un grito.
—¡¿Q-qué es esto?!
—Lombrices.
—¿Y para qué traes tantas lombrices para pescar?
—Porque necesitamos un cebo apetitoso para atraer a los peces.
Al oír la palabra “cebo”, me quedé paralizada.
«¿Eso significa que en el estómago de todos los peces que he comido hasta ahora había…?»
Aunque no había comido pescado en el desayuno de hoy, sentí que se me revolvía el estómago. Sin embargo, Weitz, como si fuera alguien ya acostumbrado a este estilo de vida, caminó con paso firme y se instaló sobre una roca plana.
—¿Empezamos ensartando la lombriz en el anzuelo?
¿Pero qué clase de disparate era aquel? Con los ojos como platos, me quedé mirando lo que Weitz estaba haciendo. Él ensartó la lombriz retorcida en el anzuelo curvo.
«¡Puaj! ¿En serio hay que hacer eso para atrapar un pez? ¿No podemos simplemente golpearlos con la mano o recogerlos con una red?»
Cuanto más sabía, más asco me daba todo.
«He terminado con el pescado para el resto de mi vida.»
En mi campo de visión apareció la lombriz, retorciéndose de dolor tras ser atravesada por el metal. En ese momento, Weitz me dedicó una sonrisa traviesa.
—Supongo que esto es demasiado para ti, ¿verdad? Para la refinada Duquesa, quiero decir.
Era una provocación. Una provocación evidente, pero…
—¡¿Quién dice que no puedo hacerlo…?!
Volví a caer en su trampa.
«Maldito espíritu competitivo.»
Incluso los maestros que me enseñaron diversas disciplinas solían coincidir en lo mismo: —La joven dama tiene un espíritu de lucha tan fuerte que tiende a lanzarse de cabeza a los retos, incluso cuando sabe que saldrá perdiendo.
¿De qué sirve conocer los propios defectos si es tan difícil cambiar la naturaleza con la que uno nace?
«Yo también puedo. Si me lo propongo, puedo hacerlo.»
Apreté los labios con determinación y extendí la mano hacia el cubo rebosante de criaturas retorcidas.
CHOF.
—¡Aaah!
Pero al final, ante el contacto en la punta de mis dedos, terminé gritando y dando saltitos de un lado a otro.
Weitz, al verme así, chasqueó la lengua con aire de suficiencia.
—Ese exceso de competitividad no debe de ser nada bueno para la salud.
¡¿De quién se estaba burlando este hombre?! La rabia me invadió y terminé gritando: —¡Mira quién habla! ¡Has venido a este lugar a propósito solo porque querías verme pasar un mal rato, ¿verdad?!
—Tú eres la que quiere experimentar la vida de los plebeyos.
Weitz lanzó con fuerza al agua el anzuelo con la lombriz ya colocada. Luego, puso la caña de pescar en mis manos y dijo: —La mayoría de los plebeyos atrapan y comen pescado de esta manera.
Sosteniendo la caña con ambas manos por pura inercia, abrí mucho los ojos y pregunté de vuelta: —¿Atraparlo para comer? ¿No lo compran con el dinero que ganan trabajando?
—Si lo compras en el mercado, solo podrías comer sardinas saturadas de sal. Porque el hielo para conservar el pescado fresco es sumamente caro.
—Ah…
Lo que decía Weitz era algo que jamás me había detenido a imaginar. Hasta ahora, pensaba vagamente que la gente trabajaba y que, con ese dinero, compraban todo lo necesario en las tiendas.
Weitz se encogió de hombros y señaló hacia la orilla.
—Mira, ¿ves que casi todos son niños?
—¿Qué tiene de malo?
—Mientras los padres trabajan, los hijos pescan o recogen leña. Solo así pueden aportar algo al sustento del hogar, por poco que sea.
—¿Niños tan pequeños?
Me quedé mirando fijamente a los pequeños que correteaban chapoteando en la orilla. Eran muy jóvenes. Incluso más que yo cuando perdí a mis padres.
Yo solo pensé en que debía aprender a trabajar después de quedar huérfana, pero ellos ya estaban trabajando a una edad mucho menor que la mía.
Weitz continuó explicando la situación con naturalidad: —Los hijos son mano de obra. Cuantos más tengan, más ayudan a la economía familiar.
—Cielos… No tenía ni la menor idea.
“Los hijos son mano de obra.” Nunca se me ocurrió que se pudiera calcular así.
Por supuesto, los nobles también necesitan a sus hijos para utilizarlos en matrimonios de conveniencia, pero muchos consideraban que era mejor tener pocos descendientes debido a las enormes dotes que debían entregar al casarlos.
«Pero para los plebeyos son mano de obra… Es cierto. Si una persona más se lanza al agua, atraparán al menos un pez más.»
Me sentí avergonzada de mí misma por haber creído que conocía bien Johannes y a los plebeyos. Al ver sólo las calles bien ordenadas, pensé que siempre vivían felices.
«En realidad, la feliz era yo.»
Incluso después de perder a mis padres, jamás tuve que preocuparme por pasar hambre.
Solté un suspiro profundo. Entonces, Weitz me dio unas palmaditas en el hombro.
—Así que, esfuérzate un poco más y atrapa muchos peces, Duquesa.
Aunque ya habíamos tenido conversaciones similares varias veces, curiosamente, en esta ocasión me molestó que me llamara “Duquesa”. Le lancé una mirada de soslayo y dije: —…No seas tan sarcástico. Ya soy consciente de que no sé mucho sobre esto.
—No estoy siendo sarcástico.
Weitz ladeó la cabeza y, con una sonrisa radiante, preguntó: —Parece que el título de “Su Excelencia” te sonó a burla… Entonces, ¿puedo llamarte por tu nombre?

TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: VALK
REVISIÓN: VALK
RAWS: ACOSB