Skip to content

ACOSB

  • INICIO
  • ROFAN
  • BL & GL
  • FANTASÍA
  • +15 & +19
  • VIP
  • MANHWAS
  • My Bookmarks
ACOSB

Capítulo 15. Te pareces a… (2)

​—Su Excelencia, ¿por qué demonios está el Duque aquí?

​Lana, que traía el desayuno en una bandeja, preguntó en un susurro al ver a Weitz sentado frente a mí con total naturalidad y calma. Yo simplemente me encogí de hombros.

​—¿Por qué me lo preguntas a mí?

​Ante mi respuesta, Lana puso una expresión de desaprobación, pero se limitó a inclinar la cabeza. Parecía que ella tampoco tenía el valor suficiente para interrogar a Weitz.

​—…Traeré una ración más. Por favor, espere un poco.

​—Está bien.

​Lana volvió a empujar la bandeja y salió. Yo me crucé de brazos y bajé la barbilla.

​—En serio, deja de aparecer así sin previo aviso. Mis criadas se sienten incómodas.

​Ante mis afiladas palabras, Weitz se encogió de hombros.

​—Lo sé. Yo también tengo algo de sentido común.

​—¿Ah, sí? ¿Y quién es entonces la persona que está sentada aquí?

​Me molestaba tanto que respondiera con ese descaro que terminé siendo sarcástica, algo impropio de mí. Entonces, Weitz señaló la cortina con el dedo.

​—Si no fuera por ese wyvern, yo tampoco vendría de esta manera.

​Como si hubiera entendido las palabras de Weitz, la cortina se sacudió. Fruncí el entrecejo, incapaz de comprenderlo.

​—¿Qué pasa con Miau?

​—Tenía mis sospechas, pero no puedo creer que realmente lo estés criando en tu habitación.

​Weitz fulminó a Miau con una mirada tan afilada como el destello de un sable bien forjado. Miau soltó un chillido y se escondió rápidamente tras la cortina.

[​—¡Kyuu!]

​Qué lástima me daba. Aunque sabía que se trataba de un monstruo gigante capaz de herir a los humanos, se veía tan digno de lástima. Fruncí los labios y dije: —Te he dicho que no lo mires así.

​—Ya te lo dije. Ese bicho te ha marcado.

​Weitz seguía fulminando con la mirada hacia la tela de la cortina, que aún temblaba levemente, mientras decía: —En ese momento, ese bicho ya era hombre muerto.

​En ese instante, la cortina se sacudió violentamente. Era una señal de que Miau temía sinceramente la advertencia de Weitz.

​Sin embargo, yo no lograba comprender la reacción de Weitz.

​—Pero si tú te alegraste cuando salvé a esa criatura.

​—Me alegro. Porque nunca antes había visto a alguien tratar a un monstruo con tanta generosidad como tú.

​Efectivamente, mi intuición era correcta. A él le había complacido que yo le perdonara la vida a Miau. Pero, de inmediato, añadió con una expresión llena de irritación: —Pero, al mismo tiempo, me siento de mal humor. Es algo instintivo, así que no me reclames por ello.

​—¿…?

​Le gusta que sea generosa con los monstruos, pero a la vez se siente de mal humor… ¿A qué ritmo debo bailar?*

*Es un modismo coreano que se usa cuando alguien es tan voluble o contradictorio que no sabes cómo complacerlo o cómo actuar.

​«¿Será que así es el sentimiento del Norte?»

​Para empezar, ni siquiera entiendo por qué trata a los monstruos con tanta familiaridad. Al escucharlo, daba la impresión de que los monstruos fueran seres con personalidad propia.

​«Parece que realmente no le gusta que tenga a Miau cerca.»

​En cualquier caso, había una cosa que me quedaba clara. Me encogí de hombros.

​—Está bien. Si tanto te molesta, lo criaré en otro lugar.

​—¿En serio?

​Ante mis palabras, su rostro se iluminó al instante. Yo, con expresión severa, le advertí encarecidamente: ​—Pero tú también cumple tu promesa. Está prohibido aparecerte así de la nada.

​—Entendido. Lo prometo por mi honor.

​—Bien.

​Su respuesta fue rotunda. Asentí con la cabeza. Justo a tiempo, Lana apareció de nuevo empujando la bandeja. Extendí la servilleta sobre mis rodillas y dije: ​—Entonces, desayunemos y salgamos.

​—¿Tan temprano?

​Vaya, así que era consciente de que aún era muy temprano por la mañana. Pensé que, como Weitz irrumpía de forma tan imprudente, ni siquiera tenía esa noción.

​—Estoy ocupada, tengo que dedicarte dos horas, y como tú no contarás como cita nada que no sea el tiempo que pasemos fuera, he pensado que es mejor salir cuanto antes.

​Al escuchar mis palabras, el rostro de Weitz se contrajo de golpe.

​—…¿No crees que tu actitud hacia el Duque Rohard es un poco excesiva?

​—En absoluto.

​«Tú eres el Duque Rohard, no yo.»

​Respondí con indiferencia mientras removía los huevos revueltos que tenía delante.

​—¿Y bien? ¿Es que no hay ningún lugar a donde ir por la mañana?

​Weitz ni siquiera rozó los cubiertos con la punta de los dedos.

​«¿Acaso ya desayunó?»

​¿A esta hora tan temprana? Era un hombre que, aunque me trataba con total confianza, te hacía sentir que había una pared invisible si intentabas mirar en su interior.

​Al ver que yo fruncía el ceño, Weitz respondió con una risita burlona: ​—No es eso, pero el lugar podría ser un poco rudo para una señorita que ha crecido entre algodones.

​—¿Quién creció entre algodones? ¡Yo también he pasado por mil batallas!

​Ante mi exclamación de indignación, Weitz se encogió de hombros.

​—Bueno, si tú lo dices…

 

✧ ➷ೃ༄*ੈ✩ ✧ ➷ೃ༄*ੈ✩ ✧ ➷ೃ༄*ੈ✩

 

​Exactamente treinta minutos después, sentí unas ganas inmensas de golpearme a mí misma por haber alardeado con tanta seguridad de que “había pasado por mil batallas.”

​Me quedé mirando el río que se extendía ante mí con el rostro perdido. Había tanta agua que resultaba ambiguo si aquello era un río o el mar. El agua fluía emitiendo un sonido impetuoso.

​—…¿De verdad estamos en la capital?

​—Es la capital. ¿Acaso no te diste cuenta mientras cabalgábamos hasta aquí? —se mofó Weitz con una risita.

​Me froté los ojos con los puños. Por supuesto que mi cerebro sabía que estábamos en la capital; ¡solo habíamos cabalgado treinta minutos desde el castillo!

​«¡Pero no te lo pregunto porque no lo sepa! ¡Te lo pregunto porque el paisaje es demasiado desconocido!»

​Fruncí el ceño con fuerza y pregunté: ​—¿Hay un río como este en la capital?

​Weitz sacó de no sé dónde un sombrero de paja de ala ancha y me lo encasquetó hasta las orejas.

​—Este es el río Sena. Solo te parece extraño porque estamos en el curso bajo.

​Miré con ojos curiosos el torrente de agua. El Sena es un río inmenso que atraviesa la capital, uno donde incluso navegan cruceros, pero…

​«Este paisaje es completamente diferente.»

​Parpadeé mientras observaba los alrededores. A diferencia de las orillas bien cuidadas del río en el centro de la ciudad, aquí se veían casas humildes construidas de madera, balsas hechas de tablones y niños corriendo desnudos.

​—¿Y qué vamos a hacer aquí?

​—Pescar.

​Weitz me tendió un cubo y una caña de pescar. Al recibir el cubo por instinto, estuve a punto de lanzarlo lejos mientras soltaba un grito.

​—¡¿Q-qué es esto?!

​—Lombrices.

​—¿Y para qué traes tantas lombrices para pescar?

​—Porque necesitamos un cebo apetitoso para atraer a los peces.

​Al oír la palabra “cebo”, me quedé paralizada.

​«¿Eso significa que en el estómago de todos los peces que he comido hasta ahora había…?»

​Aunque no había comido pescado en el desayuno de hoy, sentí que se me revolvía el estómago. Sin embargo, Weitz, como si fuera alguien ya acostumbrado a este estilo de vida, caminó con paso firme y se instaló sobre una roca plana.

​—¿Empezamos ensartando la lombriz en el anzuelo?

​¿Pero qué clase de disparate era aquel? Con los ojos como platos, me quedé mirando lo que Weitz estaba haciendo. Él ensartó la lombriz retorcida en el anzuelo curvo.

​«¡Puaj! ¿En serio hay que hacer eso para atrapar un pez? ¿No podemos simplemente golpearlos con la mano o recogerlos con una red?»

​Cuanto más sabía, más asco me daba todo.

​«He terminado con el pescado para el resto de mi vida.»

​En mi campo de visión apareció la lombriz, retorciéndose de dolor tras ser atravesada por el metal. En ese momento, Weitz me dedicó una sonrisa traviesa.

​—Supongo que esto es demasiado para ti, ¿verdad? Para la refinada Duquesa, quiero decir.

​Era una provocación. Una provocación evidente, pero…

​—¡¿Quién dice que no puedo hacerlo…?!

​Volví a caer en su trampa.

​«Maldito espíritu competitivo.»

​Incluso los maestros que me enseñaron diversas disciplinas solían coincidir en lo mismo: ​—La joven dama tiene un espíritu de lucha tan fuerte que tiende a lanzarse de cabeza a los retos, incluso cuando sabe que saldrá perdiendo.

​¿De qué sirve conocer los propios defectos si es tan difícil cambiar la naturaleza con la que uno nace?

​«Yo también puedo. Si me lo propongo, puedo hacerlo.»

​Apreté los labios con determinación y extendí la mano hacia el cubo rebosante de criaturas retorcidas.

​CHOF.

​—¡Aaah!

​Pero al final, ante el contacto en la punta de mis dedos, terminé gritando y dando saltitos de un lado a otro.

​Weitz, al verme así, chasqueó la lengua con aire de suficiencia.

​—Ese exceso de competitividad no debe de ser nada bueno para la salud.

​¡¿De quién se estaba burlando este hombre?! La rabia me invadió y terminé gritando: —¡Mira quién habla! ¡Has venido a este lugar a propósito solo porque querías verme pasar un mal rato, ¿verdad?!

​—Tú eres la que quiere experimentar la vida de los plebeyos.

​Weitz lanzó con fuerza al agua el anzuelo con la lombriz ya colocada. Luego, puso la caña de pescar en mis manos y dijo: —La mayoría de los plebeyos atrapan y comen pescado de esta manera.

​Sosteniendo la caña con ambas manos por pura inercia, abrí mucho los ojos y pregunté de vuelta: —¿Atraparlo para comer? ¿No lo compran con el dinero que ganan trabajando?

​—Si lo compras en el mercado, solo podrías comer sardinas saturadas de sal. Porque el hielo para conservar el pescado fresco es sumamente caro.

​—Ah…

Lo que decía Weitz era algo que jamás me había detenido a imaginar. Hasta ahora, pensaba vagamente que la gente trabajaba y que, con ese dinero, compraban todo lo necesario en las tiendas.

​Weitz se encogió de hombros y señaló hacia la orilla.

​—Mira, ¿ves que casi todos son niños?

​—¿Qué tiene de malo?

​—Mientras los padres trabajan, los hijos pescan o recogen leña. Solo así pueden aportar algo al sustento del hogar, por poco que sea.

​—¿Niños tan pequeños?

​Me quedé mirando fijamente a los pequeños que correteaban chapoteando en la orilla. Eran muy jóvenes. Incluso más que yo cuando perdí a mis padres.

​Yo solo pensé en que debía aprender a trabajar después de quedar huérfana, pero ellos ya estaban trabajando a una edad mucho menor que la mía.

​Weitz continuó explicando la situación con naturalidad: —Los hijos son mano de obra. Cuantos más tengan, más ayudan a la economía familiar.

​—Cielos… No tenía ni la menor idea.

“Los hijos son mano de obra.” Nunca se me ocurrió que se pudiera calcular así.

​Por supuesto, los nobles también necesitan a sus hijos para utilizarlos en matrimonios de conveniencia, pero muchos consideraban que era mejor tener pocos descendientes debido a las enormes dotes que debían entregar al casarlos.

​«Pero para los plebeyos son mano de obra… Es cierto. Si una persona más se lanza al agua, atraparán al menos un pez más.»

​Me sentí avergonzada de mí misma por haber creído que conocía bien Johannes y a los plebeyos. Al ver sólo las calles bien ordenadas, pensé que siempre vivían felices.

​«En realidad, la feliz era yo.»

​Incluso después de perder a mis padres, jamás tuve que preocuparme por pasar hambre.

​Solté un suspiro profundo. Entonces, Weitz me dio unas palmaditas en el hombro.

​—Así que, esfuérzate un poco más y atrapa muchos peces, Duquesa.

​Aunque ya habíamos tenido conversaciones similares varias veces, curiosamente, en esta ocasión me molestó que me llamara “Duquesa”. Le lancé una mirada de soslayo y dije: —…No seas tan sarcástico. Ya soy consciente de que no sé mucho sobre esto.

​—No estoy siendo sarcástico.

​Weitz ladeó la cabeza y, con una sonrisa radiante, preguntó: —Parece que el título de “Su Excelencia” te sonó a burla… Entonces, ¿puedo llamarte por tu nombre?

 



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: VALK
REVISIÓN: VALK
RAWS: ACOSB


¿TE HAS CANSADO?

© 2026 ACOSB

No puedes copiar el contenido de esta página.

    Previous Post

  • CAPÍTULO 14

    Next Post

  • CAPÍTULO 16
Scroll to top
  • INICIO
  • ROFAN
  • BL & GL
  • FANTASÍA
  • +15 & +19
  • VIP
  • MANHWAS
  • My Bookmarks