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Capítulo 14. Te pareces a… (1)

El Dragón Astuto, tal como sugería su nombre, era inteligente y taimado. No mostraba debilidad alguna ni caía en ninguna trampa. La Santa, a quien los dioses habían dotado de sabiduría, reflexionó profundamente hasta que ideó un plan para atraer al dragón hacia el Norte.

​—Oh, Gran Ser, por favor, guiadnos a nosotros, que somos necios.

​Ante las palabras de la Santa, el Dragón Astuto refunfuñó con malicia: ​—¿Por qué habría yo de guiar a seres tan ignorantes como vosotros? Me moriría del coraje antes de terminar de cuidaros.

​Sin embargo, la Santa no se rindió.

​—Oh, Gran Ser, sed clemente. Necesitamos a alguien que nos guíe.

​Las oraciones de la Santa continuaron durante cien días. Sus súplicas fervientes terminaron por derretir incluso el corazón de acero del Dragón Astuto. El dragón reveló su forma ante la Santa y le preguntó: —Yo soy así de gigante, mientras que vosotros sois pequeños como hormigas. Si me muevo tan solo un poco, moriréis. ¿Cómo pretendéis que os guíe?

​Ante la pregunta del Dragón Astuto, la Santa respondió con una sonrisa radiante: —Tengo un método para ello…

​[De los Mitos de la Fundación del Imperio.]

 

✧ ➷ೃ༄*ੈ✩ ✧ ➷ೃ༄*ੈ✩ ✧ ➷ೃ༄*ੈ✩

​Se escuchó un pequeño sonido desde algún lugar. Una voz pausada y calmada, como si estuviera leyendo un libro de cuentos, resonó junto a mi almohada.

​—…¿Por qué los humanos son tan adorables…?

​Pero, al escucharla, ¿por qué sentía que el corazón se me partía de dolor?

​—…Y a la vez tan odiosos.

​La mirada que parecía observar algo encantador se volvió repentinamente afilada, como si fuera a apuñalarme y matarme en ese mismo instante. En ese momento, solté un grito y me incorporé de golpe.

​—¡Ah!

​Había sido un sueño.

​Parpadeé. El techo familiar y un rostro extraño entraron en mi campo de visión al mismo tiempo.

​Un hombre de piel bronceada y saludable, cejas pobladas y cabello negro despeinado me miró a los ojos y se sobresaltó.

​—¿Qu-qué pasa?

​—…Creo que eso es lo que debería decir yo.

​Le respondí, incrédula. Weitz, por el contrario, me fulminó con la mirada y se quejó: —Me diste un susto de muerte. No abras los ojos de esa manera tan repentina.

​—…

​¿Se supone que la regañada aquí debo ser yo?

​Me incorporé y me senté en la cama. Pensé que podía ser una alucinación, pero mis muebles de siempre estaban allí. Definitivamente era mi habitación.

​«Y yo no recuerdo haber invitado a este hombre a mi cuarto.»

​¿Qué invitación? Ni las criadas ni mi hermana Mimi me habían visto nunca dormir. Por lo tanto, era imposible que hubiera invitado a este desconocido a mi dormitorio mientras dormía.

​Entorné los ojos y pregunté: ​—¿Por qué estás aquí?

​—¿Eh?

​—Esta es mi habitación.

​Ante mi obvia observación, el hombre que claramente era un intruso ladeó la cabeza y, por el contrario, preguntó con total descaro: —Bueno, ¿no es hoy el día en que acordamos tener nuestra cita?

​—Creo recordar que acordamos que la cita duraría solo dos horas.

​Me aparté el cabello alborotado del rostro. Luego, aparté las mantas y deslicé mis pies en las zapatillas que estaban al pie de la cama. Me sentía aturdida y el solo pensamiento de que alguien extraño me hubiera visto dormir hacía que mis nervios se pusieran de punta.

​—…¿Cómo demonios entraste? Había guardias vigilando.

​—¿Quién crees que soy?

​Weitz se encogió de hombros. Yo entrecerré aún más los ojos.

​—No me digas que entraste tras noquear a todos.

​—Entré por métodos sumamente pacíficos. Por cierto, no regañes a los guardias; no fue culpa suya en absoluto. Ni siquiera ellos podrían estar alerta ante un pequeño gecko*.

​—¿Un gecko?*

*Una lagartija.

​No tenía idea de qué estaba hablando. Decidí que, por ahora, necesitaba beber un poco de agua.

​Mientras servía agua de la jarra que estaba sobre la mesita de noche, Weitz respondió con astucia: —Y, para ser precisos, acordamos dos horas para “experimentar la vida de los plebeyos en la ciudad”. Dicho de otro modo, eso significa que dentro de esta mansión no importa cuántas horas pasemos juntos, ¿no crees?

​—Qué sofisma.*

*Un engaño o mentira que se esconde bajo algo que parece verdad.

​Él había definido la naturaleza de la cita y yo había puesto el límite de tiempo. Ver cómo invertía el orden de los factores para completar una lógica tan bizarra me dejó sin palabras.

Weitz se cruzó de brazos y frunció los labios.

​—Hacer sofismas es algo que a los humanos se les da muy bien.

​—¿Podrías dejar de hablar como si tú no fueras uno de ellos?

​Es que de verdad transmite una sensación tan distinta a la de otros nobles que me genera una extraña disonancia.

​Mientras Weitz y yo manteníamos esa discusión trivial, un pequeño llanto resonó desde un rincón de la habitación.

[​—¡Kyuu!]

​—¿Eh?

​Giré la cabeza siguiendo el sonido y abrí los ojos de par en par.

​—¿Por qué estás metido ahí en ese rincón, Miau?

​El que había llorado era el wyvern que Weitz y el Príncipe Kanzel habían capturado en el banquete anterior.

​Después de traer al wyvern a la mansión, estuve dándole vueltas a qué nombre ponerle, pero al final decidí llamarlo “Miau”, tal como lo llamé la primera vez.

​—¡Miau, Miau!

​Quizás porque notó que lo saludaba, Miau, que estaba escondido tras la cortina moviéndose torpemente, asomó el cuerpo y se acercó a mí de un salto. Entonces, empezó a frotar su mejilla contra el dorso de mi pie.

​Weitz soltó un resoplido burlón al ver a Miau.

​—Mira nada más…

​—¿Qué pasa?

​—Nada.

​Diciendo que no era nada, Weitz agarró a Miau por la nuca y lo lanzó de vuelta tras la cortina con un movimiento rápido.

​—No dejes que esa cosa esté tocándote todo el tiempo.

​—¿Por qué?

​—Es su forma de marcar territorio. Está impregnando su olor en ti.

​—Y qué más da si se me queda el olor a gato…

​—Te he dicho mil veces que no es un gato, de verdad que eres terca.

​Weitz soltó una risita. Justo cuando iba a preguntarle de qué se reía, él se me adelantó por un paso y preguntó: —Cambiando de tema, sí que tienes agallas. ¿Cómo puedes criarlo en tu habitación sabiendo que podría volverse gigante en cualquier momento?

​—Bueno…

​Tenía algo que decir al respecto. Puse una expresión deliberadamente compungida.

​—No es como si pudiera meterlo en el establo con los caballos.

​—¿Por qué es un bebé?

​—No. Porque los caballos se mueren de miedo.

​De hecho, mi intención inicial fue llevar al wyvern al establo. Sin embargo, en cuanto apareció, los caballos empezaron a relinchar y a echar espuma por la boca, así que no pude cumplir mi plan.

​«¿Por qué se asustan tanto si es así de pequeño? ¿Acaso a los ojos de los animales sigue viéndose como un monstruo?»

​Miré con curiosidad al pequeño Miau, que seguía escondido tras la cortina. Weitz preguntó con un tono de total incredulidad: ​—¿Y por eso decidiste dejarlo en tu habitación?

​—Sí.

​—¿Ah, sí?

​Las cejas de Weitz se contrajeron, como si mi respuesta le hubiera molestado. En cuanto Miau se topó con esa mirada dorada…

​[—¡Kyuu, kyuu!]

​Soltó el mismo chillido de antes y se hundió más profundamente tras la cortina. Antes tenía mis dudas, pero ahora estaba segura. Me acerqué a Weitz por detrás y le cubrí los ojos con las manos.

​«Menos mal que este hombre está sentado en la silla junto a la cama. Si estuviera de pie, no lo alcanzaría ni poniéndome de puntillas.»

​Al estar detrás de él, pude sentir realmente lo enorme que era su complexión. Parecía el tipo de hombre capaz de cargar a una mujer de mi tamaño sobre un solo hombro sin esfuerzo.

​«Incluso su cabello, que parece tan áspero, es sorprendentemente suave.»

Justo cuando estaba ahí de pie, cubriéndole los ojos mientras me perdía en mis propios pensamientos, sentí la palma de la mano de Weitz sobre el dorso de la mía. Me preguntó con una voz que sonaba como un gruñido bajo: —…¿Qué crees que estás haciendo?

​Tras apartar mis manos, giró la cabeza para mirarme. Yo volví a cubrirle los ojos de inmediato y respondí: —No lo mires. Creo que Miau se asusta cuando lo observas.

​—¿Cómo va a ser eso posible? Él es un monstruo y yo soy un humano.

​—Pues parece que sabe perfectamente que eres el temible Duque Rohard.

​Ante mi respuesta, Weitz soltó una risita burlona.

​—Cierto. Soy Weitz Rohard. El hombre que no tolera que nadie toque lo que le pertenece.

​Aplicó un poco más de fuerza para retirar mis manos de sus ojos. Al quedar al descubierto, Miau volvió a chillar y se escondió tras la cortina.

​[—¡Kyuu!]

​—Oye, Weitz… ¡Ah!

​Antes de que pudiera detenerlo, Weitz me mordió la punta de los dedos. Desconcertada, retiré la mano con fuerza y lo fulminé con la mirada.

​—¿Por qué tienes esa manía de andar mordiendo? Y justo en los dedos…

​Esta vez debió morder con bastante fuerza, porque sentí un hormigueo punzante. Mientras yo me frotaba con el índice la marca de los dientes que me había dejado, él me preguntó con una sonrisa lánguida: —Entonces, ¿puedo morderte en otro lugar? ¿Dónde prefieres que lo haga?

Su voz sonaba bastante sexy a su manera, pero yo le respondí con irritación: —¿Es que no existe la opción de “no morder”? ¿Acaso me ves como un hueso gigante a tus ojos?

​—…

​Ante mi respuesta, el rostro de Weitz se puso lívido. Ladée la cabeza, confundida.

​—¿Por qué pones esa cara?

​Weitz se encogió de hombros con una expresión de ligero fastidio. No sé qué habría sido, pero parecía que se le habían quitado las ganas.

​—Nada… es solo que me resulta refrescante que te describas a ti misma como un hueso.

​—Qué honor.

​No es que yo hubiera dicho nada del otro mundo.

​«El que está mal es el que se la pasa mordiendo a la gente.»

​Mientras yo revisaba mi dedo por todos lados, Weitz se levantó de su asiento y se interpuso entre Miau y yo con pasos largos y firmes.

​—Y eso que te estoy tratando con bastante delicadeza…

«​¿Tratarme con delicadeza es colarse en mi habitación de madrugada y asustar a un animalito pequeño?»

​Respondí con tono cínico: —¿Y quedarte mirando cómo babeo mientras duermo?

​—Dormías muy tranquilamente. Y además…

​Su mano grande se deslizó por mi nuca, apartando mi cabello hacia el hombro. Justo cuando fruncía el entrecejo ante su mirada que me provocaba cosquilleos, sus ojos dorados volvieron a atrapar los míos. Sus ojos se curvaron en una suave y radiante sonrisa.

​—Ni siquiera me atrevo a pronunciar tu nombre por miedo a que te desgastes si te llamo, Lili.

​—Lo acabas de hacer.

Le aparté la mano de un golpe. Ese “Lili” pronunciado con su voz excesivamente grave me provocaba un cosquilleo que me subía por todo el rostro.

​«Es peligroso seguir mirándolo.»

​Él ya había visto mi rostro mientras dormía, algo que ni siquiera mi antiguo prometido había logrado. No quería darle ni una sola oportunidad más de ver mis puntos débiles.

​—Vete ahora mismo. Las dos horas de hoy se dan por terminadas.

​Le di la espalda y dicté mi orden con voz fría. Weitz soltó una carcajada.

—Vaya, qué gracioso. Con razón dicen que lo llevas en los huesos.

​—No es una broma.

​Puse una expresión deliberadamente airada y lo fulminé con la mirada.

​—Has cometido un acto sumamente grosero. Esto es motivo suficiente para romper el contrato y prohibirte la entrada a la mansión Johannes para siempre, y no tendrías nada que reclamar.

​—¿Te refieres al hecho de haber entrado a escondidas para observar tu rostro?

​—Exactamente.

​—Pero si no te he causado ningún daño. Estrictamente hablando, como tu amante, estaba aquí vigilando para asegurarme de que esa bestia no te hiciera nada.

​Weitz señaló con el dedo hacia la cortina. Al instante, Miau soltó un “¡Kyuu!” desde su escondite.

​«Como si Miau fuera a hacerme algo.»

​Sin embargo, para mi pesar, recordar lo aterrador que se veía Miau ayer hacía que sus palabras no sonaran tan descabelladas.

​«Ahora que lo pienso, es una excusa bastante convincente.»

​Al principio estaba furiosa porque se había colado en mi habitación, pero al decirme que era porque estaba preocupado por mí, me quedé sin palabras. Respondí con un tono bastante más suave: —Como sea, vete por hoy. Tengo mucho que hacer a partir de ahora, como bañarme y otras cosas.

​Ante mi respuesta, él chasqueó los dedos pulgar e índice y murmuró: —Clean (Limpieza).

​En ese instante, una ráfaga de viento refrescante se levantó y me recorrió de la cabeza a los pies. Abrí los ojos de par en par.

​—…¿Qué acabas de hacer?

​Me sentía impecable y fresca, exactamente como si acabara de salir de la ducha y me hubiera secado. Me toqué los brazos y el cabello, asombrada. Weitz se encogió de hombros.

​—Es una magia sencilla.

​—¿Magia para lavarse la cara y el cabello? ¿Existe algo así?

​—Podría enseñarte cosas incluso más sorprendentes.

​Weitz chasqueó los dedos repetidamente mientras me dedicaba una sonrisa de suficiencia. Era una sonrisa sumamente extraña, que solo él podía poner: odiosa pero, de algún modo, radiante.

​—¿Aun así vas a echarme, Lili?

​«Pero qué dice…»

​Sin embargo, era cierto que su magia me había resultado de lo más fascinante. Con un tono extremadamente formal, le concedí el permiso para quedarse: —Puede permanecer aquí todo lo que desee, Duque. No obstante, le suplico que la próxima vez tenga a bien entrar por la puerta principal y no por la ventana.

​—Lo juro por mi honor, Duquesa Johannes.

​Nuevamente, me siguió el juego a la perfección. Se inclinó sobre una rodilla doblando la cintura, realizando una reverencia un tanto exagerada que, extrañamente, le sentaba bien a pesar de parecer fuera de lugar.

​Fruncí el ceño y comenté: ​—Eres muy extraño. Tienes el aspecto de un maleante de poca monta, pero los modales antiguos y refinados te quedan de maravilla.

​—¿Maleante…?

​Ante mis palabras, su rostro volvió a palidecer.

​«¿Habrá sido demasiado decir lo de maleante?»

​Justo cuando me rascaba la mejilla con gesto incómodo, Weitz se puso las manos en la cadera y dijo con una risita: —Te pareces a alguien.

​—¿A quién?

​Su mirada se volvió distante, como si recordara algo lejano y nostálgico.

​«No me digas que… ¿Tengo algún aire a su primer amor o algo por el estilo?»

​Mientras me ponía tensa sin querer ante tal posibilidad, Weitz respondió con ligereza: —A un hueso.

​Señalé la ventana con el dedo índice, desprendiendo una irritación palpable: —Haga el favor de desaparecer ahora mismo, Duque.

​—Jajajaja.

​Weitz estalló en carcajadas. Era un hombre verdaderamente odioso.

 

 



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: VALK
REVISIÓN: VALK
RAWS: ACOSB


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