Capítulo 12. Un escándalo extraño (1)
Me encontraba en una situación sumamente embarazosa.
No hacía falta escuchar lo que decían para saber exactamente qué pasaba por la mente de las personas que me observaban.
—Si es la señorita Johannes, ¿no es esa joven cuyo prometido se fugó por amor hace poco?
—¿Qué tipo de relación tendrá con el Duque Rohard, de todos modos?
Solté un suspiro por la nariz.
«Todos están escribiendo su propia novela, de verdad.»
Si al menos hablaran abiertamente, podría intentar poner alguna excusa y decir que no es lo que parece; pero como solo se dedican a susurrar, no tengo forma de arreglar la situación.
«No… en realidad, quizás sea mejor que no pregunten. Si lo hacen, ¿qué se supone que respondería?»
Desde mi primer encuentro con Weitz hasta nuestra actual “relación amorosa temporal”, no había ni un solo detalle que pudiera explicarle a la gente de forma convincente.
Al final, terminé fulminando con la mirada al hombre que era el verdadero culpable de todo este malentendido.
—¿Por qué me mentiste?
Ante mi interrogatorio, Weitz respondió con un tono tan pausado y relajado que me resultó exasperante.
—Mentirle a los demás es algo que solo hacen los débiles.
Bajo la luz del candelabro, sus facciones salvajes resaltaban de una manera casi irreal. Inflé mis mejillas con indignación.
—Me mentiste. ¿Por qué no me dijiste desde el principio que eras el Duque Rohard?
—Te lo dije. Desde el principio te dije que mi nombre es Weitz.
—¿Qué? —fruncí el ceño.— Pero el nombre del Duque Rohard es Yates de Gaulle Rohard.
—¿Yates?
Al escuchar mis palabras, fue Weitz quien abrió los ojos de par en par. Y de inmediato, soltó una risita burlona.
—Al parecer, el mensajero que usan en el Palacio Imperial es un completo idiota.
Su rostro, con esa sonrisa profunda, se mezclaba con el ambiente del salón de banquetes, creando una atmósfera extraña. Él volvió a repetir las mismas palabras una vez más.
—Mi nombre es Weitz.
—¿Entonces por qué se te conoce como Yates?
Ante mi pregunta, Weitz se encogió de hombros.
—Seguramente el mensajero escribió mal la letra. Por ejemplo, confundió la “W” con la “Y”.
—¿Qué?
Cada cinco años, todos los nobles deben enviar sus datos familiares y cualquier cambio al Palacio Imperial para ser incluidos en el “Anuario de la Nobleza”. En ese proceso, aunque era raro, a veces ocurría que un mensajero transmitía mal un nombre.
—Ahora que lo dices… supongo que es bastante posible.
Apreté los labios. Weitz, dándose cuenta de que yo estaba muerta de la vergüenza, entrecerró los ojos con una sonrisa y susurró: —Conque por eso estabas tan convencida de que yo no era el mismísimo Duque.
—…No te acerques tanto.
Empujé con la palma de mi mano su hombro, que se pegaba al mío fingiendo una cercanía constante. Sin embargo, fue un error de mi parte olvidar que ese tipo de contacto nos hacía parecer aún más íntimos.
A mis espaldas, volví a escuchar esos murmullos: —Pero, ¿cómo es que la hija menor de los Johannes conoce a Su Excelencia, el Duque Rohard?
—¿Hija menor? A partir de hoy, ella es la “Duquesa Johannes”.
—Vaya… ¿Acaso ha habido alguna vez en la historia una unión entre dos Duques?
Al escuchar aquello, me mordí el labio inferior con fuerza.
«Qué unión ni que nada.»
Ni que me hubiera comprometido con este hombre; ¿cómo es posible que ya estén hablando de una “unión”?
«Qué hartazgo, de verdad.»
Sin embargo, ahora que mi hermana Mimi se había marchado, los asuntos de la sociedad aristocrática eran algo de lo que yo también debía hacerme cargo.
«A mi hermana se le daba tan bien la vida social…»
El simple hecho de ser hermosa ya era una ventaja considerable para ella. Pero, por encima de todo, a mi hermana le encantaba socializar con la gente.
«Yo también podré hacerlo. No queda de otra más que echarle ganas.»
Mientras estaba sumida en esos pensamientos, Weitz, que estaba a mi lado, me dio unos golpecitos suaves en el dorso de la mano con los dedos. Levanté la cabeza preguntándome qué pasaba y, al ver al hombre que estaba frente a mí, me apresuré a inclinar la cabeza.
—Saludo a Su Majestad, el Emperador.
Frente a nosotros, se encontraba nada menos que el Emperador del Imperio.
—Ha pasado mucho tiempo, Duque Rohard.
El saludo del Emperador fue bastante afectuoso. Weitz respondió simplemente con una ligera inclinación de cabeza. Los ojos arrugados del soberano se dirigieron entonces hacia mí, que estaba de pie a su lado.
—Y la Duquesa Johannes también.
«¿Cuál sería la razón para llamarme específicamente “Duquesa” cuando aún no se había celebrado la ceremonia de investidura?» Era una clara muestra de cercanía. Incliné la cabeza con aún más cortesía.
—Es un honor encontrarme ante Su Majestad.
—Has crecido mucho, veo que ya sabes cómo guardar las formas. Todavía recuerdo cuando no eras más que una niña pequeña.
—Me avergüenza escucharlo.
Tras la muerte de mis padres, el Emperador se había mostrado favorable hacia mi hermana y hacia mí.
«Aunque no sé si pensó que sería más fácil de manejar si nosotras heredábamos el título en lugar de mi tío.»
Sea como fuere, era algo por lo que debía estar agradecida.
—Sin embargo…
La mirada del Emperador descendió hacia mi mano, la cual Weitz sostenía mientras me escoltaba. Me di cuenta de que ese era el tema principal.
El Emperador preguntó con tono pausado: —¿Acaso ustedes dos eran cercanos? No tenía conocimiento de ello.
—Ah…
Como no habíamos acordado qué decir sobre este punto, no pude responder de inmediato y vacilé. Fue en ese momento cuando Weitz respondió con una sonrisa relajada: —Nos conocimos en la Academia. Desde entonces, mantuvimos el contacto a través de cartas, y al enterarme de los recientes sucesos, decidí apoyarla como corresponde a un amigo.
Al oír su respuesta, abrí los ojos de par en par. El Emperador parecía igual de sorprendido; frunció el ceño y preguntó: —¿La Academia? ¿Cuándo estuvo el Duque en la Academia?
—¿No lo recuerda? Fue Su Majestad quien me la presentó personalmente.
—…Ahora que lo mencionas, creo que lo recuerdo. A medida que uno envejece, hay muchas cosas que se vuelven borrosas.
Aunque el Emperador fuera mayor, tenía más o menos la misma edad que mis padres. Por lo tanto, eso de que “las cosas se volvían borrosas” era solo una excusa para no quedar en evidencia. Weitz se inclinó ante él.
—Rohard le jura lealtad a Su Majestad. Tal como ha sido desde entonces hasta ahora.
El Emperador miró a Weitz por un momento, como si se hubiera quedado sin palabras. Pero enseguida recuperó su sonrisa bondadosa y las palabras empezaron a fluir de nuevo, como si nunca se hubiera tensado.
—Ja, ja. ¿Quién aquí no sabe que el Duque protege a este país de esos feroces monstruos? Me alegra que hayas venido al banquete de cumpleaños de mi hija. En el futuro, asegúrate de subir a la capital con más frecuencia.
—Gracias.
Weitz hizo una última inclinación impecable y se dio la vuelta. Yo, que terminé dándole la espalda al Emperador por inercia al seguir a Weitz, le pregunté en susurros: —¿Eres cercano a Su Majestad? Es la primera vez que lo veo tan afectuoso.
—¿Cómo crees que sería posible?
Weitz esbozó una sonrisa cínica. Agarró mi mano con firmeza y abrió la puerta de una terraza cercana. Consciente de las miradas curiosas, no cerró las cortinas de la terraza.
Era una forma de decir que solo habíamos salido a conversar y que no pasaría nada de lo que se esperaría entre un hombre y una mujer.
Tras cerrar la puerta con un clac, él respondió con una ligera mueca en el rostro: —Hoy es la primera vez que veo al Emperador.
Fruncí el ceño ante la respuesta de Weitz.
—¿Qué? ¡Pero si se saludaron como si no se hubieran visto en mucho tiempo!
—Por eso mismo es un viejo zorro.
Weitz se sentó en la barandilla de la terraza. Sus piernas, que se flexionaban en una curva suave, se extendían largas y estilizadas. Con un gesto relajado, dio unos golpecitos a su lado y dijo: —Quiere presumir de que tiene a los Rohard bajo su control.
—Ah… ya entiendo.
Me senté a propósito en el lado opuesto de la barandilla donde él había señalado y me encogí de hombros.
—Definitivamente, la política no es lo mío. Hacer cálculos numéricos o predicciones es fácil, pero sondear las intenciones de la gente es algo que simplemente no puedo hacer.
Sinceramente, si me pusiera en su lugar y el Emperador me hubiera tratado así, no tendría la confianza para manejar la situación con la misma destreza que Weitz.
«Responder con tanta naturalidad a alguien que ni siquiera conoce… Entonces, lo de la Academia también debió ser mentira.»
Tras escuchar la explicación de Weitz, lo entendí todo. El Emperador se había sentido ofendido al enterarse de que el Duque Rohard, a quien ni siquiera él había visto en persona, se había tomado la molestia de venir a la capital solo para ver a la Duquesa Johannes.
Weitz lo caló de inmediato y lo dejó mudo al responderle, en esencia: “¿Pero si fuiste tú mismo quien me la presentó?”
«El Emperador debe haber sufrido un buen golpe interno.*»
*Hirieron su orgullo.
Como quería alardear de ser la persona más cercana al Duque Rohard, no tuvo más remedio que seguirle la corriente a su mentira para mantener las apariencias. Aunque no puedo estar segura, lo más probable es que ahora mismo esté de un humor de perros.
«A mi hermana Mimi se le daba muy bien este tipo de cosas… aunque en su caso, habría dejado al otro en evidencia simplemente por su falta de tacto.»
Si Mimi hubiera escuchado una respuesta así, habría sido el tipo de persona que responde con total naturalidad: {—¿Mimi? ¿Cuándo? ¡Mimi nunca ha hecho algo así!}.
Justo cuando esbozaba una sonrisa amarga al recordar a mi hermana, Weitz inclinó la cabeza hacia mí y dijo: —¿Eso crees? Yo, en cambio, pienso que tienes talento.
¿Talento? Qué tontería. Durante mis días en la Academia, mi círculo de amigos era sumamente estrecho. Justo cuando solté una risita y estaba a punto de decirle que no se molestara en intentar consolarme, ocurrió algo.
Weitz añadió con una sonrisa juguetona: —Para no tener talento, te escapaste bastante bien. Aquella primera noche, dejándome solo… ¡Mmmph!
—¡Por favor, no digas ni una palabra más sobre eso! —con el rostro encendido, le tapé la boca a Weitz con la mano. Al darme cuenta de que había muchas miradas observándonos de reojo a través del cristal de la terraza, retiré la mano sigilosamente.
Sintiendo el calor subir por mis mejillas, me cubrí la cara con las palmas de las manos.
—¿En qué estaba pensando al beber tanto si ni siquiera tolero el alcohol?
Si no hubiera bebido, no me habría enredado con este hombre.
«El Duque Rohard… es una figura demasiado influyente.»
A este paso, estaba claro que el escándalo no se calmaría fácilmente ni siquiera después de un mes. Justo cuando mi cabeza se volvía un lío, Weitz, ajeno a mi preocupación, respondió con una sonrisa relajada y constante: —A veces, las personas simplemente hacen cosas que normalmente no harían.
Miré a Weitz con cautela a través de los huecos entre mis dedos, que aún cubrían mi rostro.
—¿A ti también te pasó lo mismo?
Ante mi pregunta, Weitz se limitó a arquear una ceja. Aunque físicamente parecía un leopardo perfecto, cuando ponía esa expresión se veía tan travieso como un niño.
—El haberte dirigido la palabra fue algo inusual en mí. Básicamente, no tengo interés en los demás.
«Eso parece.»
Me quedé mirándolo fijamente. Quizás era por la iluminación más tenue de la terraza en comparación con el salón de banquetes, pero su cabello parecía fundirse con la oscuridad. Sus ojos, de un dorado intenso como la miel, brillaban como estrellas.
«Si no fuera por esa cicatriz, tendría un aspecto más apacible.»
Las numerosas cicatrices que cubrían su cuerpo se extendían incluso por su cuello. Emanaba esa presencia característica de la gente del norte que lucha contra monstruos.
En muchos sentidos, él pertenecía a un mundo totalmente distinto al mío.
«Entonces, ¿por qué se acercó a mí con tanta facilidad y sin la menor sospecha?»

TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: VALK
REVISIÓN: VALK
RAWS: ACOSB