Capítulo 49
—Mm mm mm, mm mm mm.
Koi tarareaba alegremente mientras organizaba los estantes, lo que llamó la atención de un cliente amigo del dueño de la tienda que lo observaba con recelo.
—¿Te pasó algo bueno hoy?
—¿Eh? No, ¿por qué?
El cliente, con los brazos cruzados, señaló el rostro de Koi con una mano.
—No paras de sonreír. Hasta canturreas.
—¿Yo?
—Sí.
El cliente lo escrutó de arriba abajo antes de clavarle una mirada sospechosa, como si algo no cuadrara. Pero Koi solo inclinó la cabeza, confundido, con una sonrisa radiante. Tarareando de nuevo, volvió a su trabajo mientras el cliente observaba su espalda con desaprobación.
Faltaban 10 minutos.
Koi echó un vistazo furtivo al reloj y contuvo las ganas de saltar de emoción. Nunca había cerrado la tienda ni un minuto antes, al contrario, siempre hacía horas extras. No era sorpresa: aunque el horario de cierre era a las 10 p.m., limpiar, ordenar y sacar la basura le tomaba al menos una hora.
Si intentaba adelantar esas tareas, siempre llegaba alguien justo antes del cierre, ensuciando o dejando más desorden. Además, el dueño lo regañaba si veía que limpiaba antes de tiempo, diciendo que incomodaba a los clientes, así que no le quedaba más opción que esperar hasta el último minuto.
Últimamente, por los entrenamientos de patinaje, no trabajaba entre semana, pero los sábados debía llegar al menos una hora antes para compensar lo pendiente. Claro, sin pago extra, pero Koi obedecía sin quejarse. Al menos tenía trabajo, y por eso estaba agradecido.
5 minutos más.
«Pronto veré a Ash.»
No pudo contener la felicidad y sus orejas se irguieron. Justo entonces:
—¿Ya tomaste el examen de ingreso a la universidad? —preguntó el cliente de pronto.
Koi se detuvo y murmuró:
—Ah, sí… bueno…
—¿Y? ¿Qué puntaje sacaste?
—No… no me fue bien.
Intentó evadir, pero el cliente insistió:
—Dime cuánto.
—Eh…
Koi era terrible bajo presión. Finalmente, se rindió y confesó su bajo puntaje. La expresión severa del cliente se suavizó al instante.
—Vaya, sí que te fue mal.
El cliente, padre de un compañero de clase de Koi, solía compararlos y menospreciar a Koi. Al principio lo ignoraba, pero cuando supo que Koi tenía mejores notas que su hijo, su actitud cambió. Empezó a preguntarle constantemente por sus calificaciones, y si Koi no respondía, no lo dejaba en paz.
El cliente, ahora de mejor humor al confirmar que su hijo superaba a Koi, colocó sus compras en la caja. Koi se apresuró a atenderlo cuando…
¡DING!
Una brisa fría entró con el sonido de la campana. Koi giró instintivamente y se quedó paralizado.
—¿Eh?
El cliente frente a la caja también abrió los ojos como platos.
Un hombre enorme entró en la tienda. Tuvo que agacharse para pasar la puerta, y al enderezarse, su presencia pareció llenar el pequeño local.
El cliente estiró el cuello para ver su rostro, pero el recién llegado lo ignoró, escaneando el lugar hasta fijarse en Koi.
—¿Ash? —logró decir Koi, aún atónito.
Ashley se quitó las gafas de sol y sonrió.
—Koi.
El cliente miró alternativamente entre ambos, claramente sorprendido de que Koi tuviera un conocido así. Ashley, indiferente, se acercó con paso firme.
—Ya casi es hora, ¿no? Vine a buscarte.
—S-sí, pero…
Aún faltaban 2 minutos. Ashley siguió la mirada de Koi al reloj y sonrió.
—Bueno, ya casi. Te espero.
—Ah, sí.
Koi asintió y lo miró, sin poder evitar que su boca se curvara en una sonrisa.
—Gracias. Espera un momentito.
—Claro.
Ashley asintió, y Koi se apresuró hacia la caja. El cliente, que aún observaba a Ashley, preguntó:
—¿Quién es ese? ¿Lo conoces?
—¿Eh? Sí.
Koi respondió distraído, pero entonces el pecho se le hinchó de orgullo. Respiró hondo antes de continuar:
—Es mi amigo.
—¿Qué? ¿Amigo?
El cliente pareció desconcertado y volvió a mirar a Ashley, quien, con las manos en los bolsillos, observaba los estantes que Koi estaba ordenando. Sus ojos se encontraron con los del cliente, quien, sobresaltado, apartó rápidamente la vista.
—Es… enorme. ¿Es de tu mismo grado?
—Sí. Es el capitán del equipo de hockey sobre hielo de nuestra escuela.
—¿Qué…?
Koi le extendió la bolsa con las compras, pero el cliente, sin tomarla, exclamó:
—¿Él es ese Ashley Miller? ¿El que sacó puntaje perfecto en el examen de admisión y toma todas las clases AP?
—Sí, él es —asintió Koi, orgulloso—. Vive en la casa frente al parque.
El cliente suspiró, con expresión complicada, y sacó su tarjeta sin fuerzas. Koi terminó la transacción y le devolvió la tarjeta. El cliente tomó la bolsa y, al abrir la puerta, se detuvo.
—Oye, chico —dijo con un tono mucho más amable que el que usaba con Koi—. ¿Ese coche es tuyo?
Ashley, que revisaba su teléfono, alzó la vista y siguió su señal.
—No.
—¿Ah, no? —El cliente se relajó, pero Ashley añadió con indiferencia—: Es de mi padre.
El cliente lo miró fijamente, sin palabras. Koi, nervioso, observaba a ambos cuando el teléfono de Ashley sonó.
Ashley lo revisó y mostró la pantalla al cliente.
—Son las 6. La tienda ya cerró, Señor.
Koi miró su propio teléfono: en efecto, era la hora exacta. El cliente salió casi corriendo, dejándolos solos. Ashley se acercó a la caja.
—¿Listo? Vámonos.
—Ah, sí.
Koi respondió automáticamente, pero entonces miró su uniforme arrugado y manchado. Podía limpiar mañana, pero había planeado cambiarse de ropa.
—¿Por qué viniste tan temprano? Quedamos a las 6:10.
—Porque sí —Ashley sonrió—. Quería verte pronto.
Koi no pudo evitar reírse, y Ashley le correspondió antes de tenderle una mano.
—Ven.
—Sí.
Koi iba a tomarla, pero se detuvo. Ashley frunció el ceño, y Koi, nervioso, se apresuró a explicar:
—E-espera. ¿Puedes darme 5 minutos? Quiero cambiarme. No quiero ir a… donde sea… con este uniforme.
Ashley miró el uniforme sucio y desgastado que empeoraba la apariencia de quien lo llevara. Pero frente a él estaba Koi, y a Ashley no le importaba si llevaba un traje de basura. Aunque preferiría que no llevara nada.
—No pasa nada —dijo Ashley.
Koi se sintió halagado, pero su sentido del decoro lo detuvo. «Ash solo dice eso porque es mi amigo. No debo creerle ciegamente y ponerlo en un aprieto.»
Mientras pensaba eso, Ashley se inclinó repentinamente. Antes de que Koi pudiera reaccionar, Ashley agarró su brazo y enterró la nariz en su cuello. Un sonido fuerte de inhalación resonó en su oído.
Estrellas estallaron ante los ojos de Koi, y su corazón se aceleró. El aliento de Ashley quemó su piel como una marca, y todo su cuerpo se estremeció. Con el rostro en llamas y sin aliento, Ashley murmuró:
—Ah, hueles.

TRADUCCION: EPHYRA
CORRECCIÓN: EPHYRA
REVISIÓN: M.R