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Capítulo 19

—… Cof, cof. 

El violento acceso de tos lo sacó del sueño, sacudiendo todo su cuerpo. El dolor que había ignorado ahora se extendía por cada músculo, pero al menos era mejor que seguir atrapado en esa pesadilla.  

JADEO, JADEO.  

Entre respiraciones agitadas, abrió los ojos lentamente. Cuando se había dormido, aún había luz, pero ahora el atardecer ya teñía el cielo. La fiebre seguía allí. Las mejillas ardientes y el cuerpo pesado le arrancaron un suspiro. Justo cuando iba a cerrar los ojos de nuevo, algo le hizo sentir una extraña incomodidad.  

«¿Qué…?»  

Ashley entornó los párpados y aguzó el oído. Quizás por la fiebre, sus sentidos estaban embotados y al principio no estaba seguro. Pero no se equivocaba. Justo cuando su conciencia empezaba a desvanecerse, lo escuchó con claridad: pasos acercándose por el pasillo.  

«¿Un empleado?», pensó por un instante, pero pronto lo descartó. Incluso si hubiera estado inconsciente por más de un día, el sol poniente era prueba de que no podía ser. Los empleados llegaban temprano y se iban antes del mediodía. Demasiado temprano para un amanecer, demasiado tarde para un atardecer. Además, estaban de vacaciones. La conclusión era obvia: alguien no invitado estaba en la casa.  

«¿Un ladrón?»  

Ashley siguió tumbado, reflexionando. Si estuviera en condiciones, habría agarrado un palo de hockey y lo habría enfrentado, pero ahora todo le daba pereza. 

«Que se lleven lo que quieran, solo déjenme dormir.» A ese hombre ni le importaría si toda la mansión desapareciera. Aunque quizá sí notaría si Ashley faltaba.  

Ashley era su hijo, después de todo. Su propiedad.  

Igual que “él”, quien lo había traído al mundo.  

Los pasos se acercaban. Si fuera un ladrón, estaría revolviendo todo, pero este no parecía tener prisa.  

Cada paso resonaba más claro, como si su destino fuera, sin duda, la habitación de Ashley.  

«… ¿Será él?»  

Cuando esos repulsivos ojos violetas cruzaron su mente, la puerta se abrió de golpe.  

Ashley contuvo la respiración. Si era él, ese olor a dulce enfermizo llenaría sus pulmones.  

Pero, tras inhalar profundamente, preparándose para el asco, no llegó ningún aroma. Solo el leve olor a tela de las sábanas. Ashley reconsideró.  

«Sí, es un ladrón.»  

Se hundió más en la cama, rogando que no lo amenazara con un arma para que entregara objetos de valor.  

«Llévate todo. Pero no me toques.»  

Ese era su único deseo, aunque las probabilidades eran cincuenta y cincuenta. Tenía que prepararse para lo peor.  

Con los ojos cerrados, esperó. Pero, inesperadamente, el ladrón no entró de inmediato. Quizá estaba escudriñando la habitación desde fuera.  

Hasta que ¡CREEEK! un chirrido desagradable le reveló la verdad: el idiota intentaba abrir la puerta sin hacer ruido. Y, al fallar, contuvo la respiración, asustado.  

«Qué ladrón más patético.»  

Ashley siguió con los ojos cerrados, entre dormido y despierto. 

«Un incompetente así ni siquiera sabrá qué robar. Se irá pronto.» Decidió ignorarlo y volver a dormir. Justo cuando estaba a punto de lograrlo…  

¡CREEEEEK!  

Otro chirrido lo arrastró de vuelta a la vigilia. Frunció el ceño, marcando una arruga profunda. El ladrón volvió a detenerse.  

Ashley lo ignoró, forzándose a dormir. Pero fracasó. Cuando el ruido de la puerta sonó de nuevo, estuvo a punto de gritar “¡Solo entra ya!” Lo habría hecho si no fuera por la fiebre que le quemaba el cuerpo. En cambio, se limitó a apretar los ojos y emitir un quejido débil.  

Afortunadamente, el ruido cesó. Pero entonces llegó otro sonido mecánico, chirriante. No tan estruendoso como antes, pero igual de molesto.  

«¿Qué diablos quiere robar para hacer tanto escándalo?»  

Justo cuando Ashley apretó los dientes, el ruido se detuvo.  

Un momento después, sintió una presencia conteniendo la respiración. Pasos sigilosos, puntillas sobre el suelo, se acercaron hasta su piel. Con cuidado, el intruso cruzó la habitación y llegó a su cama.  

Ashley no se movió. El ladrón, con osadía, parecía querer confirmar si alguien dormía allí. Cuando levantó la sábana con torpeza, Ashley alargó el brazo y lo agarró de la muñeca.  

—¡Maldito bastardo, déjame en paz…!  

Lo tiró sobre la cama con fuerza y le gritó con voz ronca. Entonces se dio cuenta: el ladrón era más pequeño de lo que esperaba. Ashley podría romperle un hueso sin esfuerzo si quisiera.  

Pero lo que lo dejó sin palabras fue su identidad.  

Un rostro familiar lo miraba con ojos como platos.  

—… ¿Koi?  

La voz le salió ronca, apenas escapando de su garganta. Koi, todavía aturdido, asintió torpemente.  

—Sí, soy yo. ¿Has… estado bien?  

La pregunta sonó vacía al ver el evidente estado de Ashley. La tos lo sacudió de nuevo antes de que pudiera responder.  

—¡Ash!  

Koi se alarmó y se apresuró a incorporarse. Pero Ashley, cuya tensión se había disipado al reconocerlo, se desplomó de nuevo en la cama.  

—Ash, ¿estás bien? ¡Debes estar muy mal!  

«Por tu culpa», quiso decir Ashley, pero la tos le robó las palabras. Koi lo miró con preocupación antes de bajar de la cama de un salto.  

—Ash, te traje medicinas. Toma un poco, y también sopa.  

Entre toses, Ashley abrió los ojos y entendió de dónde venía aquel ruido extraño: era el carrito que Koi había arrastrado hasta allí.  

—La cocina es enorme… —dijo Koi antes de que Ashley pudiera preguntar, sirviendo sopa de un tazón a un plato—. Es de verduras.  

—Quítala.  

Ashley lo rechazó al instante. Koi se detuvo, desconcertado, y rápidamente volvió la sopa a la olla, abriendo otra para repetir el proceso.  

—Es sopa cremosa.  

—…  

Ashley, incluso en su estado febril, lo miró con incredulidad. Al seguir con la mirada, vio cuatro ollas más sobre el carrito.  

—No sabía cuál te gustaría, así que traje de todo.  

Koi se sonrojó al decirlo. “Recordaré que no comes verduras”, añadió. Ashley solo parpadeó, sin energía ni para pensar, mucho menos hablar. Koi, compadecido, hizo una mueca triste y revolvió la sopa antes de ofrecerle una cucharada.  

—Vamos, Ash. Come un poco.  

Ashley movió los ojos hacia la cuchara, luego de vuelta a Koi, que no ocultaba su preocupación.  

—Tienes que comer para recuperarte. Después tomas la medicina, ¿vale? Te sentirás mejor pronto.  

Koi acercó otra cucharada, pero sus orejas no se movieron. Al ver su genuina preocupación, Ashley sintió algo extraño.  

—Vamos.  

Tras dudar, Ashley abrió la boca. Koi le dio la sopa con cuidado, evitando que se derramara, y se preparó para la siguiente. Ashley tragó con dificultad.  

—¿Te duele?  

Al ver su expresión, Koi reaccionó de inmediato. El dolor de garganta era insoportable. Ashley negó con la cabeza, y Koi, desanimado, dejó el plato y le alcanzó un vaso de agua y las pastillas.  

—Toma esto, al menos.  

Ashley parpadeó, aturdido, antes de incorporarse con esfuerzo. Eso era exactamente lo que necesitaba.  

—Esto es para la fiebre, esto para la flema, y esto para el dolor de garganta.  

Koi le explicó cada pastilla antes de colocarlas en su palma. No olvidó el agua tibia. Ashley frunció el ceño al tragar, pero al terminar el vaso, suspiró aliviado. La garganta aún le ardía, pero al menos la sed había disminuido.  

Cuando intentó recostarse, Koi lo sostuvo rápidamente. Aunque no era gran ayuda, Ashley apoyó la cabeza en su delgado hombro. La frescura de su camiseta contra su frente le resultó agradable.  

—Duérmete, Ash. Cuando despiertes, te sentirás mejor.



TRADUCCION: EPHYRA
CORRECCIÓN: EPHYRA 
REVISIÓN: M.R


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