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Capítulo 24. Cheriot and Smoke (8)

La noche en Big Fox era diferente a cualquier otra que Yuri hubiera experimentado hasta ahora. Algo había cambiado. No era como aquellas noches en Sarátov, donde se sentía atrapado en un lodazal, ni tampoco como las noches insulsas tras su huida, donde había cortado todos sus sentidos.

Yuri observó el vasto lago que se mecía suavemente más allá de la ventana. El aire fresco de la noche se colaba por la rendija entreabierta, trayendo consigo el aroma del bosque. El olor a tierra húmeda y madera llenaba la sala, y más allá del silencio, se escuchaba el leve sonido del agua el vaivén del lago y el chorro de la ducha.

Cheriot, quien se había ofrecido a lavar los platos, no dejó de moverse ni un instante. Sacó todas las toallas guardadas en los estantes para llevarlas a la lavandería, pasó la aspiradora y desempacó el equipaje, sin detenerse ni un momento. Ante tal frenesí capaz de agotar a cualquiera que lo mirara, Yuri salió un rato. Fue a buscar las herramientas que había comprado en la ferretería y aprovechó para escudriñar los alrededores, pero solo encontró una calma absoluta.

Aunque sabía que no debía relajarse, el entorno era tan tranquilo que, sin darse cuenta, su ánimo se serenó. Disfrutando de ese aire reconfortante, Yuri dudó un momento antes de sacar el libro que guardaba en la guantera. Le daba cierta culpa disfrutar demasiado de estas “vacaciones”, pero al fin y al cabo, si iba a pasar la noche en vela haciendo guardia, necesitaría algo para entretenerse.

El libro que llevaba era una obra de Tolstói, como los que había en el taller. A diferencia de su padre quien había crecido sin tocar un libro, su madre era una mujer educada que amaba a Tolstói y Pushkin. Todos los libros de Yuri los había heredado de ella.

Los libros que su madre leía estaban publicados en ruso, pero el dominio de Yuri no alcanzaba para leer poesía de Pushkin o las novelas largas de Tolstói. Su padre tampoco era mucho mejor, así que lo único que Yuri podía leer eran los cuentos cortos de Tolstói.

Sabía cómo someter a alguien con las manos vacías o hacer que un auto averiado siguiera rodando, pero las palabras difíciles se le escapaban. Apenas había terminado la primaria cuando, siendo un adolescente, empezó a hacer todo tipo de mandados y trabajos menores para Ígor. Aprendió a pelear a golpes y se abrió paso sorteando peligros de muerte.

Si su madre no le hubiera enseñado lo básico de la gramática, Yuri ni siquiera habría podido aprender inglés correctamente. Aquella mujer brillante había cruzado a un país extraño, aprendido inglés por su cuenta y luego se lo enseñó a su esposo e hijo. 

«Quizá, si hubiera vivido un poco más, incluso en esta vida habría llegado a leer libros difíciles», pensó.

Pero tanto el inglés como el ruso requerían diccionarios o traducciones para leer, así que Yuri siempre terminaba leyendo los mismos libros. En el taller guardaba “El tonto Iván”, y en el auto, el cuento favorito de su madre.

Sentado en el sofá, Yuri miró por la ventana antes de posar los ojos en el libro viejo sobre la mesa. Tras un rato clavando la mirada en el ruso, dudó si leerlo o no, pero le pareció que estaba siendo demasiado perezoso y se levantó. Tomó las herramientas y salió a instalar trampas.

Las trampas que colocó no eran del tipo espantoso que cortaba tobillos al pisarlas. Solo eran clavos fijados para dejar marcas si alguien merodeaba cerca de las ventanas. Podría haber hecho algo peor, pero como era la casa de otro, se conformó con eso.

Con el sonido del lago meciéndose como una pequeña playa a sus espaldas, Yuri trabajaba afuera cuando, a través de la ventana, vio a Cheriot salir de la ducha. Al notar la larga sombra en el suelo, Yuri desvió la mirada, pero Cheriot lo llamó.

—¿Wolfi? ¿Dónde estás?

Yuri no respondió, ocupado ajustando un alambre. Cheriot recorrió la casa hasta encontrarlo por la ventana.

—¿Qué haces ahí?

Cheriot solo llevaba una toalla alrededor de la cintura, prácticamente desnudo. Como ya lo había visto sin querer en el hotel, Yuri casi pudo imaginar lo que había bajo la toalla.

Pero, a diferencia de ayer, hoy sintió algo extraño al ver su piel blanca y suave. ¿Sería porque Cheriot había reaccionado de forma exagerada durante el día? Como si se hubiera contagiado, le costaba mirarlo directamente y se agachó para responder.

—Estoy haciendo trampas para detectar si alguien merodea cerca de las ventanas. Vete a dormir. Y no te acerques por aquí.

A pesar de la advertencia, Cheriot se acercó. Su cabello rojizo goteaba.

—¿No estás cansado después de moverte todo el día? Descansemos.

Yuri lo miró de reojo. Un empleado generoso que le decía a su guardaespaldas que descansara. Al ver su rostro mojado inclinado hacia él, sintió una emoción peculiar. Sin darse cuenta, recorrió con la mirada su cuello firme y la manzana de Adán bien definida, pero entonces frunció el ceño, como reprochándose a sí mismo, y volvió al trabajo.

—Mi trabajo es evitar que algo te pase mientras duermes. No te preocupes por mí, será mejor que descanses.

—No ha pasado nada en todo el viaje, así que estará bien. Al menos por hoy.

—No puedes saberlo.

Yuri también lo había pensado, pero no podía bajar la guardia.

—De todos modos, hay gente que quiere matarte y la organización que te persigue está extendida por toda Norteamérica.

No era su intención asustarlo, pero al decirlo, temió haberlo inquietado. Lo observó de reojo, pero Cheriot no parecía asustado. Aun así, Yuri sintió el impulso de decir algo más… algo que lo tranquilizara.

—Pero no parece que hayan descubierto que estamos aquí.

Como nunca había consolado a nadie con palabras, Yuri pasó unos segundos ordenando y seleccionando sus pensamientos antes de continuar.

—Así que puedes dormir tranquilo.

Se sintió algo tenso por sus propias palabras, que le resultaban vergonzosas. ¿Era apropiado que dos alfas hablaran así? Le preocupaba que Cheriot lo ridiculizara o se sintiera incómodo. Preocupaciones innecesarias.

Al terminar de hablar, Cheriot se inclinó. Inclinando la cabeza junto a la ventana entreabierta, sus ojos se encontraron con los de Yuri, quien estaba agachado instalando la trampa. Entonces, mirándolo a través del espacio abierto, sonrió. Sus labios rosados se curvaron en una sonrisa tan dulce como sus palabras.

—Gracias por decirme eso.

Ante esa sonrisa sin rastro de hostilidad, Yuri pensó que Cheriot estaba bajando la guardia demasiado rápido. Era peligroso confiar en alguien como él después de apenas un día. Pero ya le había advertido varias veces hoy, y explicarle constantemente qué clase de persona era no parecía la manera de tranquilizarlo.

—…Vete a dormir.

—¿Te falta mucho?

—¿Por qué lo preguntas?

—Quiero irme a dormir cuando entres.

[No puedo dormir sin ti, Vasha.]

De pronto, la voz de un fantasma del pasado resonó en la mente de Yuri. La imagen de su madre, siempre presente en su corazón, le recordó una noche en la que ella había salido a recibir a su padre, quien llegaba tarde.

Al mismo tiempo, un escalofrío recorrió su piel. Quizá fuera por el aire frío de la noche, pero de pronto le picó la piel. Se frotó el brazo con la mano manchada de tierra y respondió secamente.

—Haz lo que quieras.

En lugar de regañarlo por decir tonterías, Yuri decidió dejarlo estar. Sabía que eran palabras vacías, pero no le desagradó la idea de que Cheriot lo esperara.

Tardó unos cincuenta minutos en instalar los alambres y colocar clavos ocultos como marcas. El tiempo pasó rápido mientras se concentraba, y su piel se enfrió por el aire nocturno. Respiró hondo y entró en la casa, donde vio a Cheriot sentado en el sofá, de espaldas.

Al verlo, una risita leve escapó de sus labios.

Sin darse cuenta de su propia sonrisa, Yuri se acercó al sofá. Cheriot no se volvió, ni siquiera al escuchar sus pasos. Sintió curiosidad por lo que estaría haciendo, pero en lugar de preguntar, se acercó en silencio.

Cheriot tenía en las manos el libro viejo que Yuri había dejado en la mesa, pero tenía los ojos cerrados. No sabía por qué lo habría hojeado si no podía leerlo, pero al parecer se había dormido mientras miraba las primeras páginas. Su pecho subía y bajaba al ritmo de su respiración suave. Yuri se detuvo y lo observó fijamente. Cheriot, durmiendo tan profundamente que hasta daba pena cubrirlo con su sombra, era hermoso.

Contemplando sus pestañas doradas sobre las mejillas blancas y la suave línea de su nariz, Yuri miró alrededor con cuidado. Dudó un momento antes de ir a su habitación asignada y buscar una manta. Caminando de puntillas para no despertarlo, le cubrió con la manta, cerró la ventana por donde entraba el aire frío y aseguró la cerradura. También cerró la puerta principal con el menor ruido posible.

Al regresar, Cheriot seguía dormido. Parecía incómodo durmiendo sentado, así que Yuri intentó acostarlo sujetándole los hombros, pero algo le impidió tocarlo. Temió que su contacto pudiera sobresaltarlo, así que no se atrevió a moverlo y solo retiró con cuidado el libro que sostenía laxamente.

Agotado, Yuri se sentó en una silla de la cocina. El reloj de pared marcaba casi las doce. Solo el zumbido tenue del filamento de la bombilla llenaba la casa. Había pasado incontables noches en silencio, pero nunca se había sentido así. Hoy era diferente.

Yuri apoyó la barbilla en una mano y miró fijamente a Cheriot. No había razón para observar a un alfa dormido, pero verlo lo relajaba de manera extraña. Después de un rato, sus ojos se cansaron y, al cerrarlos, un recuerdo como una foto antigua pasó por su mente.

Su madre, envuelta en un chal, leyendo en el sofá, y su padre, que hacía lo posible por volver a casa pronto porque la conocía. Cuando su padre golpeaba la puerta en silencio para no despertar a su hijo, Katya se acercaba de puntillas para recibirlo.

Acostado en la cama, fingiendo dormir mientras esperaba a su padre, Yuri escuchaba las dulces conversaciones de sus padres susurrándose al otro lado de la puerta. Cuando su padre preguntaba por ella con cariño y oía a su madre reír en voz baja, Yuri finalmente se relajaba y se dormía.

Más que el cansancio, empezaba a vencerlo el sueño. Para no dormirse, Yuri cerró los ojos y trató de seguir pensando. En qué estaría haciendo Alexéi en ese momento, si debería decirle a Valeri para detenerlo, por qué los Guardianes del Infierno querían matar a Cheriot… Pero esos pensamientos siempre lo llevaban de vuelta a Cheriot.

«No es mala persona, a diferencia de la primera impresión».

Al principio, su actitud coqueta hacia un Alfa como él lo había hecho parecer frívolo, y el hecho de haber tenido un affair con la pareja de un jefe de la mafia lo pintaba como basura. Pero después de pasar más de un día con él, Cheriot resultó ser casi tontamente inocente e innecesariamente amable.

Era cierto que actuaba con ligereza, pero considerando que no había buscado el affair, no parecía el tipo de persona que lastimara a otros a propósito. Más bien, para alguien famoso, era sorprendentemente humilde y generoso con sus palabras de gratitud o disculpa. Quizá por eso, estar con él no era tan incómodo como al principio. Aunque podía ser exasperante, también resultaba divertido.

¿Podía cambiar tanto la impresión de alguien en un día?

Yuri se sorprendió. Todas sus relaciones eran como puentes construidos a lo largo de la vida, así que era la primera vez que sus sentimientos hacia alguien cambiaban tan rápido en tan poco tiempo.

Al abrir los ojos, Yuri observó a Cheriot dormir unos minutos más antes de abrir el libro. Lo había leído tantas veces que las esquinas estaban gastadas y la cubierta desteñida. Pasó los dedos por el título en relieve con letras doradas.

{—¿De qué vive el hombre?}

La voz suave y clara de su madre leyendo el título vino a su mente. Cuando Yuri se aburría durante sus lecciones de ruso, su madre notaba su expresión y, en lugar del libro de texto, tomaba una novela, leía el título y, mirándolo con picardía como una niña traviesa, decía:

{—Tu padre me regaló este libro cuando le dije que me gustaba leer. Yo ya lo había leído, pero no quise decepcionarlo, así que fingí que era la primera vez.}

De niño, Yuri admiraba a su padre, pero también sabía que hacía cosas malas. No entendía cómo su madre, que había dedicado su vida a salvar personas, había terminado amando a un hombre como él. Para no entristecerla, en lugar de preguntar directamente, Yuri solía decir:

{—¿Por qué llegaste a querer a papá?}

Al preguntarle por su primer encuentro, su madre sonrió brillantemente. Ahora que lo pensaba, su mamá solo tenía treinta años en ese entonces. Era impactante darse cuenta de que sus padres, a quienes siempre vio como adultos, también habían sido jóvenes. Yuri imaginó el rostro risueño de su madre sobre el libro. Como si recordara algo de ayer, su mamá reía, mostrando sus dientes blancos.

{—Vasha me tendió la mano cuando me caí en la calle.}

Los brazos de su mamá, que lo sostenían, se tensaron. Su calor se extendió.

{—Cuando vi esos ojos azules mirándome, lo supe al instante. Que ese río azul era mi destino.}

Inclinando la cabeza, ella miró los ojos azules de Yuri, idénticos a los de su padre, y sonrió.

{—El amor llega en un instante, mi pequeña perla. Algún día sabrás cómo se siente.}

El aire de la pequeña cabaña era fresco y cálido, invitando al sueño. Yuri dejó de tocar el libro y miró de nuevo a Cheriot en el sofá. Sin ganas de leer, se levantó lentamente y apagó la luz de la sala. 

CLICK. 

La luz se apagó y Yuri caminó entre sombras para volver a sentarse en la cocina oscura. La luz de la luna entraba por la ventana, iluminando a Cheriot. Su piel, blanca como la seda, brillaba con un tono azulado, haciéndolo parecer una criatura de un mito.

Sentado a la mesa de la cocina, en una oscuridad silenciosa, Yuri siguió mirando a Cheriot. La presencia de este invitado inesperado en sus noches solitarias era abrumadora. Recordó las experiencias y paisajes extraños que habían compartido en un solo día, y pensó que los sándwiches que habían cenado estaban deliciosos.

No se cansaba de mirar el rostro de Cheriot. Cada vez que lo hacía, los recuerdos acudían sin cesar, y antes de darse cuenta, Yuri cerró los ojos.



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN 
CORRECCIÓN: ROBIN


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