Capítulo 33. El viento era frío, pero su mirada era cálida.
Lucious y el resto del grupo siguieron apresuradamente a Iola de regreso al castillo. La lluvia que había empezado a caer en cuanto giraron la dirección de sus caballos se había vuelto más densa cuando llegaron al castillo. El tiempo nublado era escalofriante, y los caballos babeaban por las comisuras de sus bocas mientras galopaban.
—Mi señor. La Duquesa aún no ha regresado.
No había rastro de la Duquesa, quien se había ido temprano por un dolor de cabeza, en ninguna parte del castillo Morciani. Cuando la doncella le dirigió una mirada de disculpa y le aseguró que Nuritas no estaba en el castillo, Lucious se cambió apresuradamente de capa y montó en su caballo.
Justo entonces, el caballo que antes había transportado a Nuritas apareció ante él, con una silla de montar tambaleante.
—¡Todos, miren a su alrededor!
Lucious movió su caballo, y sólo entonces se apoderó de él la ominosa premonición de que su esposa podía haber sufrido un accidente.
Era imposible que la silla de montar de un caballo se cayera de esa manera sin que alguien la hubiera manipulado deliberadamente.
«¿Quién se atrevió a tocar a la Duquesa Morciani?»
Era una blasfemia, un desafío directo a él. La lluvia caía a cántaros, pero el pensamiento de aquel rostro pálido y aquellos melancólicos ojos azules no dio a Lucious tiempo para dudar.
Él instó a César y a los criados a continuar la búsqueda de la Duquesa, y anunció que iría primero al bosque.
—¡Duque! Está lloviendo mucho y es peligroso.
Mientras que una persona, observaba cómo se desarrollaba todo: Iola, con el pelo revuelto por la lluvia, miró a la espalda del Duque y gritó, aterrorizada, mientras el cielo oscuro parecía amenazar con tragárselo entero.
Esta no era la escena que ella había esperado.
«¿Qué esperaba? »
¿Fue para ver al hombre partir por su esposa en contemplación que el caballo de ella había regresado solo? ¿O simplemente esperaba que el hombre dejará a la Duquesa desaparecida, le sonriera y le ofreciera la mano para que se uniera a él en el castillo?
«¿Qué demonios he hecho? »
Un relámpago brilló en el cielo e Iola pareció recobrar el sentido. Pero su deseo de reclamarlo permaneció inalterable. La pelirroja podría estar ya muerta, como ella esperaba.
«No, tiene que estarlo».
Los ojos de Iola, iluminados por otro rayo, se tiñeron de locura.
«────── « ⋅ʚ♡ɞ⋅ » ──────»
Nuritas se quitó la chaqueta roja empapada, la extendió en el suelo de la cueva, puso las botas una encima de la otra y se acostó encima de ello. El otro extremo de la cueva destelló con luz por un momento, y ella sacudió la cabeza hacia adelante, moviéndose incómoda.
Al parecer, no se había roto ningún hueso, pero algo debía de andar mal; le dolía respirar; incluso cuando tomó la ramita pudo sentir cómo su cuerpo se tensaba.
—Mierda.
Justo cuando creía que el castillo Romagnolo era el único lugar donde existían los locos, la señorita Calix no se quedaba atrás ¿Realmente pensaba que este plan funcionaría? ¿Y si ella hubiera sido realmente Meirin?
—Sí, habría funcionado.
Lady Meirin probablemente se habría sorprendido tanto que se habría quedado sin aliento en el momento en que se cayó del caballo
«¿Cómo puedo compensarle por haberme dado un dolor familiar después de tanto tiempo? »
Nuritas se quedó con la boca desencajada.
—¡Maldita sea!
La más leve burla de sus músculos faciales le provocó un gemido. Si bien el fuego hacía tiempo que había empezado a arder, apenas era suficiente para secarla. Nuritas se dio la vuelta y se acercó un poco más a la fogata. El fuego empezó a crecer un poco más cuando empujó una rama en él; y entre las llamas, vislumbró la melancólica sonrisa de su madre y el rostro de un hombre que preferiría no pensar.
—¿Llegó mi hora de morir?
Su cuerpo se negaba a escuchar, y parecía endurecerse contra el frío. Si nunca lograba salir de esta cueva, ¿sería capaz su madre de vivir el resto de sus días ilesa? ¿Ese bastardo parecido a un cerdo mostraría alguna misericordia?
Era divertido verse a sí misma cuestionando si morir en esta situación tendría algún beneficio.
Nuritas se enderezó y observó su entorno.
A su lado había una única y tenue brasa, sus botas y chaqueta encharcadas, y unas cuantas ramitas que había arrojado al azar. Nuritas, que nunca había poseído nada en su vida, se rió de su miserable vida.
Cuando abrió su boca para dejar salir su risa, su cuerpo gritó, pero siguió riéndose. Tal vez fue solo el dolor lo que hizo que se le llenaran los ojos de lágrimas.
El fuego pareció rugir por un momento y entonces sintió que algo iba mal. No podía quitarse de encima esa sensación tras haber pasado una vida haciendo trabajos serviles a la intemperie. Nuritas apretó los dientes contra el dolor y recogió la piedra más afilada que encontró.
Un oso o un hombre con un arma serían difíciles de vencer, pero no podía dejarlo pasar. Se arrastró descalza en dirección al sonido, con la esperanza de que sólo fuera un pequeño animal buscando refugio de la lluvia. A medida que se acercaba a la entrada, el sonido de caballos y la lluvia empezaron a mezclarse y a hacerse más fuertes.
Aquella persona que estaba frente a ella era claramente un hombre bien formado.
Nuritas no tenía forma de ver quién era a contraluz, así que entrecerró los ojos en la oscuridad, sin dejar la piedra. Y cuando el hombre se quitó la capa de la cabeza, se dio cuenta, a través de la penumbra, que era el Duque Morciani.
La sensación que la invadió en ese momento fue de alivio.
Cuando Nuritas comprobó su identidad, dejó caer lo que tenía en la mano.
Lucious corrió hacia el bosque, pero la lluvia había borrado todo rastro de pisadas humanas, y se desanimó al no encontrar a Nuritas. Entonces distinguió una pequeña cueva y mantuvo la esperanza.
La figura borrosa que tenía delante era sin duda la mujer de ojos azules que conocía. Aunque no podía explicarlo, estaba seguro de ello.
Desde que Iola le dijo que la Duquesa había regresado porque no se sentía bien, Lucious había tenido problemas para respirar, como si se hubiera envuelto una enredadera alrededor de su pecho.
Nuritas, sin saber qué hacer, lo condujo primero al fuego. Esperaba calentar un poco el cuerpo del Duque después de la lluvia. Pero incluso mientras se movía, no podía responder a la pregunta de por qué estaba él aquí.
Lucious entró en lo más recóndito de la cueva y vio que ardía una endeble colección de ramas, apenas una hoguera. Y a medida que se hacía más luminoso, pudo ver de un vistazo la gravedad del estado de la Duquesa. Arañazos por la caída, la cara pálida por la lluvia y una blusa blanca que parecía empapada…
De repente, Lucious se sintió invadido por un impulso que estaba completamente fuera de lugar para el momento. Un deseo al que no había respondido en las innumerables mujeres que habían desnudado sus pechos frente a él o saltado desnudas a su cama. La visión de los ojos lastimeros de Nuritas bajo la lluvia lo conmovió.
Pero pronto se dispersó al ver la sangre que emanaba de su cuello.
Lucious desató las correas de su capa empapada y la tiró al suelo, luego colocó suavemente la túnica aún intacta sobre los hombros de Nuritas.
Nuritas estaba más que sorprendida de sentir su calor corporal sobre los hombros, más que ser pateada en el estómago por Abio, así que en lugar de darle las gracias, soltó algo que no debía.
—¿Por qué estás peligrosamente en el bosque cuando está lloviendo?
—¿Eh?
Lucious soltó una carcajada. La despreocupación de su esposa era casi demasiado para todo su nerviosismo.
—He venido a llevarte.
—Pero por qué…
Nuritas se sintió como en los brazos del Duque, envuelta enteramente en su túnica perfumada, exigiendo saber la respuesta a su pregunta, que aún no comprendía. Lucious se pasó una mano por el cabello húmedo mientras miraba a Nuritas con ojos infantiles, como si realmente no entendiera.
Mientras escuchaba la pregunta, se dio cuenta de que realmente no podía explicarse.
¿Por qué estaba tan preocupado por ella? ¿Por qué estaba nervioso, preguntándose si algo andaba mal? ¿Por qué esa mujer que parece no reconocer haber estado bajo la lluvia era tan desagradecida?
Lucious aún no estaba seguro de sus sentimientos. Pero había una cosa que podía decir ahora. Se acercó un poco más a Nuritas, extendió la mano y sostuvo aquellos ojos azules. Una paz sin aliento se instaló en su pecho.
—Porque tu eres mi única familia…
A veces, las palabras pronunciadas sin cálculo son más sinceras.
Nuritas miró a los ojos del Duque y supo que las palabras no eran falsas, que él había venido a rescatarla de la nada. La preocupación llenaba los ojos oscuros del Duque. ¿Y qué fue lo que le llegó a sus brazos?
«Familia, eso no tiene sentido».
El alivio que sintió al verlo no tardó en convertirse en culpa. Nuritas se obligó a contener las lágrimas que brotaban de sus ojos al sentir su dolor crecer. Estaba resentida consigo misma por haber tenido que engañar a un hombre tan bueno, y sentía tanta lástima por el Duque que apenas podía soportarlo. No se lo había merecido.
Lucious la soltó y volvió a mirar el rostro de Nuritas, cuyos ojos parecían rebosar de un dolor más profundo que antes. De algún modo, no le gustaba la tristeza de esta mujer.
Pronto apartó su mirada de ella y se volvió hacia las brasas moribundas del pequeño fuego, lo que devolvió a Nuritas a la realidad.
¿Cómo podía explicar aquello?
«Aprendí a hacer fuego gracias a un hombre errante».
No era algo que pudiera decir. Pero Lucious no hizo ninguna pregunta, se limitó a tumbarse en el suelo, empujando con cuidado las ramas que le rodeaban hacia el fuego. Nuritas se sentó a poca distancia de él y levantó las rodillas para abrazarlas.
—Ha sido un día largo.
Las dos personas tenían sentimientos encontrados el uno hacia el otro y escuchaban la respiración del otro frente al fuego agonizante. Luego la lluvia, que parecía no parar nunca, pareció amainar. Cuando dejó de llover, la débil luz que había estado oculta por las nubes llegó a la cueva y Nuritas pudo verlo claramente.
Ella trató de huir de los sentimientos que no debía tener, pero aún podía sentir el corazón latiéndole con fuerza en el pecho por el impacto emocional que le produjo el uso que él hizo de la palabra “familia”.
Con cada latido de su corazón, la conciencia de Nuritas se fustigaba con lágrimas de sangre que sabía que no le servían para nada.
—Parece que tu fiebre está regresando debido a la lluvia.
Nuritas tuvo que tragarse las palabras en su corazón de que no era por la lluvia, sino por él. Lucious Morciani de alguna manera la hacía sentir emociones de culpabilidad y alivio al mismo tiempo cuando estaban juntos.
Gracias al Duque, supo por primera vez en su vida que estas diversas emociones existían dentro de ella.
—Ven, vamos.
Él se levantó primero y tendió la mano a Nuritas. Ella dudó un momento, luego le tomó la mano y se levantó. Nuritas intentó no hacer ruido, pero acabó soltando un pequeño gemido de dolor.
Lucious la estudió un momento, luego la tomó en brazos con cautela y juntos empezaron a caminar por el oscuro interior hacia la luz.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY
CORRECCIÓN: LILIAN