Capítulo 30. La luz del sol de la mañana cae sobre ti
Lucious caminaba un poco detrás de Nuritas, refrescando el calor de su cuerpo por la lluvia que caía. Cuando otras personas comenzaron a aparecer frente a él, un inexplicable sentimiento de decepción se apoderó de su corazón. Los empleados del castillo se sorprendieron al ver a su Señor y a su esposa empapados por la lluvia.
—De prisa, preparen el baño de la Señora.
Lucious se alejó con la ropa mojada, ordenando a sus sirvientes que atendieran a la Duquesa. Nuritas pensó que no se había mojado demasiado gracias a la capa que él le había dado y que era el Duque con quien debían apurarse. Abrió la boca para llamarle mientras se iba, pero se detuvo.
Le dolía un poco el bajo vientre por la sutil tensión que acababa de envolverlos y el corazón le dio un pequeño respingo. Estos sentimientos desconocidos le impedían hacer nada.
Nuritas siguió a las criadas hasta el baño, donde el agua estaba lista.
Lucious cerró los ojos en una bañera de madera con agua caliente. Su cabeza estaba demasiado agitada. Una de las cosas que había aprendido en el campo de batalla era que el ojo humano no podía mentir. Seguramente su mujer no era una astuta embustera.
Sus ojos estaban siempre apagados y doloridos, como una lluviosa noche de invierno.
Una a una, las muchas caras que ella le había mostrado comenzaron a pasar por su mente. La forma jovial en que había jurado como un hombre, la amabilidad que había mostrado hacia su criada, las pequeñas manos que habían hecho todo lo posible por salvar a Onix hoy, como si aún estuvieran allí ante sus ojos.
Lucious sacó la mano humeante de la bañera y la apretó con fuerza.
—¿Qué clase de persona eres? ¿Te estás burlando de mí? Sí no…
Como ella no era un enemigo tan transparente como el Conde Romagnolo, su identidad era difícil de adivinar. ¿Estás pensando en fingir ser inofensiva y estrangularme algún día? Si no, ¿es ella también víctima de ese viejo astuto? Fue en ese momento que recordó lo que le había dicho una vez a César, que la vida cotidiana estaba llena de enemigos invisibles.
Nuritas sintió que se derretía en el agua tibia de la bañera. Las manos le temblaban ligeramente cuando por fin se relajó. No esperaba acabar atendiendo a una perra enferma cuando acababa de salir a tomar el aire, ni toparse con el Duque tan accidentalmente. El calor desconocido de su mano, grande y fuerte, que la atrapó cuando intentaba caerse, hizo que un torrente de calor recorriera sus venas.
—¡Estás loca! No olvides que él es un Duque de noble cuna y que tú no eres más que paja.
Nuritas golpeó el agua de la bañera con el puño y sacudió la cabeza ante el repentino pensamiento.
Tenía que serenarse. Nunca debía olvidar por qué había venido aquí.
Cuando terminó, las criadas la ayudaron a vestirse y le dijeron que el Duque la había invitado a tomar el té con él cuando estuviera lista.
Sinceramente, Nuritas no quería volver a verle hoy. El rostro de la mujer en el espejo se veía feo, con una extraña emoción escrita en ella. Nuritas se secó la cara con ambas manos y enderezó la espalda.
«Si no puedes evitarlo, tienes que afrontarlo.»
El Duque estaba de pie ante la chimenea caliente, con el pelo húmedo todavía sin secar. Levantó la vista y vio a Nuritas entrando al salón. Cómo fue justo después de bañarse en agua tibia, parecía como si los rayos del sol naciente hubieran caído suavemente sobre sus mejillas.
Se sentaron frente a frente en una pequeña mesa y levantaron sus tazas de té. Tras un largo silencio, fue el Duque quien habló primero.
—¿Cómo te encuentras después de tanta lluvia?
Había oído que las jóvenes nobles podían enfermar incluso con la más leve brisa. Recordaba la imagen de ella, tan pequeña y frágil, alzando los brazos para salvar a Onix y sus cachorros.
—Estoy bien, pero… ¿sabes si le trajeron algo de comer a la perra?
Lucious rió suavemente ante sus palabras. No esperaba que le preguntara por su bienestar.
Ciertamente estaba agradecido de que alguien se preocupara por su amada perra, pero le era difícil explicar este sentimiento con palabras. No tuvo más remedio que tomar un sorbo de té y decirle que no se preocupara, ya que había enviado a un sirviente para cuidar de Onix.
Nuritas tomó la taza de té con la que había estado jugueteando y bebió un sorbo con cuidado, aliviada de que sus humildes habilidades hubieran servido para algo y, por primera vez desde que estaba aquí, su corazón pareció relajarse. Pero entonces su conversación se interrumpió.
El único sonido en el salón era el crepitar de la leña en la chimenea.
Sin decir una sola palabra, ambos se quedaron mirando las llamas, con un calor que parecía ocasionarles cosquilleo en los dedos de los pies y en el corazón. Nuritas intentaba no pensar en ello, pero sentía que el Duque la observaba desde el otro lado de la habitación, y cuanto más intentaba apartar la idea de él, más se sentía consumida por su tacto y su mirada.
—Bueno…
La voz del Duque sonó ligeramente apagada, como rompiendo el silencio. Nuritas levantó la cabeza como hipnotizada, encontrándose con un par de ojos oscuros que parecían no tener límites.
—Supongo que la lluvia de antes fue demasiado para ti.
—No.
Había un deje de sorpresa en su voz al responder. Nuritas no podía decirle que estaba nerviosa porque el Duque la miraba. Ella podía transportar los desechos con facilidad incluso bajo la lluvia torrencial, pero tampoco podía decirle eso. Estaba ansiosa por volver a su habitación y descansar, y estaba a punto de decirle al Duque que no se encontraba bien y que necesitaba levantarse antes.
—Supongo que hoy tendré que cuidar a mi esposa a mi lado.
—¿Qué?
La mano de Nuritas temblaba mientras sostenía su taza de té, derramando parte de la infusión.
Entonces se dio cuenta de que él la consideraba una noble débil, ya que se desmayo fácilmente en la primera noche. Se sentía tan avergonzada para refutarle. Ya era difícil encontrarse con él, pero pensar que tenía que estar a solas con él en la misma habitación hacía que su rostro se calentara fácilmente.
—Su cara está muy roja, supongo que debe tener fiebre. Señora.
Nuritas estaba a punto de responder que era el calor de la chimenea, pero se detuvo. Vio que los ojos del Duque sonreían. Había vivido su vida bajo la atenta mirada de hombres risueños, y sabía instintivamente que cualquier cosa que le dijera al Duque ahora no evitaría que se saliera con la suya.
Con un suspiro resignado, tomó un sorbo del té que le quedaba. El té frío le alivió el estómago impaciente.
¿Cuándo llegaría la paz a su vida?
«────── « ⋅ʚ♡ɞ⋅ » ──────»
Nuritas estaba lista para dormir muy temprano, incluso se saltó la cena. Su estado de ánimo era tan caótico que ni siquiera podía oír el sonido de la lluvia golpeando la ventana. Sophia rápidamente la mandó a descansar, se acostó en la cama y se llevó la manta a los labios.
«Estaré bien si me duermo rápido.»
Si el Duque fuera a visitarla, no podría verle con los ojos ya cerrados…
Sin embargo, cuando realizaba trabajos pesados, podía dormirse con sólo recostar la cabeza, pero desde que era noble, no ha sido tan fácil.
Extrañamente, cuanto más se esforzaba por dormir, más lúcida se volvía su conciencia.
Finalmente, mientras Nuritas seguía dando vueltas en la cama, la puerta se abrió y una larga sombra entró en la habitación.
Y la voz del Duque pareció atravesar la noche insomne.
—¿Ya estás dormida?
—No.
Nuritas se incorporó sorprendida y se apoyó en la cama. Se preguntó si era apropiado levantarse y saludarlo. Nunca le habían enseñado la etiqueta adecuada para tales ocasiones, y se sentía avergonzada. Aún así, se sintió incómoda de estar sentada para saludarle, así que retiró las mantas y comenzó a levantarse, pero él le dijo que se quedara allí.
Él tenía la bata abierta y tomó lo que necesitaba con ambas manos. Nuritas estaba demasiado incómoda para sentarse o tumbarse. El Duque acercó una silla a la cama y se sentó, dejando la bandeja sobre la mesita de noche.
—Sabes, si tratas la enfermedad a tiempo, esta no durará.
—Ah, sí.
Nuritas pudo ver la fatiga en su rostro. Había un extraño encanto en él, no muy diferente del Duque a plena luz del día. Había algo noble en él, algo que no se encontraba en un hombre tan despreciable como Abio.
«¿Un hombre noble… Un hombre, un hombre? El Duque es sólo un Duque…»
Las mejillas de Nuritas comenzaron a sonrojarse al reconocerlo como un hombre. Qué poco imprudente. Eran sentimientos difíciles de manejar para una mujer que nunca antes había pensado en alguien del sexo opuesto.
—Oh, no. Tienes fiebre otra vez, acuéstate rápidamente.
Se acercó a ella rápidamente, escurrió el agua de una toalla y se la puso en la frente. Al contacto de su mano con la frente febril, Nuritas jadeó y apoyó la cabeza en la almohada.
«Una bastarda siendo atendida por un Duque, eso es ridículo… y ni siquiera estoy enferma…»
Las manos que la habían atrapado antes, cuando casi se había caído, estaban ahora cerca de ella, y cuando él volvió a inclinarse a su lado, ella pudo oler su aroma, como una brisa fresca del bosque. Empezó a agitarse en su pecho.
Su corazón, que había estado latiendo con fuerza justo antes de que Abio la pateara, empezó a emitir un sonido diferente. Él estaba tan cerca que quiso retroceder, pero sólo la cabecera de la cama tocaba su espalda. Incapaz de soportar por más tiempo su mirada preocupada, Nuritas se puso la toalla en la frente y frunció los labios.
—Duque, creo que estoy bien.
—No debes preocuparte, he cuidado a enfermos en el campo de batalla muchas veces.
¡Eso no era lo que estaba diciendo!
La frustración era insoportable. Pero el Duque seguía mojando una toalla, colocándola y retirándola de su frente a intervalos regulares. Ella intentaba mover ligeramente el cuerpo para evitarlo, pero no había escapatoria.
Extrañamente, Nuritas empezó a sentir calor, como si tuviera fiebre, a pesar de tener la toalla fría en la frente. El Duque, al ver su malestar, habló con calma.
—Yo cuidaré de ti, así que no te preocupes y duerme tranquila.
Nuritas no tenía la sensibilidad suficiente como para dormir en esas circunstancias, y se obligó a cerrar los ojos, temiendo que su corazón latiera tan rápido que el movimiento se filtrara a través de las mantas, y que él se diera cuenta.
—Bien.
Al cerrar los ojos, las palabras reconfortantes que pronunció y el tacto de la toalla fría empezaron a relajarla. Nuritas recordaba a su madre cuidándola cuando tuvo fiebre. El sonido de la voz sollozante de su madre había hecho que su corazón se hundiera.
Por mucho que intentara fortalecer su mente, pensar en su madre hacía que Nuritas se sintiera indefensa, como si no pudiera respirar correctamente.
«Madre, espero que estés durmiendo cómodamente esta noche.»
Al pronunciar el inalcanzable mensaje a su madre, los brazos de Nuritas se desprendieron de su pecho y cayeron sin fuerzas sobre la cama. El Duque cambió la toalla y se llevó el dorso de la mano a la frente de Nuritas. Aún podía sentir el calor de su frente.
—Estás muy débil.
Lucious bajó los ojos oscuros hacia la expresión durmiente de su esposa.
Miró por la ventana, recordándose a sí mismo que cuidarla bajo la lluvia era sólo su forma de recompensarla por haber salvado a Onix. Había llovido así el día en que su madre enfermó.
Su tristeza pareció aflorar por un momento.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY
CORRECCIÓN: LILIAN