Capítulo 23. Se levanta el telón de la obra
Desde fuera, todo el mundo parecía estar disfrutando de una agradable comida en el espacioso comedor de la casa de la familia Morciani. Las carnes recién asadas y los crujientes platos de verduras estaban deliciosos, y la conversación era animada. La Condesa soltaba de vez en cuando una pequeña carcajada ante lo que se decía.
Todo parecía perfecto.
Pero la verdad es que la Condesa se esforzaba mucho por no soltar el vaso. Incluso se arriesgó a abrir los ojos y mirar directamente al Duque.
«¿Realmente es el Duque Morciani? »
En esta mesa, no existía un hombre bestial comiendo carne cruda con las manos. No podía mostrar su vergüenza, así que tuvo que forzar una sonrisa a pesar de que le temblaban los músculos.
«¿Eran falsos los rumores? Me pregunto si esto fue un gran error… »
El duque era el hombre más elegante que había visto nunca.
Había dignidad hasta en la punta de sus dedos, y autoridad en sus cautelosos ojos oscuros. El delicado puente de la nariz y la mandíbula, que parecía ser la obra maestra de toda la vida de un escultor, hacía que la apariencia del Duque se destacara aún más, y era difícil encontrar fallas en sus modales o en su forma de hablar.
Era un hombre mucho más radiante y digno de lo que había sido el Conde Romagnolo en su mejor momento. Daba la impresión de que Meirin y él harían una buena pareja.
«Pero ahora es agua derramada. »
Lilián: yaper … yaperdió
De ninguna manera iba a revelar ahora que la chica pelirroja del otro lado de la mesa era la hija ilegítima del Conde. La injusticia de todo aquello la hacía sentir como si irradiara calor en todas partes.
De hecho, Meirin, su preciosa hija menor, se encontraba actualmente en la habitación de la Condesa vestida como una criada, escondida a los ojos del Conde. Era obvio que ahora estaría esperando nuevas noticias de ella.
«¿Cómo debería decirle esto a mi bebé? »
Al menos los rumores de ser un asesino sangriento deben ser ciertos, pensó para sí misma. Pero no podía negar la inquietud que sentía al ver la sonrisa del Duque, preguntándose qué pasaría si incluso en eso se equivocaba.
Abio también sentía un inexplicable nudo en el estómago. Hacía tiempo que sufría de insomnio, y la fealdad de los rumores que rodeaban al Duque le había tranquilizado. Pero incluso para un hombre como él, el Duque era un hombre digno de reconocer. Apenas habían intercambiado saludos y el débil hombre no se atrevía a mirarle a los ojos.
Fingiendo enderezar la espalda para ocultar sus hombros caídos, Abio miró en dirección a Nuritas.
«¿Y si se enamora de él? »
Al imaginar la imagen de Nuritas gritando de éxtasis debajo de ese pelinegro, le hizo sentir unas náuseas y una rabia incontrolables.
«Este fue un mal matrimonio desde el principio, y ella me pertenece de principio a fin.»
Mientras desmenuzaba la carne con el tenedor, imaginó por un momento que se sentiría bien estar en el cuerpo del Duque. Luego se sintió desdichado y dejó el tenedor.
Pero le quedaba una expectativa. Aquella chica era un hueso duro de roer, e incluso el Duque tendría dificultades para conquistar su corazón. De alguna manera tenía que tener una oportunidad.
Incluso si eso significaba desafiar a su padre.
«Es mi mujer, eso es correcto. Nadie puede tener lo que es mío. »
La incómoda comida parecía no tener fin, pero terminó cordialmente cuando el Conde Romagnolo brindó deseando un matrimonio exitoso. Nuritas dejó la copa sin llevársela a la boca y respiró secretamente aliviada.
«Supongo que es todo por esta noche. »
Pensaba volver a su habitación y estirar las piernas cuando, de repente, una larga sombra se cernió sobre ella.
—¿…?
El Duque estaba retirando su silla. Nuritas se quedó paralizada, incapaz de sentarse o levantarse, sorprendida de encontrar a su más formidable oponente tan cerca.
—¿Me permite el honor de acompañarla a sus aposentos?
La ansiedad de Nuritas pareció multiplicarse al oír su profunda voz, como el viento a través de un profundo bosque. La cortés mano del Duque se extendió hacia ella, y Nuritas sólo pudo agarrarla ligeramente mientras se levantaba torpemente.
Fue como si alguien hubiera respirado hondo.
—Encantado de conocerle. Soy Lucious Morciani.
El Duque estaba de pie junto a ella, sus ojos oscuros brillaban al mirar los azules de Nuritas, pareciendo exigir una respuesta. Nuritas apaciguó su voz, que sabía que no saldría bien, y se presentó.
—El gusto es mío, Duque. Soy Meirin Romagnolo.
Los dos anunciaron el comienzo de la obra.
Ambos salieron del comedor con paso elegante. Detrás de ellos, todos los demás seguían ocupados con sus propios pensamientos. Sólo el conde Romagnolo se acarició la barba con gran satisfacción y bebió el resto de su copa.
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«Probablemente no sea la misma persona que conocí en ese entonces. O quizás no me reconozca. »
Era totalmente posible. Su aspecto era muy diferente al de hacía unos meses, y si él reconocía que ella no era Meirin, no había ninguna razón para ocultarla en este lugar.
Supuso que la diosa Diana había mostrado un poco de misericordia a su vida atrapada en el barro. La mano de Nuritas que fue sostenida, estaba toda húmeda por la tensión.
Lucious la observó fijamente mientras ella dejaba escapar un pequeño suspiro. Escoltarla a su habitación no había sido su intención desde el principio; su negativa a mirarlo durante la comida y su vestimenta sencilla, como si no tuviera intención de ser vista por él, habían sido muy sospechosas.
Antes de que los invitados del Conde llegaran al castillo, se esperaba que no pudiera ocultar su enojo al conocer a su futura esposa. Pero cuando la vio, sus ojos siguieron desviándose, como un cachorro empapado por la lluvia. Incluso en la mesa, apenas podía levantar la cabeza y permanecía rígida, lo que seguía irritando al Duque.
Ni el Conde ni la Condesa la habían mirado cariñosamente durante la comida, aunque ambos decían que era su amada hija.
Y la pequeña mano que ahora sostenía era tan diminuta a comparación de la suya, que parecía como si fuera a romperse si le daba algo de fuerza.
El Duque sintió como si deseara poder entrar en la cabeza de la mujer pelirroja que le había intrigado desde el principio.
«Sí. Hasta que lo reveles todo. »
No te soltaré la mano, ni por un momento.
Subieron las escaleras y recorrieron el pasillo en silencio, y Nuritas se sintió frustrada por el continuo silencio, pero no sabía si debía hablar. Sinceramente, tenía ganas de soltar la mano y salir corriendo del territorio Morciani, pero no se atrevía a hacerlo.
«¿A qué distancia está mi habitación? »
Nuritas caminaba con pasos pesados, deseando que este momento terminara. Esperaba que su oponente no supiera cómo se sentía.
«Esto es sólo el comienzo, pero es un gran problema. »
Nuritas sintió una profunda desesperación y, cuando por fin vio la entrada de la habitación en la que se encontraba, recuperó el color. Antes que nada, sería urgente salir de este lugar.
—Duque, gracias por su consideración. Que tenga una noche tranquila.
Nuritas hizo acopio de sus últimas fuerzas y le hizo una reverencia digna de una perfecta dama, y luego, como si la persiguiera algún monstruo, cerró la puerta tras de sí y desapareció.
El Duque se detuvo ante la puerta cerrada y se pasó una mano por el pelo, sintiéndose vacío. Se sentía tan vacío. Después de todo, ella no le había mirado bien ni una sola vez, y eso le molestaba terriblemente. Estiró sus largas piernas y caminó lentamente hacia su habitación.
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Era un buen día para que los jóvenes enamorados se casaran.
La brisa de la mañana era perfecta, y el cielo estaba tan alto que parecía realzar los arreglos florales del jardín para la ceremonia. Los jardines tenían un aspecto especialmente fresco, gracias a la lluvia que había caído el día anterior.
Nuritas permanecía como una estatua frente al espejo, vestida con un elegante traje de novia blanco puro y de escote redondeado, incapaz de ver cómo había cambiado su aspecto.
Mientras Sophia y las criadas del Duque se dedicaban a su trabajo, Nuritas sólo podía mirar por la ventana. Bajo el deslumbrante cielo azul, tenía la amarga sensación de que nada estaba de su parte. Se imaginaba que su pelo manchado de pecado, podría ser quemado bajo el cielo que parecía reflejar todo.
«Otro nombre, otra identidad, otra vida. »
Aunque era inevitable ya que tenían a su madre como rehén, no pudo evitar sentir que estaba arruinando un gran momento en la vida de alguien con una cara falsa.
«Esto no es lo correcto. »
Lo que detuvo sus pensamientos fueron las voces de las dos criadas que parecían alondras.
—Vaya Señorita, nunca habíamos visto un pelo rojo tan bonito.
Las criadas colmaban de halagos a Nuritas, que ahora se convertiría en la pareja del Duque. Pero Nuritas parecía estar ciega y sorda. Todo lo que podía pensar era que la ceremonia terminaría pronto y la primera noche se llevaría a cabo rápidamente.
Ella esperaba que el Duque estuviera loco como se rumoreaba. El Duque que había conocido ayer no se parecía en nada a los rumores, y suponía que sólo era una fachada temporal. Que bajo la máscara se escondía el verdadero y feo rostro. Esperaba un demonio.
Sólo así la piedra que pesaba sobre su conciencia sería un poco más liviana.
«Por favor, no me perdonen por ser tan egoísta. »
Susurró para sí misma, atreviéndose a pedir perdón. Entonces su mirada se posó en el dobladillo del vestido.
El dobladillo del vestido había tenido que ser ligeramente modificado después de que Meirin lo rompiera la última vez. No habían tenido tiempo de hacer uno nuevo, así que se habían limitado a añadir encaje en la zona dañada, y parecía que el vestido tenía más volumen que antes.
Nuritas miró las joyas rotas incrustadas en el encaje y pensó en lo efímero que era todo. A pesar de llevar un vestido poco favorecedor, bajo un nombre falso, las ganas de salir de allí eran cada vez más fuertes.
«Ha nacido la primera Duquesa ilegítima del reino. »
Antes de venir aquí, estaba llena de resentimiento hacia el Conde por mantener a su madre como rehén. Pero ahora que estaba a punto de casarse, lo más duro era el cúmulo de culpa que la carcomía por dentro.
Al ver a Nuritas contemplando estos sentimientos, las criadas hablaron con preocupación.
—Debes estar muy nerviosa.
—Los preparativos ya están hechos, descansa un rato.
Una vez que las criadas se fueron, Nuritas se bajó el velo hasta los pies y se sentó rígida en el sofá, esperando la hora del juicio. Podía sentir el sudor frío resbalando por su espina dorsal. Ahora tenía dos deseos.
Deseaba que la espera fuera eterna para no pecar, y si era algo inevitable, esperaba que rápidamente pasará las páginas del libro y llegará al último momento de su vida.
Los ojos azules brillaban intensamente a través del velo antes de desvanecerse.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY
CORRECCIÓN: LILIAN