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Capítulo 21. Lluvia, por favor no pares.

La lluvia que había caído desde la noche anterior seguía empapando la tierra, y parecía detenerse sólo gradualmente a medida que salía el sol. Cuando el golpeteo de la lluvia cesó en el almacén vacío, una sombra humana tendida muerta en el suelo, se levantó lentamente.

Nuritas no había dormido bien durante la noche, cerrando y abriendo los ojos y reprimiendo gemidos. Le dolía el estómago, le ardía la frente y veía borroso.

Pero el dolor no era lo único que le quitaba el sueño. Mientras yacía en el familiar suelo de tierra, abrazando su cuerpo dolorido por primera vez en mucho tiempo y escuchando el sonido de la lluvia, todo tipo de pensamientos la rodeaban.

¿Estará bien madre después de partir hacia el ducado?¿Ese conde traicionero y bestial realmente cumplirá su promesa? No importaba cuántas veces lo comprobará, le costaba creer sus palabras. Aún quería negar que un hombre así le hubiera dado la mitad de su cuerpo.

Hubo momentos en los que quería morir. Pero ahora que estaba viva, quería vivir, aunque fuera una vida miserable, arrastrándose por la entrepierna de Abio como un perro…

—Mierda.

A partir de ahora pasará toda su vida engañando a alguien. Nunca antes le había dicho ni la más mínima mentira a nadie. Cumplió sus funciones con responsabilidad y su sudor nunca la engañó.

Los cerdos, siguiendo con su rutina diaria, olisqueaban el suelo que ella había barrido y colocado y se mordían la cola unos a otros, y el corazón de Nuritas estaba en paz mientras los observaba.

«Pero ya todo ha terminado. »

Un escalofrío del suelo pareció subirle por la espalda y helarle el corazón. En un instante, el recuerdo de un momento de tranquilidad desapareció, y su conciencia regresó al mohoso almacén.

Nuritas estiró la mano y se agarró el estómago, mirando por la pequeña y húmeda ventana. Y luego en voz baja intentó recitar su deseo.

—El clima es apropiado para un hijo ilegítimo como yo. La niebla cubre incluso el territorio de Morciani. Así que cúbrelo todo, para que nadie pueda ver este lado feo mio.

──────⊹⊱✫⊰⊹──────

Tras pasar la noche sin dormir, Nuritas se levantó y a duras penas pudo arrastrarse hasta su habitación.

—Señorita, se ha despertado temprano.

Sophia abrió la puerta y entró en la habitación de Nuritas. A diferencia de la primera vez, Sophia se había acostumbrado a servir a Nuritas.

«No me he levantado temprano, acabo de llegar. »

Nuritas giró la cara hacia el otro lado de la cama, subiéndose la colcha hasta los labios para ocultar su tez pálida.

—Señorita. Dicen que no pueden dormir antes de casarse. Pruebe este té de limón caliente

—Gracias.

Con esas palabras, Nuritas cayó en un profundo sueño por un momento. El malestar de la noche en el suelo del almacén debía de haber hecho estragos en su cuerpo.

Cuando despertó, Sophia seguía sentada a su lado, con cara de preocupación.

—¿Se encuentra bien?

—Ya estoy mejor.

¿Será obra del cielo?

Hizo una mueca de dolor, preguntándose si Abio la había golpeado más levemente que la última vez, pues aún era soportable, y se frotó el rostro con la mano, riéndose de sí misma por pensar que era algo bueno.

Nuritas estaba tan concentrada en su problema que apenas se dio cuenta del rostro ensombrecido de Sophia.

—Sophia, ¿qué sucede?—preguntó Nuritas, mirándola con preocupación. 

Sophia habló en voz muy baja.

—Quieren que la siga al lugar donde se va a casar… pero aquí están mis padres y mi hermano pequeño….

No continuó, pero Nuritas entendió lo suficiente.

No pudo evitar sentir lástima por Sophia, por tener que abandonar el lugar donde había nacido y crecido. Dejar este lugar no tenía nada que ver con su propia voluntad.

Simplemente siguen lo que su Señor les dice que hagan.

Lo que lo hacía aún más triste. Nuritas trató de sonar alegre mientras observaba las gotas de agua que se formaban en el alféizar de la ventana y fluían hacia abajo.

—Escuché que no está tan lejos. Si tienes suerte, ¿quizás puedas ver a tu familia de vez en cuando?

Las palabras pretendían consolar a Sophia, pero también reflejaban la soledad de su corazón. Sabía que no iba a morir mañana, pero no sabía por qué tenía tanto miedo de que fuera la última vez.

Antes de marcharse, decidió que no volvería a buscar a su madre. Aquella noche empapada por la lluvia había sido suficiente; si volvía a ver a su madre, su corazón se desmoronaría como un castillo de arena, y no podría abandonar este camino tan tranquilamente.

Quería marcharse sólo con el recuerdo de aquel día, cuando había limpiado la pocilga y su madre le había secado el sudor de la frente con una fregona, como de costumbre. No quería guardar en su corazón los tristes recuerdos de su mirada melancólica y sus lágrimas.

Sophia se deshizo rápidamente de su sombrío estado de ánimo y recordó lo que tenía que decir.

—Señorita, cuando se levante, el Conde me ha dicho que vaya a verlo.

—De acuerdo. Sophia, ¿por qué no bajas y te preparas? Yo iré detrás de ti.

Nuritas se puso de pie, apretando los dientes y agarrándose el estómago, y echó un último vistazo a su apariencia.

La oscuridad de sus ojos azules, que destacaban especialmente en su rostro pálido, se reveló en el espejo.

Hoy llevaba un vestido beige con pocos adornos y una capa negra. Su pelo, que había crecido bastante, estaba cubierto de un tinte que no le favorecía y brillaba como un farol iluminando el mundo de las tinieblas.

Nuritas alargó la mano y tanteó la fría superficie del espejo.

La mujer del espejo le había parecido muy noble. ¿Pero quién se refleja ahora en el espejo? El escepticismo la invadió, pues ni el reflejo ni los labios que ahora suspiraban parecían ser los suyos.

Su cabeza estaba mareada por las decenas de miles de emociones que chocaban en su interior. Tener que fingir ser una noble y partir hacia el ducado.

«Puedes hacerlo, debes hacerlo. »

Forzó sus ojos a centrarse, a olvidar todo lo demás y concentrarse en ello. Ni el miedo que carcomía el corazón de Nuritas ni el dolor que le roía el estómago podían hacerle daño.

Ahora sólo tenía que conseguir esa última promesa.

──────⊹⊱✫⊰⊹──────

El conde Romagnolo también había terminado de prepararse para ir al castillo ducal y estaba de pie en medio de la habitación, apoyado en su bastón.

Aunque sucedió de repente, todo transcurrió muy bien. El repentino decreto del rey de casar a su hija con el joven e insensato duque, y el anuncio de Leonie de que tuvo a su hija ilegítima. Todo encajaba tan bien.

—Es una pena que no puedo revelarlo a quienes me trataron como basura. Jajaja.

Convertir a su hija ilegítima en duquesa era algo que nadie debería saber. Los empleados del castillo mantuvieron la boca cerrada y estaba seguro de que su hija ilegítima no diría nada mientras tuviera a su madre como rehén.

La puerta de su despacho se abrió con un ruido ensordecedor. Se burló de Nuritas para sí mismo, preguntándose cómo sabía que estaba hablando de ella y que justo había aparecido en el momento oportuno.

—Oh, ¿tuviste un buen sueño anoche? Una chica como tú, que solía hacer un trabajo tan duro, ahora será una duquesa, así lo dictó la gracia de Diana. No lo olvides. Todo esto es por consideración a mi amor por ti y tu madre…

Nuritas se mordió los labios resecos, pensando en lo afortunada que era de no tener que oír nunca más aquellas tonterías.

Eso sería lo único que ganaría con este matrimonio. Liberarse de la locura de Abio y dejar de ver la cara hipócrita del conde. Nuritas se apretó el estómago con el puño, tragando saliva para no gemir.

—Conde, si yo muriera en un accidente sin que nadie se entere, ¿mi madre seguiría a salvo?

Esto era algo de lo que Nuritas tenía que estar segura. Si hacía bien el trabajo, su madre estaría bien, pero ¿y si moría antes?

El conde volvió a mirar a su hija ilegítima con expresión perpleja.

Había algo bastante singular en el tema de la limpieza de las pocilgas. Entonces, volvió a surgir el arrepentimiento de que haya nacido como hijo legítimo. Un suspiro muy breve salió de su boca, y se levantó, con los ojos brillando del mismo azul que los de Nuritas.

—Si vas a servir bien a tu deber hasta el final, sólo para encontrarte con la tragedia, entonces es justo que cumpla la promesa. Vivir una vida honorable es propio de la nobleza.

—Sí.

Nuritas se sintió un poco aliviada al oír sus tonterías. Dado que lo dijo de esa manera, parecía que probablemente había un rastro muy leve de sinceridad.

Ahora que se convertiría en la esposa de un duque del que se rumoreaba que estaba loco, al menos podía tener alguna esperanza de que su madre estuviera a salvo incluso si un día muriera repentinamente.

Todo lo que necesitaba ahora era la más mínima pizca de fe, de lo contrario no sería capaz de dejar a su madre en el castillo Romagnolo. Nuritas se inclinó ante él y se dio la vuelta.

Cuando estaba a punto de salir de su despacho, las últimas palabras del Conde llegaron a sus oídos, con una voz muy clara y firme.

—Si crees que te van a descubrir, deberías plantearte entregarte. Porque sería imposible incluso para el más hábil Duque apoderarse de un cadáver y aprender algo de él.

Nuritas se agarró el pecho, que parecía supurar sangre. Puede que sea la última vez que se vean, pero hasta el final, el conde no tuvo ningún interés en nada más que su familia y su propio bienestar.

—Y Meirin, de ahora en adelante, llámame Padre.

La siniestra voz pareció sacarla de su ensueño. Ni siquiera se molestó en volver a mirar las palabras mientras salía corriendo del despacho del Conde y bajaba las escaleras. Oyó la risa burlona del Conde en sus oídos y aceleró el paso para escapar.

Fuera, la lluvia, que había cesado por un momento, comenzó a caer de nuevo.

Cuando la lluvia fría le golpeó la cara, se recompuso y se cubrió la cabeza con la capa.

Si alguien la veía ahora, reconocería su alma hecha jirones. Se apretó más la capa y se tapó los ojos. La suciedad húmeda y el agua que se acumulaban en el dobladillo de su vestido arrastraban sus pasos hacia abajo.

Sentía como si su cuerpo ya hubiera sido castigado por decir mentiras y ahora se hundiría en el barro.

«Pero todavía no. »

Sus piernas no se sentían lo suficientemente fuertes, pero levantó un pie y se impulsó sobre el suelo viscoso.

Ya nada la detendría.

«Madre, te dejaré por un momento. »

Nuritas subió al carruaje sin mirar atrás. El agua se acumuló bajo el asiento donde se sentó. Nuritas se recostó en la silla y cerró los ojos. Las gotas corrieron sobre sus hombros raídos y su mente estaba demasiado mareada para sentir el dolor.

La puerta del carruaje se cerró de golpe y los caballos empezaron a darse zarpazos para sacudirse la lluvia de las crines.


RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY 
CORRECCIÓN: LILIAN


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