Capítulo 19. La espada roja de la casa Morciani
Como de costumbre, Lucious estaba limpiando su espada sin dejársela a nadie. Sus manos largas y ásperas agarraban un paño seco y lo limpiaba cuidadosamente de arriba abajo. Estaba tan absorto que una gota de sudor cayó de su frente y comenzó a recorrer el mango de la espada.
Sólo sus ojos perfilados se reflejaban y brillaban en la ahora afilada hoja. Pero sabía que estaba imbuida de un grito invisible. Lucious recordaba claramente los momentos en los que le quitó la vida a una persona viva con sus manos.
La vida a veces se perdía y se ganaba tan ridículamente.
Los cuerpos de los que había matado en nombre de la guerra formaban una pequeña montaña.
Una vez allí, con la espada en la mano, era inevitable.
Bajar la guardia en el campo de batalla significaba que pronto tendría que bajar la cabeza.
«¿Qué ha traído mi misericordia? »
Pensó en la primera vez que empuñó una espada cuando era muy joven. Su primer encuentro en el campo de batalla había sido con un chico de su misma edad. No más de catorce o quince años a lo mucho, y Lucious había dudado un momento en apuñalarlo.
Al ver su vacilación, su oponente no dudó y le apuñaló en el pecho. Escapó por poco del ataque y sobrevivió, pero sufrió una grave herida en la muñeca.
—Apuñalé a mi oponente para salvar mi vida.
La luz reflejada en la hoja empapada en sangre pareció iluminar el pasado por un momento.
Nacido como el menor de los tres hijos en el Ducado Morciani, al principio estuvo alejado de la sucesión ducal. Tuvo una infancia cálida, monopolizando el cariño de su madre con sus dos hermanos mayores, mucho mayores que él.
El duque anterior era un hombre franco, y nunca demostró directamente su afecto por el menor. Pero la calidez de la mirada de su padre cuando se encontraban de vez en cuando, y por los movimientos bruscos de sus manos acariciando su cabeza, Lucious pudo sentir que su padre le quería.
No obstante, la mirada de su padre, la canción de cuna de su madre y los recuerdos de sus dos hermanos mayores se habían desvanecido como un sueño.
Su padre, un Duque y el mejor espadachín del reino, murió en la guerra ocurrida hace 20 años. Sus enemigos lo rodearon cuando había perdido a todos sus hombres, quedando solo, acuchillándolo, cortándolo y apuñalandolo entre todos.
Aunque eran demasiado jóvenes para luchar en la guerra, sus dos hermanos mayores, que habían luchado por el Ducado Morciani, desenvainaron sus espadas por su padre en ese momento.
Los jóvenes, apenas en edad de florecer, yacieron sobre la espada de su padre y vieron cómo el cielo se teñía de rojo sangre.
La guerra terminó finalmente, arrastrando a tres hombres del Ducado Morciani y creando otro río de sangre.
El reino salió victorioso, pero sólo el más joven y su madre permanecieron en el gran y magnífico castillo ducal.
Su madre había perdido a su marido y a sus dos hijos, pero había intentado criar bien a Lucious a pesar de su dolor. Incluso en los días en que extrañaba a sus hijos que habían fallecido antes que ella, a pesar de añorar el fuerte hombro de su marido, siempre sonreía a Lucious.
Él era demasiado joven para darse cuenta de que su sonrisa iba acompañada de lágrimas.
—Lucious Morciani, ahora debes proteger al Ducado.
Su madre repitió esas palabras a Lucious con rostro serio. Debía de percibir la inquietud de los movimientos de la horda a punto de engullir al honorable Ducado. Los dioses seguían sin estar del lado de Lucious ya que una plaga arrasó el reino afectando al ducado, y su madre cayó víctima. Luchó sin descanso contra su enfermedad, reacia a dejar atrás a su pequeño hijo, pero finalmente sus ojos se cerraron.
En ese momento sólo tenía ocho años.
Arietty: Una llorando internamente pipipi
Mientras el niño intentaba soportar el peso de la familia Morciani, sucedieron muchas cosas. Una tormenta tras otra, el niño que le llevaba flores a su madre y sonreía alegremente, jugando una broma con su hermano y riéndose de él, ya no existía.
Lucious tuvo que recibir una dura educación como heredero del Ducado. No hubo voz tranquilizadora que escuchara las quejas del niño. En ese tiempo el destino lo empujó duramente para que ya no pudiera seguir siendo un niño.
Junto al lecho de su madre, hizo un juramento, apenas capaz de controlar sus lágrimas.
«¡Por la familia Morciani! »
Lucious, que rara vez recordaba lo que pasó en aquel entonces, abrió los ojos y sonrió amargamente.
—Si mi madre se enterara, saltaría de su tumba.
Se alegraba de que su madre no hubiera oído aquellas palabras “diablo, demonio, desalmado, monstruo, gigante” que le perseguían.
«Qué triste puede ser para ella saber que su querido hijo es objeto de tales rumores? »
Dejó de limpiar su espada y pensó en su novia, preguntándose si sabría de los viles rumores sobre él.
«Bueno, por la forma en la que maldecía, dudo que se inmutara ante rumores tan terribles. »
Era una mujer impresionante, y ahora se dirigía hacia él.
Levantó su reluciente espada en el aire, se la apretó contra la frente como si hiciera un juramento y cerró los ojos. Un grito frío y escalofriante pareció resonar desde la espada y retumbar en su corazón.
—Madre…
El joven tuvo que soportar todos esos años solo para proteger el nombre de su familia. Para él, esa fue la razón por la que vivió hasta ahora.
«Espero que la sangre de mi padre y los últimos días de mis hermanos no sean en vano.»
La pesada sombra del perfil del hombre con líneas gruesas se proyectaba detrás de él.
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Después de varios meses de entrenamiento acelerado, Nuritas pudo imitar a un noble torpe. Por supuesto, esa era la opinión de Madame Bovary y del Conde, y ella tenía una idea completamente diferente.
—Ya sabes, ¿verdad? Si es posible, sería mejor que no dijeras nada.
—Y deberías tener especial cuidado con tu hábito de hablar como un hombre. Las jóvenes deben hablar tan suave y sigilosamente como un capullo que acaba de abrirse en primavera.
—Nunca debes mirar directamente a los caballeros; siempre debes taparte la boca con un abanico o un pañuelo; y nunca debes estar sola en una habitación con un hombre…
Nuritas tuvo que obligarse a no soltar una carcajada mientras escuchaba las palabras de Madame Bovary con aquel rostro obstinado. ¿Hasta cuándo continuaría la perorata* de “¡No!” de Madame Bovary?
*Perorata: Discurso o razonamiento, generalmente pesado y sin sustancia.
—Sí, lo sé muy bien. ¡No debo reirme a carcajadas, no saltar y no hacer contacto físico! Lo recuerdo todo.
Debería quedarse quieta y no respirar en absoluto. Menuda cantidad de limitaciones tienen las jóvenes nobles. Una leve sonrisa cruzó su rostro mientras consideraba la idea de conseguir una cuenta para un vestido fino y llevárselo.
—Por cierto, Madame, ¿le parezco ahora un noble?
La sorprendente pregunta de Nuritas hizo que un destello de vergüenza apareciera en el rostro de Madame Bovary.
—Conozco tus antecedentes, jovencita, así que me resulta difícil darte un juicio objetivo. Lo bueno es que el Duque nunca ha conocido a Lady Meirin, y ella rara vez ha asistido a bailes debido a problemas de salud, así que tal vez nadie sospeche de ti.
Nuritas iba vestida con un traje azul pálido, con el pelo rojo colgando por los costados. Sus ojos eran de un azul más oscuro que el vestido y su bello rostro no parecía el de alguien que hubiera estado haciendo el difícil trabajo de limpiar pocilgas.
Madame Bovary miró a la hija ilegítima, que, en contra de sus temores iniciales, iba bastante bien en las clases. Había en ella un aire de dignidad, no sólo en su aspecto, sino en la forma en que gesticulaba y la miraba.
«Medianamente noble, supongo. »
Se enorgullecía de que la humilde criatura a la que había enseñado se hubiera convertido en alguien útil. Y venir al Condado Romagnolo había revitalizado su aletargada vida. Se sonrojó al pensar en el conde de pecho ancho y pelo plateado.
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Nuritas terminó su espantosa última lección con Madame Bovary, se arremangó el dobladillo del vestido y se encaminó por el jardín hacia los cerdos donde solía trabajar. No habían cambiado el suelo a tiempo y estaba hecho un asco.
—Veo que el nuevo no ha hecho bien su trabajo.
Tuvo ganas de entrar corriendo, estirar los brazos y limpiar pero su apariencia actual no encajaba con este lugar.
Levantó la cabeza y miró hacia atrás. Pudo ver el castillo del Conde y las enredaderas de rosas trepando por los muros exteriores del castillo. Las flores rojas en plena floración mostraban su hermosa apariencia.
—¿Entonces, es ahí donde pertenezco?
Nuritas solía saber con certeza a dónde pertenecía. Aunque los objetivos de su vida eran bastante monótonos, tenía una dirección clara hacia la cual avanzar.
Pero ahora todo le resultaba confuso.
Ni la pocilga familiar ni el magnífico castillo del conde le dieron tranquilidad. Su mañana se ha vuelto ahora muy incierto.
—El tío que solía trabajar en la cocina decía que la gente hace muchas cosas cuando se está muriendo.
Nuritas se pasó la mano por la garganta. No era nada reconfortante que siguiera unida.
—Estar haciendo estas cosas nobles me está volviendo loca. Me está haciendo llorar, maldita sea.
Nuritas levantó los ojos al cielo y luchó contra las lágrimas. Faltaban dos días para que partiera hacia el Ducado.
Mientras se despedía del lugar donde había nacido y crecido, una voz ronca rompió su tranquilo ritual.
—Aquí es donde debes estar. ¿No lo crees?
Abio hizo un gesto hacia Nuritas, tapándose la nariz con los dedos contra el fétido olor de la pocilga.
Su pálido rostro estaba extrañamente enrojecido, como si hubiera estado bebiendo desde el amanecer, y habló en un tono bajo y amenazador.
—Será beneficioso para ambas, madre e hija, que me sigas obedientemente.
Nuritas había esperado que el loco la encontrara más de una vez antes de marcharse.
«Pero, ¿por qué aquí, ahora? »
No pudo resistirse a sus palabras sobre la seguridad de su madre, así que le siguió. Podía decir que estaba borracho por la forma tambaleante en que caminaba. La perturbaba terriblemente que hubiera bebido, y no es que normalmente estuviera sobrio.
Abio se detuvo en lo que parecía ser una especie de almacén, donde guardaba todo tipo de herramientas. Nuritas exploró la zona antes de entrar, pero no había señales de vida. El lugar solía estar deshabilitado.
—Cierra la puerta.
El olor rancio del almacén flotaba en el aire, y los sonidos de bichos desconocidos y pequeños animales correteaban de un lado a otro. La vieja puerta se cerró de golpe, sumiendo el almacén en la oscuridad, salvo por una rendija de luz que entraba por la diminuta ventana.
De espaldas a la luz, Abio se puso delante de Nuritas.
—Así que, por ahora, nos separaremos, y he decidido aceptarlo.
Nuritas se quedó quieta, preguntándose si aquello era una tontería. La tensión aumentaba por lo imprevisible que Abio era cuando estaba borracho.
Se acercó cada vez más al cuerpo de ella, rodeándole la cintura con los brazos. Luego bajó la cara hasta su pecho y se estremeció al poder sentir el olor de Nuritas a través de su nariz.
¿Cuánto tiempo ha pasado? Nuritas aguantó sin respirar, hipnotizada por el pensamiento de que Abio no era un hombre, sino una piedra. Sólo una piedra. Era horrible sentir su aliento en la cara y el cuerpo, pero ahora no tenía elección.
Al cabo de un momento, Abio levantó la cabeza, con los ojos aturdidos por el éxtasis, y al abrir lentamente los labios, le llegó algo parecido al olor del estiércol cortado, y con cara de suficiencia dijo.
—Ahora, demuéstrame tu amor.
Arietty:
Lilián:

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY
CORRECCIÓN: LILIAN