Capítulo 18. Algún día, ese día estará lleno de sorpresas.
—¿Por qué te quedaste afuera con esta lluvia? Te puedes resfriar.
Nuritas estuvo un buen rato bajo la lluvia en el jardín hasta que encontró a su madre, a quien le dijo que la habían reconocido como hija del conde y que iba a ser Duquesa. Estaba empapada y tenía los labios azules.
—¿De qué se trata eso? No tengo ni idea.
Leonie agarró rápidamente la manta y envolvió con ella el cuerpo de su hija. Su corazón se hundió al ver que sus ojos azules parecían aún más tristes hoy.
Nuritas salió de debajo de la manta y agarró la mano arrugada de su madre. Sus manos, tan pequeñas como ella, estaban callosas, y Nuritas sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas al recordar las manos blancas e inmaculadas de la condesa el día anterior.
Su madre dejó de lado el tema del matrimonio y miró la mano que sostenía, hablando en voz baja.
—He sido tan indiferente contigo porque he estado ocupada sobreviviendo. Lo siento, cariño.
Nuritas sintió la oleada de emociones que estaba conteniendo, y una vez más le dijo que iba al ducado para casarse.
—Pero eres mi hija, nacida de mí, ¿qué significa eso?
Dijo Leonie, no queriendo usar la palabra ilegítima para describir a su hija.
—¿Recuerdas que te dije que fui reconocida por el Conde?¿Y que me dieron un nombre y un apellido? Es por eso.
Nuritas se esforzó para que su voz sonara alegre a través de sus labios endurecidos por la lluvia.
—¿Así que te vas y no podré verte?
Leonie tosió violentamente y miró a Nuritas con ojos llorosos.
Lilián: wey nooo :c
Al principio no la había querido, pero se había portado tan bien con ella desde el momento en que nació que era imposible no quererla. Fuera como fuera la niña, juró a los dioses que la amaría.
La niña era la única bendición en la vida de la criada, que no tenía futuro ni esperanza. Además, después de que su madre muriera prematuramente a causa de una enfermedad, ella y su hija quedaron solas en este duro mundo.
Era un gran consuelo tener su pequeño cuerpo bajo el mismo techo. Temerosa de acostumbrarse, observaba a la niña dormir desde lejos, pero todo era por su bien.
Temiendo que la niña descubriera que era hija ilegítima del Conde, y que otros la descubrieran, fue cautelosa y precavida. Se abstuvo de hablar una y otra vez. Vestirla con un vestido tan bonito como el que lleva ahora, o atarla con una cinta, era algo que ni siquiera podía soñar. Siempre llevaba el pelo corto, y el tinte que compraba y le untaba era su forma de demostrarle su afecto. Ahora esa chica ya había crecido y estaba a punto de irse de su lado.
—Supongo que no puedo ir contigo.
Leonie susurró con resignación. Si hubiera sabido que era el final, habría contemplado el bello rostro de la niña un poco más. Hubiera deseado acariciarle el pelo una vez más.
Una oleada de tristeza la invadió.
Su diminuta habitación contenía dos camas duras y destartaladas y un armario al que le faltaba una puerta, y eso era todo, pero ahora la pena y la angustia llenaban el espacio vacío.
Las palabras que Nuritas nunca había podido decir a su madre intentaban salir.
Intentó contenerlas, pero al ver a su madre con la espalda encorvada y tosiendo, la hizo romper a llorar.
—Definitivamente vendré a buscarte, ten paciencia.
Nuritas se frotó los ojos enrojecidos con dureza y se juró a sí misma.
No podía dejar a su madre en manos de los hombres de confianza del Conde. Los ojos repugnantes del Conde y la mirada venenosa de la Condesa parecían atravesar el corazón de su madre al mismo tiempo.
Pronto se le ocurrirá una manera. Quería creerlo, tenía que encontrarla.
—Así que no trabajes demasiado, y ten algunos trucos bajo la manga. En cuanto al Conde…
Antes de que pudiera terminar, Nuritas agarró con más fuerza la mano de su madre.
«¿Por qué nunca hemos podido decir una sola palabra de que nos amamos…? »
—Definitivamente lo haré bien. Madre, no te preocupes por mí.
A Leonie le costaba creer que su hija se convertiría de repente en duquesa, pero ni siquiera sabía lo que significaba “hacerlo bien”. La despedida fue agridulce, pero sintió que sus años no habían sido en vano, pues la niña que había dado a luz había crecido mucho.
Nuritas sintió el calor de la mano de su madre acariciándole el dorso de la mano, y se vio obligada a acortar el resto de la historia.
«¿El Conde la sigue molestando? ¿Ha vuelto a visitarla la Condesa? Madre… »
Pero quería valorar el tiempo que pasaba con su madre, a la que no sabía cuándo volvería a ver, y no podía soportar pensar en todos aquellos años en los que ambas se levantaban, se animaban mutuamente a hacerlo bien en el trabajo y se daban las buenas noches.
Su madre tuvo que quedarse en el condado Romagnolo, lleno de enemigos, y ella tuvo que ir al ducado de Morciani, lleno de caras desconocidas.
Nuritas comprendió que era hora de partir.
Si se quedaba más tiempo, parecía que la lluvia consumiría su corazón y no podría llevar a cabo su resolución. El agua de lluvia se esparció debajo del lugar donde ella se quedó, formando círculos como grandes gotas de lágrimas. Nuritas bajó al suelo la manta que cubría su cuerpo y se despidió de su madre.
Un sollozo muy pequeño surgió detrás de ella, pero Nuritas no miró hacia atrás. Apretó los puños y miró hacia delante.
Si miraba el rostro de su madre ahora, sintió que se derrumbaría por completo. Debido a que fue una despedida muy breve para ella y su madre, sus pasos estaban llenos de determinación.
«Madre, por favor mantente saludable. »
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César estaba inquieto después de entregarle al duque la información que su subordinado había obtenido en secreto.
Era difícil adivinar el contenido al observar la expresión del duque. En algunos momentos enarcó las cejas con furia, en otros se mostraba muy serio.
«¿Quién diablos es esa mujer llamada Nuritas? »
El duque había ordenado recientemente a César que averiguaran sobre una mujer llamada Nuritas de la familia Romagnolo.
César estaba bastante preocupado de que esté creando problemas innecesarios antes de su boda con la preciosa hija menor del conde. A instancias del duque, uno de sus subordinados, Borzoi, consiguió colarse en el condado Romagnolo y reunir los dichosos documentos.
A César no se le permitió leer el contenido, razón por la cual se encuentra ahora cerca del duque, con el rostro lleno de preguntas.
Cuando el duque terminó de leer, se dirigió a la gran chimenea decorada con una escultura de águila, y arrojó los fajos de papeles al fuego con un movimiento de la mano. Sonrió al verlos arder intensamente.
—Es interesante.
—¿Qué?
Cuando César vio la sonrisa burlona del duque, supo que había llegado el momento de decir adiós a la vida apacible que había disfrutado brevemente.
«¿Por qué siempre aparece esa cara antes de algo tan grande? »
César sintió que el corazón le latía frenéticamente.
La sonrisa del Duque era algo que le salía de forma natural cuando estaba a punto de ir a la guerra, o cuando tenía delante una gran matanza, así que la había apodado la sonrisa loca. Por supuesto, el Duque nunca debía saberlo.
—César, ¿cuándo es el día de mi boda?
—Eso es… dentro de tres días.
—César, asegúrate de prepararlo muy bien.
—¿Si?
César se preguntó por qué el Duque, que nunca había prestado atención al traje ni a los preparativos de la boda, se mostraba de repente tan interesado. La sonrisa y el repentino cambio en su comportamiento le produjeron un escalofrío, como si le hubiera azotado un viento invernal.
Como leal servidor del Duque, César se tragó el miedo y se armó de valor para presentarse ante él. Tenía que decirlo ahora, si esperaba prosperidad eterna en la venerable Casa Morciani.
—Duque, permítame decirle algo.
Con solo decir esto, César sintió que la parte inferior de su cuerpo comenzaba a temblar. Creía conocer al Duque lo suficiente, pero aún había un aire de autoridad alrededor de su señor que era difícil de manejar para la gente común.
—Duque, el matrimonio definitivamente no es algo así como la guerra o la caza. Te casarás con una hermosa dama. Si estás pensando en hacerle daño, por favor, Duque, sólo una vez más… por favor..
Al final, César tembló y apenas pudo terminar la última frase.
Arietty: Pobre, no le tenia fe XD
Sacudió la cabeza enérgicamente imaginándose al Duque persiguiendo a la hija del Conde con su espada mientras ella huía hacia el bosque vestida de novia.
El duque se dirigió hacia él, con la camisa blanca medio desabrochada, y sus ojos oscuros no contenían ninguna emoción, sólo un aura infinitamente fría, parecida a una noche de invierno, que hizo que a César se le hundiera el corazón.
«No debería haber sido tan presuntuoso. »
Pero el arrepentimiento siempre llega demasiado tarde para salvar a un hombre.
—César, ¿alguna vez me has visto matar sin motivo?
El duque se paró junto a César y le preguntó con una media sonrisa en su rostro. Era increíble pensar que la imagen en la cabeza del sirviente de ojos azules fuera tan obvia para el Duque.
—…No.
—¿Soy yo el hombre de todos esos rumores?
—No.
César pensó que los rumores habían ido en una dirección tan extraña que no podía describir adecuadamente al duque que tenía delante.
El duque no comía comida cruda. Y lo de su fealdad hizo que César lo negara rotundamente con la cabeza.
Cuando lo conoció de joven, apenas pasada la pubertad, y como ayudante del duque, se había ruborizado por un momento como si hubiera sido una mujer, al contemplar aquellos encantadores ojos oscuros, los fuertes hombros y su alborotado cabello negro.
En realidad, los rumores sobre el duque eran más bien invenciones maliciosas de otros nobles.
César se aclaró la garganta y abrió lentamente la boca.
—El duque… en realidad da más miedo que los rumores. Estos suelen ser demasiado ridículos.
Ante las palabras de César, el Duque soltó una sonora carcajada, agarró a César por los hombros y lo sacudió enérgicamente. A su ayudante le gustaba sorprenderlo así de vez en cuando, y al Duque le gustaba su ingeniosa respuesta.
—César Bale, eres muy buen ayudante.
—¿Eh?
César estaba confuso, no sabía en qué era tan bueno. Sintiéndose incómodo, dio rápidamente las gracias al duque y se escabulló de su despacho.
Un nombre despertó de inmediato su curiosidad.
—¿Quién diablos es esa mujer llamada Nuritas?
«¿Es la amante secreta del Duque o tal vez su hija ilegítima? »
El Duque había vivido en el campo de batalla desde mediados de su adolescencia. La guerra acababa de terminar, así que no habría tenido tiempo de hacerse una amante.
«Pero ¿y si tuviera una hija que se pareciera a él? »
Se imagino a una niña de cinco años con ojos de obsidiana que podían ver a través de la gente, pelo negro hasta los pies, sosteniendo una espada casi tan alta como su tamaño y dictandole órdenes.
Arietty:Qué linda sería la bendi.
Lilián: La real. Imaginense la bendición uniendo las dos ilustraciones :,0
—Hmph, eso no va a suceder.
Ese fue el aterrorizado murmullo de César, el sirviente de la familia Morciani, para sí mismo aquella noche.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY
CORRECCIÓN: LILIAN