Capítulo 16. El camino hacia tu pareja destinada
—Sólo tienen que mirarse el uno al otro y permanecer quieta hasta que el Duque levante el velo.
Madame Bovary divagaba sobre el orden y la etiqueta de las ceremonias nobles. Pero Nuritas fingía oírla, con la mirada fija en el amplio mundo que se extendía al otro lado de la ventana.
Hacía demasiado buen tiempo para quedarse en casa. Si iba ahora al castillo ducal, probablemente estaría aún más restringida de lo que estaba ahora.
«Una Duquesa. »
No importa cuánto lo piense, no era un plan adecuado. El corazón de Nuritas latía de preocupación.
—¿Lo entiendes? Nunca debes hacer contacto visual con el Duque. Debes apartar la vista con timidez.
La voz de Madame Bovary era cada vez más fuerte. Desde que Nuritas la había amenazado con violencia el otro día, parecía haber optado por alzar la voz en lugar de usar el látigo.
Ahora que jugaba a ser una noble, comprendia que esta vida no era un infierno. Por un lado, aquí nunca pasaba hambre, pero mientras comía hasta saciarse, le dolía el corazón pensar en las gachas de avena con especias en los tazones de las criadas y sirvientes fuera del castillo.
«Si al menos regalaran algunas de las sobras de las comidas… »
Pero nadie en el castillo parecía pensar así. Para ellos, no parecían diferentes las ratas, que comían en secreto en la cocina, a las personas que trabajaban para el castillo. Entre los ignorados se encontraban Nuritas y su madre.
Un breve suspiro pasó entre los labios de Nuritas.
—Tus pasos deben ser tan ligeros como caminar sobre pétalos de flores.
Madame Bovary instruía ahora a Nuritas sobre cómo caminar por el Pasillo Sagrado.
«No tengo idea con los pétalos de flores, pero tengo confianza al caminar sobre excrementos de cerdo. »
Las personas inexpertas se quedarían aturdidas e incapaces de caminar correctamente la primera vez que pisaran el suelo embarrado. Pero sus años de entrenamiento le habían permitido moverse con total libertad sin hundir los pies.
Lavarse en el castillo también era una novedad. Antes, sólo se limpiaba con un paño húmedo o se lavaba las manos y la cara con agua. De todos modos, no tenía motivos para estar limpia. El día que llovía, se convertía en un día para lavarse todo el cuerpo.
Todos los trabajadores apestaban y Nuritas se había acostumbrado.
«Debía tirarlo todo cuando entraba en la pocilga. »
Pero ahora, cada vez que pasaba junto a los trabajadores fuera del castillo, el olor empezaba a molestarle un poco.
«Qué desagradable. »
A Nuritas le hacían gracia las sensaciones en su cuerpo que ni siquiera ella podía controlar. El viento soplaba suavemente, alborotándole el pelo. Quería montar y correr.
Estaba un poco decepcionada de que fuera Abio quien le hubiera enseñado a montar, pero él había sido bastante diligente a la hora de enseñarle a montar.
«Hay una cosa que incluso un loco sí hace bien. »
Ese aliento agrio, parecido al de un caballo en celo, rozó el costado de su nuca, haciendo que se le revolviera el estómago.
Salvo algunas excepciones, la vida noble no era para ella. Las clases de Madame Bovary eran especialmente monótonas y aburridas. Era buen momento para que el cochero, que sufría de insomnio, se sentará en su lugar.
«¿No sería posible que él, que siempre tiene los ojos rojos porque no podía remediarlo de ninguna manera, se durmiera profundamente después de diez minutos de esta clase?»
Era difícil comparar ya que no ha conocido a otros maestros, pero Nuritas no estaba tan interesada en aprender más adelante en la vida.
—Así que la ceremonia termina con ustedes frente a frente, rezando el rosario, y luego saludando a las familias de cada uno… ¿Me está escuchando? ¿Señorita?
Madame Bovary se había abstenido de castigos corporales directos después del último arrebato de Nuritas, pero su temperamento seguía ahí. Enfadada por la falta de atención de Nuritas, descargó su frustración sobre el escritorio golpeándolo con una fina vara.
Nuritas la miró. Llevaba un vestido azul con escote alto y hoy se había soltado un poco el pelo.
«Para ser sincera, ahora está mucho menos formal, pero sigue siendo un poco ostentoso para una viuda noble.»
Nuritas recordó el libro que había visto por última vez. Tenía largos párrafos sobre cómo debía vestirse una viuda para mantener su dignidad. Incluso el color de los guantes parecía estar prescrito.
«Pero, ¿cuál es el problema en ello? »
Casi sentía lástima por la señora Bovary, que golpeaba el escritorio con una vara como si fuera a romperlo.
—Señora Bovary, mi oído está bien, así que no debe preocuparse demasiado. He memorizado la secuencia, y sé que nunca debo levantar el velo.
Nuritas apartó la mirada y le aseguró a Madame que había oído bien.
Madame Bovary se sorprendió de que una hija ilegítima, que se había pasado toda la lección mirando por la ventana y aparentemente perdida en sus pensamientos, hubiera dicho todo lo que ella había recalcado.
En ese momento entró en la sala el conde Romagnolo, que se acercó despreocupadamente a Nuritas y le puso la mano en el hombro. La imagen era la de un padre amoroso que trata a sus hijos con amor incondicional.
—Madame Bovary lo está pasando mal. ¿Cómo puede seguirla nuestra hija?
Nuritas sintió el peso de la mano del Conde sobre su hombro. La presión de la realidad que la oprimía comenzó desde sus manos. A través de él se cumplió el camino que le dio origen a sí misma y que la llevarían a su destrucción.
«Nuestra hija. »
Era ridículo decirlo, de verdad.
Era absurdo decirlo, viniendo de un hombre que sólo hacía unos meses sabía de su existencia, y que la enviaba al ducado como si fuera una vaca para vender en una subasta.
Y al mismo tiempo, pensó en su propia madre. Se preguntó si él Conde aún la estaría buscando estos días. Un líquido amargo surgió de su estómago al pensar en ello.
En los días en que vivía sin pensar ni ver nada, era sólo un animal que trabajaba, comía y dormía, al que no le importaba por qué no tenía nombre, por qué la metían en un armario o si su cuerpo se parecería al de un hombre hasta que fuera lo bastante mayor.
«¿Por qué he estado tan ciega todos estos años?»
Tal vez fuera culpa del Conde por hacerle mirar a su alrededor, por abrirle los ojos al mundo, por permitirle leer, aunque fuera torpemente, y comprender el significado de su maldito nombre.
«Estoy malditamente agradecida al Conde.»
Nuritas escuchaba la conversación entre Madame Bovary y el Conde mientras éste hablaba.
—Conde. La señorita es muy inteligente, así que no tengo muchos problemas para enseñarle. Ho ho ho.
La mujer, que había estado tan enojada como si fuera a destruir todos los muebles de la habitación hace un momento, desapareció y Nuritas se sintió incómoda ante el tono condescendiente de su voz.
—Si tiene tiempo, Madame, ¿le importaría tomar una taza de té conmigo? Tengo muchas preguntas sobre la educación de mi hija.
Las mejillas de Madame Bovary se sonrojaron cuando el Conde le dirigió una mirada coqueta y le ofreció una taza de té. Nuritas vio al Conde lamiéndose la lengua mientras miraba los voluptuosos pechos de Madame Bovary.
Madame Bovary, a su vez, pareció tantear los anchos hombros del Conde Romagnolo con una mirada disimulada.
Cuando las dos personas abandonaron la habitación, conscientes el uno del otro, Nuritas sintió que por fin podía respirar. Debido a esas miradas pegajosas, desapareció el ánimo de querer salir corriendo porque hacía buen tiempo.
De repente soltó una lágrima.
Pensaba en su madre, que había sido atormentada por el Conde durante tanto tiempo. Para él, ella no era más que una herramienta para controlar sus deseos momentáneos. El Conde debía de tener innumerables mujeres que Nuritas no conocía.
Nuritas sintió un nudo en el estómago. La respiración del hombre y sus maldiciones en la oscura noche parecían resonar en sus oídos una vez más.
En esa escena estaba su madre tendida como muerta. La madre sintió tanta lástima por su hija y tuvo que soportar ese tiempo sin siquiera emitir un sonido.
«Ah, madre…»
Estaba más preocupada por dejar a su madre aquí que por ir a un desconocido castillo ducal y casarse con un rumoreado Duque. Aún no le había dicho lo de la boda, pero debería hacerlo hoy. Su madre también necesitaría tiempo.
No se había dado cuenta de lo mucho que su madre significaba para ella porque era tan familiar como respirar. Ahora tiene que alejarse de la mujer que ha estado con ella desde que nació.
Una vez, hace mucho tiempo, se le ocurrió que su madre podría no ser su madre biológica. Las criadas, en medio de su ajetreado trabajo, consiguieron esbozar una pequeña sonrisa en el rostro para sus hijos. Pero ella y su madre tenían una relación muy seca.
«¿Alguna vez vi sonreír a mi madre?»
Ahora que lo pensaba, tampoco estaba segura de haber sonreído alguna vez, pero ahora sentía que conocía un poco el estado de ánimo de su madre.
Su madre había guardado silencio, temiendo un gran daño si la Condesa descubría que Nuritas era hija ilegítima del Conde. Quería protegerla, teniendo cuidado de que no fuera vista por ningún lado. Por supuesto, no todo tenía perfecto sentido, pero una cosa era cierta: su madre la quería.
Sabía que el hecho de que alguien no lo expresara no significaba que no la quisiera. Su madre había intentado salvarla de los hombres, y ella había intentado salvar a su hija del látigo de la Condesa.
Ahora a ella le tocaba proteger a su madre.
El rostro de Nuritas estaba marcado con determinación.
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—Bueno, Meirin. No estaría bien que me acompañaras ese día.
—Pero madre, me gustaría ver al menos la cara del Duque que podría haber sido mi marido.
Meirin estaba dispuesta a partir hacia el reino vecino en cuanto Nuritas hubiera casado al duque en su nombre. Pero antes de partir, quería ver cómo era el temible Duque.
Corrían rumores de que era un gigante de más de dos metros de altura, y algunos decían que era horriblemente feo, pues nunca se presentaba en ningún baile, incluidos los de la realeza.
Quería ver a la bastarda descarada parada junto al monstruo demoníaco, con un vestido blanco y rompiendo a llorar.
Arietty: Ire preparando su maquillaje de payasa.
—Si el Conde lo supiera, no lo aprobaría.
—Madre, iré vestida de criada, ¿de acuerdo?
—¿Quién podría detener tu terquedad?
La Condesa alzó las manos ante el encanto de Meirin, tan joven y bonita a sus propios ojos.
«En realidad, qué niña tan lamentable era.»
¿Por qué una niña tan hermosa y preciosa tiene que dejar su hogar y emprender un largo viaje? ¿Por qué surgió la idea de casarse con un hombre tan horrible?
«Incluso los dioses son indiferentes.»
Mientras culpaba a los dioses, la flecha de la ira voló hacia la chica que se parecía exactamente al Conde. Desde que la conoció a ella y a su madre, sus noches habían sido una serie de pesadillas.
La noche que dio a luz a Abio, cuando sus rojos mechones ondeaban indefensos al estar al borde de la muerte, el conde dormía con la joven de ojos claros.
Su corazón debió de acelerarse de emoción mientras el pulso de ella latía lentamente. Le causaba gran dolor y conmoción que Abio y la hija bastarda tuvieran la misma edad.
—Oh, mi querida Meirin.
La Condesa habló con ternura a su preciosa hija, con los ojos llenos de veneno. No les correspondía lamentarse y llorar.
Nunca.
—Es hora de que vayas y pongas en su lugar a esa desgraciada.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY
CORRECCIÓN: LILIAN