Prólogo
Una tormenta de nieve soplaba. El aire áspero que se mezclaba con cristales blancos atravesaba bruscamente el bosque, y Sayed apenas podía mantener la cabeza a flote. El viento presionaba con fuerza su espalda, amenazando con derribarlo. El frío intenso del invierno, que había conocido toda su vida, hoy le resultaba extraño y amargo. Todo lo que tocaba estaba congelado y dolía como si la carne fuera a caerse.
La sangre llenó su boca mientras tenía un ataque de tos. La sangre espesa y gorgoteante regurgitaba con cada sacudida de pecho. Un olor agrio y a pescado se extendía por todas partes. A pesar de que la blanca nieve caía, su visión estaba toda roja. Apenas levantando sus congelados e inmóviles parpados, contempló lentamente la escena que tenía ante sí.
La sangre roja estaba esparcida sobre los rostros pálidos y colgantes por todas partes. Los cadáveres se amontonaban en el frío suelo formando pequeñas montañas aquí y allá. Innumerables personas habían caído en el silencio del sueño eterno. No había un solo cuerpo sano. Los cuerpos de los difuntos estaban cubiertos de enormes heridas que parecían haber sido cortados por una fuerza poderosa. Los rostros de los muertos estaban inexpresivos y aturdidos, como si no pudieran comprender lo que había pasado.
Sayed sabía que había causado aquellas heridas. Reconocía sus rostros mientras hacían allí. Lo sabía muy bien.
—¡Puedo verlo! ¡Lo encontré!
—¡Todos vengan aquí!
Le pareció que podía escuchar a alguien gritar desde lejos, y entonces empezó a sentir una presencia. Las energías se precipitaron hacia adelante acortando la distancia de inmediato, y en un instante estaban rodeando la espalda de Sayed. Olas tan fuertes de energías no muy diferentes a las de él, atravesaron su piel. Estos eran los guardianes y caballeros del reino que lo habían estado persiguiendo todo el tiempo.
—Atención a todos, voy a eliminar las sombras tanto como pueda para que este demonio no pueda usar sus habilidades, así que tengan cuidado. —cuando se escuchó la voz del hombre, una luz blanca, más brillante que el sol, se extendió por el aire. Pero ni siquiera la luz blanca por todas partes pudo ocultar la trágica devastación ante sus ojos.
—Zion, ten cuidado de no acercarte demasiado a él.
—Entiendo, Nova. Prepárate para cortarle la cabeza en cualquier momento. Stella, por favor captúralo.
Pasos silenciosos, enterrados en la nieve, se acercaban cada vez más. Sayed se arrodilló, inmóvil mirando al frente. Podía sentir los ojos nerviosos de la gente mirándolo con nerviosismo, tensándose mientras permanecía inmóvil.
Pronto, el suelo helado retumbó y vibró, raíces secas brotaron del duro suelo. Las gruesas y fuertes raíces del árbol empezaron a enroscarse y sujetar fuertemente sus tobillos, muslos y cintura de Sayed. Y sólo cuando todo su cuerpo estaba atado, con tanta fuerza que apenas podía levantar un dedo, la gente comenzó a acercarse con lentitud. Una sombra cubrió el rostro de Sayed.
—Te llamé Demonio de Solias, y finalmente has hecho honor a ese nombre. —una voz llena de odio resonó sobre la cabeza de Sayed, quien no levantó la cabeza ni reaccionó. Se quedó mirando con ojos fijos los interminables cadáveres que había visto antes.
El hombre volvió su mirada hacia donde miraba Sayed y apretó los dientes, como si la escena frente a él fuera extremadamente dolorosa. Luego desenvainó su espada.
—Sí, todas estas son vidas inocentes que has matado. ¡Ni siquiera puedo contarlas! —con un grito de agonía, el hombre blandió la espada como si fuera a decapitar a Sayed, pero la hoja metálica nunca llegó a su cuello, la mujer que estaba a suado le había detenido.
—¡Zion, detente! ¡La ejecución de Títer está más allá de nuestra autoridad!
—¡Este horrible demonio debe morir cuánto antes!
La palabra Demonio resonó en los oídos de Sayed. Sus tímpanos estaban dañados y confusos, por lo que el sonido que escuchó era apagado y difuso. La sangre que fluía de su frente resbalaba y se acumulaba en sus pestañas. Las pestañas, pesadas y caídas, oscurecían su visión en rojo. A través del carmesí, Sayed se dió cuenta que los cadáveres amontonados frente a él, eran vidas que habían sido arrebatadas por sus propias manos.
No por nada más, sino por las propias manos de él, un Títer cuyo deber era proteger el país.
Los recuerdos, que habían sido pintados de negro, regresaron lentamente. Era algo extraño. Las cosas que había hecho empezaron a volver una a una, como si estuviera atrapado detrás de un cristal, viendo el trabajo de otra persona. Se sentía como si estuviera viendo las acciones de alguien más.
El último mes de la fría estación. Habían estado luchando sin parar, día tras día para matar a los monstruos arrasadores, los Niera. Con cada esfuerzo por usar su poder, su consciencia se desvanecía, y cuando recobraba el sentido, estaba matando cosas que debía proteger, no cosas que necesitaba matar.
«¿Por qué…? ¿Cómo sucedió?»
En el pasado lejano, habían existido Títer que no podían controlar su poder y habían tenido una Fuga, pero nunca en la historia había ocurrido tal carnicería. Aunque hubo personas que mataron a Nieras y a humanos, porque no podían distinguir entre ellos, nunca había oído de un Títer que hubiera matado a tantos de su propia especie de una manera tan horrible.
Era algo que no podía comprender en absoluto. Sayed, más que nadie, siempre había desconfiado y sido particularmente cauteloso con quién sufría una Fuga. En los días en los que tenía que trabajar tan duro y necesitaba fuerza, siempre buscaba a su Guía, con quién encajaba perfectamente. Si el Guía no era compatible, no sucedía nada, pero como tenía un Guía que siempre cuidaba de él, algo así no debería haber pasado…
No tenía forma de saber lo que había pasado. No podía entender dónde se había equivocado, no comprendía por qué de repente había tenido una Fuga al final de la fría estación.
—Nova, Zion. Retrocedan. Su Alteza ha llegado.
El incesante ruido de los gritos y murmullos de ira, que constantemente resonaron en sus oídos, se calmaron de repente. En el aire repentinamente silencioso, llegó el sonido de alguien caminando. El crujido de los pasos resonó una y otra vez, hasta que un hombre alto se detuvo frente a Sayed. El aroma de las flores de hielo flotaba tenuemente en un espacio que estaba lleno solo del olor del viento y la sangre que mojaba la nieve. Tan débilmente que solo Sayed podía detectarlo.
—¡Su Alteza, por favor…! Por favor, perdona una vida inocente. —Sayed apenas consiguió abrir los ojos y levantar la cabeza. Al final de su mirada fuertemente levantada, había un rostro pálido y gentil. El Príncipe Lessas, el Sol Naciente de Solias. El pequeño niño, a quien Sayed había tenido que menospreciar, ahora era más alto que él y le miraba con desprecio.
—Archiduque Axid. —a diferencia de los demás, la voz suave del Príncipe no estaba agitada. No temblaba de ira ni de odio. Era tan tranquila y fría como siempre.
Había pasado mucho tiempo desde que los ojos que reflejaban el cielo nocturno, no le sonreían a Sayed. Una mirada apagada, carente de emoción y fría, como si usar sus emociones fuera un desperdicio.
—¿Es este el camino que querías tomar? ¿Derramar tanta sangre porque eres incapaz de manejar tu propio poder? —Sayed frunció los labios ante la pregunta, genuinamente desconcertado.
Su garganta había permanecido impasible a pesar de las críticas que llovieron y revelaron la horrible verdad; se estremeció, aunque no sabía qué decir, sentía que tenía que decir algo. Sin embargo, no fue una voz lo que salió de su boca, sino un charco de sangre roja oscura.
Se escuchó el sonido de una tos grave y retumbante, y la sangre brotó. El pecho de Sayed se agitó subiendo y bajando mientras tosía y vomitaba sangre. El Príncipe Lessas guardó silencio un momento, observando la escena.
Su cuerpo, que era más fuerte que el de cualquier persona, ahora estaba llegando a su límite debido al ataque combinado de todos los Títer del reino. Incluso si no le cortaran el cuello, moriría de todos modos. La muerte se acercaba cada vez más. Las entrañas de Sayed se habían vuelto fangosas y su piel exterior se convirtió en harapos.
—No hay nadie que pueda salvarte. El Príncipe Heredero te ha entregado a mí para que me deshaga de ti. —Sayed cerró los ojos cuando escuchó que el Príncipe Heredero al que había servido todo ese tiempo no vendría a rescatarlo.
Por supuesto, era algo que había esperado desde el momento en el que recuperó la conciencia y se dió cuenta de lo que había hecho. La cantidad de personas que había matado durante su Fuga era demasiada para contarla. En esa situación ni siquiera un Rey o un Príncipe Heredero podrían salvarlo. Nadie podría hacerlo.
El fin de toda una vida de lealtad en vano. Se preguntaba si toda la sangre que había tenido que enterrar según las órdenes del Príncipe Heredero era solo para ese final. El Príncipe Heredero que se lo había llevado bajo la promesa de revelar la verdad sobre la injusta muerte de su madre, al final no había cumplido nada.
Nadie hubiera podido predecir que se volvería así de loco y montaría semejante alboroto, no había nada que hacer, pero se sentía extremadamente miserable por el hecho de que su Señor y Guía, quien siempre había estado a su lado para calmarlo, no estaba allí en ese momento.
En lugar de ira y traición, sintió una punzada de amargura. Sentía el corazón hueco y desesperado, como si estuviera vacío. Y por extraño que parezca, era como si su alma hubiera recobrado de repente sus emociones después de no sentir nada durante tanto tiempo. Sayed se sintió abrumado por una soledad insoportable.
Aus: Y por un instante recobró su humanidad.
¿Era este el final de una vida en la que se la había pasado huyendo sin mirar atrás?
Desde la injusta pérdida de su madre, Sayed solo había tenido una cosa en mente. Colocar al Príncipe Heredero en el trono, quien había jurado limpiar el nombre de su madre.
Para ello mató más Nieras que nadie para acumular mérito, y mantuvo a raya al segundo Príncipe, Lessas.
Lo único que tenía de su lado era al Príncipe Heredero, y ahora no se encontraba con él, ni para salvarlo, ni para verlo morir. Inútil, simplemente inútil.
Sayed abrió los ojos con dificultad y miró a la gente que lo rodeaba. El hombre que lo miraba, con ojos inyectados en sangre, era Zion, el amado Títer del reino. Nova era una chica que respetaba y seguía a Sayed, y Stella era una compañera que había cuidado de él durante un tiempo, incluso después de que hubiera destruido a todos a su alrededor. De todos estos Títer, solo Sayed se sentía feo.
Ahora estando aquí, solo. Siendo mirado con desprecio por todos los que conocía y abandonado por el Señor al que servía.
Apartándose de sus antiguos compañeros, mantuvo sus ojos fijos en el Príncipe Lessas. Al ver el rostro pálido de Sayed, sin voluntad de resistirse, el Príncipe colocó la punta de su espada en el centro de su pecho. Los ojos llenos de color violeta, como el cielo nocturno, miraron fijamente a Sayed. Mirando el rostro seco y frío sin ninguna perturbación, Sayed recordó de repente algo de su pasado.
{—Ed, no me abandones…}
Hubo un tiempo en el que sólo Sayed abrazaba al joven Príncipe. Desde aquel día, en el que se había acercado al joven Príncipe, en un palacio abandonado donde nadie miraba, el Príncipe lo siguió como un pajarillo. Pero ese era un pasado muy lejano.
El día de la caída de su familia, cuando Sayed le dijo que no volvería a visitarlo, el Príncipe lloró y se aferró a sus pies. Con seriedad y desesperación, como si su estatus no importara para nada.
En el momento en que sus húmedos ojos color violeta se superpusieron con los del Príncipe actual, Sayed tuvo que enfrentarse a una dolorosa realidad. Todas esas personas al otro lado, eran aquellas que Sayed había abandonado y destruido con sus propias manos.
—Nunca habrá alguien tan terrible como tú en este mundo. —el Príncipe guardó silencio, como si no quisiera hablar más. Venas azules aparecieron en la mano blanca que sostenía el mando de la larga espada. Después de un breve silencio, los dedos largos y rectos empuñaron con fuerza la empuñadura, y la mano que tomó la decisión se movió de inmediato.
Sayed sintió la hoja metálica clavarse en él con un sonido crujiente. Un dolor helado atravesó los huesos y penetró su cuerpo. Su aliento se cortó y el corazón que apenas latía, se partió, anunciando su final.
El dolor duró solo un instante. Al poco tiempo, su conciencia comenzó a desvanecerse.
En el tramo final, que pareció un segundo o una eternidad, Sayed enfrentó un intenso sentimiento de arrepentimiento. ¿Realmente quería hacer todo lo que hizo para llegar a ese final?
Sí, una cosa estaba segura. Sayed nunca había querido matar tantas vidas. Aunque vivió sin un propósito y sin alguien a su lado, siempre tuvo el deseo de cumplir con su deber en base a sus acciones. Con esa voluntad, sacrificó las vidas de unos pocos para proteger a muchos.
Si de alguna manera pudiera volver en el tiempo, aunque solo fuera un día, lo habría evitado, incluso se habría suicidado para impedirlo. Pero al final, sabía que eso solo era el arrepentimiento de una persona moribunda y que eso era algo que no podía suceder.
Su conciencia, sumida en el arrepentimiento, se dispersó. La oscuridad descendió y no sintió nada. El final completo llegó con la sensación de que el cuerpo que aprisionaba su alma, desaparecía.
En ese momento, en el que sentía que desvanecía en la oscuridad, Sayed se vio de pronto arrastrado por una extraña visión. A plena luz del día, el palacio real estaba en llamas y los Nieras se agolpaban por los muros destrozados. Numerosas personas eran pisoteadas o devoradas por los monstruos negros, grandes y pequeños, y el sol, que iluminaba el cielo, desapareció en un instante, provocando una noche sin luna.
Recuperando por fin la noche, los Nieras masacraron a todos los que escapaban. La sangre fluía como un río y los gritos llenaban el aire.
«¿Qué demonios es esto…?»
Sayed rápidamente miró a su alrededor. No había rastro de Títer, quien debía matar a los Nieras, y la gente estaba siendo devorada con gritos desesperados.
«¡Alto, para! ¿Dónde demonios está todo el mundo?»
El grito de Sayed no salió como sonido. Simplemente resonó horriblemente en su mente. Mientras sus ojos contemplaban innumerables muertes, el lugar que tenía frente a él cambió.
En el palacio que se derrumbaba, Sayed vio al Príncipe Lessas de pie, solo, sosteniendo una espada. A sus pies, yacían caballeros caídos. No podía ver la expresión del Príncipe, pero ahí estaba, erguido y ensangrentado, mirando hacía alguna parte.
Frente a él se alzaba una sombra, un gigantesco Niera que nunca había visto. El monstruo con forma de serpiente, que parecía una colección de pesadillas retorcidas, abrió sus enormes fauces e inmediatamente se abalanzó sobre Lessas.
Y justo cuando la boca de la criatura se tragó al Príncipe, Sayed abrió los ojos.
Aus: ¡Hola! Algunos han leído está historia antes, ahora estoy haciendo una Re-traducción y estoy muy emocionada porque amo esta historia, espero que disfruten volviendo a leer y para los nuevos lectores, ¡bienvenidos! (◍•ᴗ•◍)
saam: aquí somos fan de Aus, y estamos eternamente agradecidas. <3

RAW HUNTER: ROBIN
TRADUCCIÓN: AUS
CORRECCIÓN: SAAM