Capítulo 97
Adeline le había hecho aquella confesión a Carlyle justo al día siguiente de haber asistido a la cena en la residencia del marqués Bellof.
Por supuesto, Carlyle no sabía con exactitud qué había hablado Adeline con Millen aquella noche, pero le resultó evidente que algo había cambiado entre ellos. Y más que nada, la actitud de Adeline lo confirmaba.
Después de haber hecho caer a Carlyle bajo sus faldas, y también a Millen, mientras mantenía a Jack atado bajo el título de “amante”, Adeline rónicamente estaba utilizando con maestría las mismas reglas de la alta sociedad de Crawford que siempre había despreciado.
En la alta sociedad de Crawford, la palabra «infidelidad» había perdido su peso hacía tiempo. Las damas exhibían su poder e influencia a través de los amantes que mantenían. Claro que, como Adeline hasta entonces, o como Sincere, había quienes se rehusaban a seguir esa costumbre, pero eran solo una minoría.
Si una mujer no tenía convicciones demasiado rígidas o traumas profundos, relacionarse con varios hombres era, en verdad, un método muy eficaz.
Por eso, mientras esperaba que Millen despertara después de haber perdido el conocimiento por efecto del vino, Adeline pensó:
«¿Millen también… querrá algo parecido a lo que tengo con Carlyle?»
Y si era así, ¿cómo deseaba ella tratar a Millen?
La respuesta no tardó en llegar.
«…No me desagrada.»
La experiencia con Carlyle había suavizado el trauma de Adeline. Gracias a eso, imaginar una relación con Millen ya no le resultaba tan aterrador ni tan repulsivo.
En el instante en que le dio el antídoto y sus labios se tocaron, Adeline sintió una extraña sensación de plenitud. Era ternura, pero también satisfacción.
No fue casualidad que en ese momento recordara el viejo relato sobre la sirena que se enamoró a primera vista de un hombre humano.
En esa historia, el hombre yacía inconsciente, y solo ella podía salvarlo. Esa sensación de ser la única capaz de hacerlo era algo que solo quien lo había vivido podía comprender.
Seguramente aquella sirena no quiso despertarlo ni dejarlo volver al mundo. Quizá deseó, aunque fuera por un instante, que el tiempo se detuviera así.
«Ahora lo entiendo.»
Aquellas bromas subidas de tono que las damas se decían entre sí, sobre disfrutar del lecho…
El placer físico era una cosa, pero la sensación de poseer completamente a alguien era algo mucho más raro. Aunque la otra persona no te amara, incluso si no eras tú quien amaba a quien te abrazaba, esa sensación seguía siendo real.
Podía sentir el paso del tiempo con la yema de los dedos, como al pasar las páginas de un libro.
Percibir en la piel un aliento invisible e intangible era una experiencia distinta.
Con los sentidos agudizados, podía sentirlo por completo: el peso exacto de su cuerpo sobre el suyo, el calor de aquel contacto, la débil corriente que se extendía desde sus propios dedos hasta los de él, como un cosquilleo involuntario en las puntas de los pies. Reducido a una sola palabra, eso era plenitud.
El placer la llenaba con una extraña sensación de gratitud, casi como si estuviera engañando al amor mismo.
Si eso era lo que las damas decían cuando hablaban de disfrutar de un amante, Adeline empezaba a entenderlas.
Así fue como comprendió que necesitaba un poco de «práctica». Un entrenamiento para despojarse por completo del trauma que Julian le había dejado.
Para bañar a un niño que odia el agua, se necesita un dulce. Si algo le resulta placentero, la resistencia se disipa poco a poco, hasta que un día el rechazo desaparece por completo.
Adeline también necesitaba aprender a reemplazar el miedo por placer. Y no hacía falta explicar por qué el único que podía ayudarla en eso era Carlyle.
—Contigo no tuve miedo. Así que… ¿me ayudarás?
Carlyle Divine, el fiel mayordomo, aceptó complacido la petición de Adeline,
aunque supiera que solo se trataba de una práctica para entregarse, algún día, a otro hombre.
«¿Será con el señor Millenberg… o con Jack Hartzfeld?»
Carlyle conocía su lugar. Sabía que no debía soñar con ocupar el puesto al lado de Adeline.
Aun así, por más consciente que estuviera de su posición, había momentos en los que lo olvidaba. Si realmente hubiese sabido mantenerse en su sitio, su relación con ella nunca habría llegado tan lejos.
Cada vez que tenía a Adeline en sus brazos, Carlyle sentía, sin poder evitarlo, cómo un deseo imprudente afloraba dentro de él. El anhelo de ser el único que conociera ese lado de ella. O, tal vez, la esperanza de que Adeline le concediera una promesa silenciosa: que solo a él se le permitiría tocarla.
«Pero supongo que eso… es imposible.»
El momento en que Carlyle logró desprenderse por completo de aquel deseo fue apenas unos días atrás.
Aquel día, Millen le había entregado a Carlyle cierta información sobre Jack Hartzfeld, y luego pasó la tarde tomando té con Adeline. Carlyle les sirvió los refrigerios y se retiró discretamente. Era natural: ningún mayordomo debía permanecer junto a su ama mientras esta conversaba con un invitado.
Sin embargo, cuando regresó al salón de té para avisarle a Adeline sobre su compromiso de la tarde, justo antes de golpear la puerta, escuchó voces al otro lado.
—Millen, si alguien viene ahora, ¿qué harás entonces…?
—¿Y si no tocan la puerta? No te preocupes tanto. Los sirvientes de la casa Zeller son tan educados como su mayordomo.
Era cierto. En la mansión Zeller, nadie se atrevía a abrir la puerta de una habitación donde se encontrara Adeline sin anunciarse antes. Pero, aunque la puerta permaneciera cerrada, las voces y las risas que escapaban de aquel cuarto no podían ocultarse.
Entonces, se oyó un leve sonido, como si Millen hubiera besado la mano de Adeline.
—Eres demasiado indulgente, Renée. No deberías conceder permiso solo porque ves que alguien está conteniéndose… ¿no crees?
Carlyle dio un paso atrás. O al menos, intentó hacerlo. Era un reflejo instintivo, un impulso por alejarse del miedo. El problema era que su propio cuerpo se negaba a obedecerle.
Con apenas unos fragmentos de conversación, podía imaginar perfectamente lo que sucedía dentro.
Adeline, al ver a Millen luchar contra su deseo, había decidido “concederle permiso”.
No podía creerlo. Hasta el momento en que les había servido el té, no había percibido ningún cambio notable en su relación. Millen nunca se había comportado de manera atrevida con Adeline ni había buscado su contacto de forma evidente.
Pero ahora, bastaba con que ella le diera su consentimiento para que él, como si hubiera estado esperándolo, se despojara de cualquier contención y mostrara sin disimulo su deseo.
La voz de Millen, teñida con una ligera risa, rezumaba una lujuria contenida. Si no hubiera tenido el menor reparo, seguramente en ese mismo salón habría levantado la falda de Adeline.
—Pero no quiero ponerte en una situación incómoda… Así que, hagámoslo de este modo.
Si la incomodaba, solo lograría que ella lo odiara.
—Ven aquí, Renée. Siéntate en mis piernas. Así está bien… como cuando éramos niños. Bésame.
Siguió un breve silencio. El suave roce de las telas, el sonido de las faldas agitándose en el aire, y luego… el suspiro satisfecho de Millen.
—Eso es.
Fue entonces cuando Carlyle, como si al fin hubiera escapado de un hechizo, retrocedió un paso más. Solo por el sonido, podía imaginarlo todo: Adeline se había sentado sobre los muslos de Millen, obedeciendo sus palabras, y él, complacido por el cuerpo que se acomodaba entre sus brazos, sonreía con satisfacción.

TRADUCCIÓN: ELLIS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK