Capítulo 117
No quería perder a Adeline.
Esa idea se había ampliado. Antes, le habría bastado con no perder su presencia, con tenerla cerca. Pero ahora, tampoco quería perder su corazón.
¿Cómo podría describirse la sensación de ser aceptado como individuo?
¿Esa plenitud de sentirse amado hasta el fondo, hasta creer que el propio deseo de poseerla era demasiado, casi un pecado? ¿Con qué palabras podría expresarse algo así?
No se puede contener el mar dentro de un cuenco. Solo se puede arrojar uno mismo dentro de él.
Una vez que conoces esa sensación, no hay vuelta atrás. Si pudiera sumergirse de nuevo en esos brazos, Millen sería capaz de hacer cualquier cosa.
Y esa elección ya no le pertenecía a Kaiden. La razón por la que rechazó su propuesta era tan simple como eso.
—La única que puede decidir quién está a su lado eres tú, Renée.
Ni Millen, ni Jack, ni Carlyle… ni siquiera Kaiden podían interferir en eso.
Porque todo dependía del corazón de Adeline.
—¿Recuerdas lo que dije? Creo que tener un amante no es un pecado, sino una virtud.
Así que no me importa ser tu amante. Mientras pueda estar a tu lado, me basta.
Si me permites abrazarte. Si puedo confesarte mis sentimientos sin que me rechaces.
Si sigo siendo tu Millen, y tú sigues siendo mi Renée…
Al final de su confesión, Millen sonrió con serenidad.
—Entonces, dime qué debo hacer. Dime qué tengo que hacer para poder seguir a tu lado.
La respuesta de Adeline llegó más rápido de lo esperado. Metió la mano en su abrigo y sacó algo de repente.
Un pequeño frasco de vidrio marrón, tan diminuto que cabía en su palma.
—Bebe lo que hay dentro, aquí y ahora, frente a mí.
Adeline no explicó qué era.
Millen tampoco preguntó, y entre ambos solo quedó un silencio denso.
Incluso hasta ese momento, en que se encontraban frente a Kaiden, Millen no sabía qué contenía aquel frasco.
Cuando estaba a punto de destaparlo y llevarlo a los labios, Adeline extendió la mano con urgencia.
—¡Detente! Basta.
Por primera vez en mucho tiempo, su voz sonó apurada, y su rostro se contrajo con preocupación.
Mientras murmuraba para sí, con irritación, que cómo se le ocurría beber algo sin saber qué era, Millen le respondió con una leve sonrisa.
—Pero, Renée, tú me lo pediste.
¿Cómo describir la expresión que se dibujó entonces en el rostro de Adeline? Millen aún no encontraba la palabra.
Parecía alegría, pero también tristeza; algo entre el arrepentimiento y la esperanza.
Con un gesto entre el alivio y la confusión, con esa sonrisa que se da cuando no se puede llorar, Adeline cerró de nuevo el frasco con firmeza y lo dejó sobre la mesa.
—Cuando vayas a ver a Su Alteza Kaiden, llévame contigo como acompañante. El asunto del Ducado Zeller lo resolveré yo.
Gracias por decirme la verdad.
Eso fue la confirmación definitiva.
Con esas palabras, Adeline comprendió cuál era el papel de Millen, y él, fielmente, obedeció.
Así que ahora, en el presente…
Después de despedir a Millen del despacho, Adeline arrojó algo frente a Kaiden.
—Si confiaste lo suficiente en él como para darle acceso al estudio donde estaban todos los libros, debías tener mucha fe.
No en Millen, sino en ti mismo. En la certeza de que tu plan se cumpliría sin errores.
En esa ridícula confianza de que nada podría fallar en algo en lo que creías plenamente.
—Pero qué pena. Millen está de mi lado, y todo lo que había en ese estudio ahora está en mis manos.
—…Adeline Zeller.
Kaiden, que por un instante se había quedado rígido, soltó una breve sonrisa de desprecio. ¿En qué se habría basado para atreverse así? Ah, claro: había destruido los libros del ducado Zeller y ahora se mostraba tan altanero.
—¿De verdad crees que los documentos que estaban ahí son el original? ¿Que lo que hizo la casa Zeller es algo que aún no tengo en mi poder…?
—Sinceramente, no comprendo por qué le preocupa tanto eso, Alteza. ¿Es importante si es el original o no? Lo importante es lo que está escrito en él.
Los libros que había traído Adeline no tenían nada que ver con la casa Zeller. Eran los registros de la venta de alcohol clandestino que Russko había estado manejando como caja B.
—Me tomó un tiempo imaginar qué sería para usted lo más dañino. Me quitaron la vida y me dejaron una marca imborrable; pensé qué debía destruir para que eso fuera suficiente.
Por fortuna, la respuesta no tardó: Adeline, que había sido cercana a Kaiden en el pasado, supo enseguida qué le haría más daño.
—Se habrá divertido soñando con grandes ambiciones. Robar lo de otros y convertirlo en suyo debe haber sido entretenido.
Pero eso se acabó.
—Le privaré de todas sus facultades y lo someteré a vigilancia constante. No volverá a soñar con la corona ni con el poder.
Al añadir eso, Kaiden frunció el ceño y apretó con fuerza los papeles que Adeline le había arrojado; parecía que los iba a romper en cualquier momento. Adeline, sin embargo, permaneció serena.
—Le diré que no creo que esos documentos sean el original. Otra copia la tiene el príncipe heredero, Su Alteza Fabian Crawford.
—…¡Ja!
La mejor forma de atrapar a un culpable era atraer a otro culpable. Por mucha mejora en la situación financiera que hubiera, enfrentarse a un príncipe que ya había creado su propia base de poder requería a alguien de peso. No hacía falta ir muy lejos: el rival estaba en el mismo palacio.
—Ya tengo la confirmación de Su Alteza Fabian Crawford. Hoy mismo presentaré el asunto al emperador.
Los registros del alcohol clandestino demostraban que Kaiden había utilizado su autoridad para enriquecerse mediante actos corruptos. Si eso llegaba a oídos del emperador, no solo perdería los privilegios obtenidos con tanta dificultad, sino que la idoneidad del propio Kaiden como príncipe volvería a ponerse en duda.
¿Era Kaiden un personaje tan corrupto como para competir con Fabian? Con una base de apoyo ya débil, Kaiden no podría resistir una ola así. La fuerza que había reunido robando pertenencias ajenas se haría añicos.
La expresión de Kaiden se torció, fuera y agresiva.
—Esto es absurdo. Aunque en Russko se haya vendido alcohol ilegal, eso no tiene nada que ver conmigo. ¡Huberg actuó por su cuenta! ¿De verdad creen que por eso caeré?
A menos que Huberg testificara que el alcohol fue ordenado por Kaiden, esa acusación no tendría por qué hundirlo. Claro, sufriría sanciones por negligencia administrativa, pero eso sería recuperable.
«Tengo a Huberg controlado», pensó Kaiden. No era posible que Adeline hubiera conseguido su testimonio, así que todo aquello debía ser simplemente un farol…
—Me parece que Su Alteza es un excelente jefe —dijo Adeline—. ¿No revisó esos registros?
—¿Qué…?
—Parece que Huberg no planeaba morir solo.
Los registros más recientes mostraban transferencias de los beneficios del alcohol clandestino hacia Kaiden. Coincidía con el momento en que Huberg, buscando un último golpe, había intensificado la producción de alcohol ilegal.
Aunque lo atraparan, no pensaba caer solo. Si Kaiden había recibido esos fondos, también era cómplice.
—Son movimientos certificados por el banco. No hará falta el testimonio de Huberg.
Comprobar los movimientos bancarios tampoco era difícil. Millen tenía contactos con el hijo del director del banco de la capital, y además estaba Jack Hartzfeld, un potentado que en el banco los trataban con sumo respeto. Ahora lo único que le quedaba a Kaiden era agarrarse a unos papeles que ni eran originales ni probaban que él hubiera cometido directamente los hechos, y esperar a que todo se viniera abajo.
—¿Y bien, Su Alteza Kaiden? ¿Qué opina, ahora que le devuelvo lo que intentó hacerme?

TRADUCCIÓN: ELLIS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK