Capítulo 104
Jack Hartzfeld.
El hombre alto, de porte arrogante y actitud altiva, recargado contra la ventana del carruaje con la sien apoyada en los dedos, soltó un leve “heh” ante la pregunta de Adeline.
Por fortuna Warrick iba sentado en el pescante; de no ser así, habría vuelto a recibir aquella mirada insolente.
«Sabía que no habías venido a Pales solo para verme.»
Apenas se habían reencontrado y, aun así, en cuanto subió al carruaje, él sacó el tema del trabajo.
Por la serenidad de su expresión, cualquiera podría pensar que el hombre con quien Jack había intercambiado un beso hacía unos minutos era otro distinto.
Claro que, tratándose de Adeline, aquello no resultaba nada sorprendente; aun así, no podía evitar que una sensación de incomodidad le revolviera las entrañas.
Había algo humillante en descubrirse a sí mismo alterado por una sola sonrisa o palabra de ella.
—¿Y entonces… todo este recibimiento era por el asunto del licor ilegal?
Jack se enderezó, mirándola con gesto intrigado.
—¿No te hablé ya sobre las etiquetas falsificadas? Pensé que con eso bastaría.
Jack era, en cierto modo, algo parecido a un informante anónimo.
Adeline recibió el aviso y lo transmitió a los superiores; con eso, las botellas distribuidas en el mercado serían investigadas.
Una vez saliera a la luz la existencia de ese licor ilegal, las redadas se volverían más rigurosas.
Con ello, el problema se reduciría y probablemente se levantaría la prohibición de importar vodka; por eso, él le había revelado lo de las etiquetas falsificadas.
Ante su pregunta, Adeline explicó que el tema del licor ilegal no era tan simple.
—Por supuesto, tal como esperabas, informé a los superiores sobre el licor… pero resultó más complicado de lo que creí para resolverlo.
La empresa encargada actualmente de gestionar las licencias de importación y venta de alcohol era Russko, propiedad de Huberg.
Era sospechoso que Russko no supiera nada sobre las etiquetas falsificadas, cuando incluso una simple investigación de Jack habría bastado para descubrirlas.
—Si Russko no tenía conocimiento de las etiquetas falsas, entonces hay algo que vale la pena sospechar.
Primero, que alguien de rango superior podría estar involucrado.
Y segundo, que la propia Russko estuviera coludida con los contrabandistas.
«Ya comprobé la primera posibilidad.»
Adeline había informado a Kaiden sobre las etiquetas falsas, y hasta el momento, él parecía no tener idea alguna, ni sobre las etiquetas ni sobre el licor ilegal.
Siendo Kaiden quien supervisaba las licencias de importación y venta de alcohol, si él no lo sabía, entonces no había ninguna intervención desde arriba.
«…Aunque, claro, hay cosas que sí resultan sospechosas.»
Por ejemplo, que Kaiden parecía más interesado en desmantelar a Frey y a Russko que en el contrabando en sí; o el hecho de que, en su vida anterior, jamás mencionara nada sobre aquel asunto a Adeline.
Existían, sin duda, detalles sospechosos; sin embargo, con solo sus recuerdos de la vida pasada como prueba, a Adeline le resultaba arriesgado profundizar demasiado por ahora.
«Y sobre todo… no estoy segura de querer compartir toda la información con Jack.»
Hablar de Kaiden en una situación donde aún no sabía con certeza cuáles eran las intenciones de Jack resultaba peligroso. Un descuido en sus palabras podría traerle problemas.
Por eso Adeline ocultó deliberadamente algunos puntos, y era imposible que un negociador tan experimentado como Jack no lo notara.
La actitud de Adeline buscar su cooperación sin mostrarle todo le resultaba familiar.
«¿Desconfianza otra vez?»
En realidad, Adeline siempre lo había mantenido a cierta distancia, así que no era algo nuevo.
Pero a pesar de los esfuerzos y de haber arriesgado tanto para descubrir las etiquetas falsificadas, aquella barrera seguía intacta, desgastando poco a poco la paciencia de Jack.
Ni Adeline ni él mismo se daban cuenta, pero ella ya lo había puesto impaciente más de una vez.
Como aquella carta que Warrick le había llevado: una respuesta en la que no se mencionaba nada sobre él.
Ni una palabra de reconocimiento, solo esa actitud que, entre líneas, seguía destilando desconfianza.
Y lo que más lo irritaba era que, aun así, bastaba una sonrisa suya para que, de pronto, sintiera un atisbo de felicidad.
Llegado a ese punto, era inevitable preguntarse:
«¿En qué demonios confía Adeline?»
¿En un sirviente que se enciende de deseo por su ama?
¿O tal vez en Milen, aquel que lo miraba con los ojos enrojecidos por celos, temiendo que le arrebatara a la mujer que amaba?
Jack recordó lo ocurrido en el salón de baile, aquella noche en que Milen se le había acercado con abierta hostilidad y él, con una sonrisa burlona, le había respondido:
{—Al final, tú y yo no somos tan distintos; ninguno de los dos es digno de confianza.}
En el instante en que escuchó aquellas palabras, Jack deseó poder capturar la expresión de Millen en un retrato para conservarla por siempre.
Era el rostro de alguien al que le habían hurgado en la herida más vergonzosa, justo en el lugar que más quería ocultar.
Una cara desprovista de calma y de toda cautela, donde el dolor de la herida recién abierta se revelaba sin filtro alguno.
Ver cómo aquel semblante, que jamás perdía la sonrisa, se teñía ahora de derrota y humillación, le provocó a Jack una embriagadora sensación de triunfo.
Era, al mismo tiempo, una forma de alivio.
Le complacía saber que incluso Millenberg, tan cercano a Adeline, no gozaba de su plena confianza.
A veces pensaba que ese recuerdo podría servirle como anécdota para beber con gusto más adelante, aunque jamás imaginó que ahora esas mismas palabras lo herirían a él.
¿Cuándo su paciencia se había vuelto tan corta?
No era propio de él sentirse tan alterado por un rechazo. Cuando estaba en la capital, no perdía el control de esta forma.
Si al menos pudiera identificar la raíz de ese malestar, su ánimo no estaría tan torcido.
Su carácter, que tendía a detestar todo lo ambiguo, solo servía para volver más venenosa la confusión.
Mientras tanto, Adeline, con el semblante sereno, continuaba hablando.
—Por eso quiero resolver el asunto del licor ilegal lo antes posible. Cuando te pedí cooperación por telégrafo, fue precisamente por eso. Si acaso sabes algo más…
—Perdona, Adeline.
Justo cuando de sus labios iba a salir la frase “si acaso sabes algo más, dímelo”, Jack, que hasta entonces había permanecido con el rostro serio, lanzó una carcajada breve y habló con desdén.
—¿Por qué habría de ayudarte tanto?
—¿…Qué?
Adeline lo miró, sorprendida, con los ojos muy abiertos.
Jack, viendo su expresión, golpeó suavemente su propia pierna con el dedo índice.
—Mi amabilidad terminó cuando te encontré las etiquetas falsificadas. No veo por qué debería seguir ayudándote sin límite alguno.
En todo este asunto, quien estaba realmente desesperada no era él, y Jack era plenamente consciente de ello.
—Ya que hablamos de esto, debo decirte que la empresa de comercio de Joseph Ionov fue un completo desastre. No vi en ella ningún valor de inversión. Y justo ahora que terminé de verificarlo, pensaba regresar a la capital.
Y entonces, tú apareciste.
—La verdad, ya no tengo motivo alguno para quedarme. Tampoco para seguir ayudándote.
Las palabras de Jack, tan tajantes, tiñeron de desconcierto el rostro de Adeline.
—……Entonces, ¿por qué trajiste las etiquetas falsificadas? Dijiste que no fue tarea fácil. No tenías ninguna razón para hacerlo. ¿No era con el propósito de facilitar la inversión?
El motivo por el que Adeline había buscado su cooperación se reducía exactamente a eso.
Suponía que, dado que ambos compartían el objetivo de invertir en la empresa comercial de Joseph Ionov, si proponía resolver juntos el asunto del licor ilegal, él accedería sin dudarlo.
El hecho de que hubiera ido tan lejos como para encontrar las etiquetas falsificadas parecía prueba suficiente de ello.
Pero ahora…
¿Por qué estaba actuando así de repente?

TRADUCCIÓN: ELLIS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK