Capítulo 101
Ya no había necesidad de ocultarlo.
Desde que Jack había visto a Adeline atrapada de la mano de Julian en el Club Lambert, había comenzado a mover los hilos desde las sombras para hundirlo. Su objetivo era simple: vaciar las finanzas de Julian hasta dejarlo en la ruina, de modo que jamás pudiera volver a pisar la alta sociedad.
Mirando atrás, no había sido un trabajo particularmente difícil.
{—Warrick, consígueme un estafador. Joven y bien parecido.}
{—¿Perdón? ¿Por qué con esas condiciones…?}
En aquel momento, Warrick no pudo ocultar su desconcierto. Cuando Jack pedía “un estafador”, lo que realmente quería era un cómplice capaz de interpretar un papel específico dentro de sus planes.
No era la primera vez que recurría a este tipo de métodos para obtener información, así que eso no fue lo que sorprendió a Warwick.
{—¿Debe ser necesariamente un hombre joven y atractivo?}
{—Sí. Porque la persona con la que tratará también es un hombre joven.}
Y era verdad: Julian tenía un rostro atractivo, al menos objetivamente. Aunque su inseguridad y su carácter despreciable empañaban su encanto, su aspecto seguía siendo el de un hombre agraciado.
{—Hay que estar a su altura en apariencia, ¿no crees? Así se sentirá cómodo jugando.}
Más exactamente, lo importante era encontrar a alguien que luciera incluso mejor que Julian.
Porque un hombre como él, enfrentado a alguien más apuesto que lo tratara con falsa sumisión, terminaría cayendo sin remedio.
Así que Jack dio la orden.
{—Conéctalo con el casino. Engáñalo con cuidado y quítale hasta el último centavo. Cuando no le quede nada, déjalo ir.}
Planeaba dejarlo reducido a un despojo, incapaz de volver a presentarse en ningún club social, ni en el Lambert ni en ningún otro, y así asegurarse de que jamás volviera a cruzarse con Adeline, ni siquiera por casualidad.
De hecho, el hecho de que Jack no dejara de presumir públicamente su supuesta relación con Adeline también formaba parte de esa misma estrategia.
«Hay demasiados hombres detrás de ella.»
El asunto del Club Lambert se lo había dejado bien claro. Desde Millenberg, su amigo de la infancia, hasta incluso el propio mayordomo, todos eran una molestia constante. Y aun así, Adeline era el tipo de mujer que atraía miradas indeseadas solo con caminar por una habitación.
En el Lambert, el único lo bastante estúpido como para convertir sus pensamientos vulgares en acción había sido Julian.
Jack recordaba perfectamente el momento en que la vio: el resplandor pálido de su espalda desnuda, el blanco de su piel bajo la luz, y todas las miradas clavadas en ella como cuchillas invisibles.
Era algo instintivo. Incluso quienes no sabían quién era Adeline no podían evitar posar los ojos en su silueta. Su tono de voz sereno, la elegancia precisa de cada movimiento… todo en ella parecía provocar la necesidad de tocarla. Y justo cuando ese deseo emergía, la blancura de su piel evocaba una ansia de conquista, un impulso primario de dejar huella sobre lo inmaculado.
Como cuando se observa una llanura nevada, pura e intacta, y nace el deseo de dejar la primera huella sobre ella; así, la carne suave de Adeline despertaba en los hombres la necesidad de morder, de marcar, de poseer.
Jack Hartzfeld no era un hombre particularmente diferente a los demás. Esa universalidad era precisamente la prueba de ello: sabía que todos los otros hombres la miraban con los mismos pensamientos que él.
«Ah, qué fastidio tener que ahuyentar a cada uno de esos insectos uno por uno.»
No había otra opción: debía protegerla, aunque fuera con una relación falsa. Difundir rumores sobre su vínculo con Adeline era la forma más efectiva de mantener a raya a los demás.
Ironicamente, el método más primitivo, el de los animales que marcan lo que consideran suyo siempre funcionaba mejor entre los hombres más “respetables”.
Y aunque esa era la justificación superficial, Jack no podía negar que, en el fondo, el rumor sobre su supuesto romance con Adeline le producía un retorcido placer. Era una sensación inmadura, casi infantil, como la de un ladrón presumiendo ante los demás el botín que había robado.
Adeline Zeller. Ya no quedaba un solo miembro de la alta sociedad que no supiera que aquella mujer noble y elegante era, supuestamente, su amante.
Y como Adeline tampoco era alguien fácil de abordar, aquellos idiotas que pretendieran acercársele sin motivo probablemente se lo pensarían dos veces.
Jack movió distraídamente la punta del pie mientras pensaba en el telegrama que ella le había respondido.
Fue entonces cuando Warwick continuó con su siguiente informe.
—El señor Fray Roche le ha enviado una carta. ¿Desea leerla ahora?
—La veré después. Déjala ahí.
El hombre alto, que hasta entonces había estado recostado en el sofá, se incorporó lentamente.
Cuando apartó el periódico que cubría su rostro, su expresión estaba lejos de ser agradable.
El simple hecho de recordar a Adeline le había mejorado el ánimo,
pero escuchar el nombre de Fray volvió a ensombrecerle el rostro.
—Fray Roche ha cruzado una línea que no debía. No sé si ahora pretende disculparse… pero ya es demasiado tarde.
Si todo pudiera resolverse con una simple disculpa, no habría habido necesidad de emitir una advertencia desde el principio.
—Una vez se ha roto la confianza, es difícil seguir contando con alguien por mucho tiempo.
Desde que Jack descubrió las mentiras de Fray, ya estaba pensando en cómo deshacerse de él sin llamar demasiado la atención. La advertencia que le había dado no era más que una forma de amordazarlo antes de cortar los lazos definitivamente: una advertencia disfrazada de indulgencia.
En ese contexto, la carta que Fray le había enviado no tenía, ni de lejos, prioridad alguna. Por eso Jack apenas le echó una ojeada sobre la mesa antes de levantarse.
Tenía asuntos mucho más importantes que atender.
—Warrick, ¿a qué hora llega Adeline?
—A mediodía en punto, señor. Falta poco. Será mejor que salga pronto.
—¿Y la habitación?
—Tal como ordenó: se reacomodaron los muebles y también se colocaron nuevos floreros.
En realidad, ese intercambio de palabras ya lo habían repetido varias veces desde hacía horas.
Los nuevos floreros no solo adornaban la habitación de Adeline, sino también varias estancias de la mansión; si Jack tenía ojos, de sobra sabía lo bien que había quedado todo.
Aun así, preguntaba una y otra vez, como si temiera pasar algo por alto.
«¿Será que la señorita Adeline es tan exigente?»
Warrick pensó fugazmente en ella. Con solo imaginar su rostro, ese porte que parecía noble incluso si cayera al suelo, comprendía un poco la actitud nerviosa de su jefe. Claro que, en realidad, Warrick no conocía a Adeline en persona; todo eran conjeturas.
Jack se puso el abrigo y subió al carruaje. Desde que había llegado a Pares, solo había usado ropa de ese precio, más que el salario mensual de Warrick, en dos ocasiones: la primera, cuando envió el telegrama a Adeline; la segunda, ahora, para ir a recibirla a la estación.
Al llegar al andén designado, un aroma familiar los envolvió.
El humo del carbón y el vapor denso que casi cortaba la respiración. El lugar estaba lleno de voces y pasos, pero el ruido no resultaba molesto, quizá porque el estruendo de los trenes era aún mayor.
El rugido de las locomotoras al liberar vapor resonaba en todo el andén, y el silbato metálico, poderoso, marcaba el final de la espera. Un gigantesco cuerpo de acero negro se deslizó por las vías hasta detenerse frente a la multitud.
Aquel era el paisaje que anunciaba el cierre del intervalo entre la espera y el encuentro.
Jack observó la escena con una extraña sensación en el pecho. Había esperado trenes muchas veces antes, pero casi nunca a las personas que llegaban en ellos. Tal vez por eso, al ver abrirse las puertas del vagón, un recuerdo antiguo acudió a su mente.
{—Oh, cielos.}
Una voz alegre, un poco burlona.
{—Tú, ¿eres el nuevo sirviente?}

TRADUCCIÓN: ELLIS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK