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Capítulo 65

Mainhardt apareció frente a Siorn, que se encontraba no muy lejos. Habían pasado más de diez años desde su última reunión, pero no había tiempo para saludos ni recuerdos.   

{—Hace mucho que no uso este poder… no sé si funcionará bien.}

{—¡Sea lo que sea, inténtalo rápido! ¡Mi nieta está en peligro!}

{—¡Ya lo sé, así que cállate! ¡Qué ruido!}

{—¡Maldito! Claro, tú puedes estar tan tranquilo… nunca te casaste, nunca tuviste hijos, y ahora, viejo solterón, hablas como si nada importara.}

{—¿Qué?! ¿Y quién crees que tiene la culpa de que yo no me haya casado hasta ahora?}

Como siempre, el gran invocador de la tierra,  David Kalan Terrasium, y Siorn Arcaitz Basteban se lanzaban palabras afiladas, que pronto derivaron en una pelea abierta.

{—¡Basta, basta! La situación es urgente.}

{—¿Cuándo van a llevarse bien ustedes dos? ¡Todavía se reencuentran y terminan peleando!}

Ezequiel y Sisiphea intervinieron para detenerlos, justo en el momento en que…

¡BOOM!

El estruendo retumbó mientras una nube de polvo se alzaba, y el suelo bajo sus pies se hundía por la presión del aire. Mekaila, con una voz fría y sombría, murmuró:

{—Si tan solo cerraran la boca, ya habríamos avanzado un instante más rápido.}

David y Siorn guardaron silencio, más sobrios que antes.

{—En nombre del Rey Espíritu de la Tierra, ordeno: ¡Ábrete ante nosotros, camino hacia el lugar donde la sombra maligna se oculta!}

En el instante en que David apoyó la mano sobre la tierra y recitó en voz baja, el suelo tembló con un estremecimiento profundo, como si la propia tierra respirara.

KRRRSHH…

Y entonces… 

«¿Será esto lo que siente alguien al presenciar un milagro?»

{—¡Lo logramos! ¡Te dije que podías hacerlo, David!}

{—Sí… aún puedo hacerlo.}

Las rocas que formaban las capas de la tierra, las raíces que se aferraban a ellas, las montañas, los ríos y todo lo demás… obedecieron la orden de un hombre que llevaba en sí una chispa del poder del Rey Espiritu de la Tierra. Así, un trayecto que habría tomado varios días se abrió ante ellos en cuestión de horas.

Ezequiel, con una sonrisa serena en el rostro, dio una palmada en el hombro de David y avanzó al frente.

{—Vamos. Debemos traer de vuelta a la nieta de Siorn y Atara.}

Siguiendo las antiguas reglas para enfrentar la oscuridad, el invocador de la luz tomó la delantera, mientras el invocador del rayo protegía la retaguardia.

El grupo emprendió la marcha.

* * *

{—Han levantado un sello. Los invocadores comunes apenas podrían detectarlo.}

Ezequiel extendió la mano hacia lo que parecía un bosque nocturno ordinario, pero que en realidad era un espacio sellado.

UUUNG…

{—Si lo destruyo por completo, podrían darse cuenta. Haré solo una pequeña grieta.}

{—Señor Ezequiel, mantenga la retaguardia. Yo me encargaré de infiltrarme y observar sus movimientos.}

{—Está bien… ya tengo mis años. Te lo confío, Mainhardt.}

Ezequiel lo miró con cierta preocupación, pero pronto le dedicó una sonrisa serena. Y todo fluyó como el agua.

¡CRACK-CRASH!

Decenas de relámpagos se precipitaron sobre la tierra, anunciando el inicio de la batalla. Los antiguos héroes, que hacía tiempo no luchaban contra los invocadores de Nisha, convirtieron el campo en un caos absoluto.

Y, finalmente…

Un encuentro sin máscaras, cara a cara, por primera vez.

Aquel hombre, que en su primer encuentro le había parecido repulsivo y despreciable, ahora… al descubrir una presencia inesperada, sus ojos se abrieron con sorpresa. Y en ese instante, tan grande fue la impresión que no pudo evitar que una sonrisa cálida, casi amorosa, se dibujara en su rostro.

La apariencia que llevaba, imposible de ocultar, ya no le importaba. Al encontrarse con los ojos inocentes de la niña, lo comprendió al fin.

Sin darse cuenta, Mainhardt había empezado a querer profundamente a aquella pequeña, su joven señora. Era un sentimiento que se había infiltrado en su corazón sin que él lo notara, y que ya no podía borrar.

Cuando Edith fue secuestrada, la razón por la que olvidó todas sus obligaciones y se precipitó con tanta urgencia no fue otra que el temor de que una amenaza tan terrible pudiera caer sobre una criatura tan pequeña y adorable.

Si lo pensaba en términos de destino, aquello era una preocupación tan intensa que rozaba lo irracional, casi un delirio.

Aunque había sido él mismo quien reveló la existencia de la niña a Robertick, obedeciendo la orden de Mariette, cada vez que la veía vivir junto a su abuelo, libre y sonriente, su corazón se llenaba de incomodidad.

No era culpa, ni compasión disfrazada. Era porque, en verdad, aquella imagen de la niña riendo con su abuelo le resultaba entrañable.

Al final, más allá de cualquier profecía o destino, lo único que deseaba era que esa niña pudiera vivir feliz.

Al final de los años de tormento, frente a la verdad descubierta demasiado tarde, también se alzaba otra certeza: que no podía hacer nada por aquella niña.

Paradójicamente, en el instante en que comprendió con claridad la raíz de todos sus sentimientos, Mainhardt se hundió en la miseria más absoluta. Porque, tanto como apreciaba a la niña, era incapaz de cortar el lazo con Mariette.

«Así que… olvidémoslo, aunque sea por un momento. Hasta el día en que recordar su amor ya no duela…»

Mariette Aydin Basteban había sido todo para Mainhardt. Una vida vacía, sin voluntad ni deseo, solo llena de vacío. Ella fue su única salvación. La que, como un ser divino, lo había guiado.

Así había vivido, mirando solo a ella, aferrándose incluso después de su muerte a órdenes vacías, negando sus propios sentimientos…

En un estado tan inestable, no podía mostrarse ante la niña. Podría llamarse huida, y no sería mentira.

Incapaz de ordenar su corazón, Mainhardt se volvió para marcharse. Pero lo detuvo la voz de Siorn.

{—¿A dónde pretendes ir otra vez? ¿Por qué lo haces? ¿Por qué insistes en marcharte una y otra vez?}

Siorn lo interrogaba con el rostro ardiendo por la urgencia de preguntar, pero Mainhardt no tuvo el valor de mirarlo de frente. Bajó la cabeza.

«¿Qué podía confesar? ¿Serviría de algo? ¿Aliviaría el peso que le oprimía el corazón?»

Tras incontables dudas, al final rechazó toda súplica y se volvió decidido a marcharse.

El Emperador de Nisha ya no representaba amenaza alguna para Edith. El Emperador, tras lo ocurrido, tendría que medir sus pasos frente a Robertick, y difícilmente volvería a tramar planes ocultos.

«Ya no hay necesidad de que yo intervenga…»

Con ese pensamiento, dejó que los días transcurrieran en silencio.

Hasta que, un día…

[—¿Candel?]

El susurro de una ninfa, apenas una palabra al oído, hizo añicos el vacío que lo había consumido.

Sobre su rostro pálido se dibujó algo que no era otra cosa que miedo.

{—¿Cómo…?}

Desde lo más hondo de su memoria, los fragmentos de un pasado terrible, enterrado hacía tiempo, emergían de las sombras.

Apuntaba, no hacía nadie más, sino hacia Edith.

* * *

El verdadero nombre de Mainhardt Ciel Astrape era, en realidad, Mainhardt Ciel Candel.

La Casa Ducal de Candel. Una de las dos grandes casas que dominaban el Imperio de Roshan, solo por debajo de la intocable y altísima Casa Gran Ducal de Haylian, a la que ninguna otra podía compararse.

Descendientes del invocador amado por el Rey Espíritu del Rayo, Astrape, los Candel habían sido considerados durante generaciones no solo ambiciosos, sino incluso codiciosos.

¿Sería acaso por el complejo de inferioridad que arrastraban, al no haber logrado jamás fundar un reino propio, a diferencia de otras casas?

Sea como fuere, se obsesionaron con la existencia de “invocadores poderosos” y, para mantener su poder, administraban con celo su linaje, buscando producir héroes de manera continua.

El método que la Casa Candel empleaba para preservar su sangre consistía en asegurar que, entre los descendientes directos, siempre existiera al menos un invocador con la afinidad del rayo.

Si la esposa traída a la casa no daba a luz a un hijo varón en el plazo de cinco años tras el matrimonio, o, si llegada la edad ya no podía concebir, entonces, según las cláusulas del contrato firmado desde antes de la boda, era repudiada y expulsada de la familia. Después, se traía a otra mujer joven y sana que cumpliera con las condiciones, sustituyendo a la anterior.

Sobre una base manchada por la sangre y el sufrimiento de muchos, la casa parecía mantenerse firme, casi inquebrantable. Así pasaron los siglos, y en una época como cualquier otra…

¡UAAAHH!

La nueva y joven esposa del duque de Candel dio a luz a una hija, la menor, con más de veinte años de diferencia respecto al primogénito.

{—Ya tengo diez hijas y solo dos hijos… esperaba obtener al menos uno más…}

TCH.

El Duque de aquella generación, visiblemente decepcionado al saber que era una niña, le dio un nombre y no volvió a dedicarle ni una mirada.

Sin embargo, aquella hija menor, que tanto lo había decepcionado…

{—Ojalá tu madre logre darme un hijo antes de que cumplas cinco años…}

Había nacido con un talento sin precedentes en la historia de la familia y del Imperio: la cualidad de una gran invocadora de espíritus.

Pero ese hecho aún no había salido a la luz.

{—Declaro iniciada la ceremonia de sucesión del título.}

El año en que la niña cumplió cinco años, según las leyes de la casa, se abrió el proceso de sucesión del título. Era algo prematuro, pero el duque de Candel de aquella generación sufría ya los estragos de la vejez, y además una catástrofe sin precedentes estaba creciendo con fuerza aterradora. La razón práctica era clara: había que designar cuanto antes a un heredero joven y vigoroso para asegurar la continuidad de la familia.

Lo que ellos llamaban “ceremonia de sucesión” consistía en que los hijos del Duque, cada uno al frente de sus propias fuerzas, combatían dentro de la residencia ducal.

Antes de que la ceremonia tuviera lugar, era costumbre que todos los miembros de la familia abandonaran la mansión.

{—¡No, no! ¡Mi hijo apenas tiene medio año de vida…!}

{—Ese niño, al fin y al cabo, también es hijo del Duque. Según las antiguas leyes de Candel, todos los hijos, salvo el único heredero que obtenga el título, deben encontrar la muerte. Y, Silvia… tu hijo es demasiado pequeño, la diferencia de edad con sus hermanos mayores es enorme. Incluso si se le concedieran algunos años de gracia, la posibilidad de que logre reunir fuerzas es mínima. Es cruel, pero lo más sensato sería renunciar.}

La fría advertencia de la hermana del Duque, que había regresado a su familia tras largo tiempo en un templo, mostraba con claridad la situación desesperada en la que se hallaba la Duquesa.

{—No… ¡Ahhh…!}

Apenas había pasado tiempo desde que, con tanto anhelo, había dado a luz a un hijo, cuando el Duque ordenó la ceremonia de sucesión. De acuerdo con la ley, la Duquesa debía abandonar la mansión, dejando atrás a su pequeño hijo. Durante días enteros lloró desconsolada.

Y, al final de aquella larga desesperación, la elección que tomó fue…

{—¡Ah, señorita! ¡No debe verlo…! ¡Qué tragedia tan terrible!}

Había sido un suicidio. Faltaban apenas dos días para la ceremonia de sucesión.

Los sirvientes, en silencio, retiraron el cuerpo de la Duquesa muerta. La única persona en la que podía apoyarse había partido, y la hija menor quedó sola. El joven hijo menor, destinado casi con certeza a morir en la próxima ceremonia, tampoco recibió atención alguna: ni de los sirvientes, ocupados en preparar su partida, ni siquiera de su propio padre, el duque de Candel.

La doncella que cuidaba a la niña le advirtió que, antes de que comenzara la ceremonia, debía abandonar la mansión.

{—Entonces… ¿Maynard tendrá que quedarse solo? Sin su madre… ¿qué será de él?}

{—Señorita… de todas formas, el joven Maynard…}

La joven hija, aunque aún no alcanzaba a comprender del todo la muerte de su madre, sí entendía que había quedado sin nadie en quien apoyarse. Lo único que no podía aceptar era la idea de abandonar a su hermano menor, condenado a la misma soledad.

Por eso, en medio de la multitud que huía de la mansión ducal, se escabulló de la mirada de la doncella y corrió sin vacilar hacia la habitación donde el niño había quedado solo.

{—Maynard, tranquilo. Tu hermana no se irá, estará a tu lado.}

¡UAAH, AHH!

Mirando al pequeño que agitaba sus diminutas manos en la cuna, la niña le habló durante un buen rato, hasta que el sueño la venció y se quedó dormida junto a él.

¡BOOM, CRASH!

Cuando el niño volvió a abrir los ojos, la mansión de los Candel estaba siendo tomada por los hijos del Duque y las fuerzas que los seguían, en medio de un combate feroz.

¡AAAHHH!



TRADUCCIÓN: MIKUMKZU
CORRECCIÓN: MIKUMKZU
REVISIÓN: MIKUMKZU
RAW HUNTER: ACOSB


¿Aquí no ibas?


¿Te has cansado?


¿Uno más?

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