Capítulo 64
Una esfera de imagen que contenía el rostro de Edith, un pequeño mechón de cabello lavanda cortado mientras la niña dormía profundamente, y el certificado de parentesco obtenido en el Templo del Fuego.
«Eso bastaría como prueba.»
Mainhardt, habiendo completado todos los preparativos, abandonó su escondite por primera vez en casi siete años.
Su destino: la capital sagrada. Su propósito: cumplir con la misión encomendada…
{—Desde ahora, desaparece sin dejar rastro. Y dentro de siete años, hazle saber a Robertick que tiene un hijo..}
Hacerle saber a Robertick Arne Haylian la existencia de Edith.
«¿Cómo recibiría Edith a ese hombre que aparecería de repente como su padre? Si algún día llegaba a saber que aquel hombre fue quien arruinó miserablemente al abuelo que le dio todo el amor que sus verdaderos padres no pudieron, que no solo traicionó a su madre, sino que además la marcó con la infamia de ser una villana… ¿Podría Edith aceptarlo como su padre?»
Mainhardt se lo preguntó.
El tormento de una niña de apenas siete años, devorada por un odio que no desaparece, no era un dolor que ella debiera cargar.
El conflicto, como fuego desatado, se extendía por dentro y detenía sus pasos, sumiéndolo en la angustia.
Pero Mainhardt… no tenía derecho a desafiar el destino que ya había sido trazado.
Apretó la mandíbula y avanzó con pasos secos.
* * *
{—Tú… ¿Cómo te atreves a estar aquí?}
{—Tu rostro se ve bien.}
En aquella habitación donde corría un aire frío, Mainhardt estaba sentado de espaldas a la ventana abierta, y observaba con sus ojos negros, apagados y sin emoción, el rostro de Robertick, donde se mezclaban el asombro y el desprecio.
Tras unos segundos de silencio, Robertick logró recomponerse y, con el rostro torcido por la furia, rugió:
{—No me hagas repetirlo. ¿Cómo se atreve un sirviente de un traidor a presentarse en este lugar?}
«No has cambiado nada. Lo único que puedes exhibir es tu linaje, tu nobleza vacía.»
Mainhardt lo miró con una frialdad absoluta, pensando en lo necio que era aquel hombre.
{—¡Yo no soy como tú! Yo perdí a mi padre injustamente y fui marcado como hijo de un traidor… Pero tus padres sí rompieron un tabú verdadero. Entonces, ¿por qué… Por qué el tío Basteban… Por qué Mariette nos trataba igual a ti y a mí…?}
Con todo su cuerpo, proclamaba: “Estoy por encima de ti. Tú estás por debajo de mí…” Y lo más irónico era que no era Mainhardt quien decía esas palabras, sino Roberick, repitiéndolas como si intentara convencerse a sí mismo.
{—Si tu casa no hubiera caído por completo, si tu nombre no hubiera sido borrado… Sin duda te habrían concedido un título igual al mío, o incluso más alto. Mariette te tenía más cerca que a mí, y aunque el Duque Basteban era amigo de ambos, su corazón se inclinaba más hacia el hijo de aquel camarada con quien compartió vida y muerte…}
Temeroso de que el afecto de los demás se desvaneciera en cualquier momento, acababa distorsionando la realidad. Solo cuando podía monopolizar por completo el cariño ajeno, su temperamento se calmaba.
{—Sigues siendo tan patéticamente necio.}
{—¿Qué has dicho?}
Mainhardt lo definió con una sola frase, soltando un suspiro. Luego levantó un dedo firme y señaló en una dirección.
La mirada de Roberick, encendida por la indignación, siguió el gesto de Mainhardt.
{—Eso es…}
{—Ve a verlo. Es la razón por la que he venido a buscarte.}
Al notar un objeto que no pertenecía originalmente a su despacho, Robertick mostró un leve gesto de sorpresa y murmuró en voz baja:
{—Escoria retorcida…}
Con un gran desprecio, Robertick masculló una maldición mientras cruzaba con pasos firmes su despacho y tomaba la esfera de imagen que reposaba sobre el escritorio. Al observar la figura contenida en su interior, murmuró:
{—Esto…}
Una niña tan adorable que a cualquiera le sacaría una sonrisa al verla. Robertick la contempló, pero su expresión se fue endureciendo poco a poco, entre la sorpresa y la confusión.
Era imposible no reconocerlo. Aquella pequeña conservaba por completo el rostro de su padre.
{—¿Recuerdas a Mariette Aydin Basteban?}
{—¿Por qué mencionas ese nombre…?}
Mainhardt descendió con ligereza desde la ventana y respondió:
{—La niña que aparece en esa esfera es tu hija. La hija que tuvo Lady Mariette.}
{—¿…Qué?}
Robertick, con la mirada perdida, volvió a fijarse en el rostro de la niña.
Mainhardt, conteniendo el asco que le subía por dentro, añadió a la explicación:
{—El mechón de cabello que dejé junto a ella es suyo. Si aún recuerdas a aquella mujer… lo reconocerás al instante.}
{—No… no puede ser. Esa niña… ¿Es realmente mi hija?}
{—¿No puedes creerlo? Entonces revisa el certificado de parentesco que obtuve en el Templo del Fuego.}
Robertick, con el mechón en la mano, murmuró con voz temblorosa:
{—Si tenías a mi hija… ¿por qué no dijiste nada? Si lo hubieras hecho, no le habrían despojado del título, ni exiliado…}
{—¿Y qué sentido habría tenido, con esa mujer que siempre te rodea?}
Mainhardt había intentado contenerse. Pero incluso ese susurro estúpido era imposible de ignorar.
Con los ojos llenos de una oscuridad vacía, ahora encendidos por la ira, escupió las palabras:
{—¿De verdad crees que ella habría querido ese puesto de Gran Duquesa, como si fuera una limosna por haber tenido un hijo? Ya te he dicho la verdad. No tengo más deberes contigo. Lo que venga ahora… Es asunto tuyo.}
Y con una voz helada, cargada de desprecio, Mainhardt dejó esas últimas palabras atrás y saltó sin vacilar por la ventana.
Las luces brillantes que inundaban cada rincón del palacio del Gran Duque no hacían más que parecerle a Mainhardt repulsivas y vulgares.
* * *
Mainhardt no sabía si era una fortuna o una desgracia que sus sospechas se confirmaran, pero Robertick Arne Haylian, obsesionado con el hecho de que Edith era su heredera legítima, intentó arrebatársela a Siorn.
Como era de esperar, Siorn, decidido a no perder a la única familia que le quedaba, huyó con Edith y pidió ayuda a su antiguo camarada, Mekaila Euphorium.
«Pero… ¿acaso el destino no puede ser cambiado?»
Fueron capturados. Y Edith, para proteger a su abuelo del filo implacable de su padre, prometió seguir a Robertick.
Aunque intentaba mostrarse firme, en sus ojos era fácil leer el miedo y el rechazo hacia aquel hombre que llevaba el título de “padre”.
Consumido por la culpa que lo invadía, Mainhardt se dio lentamente la vuelta, alejándose de aquella escena.
«¿Era realmente correcto lo que estaba haciendo?»
La duda, interminable y corrosiva, comenzaba a devorar su alma.
* * *
El tiempo no se detuvo; siguió su curso sin cesar.
Cuando todo a su alrededor ardía en llamas y la muerte se cernía sobre ella, Edith despertó milagrosamente. Invocó a un Rey Espíritu y demostró, sin lugar a dudas, el poder que habitaba en ella.
Poco después de su llegada al palacio de los Haylian, rescató al Segundo Príncipe, Esimed Has Ruairi, a quien habían mantenido en cautiverio, y con ello expuso las vergüenzas ocultas de la familia imperial.
Al mismo tiempo, desbarató de raíz la conspiración del Emperador, quien planeaba usar su compromiso con el Príncipe Heredero para convertirla en una simple marioneta.
Y sin vacilar, selló su compromiso con el Segundo Príncipe, revelando ante todos que era la elegida del Rey Espíritu del Agua.
Observando el camino que Edith había trazado, Mainhardt se vio atrapado en una maraña de emociones.
Sentía orgullo por aquella niña que, con inteligencia, superaba cada crisis. Pero también lo consumía la culpa: él había contribuido a empujarla a una vida donde, desde tan joven, debía soportar una vigilancia constante y una presión abrumadora.
Incluso en tiempos que transcurrían con aparente calma, no lograba hallar consuelo. Había reprimido una y otra vez las emociones extrañas que surgían al seguir la voluntad del Rey Espíritu de la Sabiduría, el mismo al que Mariette había decidido servir.
«Hasta que ocurrió aquello… había logrado soportarlo.»
Mainhardt, que había desarrollado numerosos artefactos gracias al poder de Astrape, comenzó a observar a Edith desde lejos, después de que ella se trasladara junto a Robertick.
Mantenía siempre consigo una esfera de imagen diminuta, para poder observarla desde lejos.
Y en el instante en que recibió la noticia de que Edith había sido secuestrada por el Emperador de Nisha, que había aparecido de forma repentina…
Mainhardt sintió que la sangre de su cuerpo se congelaba.
Tras la caída de su casa, como castigo por haber cometido un tabú imperdonable, descubrió que había perdido aquello que debía habitar en el centro del alma de todo ser humano.
Lo único que le permitía seguir aferrado a una vida vacía era Mariette, la única persona en quien podía apoyarse.
Pero cuando ella también encontró la muerte, su corazón, que parecía dormirse un poco más cada día, dejó de sentir cualquier deseo de seguir adelante.
Y ahora, al recibir aquella noticia, fue como si su cuerpo entero se hundiera en un mar helado.
El estremecimiento, el vértigo, la sensación de no poder respirar…
En ese instante, paradójicamente, Mainhardt comprendió que aún estaba vivo.
Incluso si su vida había sido vacía, Mainhardt comprendió que la llama en su interior aún no se había extinguido.
{—Tengo que salvarla.}
«Tenía que traerla de vuelta.»
Ya había cumplido todas las órdenes que Mariette le había dejado. Y no quedaba lugar para que tipos como Robertick interfirieran en el destino.
Durante años, el odio hacia sí mismo había susurrado sin cesar en su mente, aferrándose a sus pasos como cadenas invisibles. Pero ahora, en este momento… esas voces ya no podían detenerlo.
Siorn Arcaitz Basteban había partido en busca de los antiguos héroes. Y eso, en cierto modo, era un alivio.
No tendría que perder tiempo buscando refuerzos.
Estaba empacando a toda prisa, dispuesto a abandonar el escondite cuanto antes.
¡BAM!
{—Tú.}
Un visitante no deseado irrumpió sin el menor respeto, interrumpiéndolo.
{—Tú debes saber dónde está Edith. Habla. Ahora mismo.}
En una situación tan crítica, aquella intromisión le pareció tan insignificante que ni siquiera valía la pena enfadarse.
Mainhardt lo miró con frialdad, evaluando cómo había logrado encontrar su paradero. Y entonces lo comprendió.
«Usé a Sylphid hace poco. ¿Habrá sido eso?»
Ignis e Ilipa ya lo habían abandonado. Lo único que le quedaba a ese hombre era la bendición del Rey Espíritu del Viento, Ariel.
En otras palabras, eso lo hacía especialmente sensible a cualquier alteración en el flujo del viento.
{—Apártate.}
Mainhardt terminó de empacar lo que quedaba y se dirigió hacia la puerta, que Robertick bloqueaba. La abrió sin vacilar.
¡HA!
Pero Robertick, como si se sintiera insultado, exhaló con fuerza y lo fulminó con la mirada.
{—¿Te atreves a ignorarme? ¿Tú, descendiente de una casa caída por cometer tabúes repugnantes? Ya no tienes señor que te proteja, y aun así sigues siendo tan arrogante y desvergonzado. Podría cortarte el cuello aquí mismo si lo deseara…}
«No había encontrado el paradero de Edith. Ni siquiera sabía quién la había secuestrado. Y en lugar de esforzarse por descubrirlo, había venido a buscarlo con altivez, escupiendo palabras vulgares como si eso fuera suficiente.»
Ante semejante actitud, lo que brotó primero en Mainhardt no fue ira… sino un profundo desprecio.
{—No tengo nada que decirle a un padre que ni siquiera puede proteger a su propia hija.}
Bajo la luz blanca de la lámpara, los ojos negros que se ocultaban tras la capa se revelaron, y Mainhardt clavó una mirada escalofriante en Robertick.
La arrogancia de Robertick se desmoronó, y su cuerpo se estremeció.
Mainhardt ya no le prestó atención. Simplemente siguió caminando.
Robertick, sorprendido, se apartó sin pensar, y se quedó mirando, atónito, la espalda del hombre que se alejaba.
Entonces, Mainhardt se detuvo de pronto y murmuró en voz baja:
{—Solo te hablé de Edith por el testamento que dejó Lady Mariette… Si hubiera sabido que esto pasaría, jamás te la habría confiado.}
«Había entregado a la niña a alguien tan necio y lamentable. Aunque fuera por voluntad de Mariette… en ese instante, lo lamentaba de verdad.»
{—¿Qué…?}
Robertick, mirando con rabia al hombre que se alejaba sin volver la vista atrás, gritó con odio:
{—¡Mainhardt Astrape!}
Y tras la figura del hombre que avanzaba con paso firme por el camino cubierto de niebla, una hostilidad espesa y pegajosa se aferraba como sombra persistente.

TRADUCCIÓN: MIKUMKZU
CORRECCIÓN: MIKUMKZU
REVISIÓN: MIKUMKZU
RAW HUNTER: ACOSB